19
La partida de Matthew llegó, como sucede con todo en esta vida: con una premura implacable.
Se hospedaría en el Claridge's, el icono del lujo en Mayfair, a solo unas calles de su futuro proyecto: la transformación de un majestuoso edificio victoriano en el corazón del barrio financiero y aristocrático de Londres.
El plan era ambicioso pero realista: convertir aquella joya arquitectónica en Jo's Hotel, un establecimiento boutique de cinco estrellas.
Si todo marchaba según lo previsto, el hotel abriría sus puertas en un año; él solo necesitaba estar presente el tiempo prudencial para supervisar los cimientos del negocio antes de delegar la operativa diaria en su equipo de confianza.
Matthew sabía que no podría gestionar personalmente el hotel a largo plazo.
Su residencia, su vida y su familia estaban en Nueva York, y no pensaba abandonar ninguna de esas piezas clave.
Sin embargo, su ambición le empujaba a expandirse, a invertir su capital y a seguir construyendo edificios maravillosos que llevaran su sello.
Partiría en un vuelo privado a primera hora de la mañana. Jo retrasó su entrada al colegio e Isabella su llegada a la galería para poder despedirse de él como era debido. Hubo lágrimas por parte de la niña, abrazos eternos y súplicas de última hora rogándole que se quedara en Nueva York.
Él respondía con paciencia, con pena y con mucho amor, asegurando que sería poco tiempo y recordándole que mamá había prometido ir a verlo pronto.
En realidad, ellas tenían suerte. Los hombres del perfil de Matthew solían pasar largas temporadas fuera; lo raro era que él hubiera estado tanto tiempo en casa y no constantemente de viaje por motivos laborales, como les ocurría a tantos otros profesionales con trabajos tan exigentes.
La gran mayoría de las familias de su círculo vivían así, de viaje en viaje, no era nada extraordinario. Pero Josephine, acostumbrada a la presencia de su padre, sufría aquello como un castigo injusto.
Con el dolor encogido en el pecho y tras una larga despedida en el ático, Matthew partió finalmente hacia el aeropuerto.
Isabella logró calmar a la niña, consolándola con promesas de viajes próximos y explicándole que esa era la realidad de muchas casas. No se tienen grandes trabajos ni se vive con ese nivel de confort sin sacrificios. Quería que lo tuviera claro.
—El papá de Mandy está medio año fuera, mami. Nosotras tenemos suerte —dijo la niña, empezando a comprender que en efecto eran privilegiadas.
—Claro, mi vida. Los hombres de negocios pasan mucho tiempo fuera y en la oficina. Es normal, cielo. Solo que nosotras no estamos acostumbradas porque papá es muy familiar y le gusta estar aquí en casa.
—Es verdad, mami —dijo la niña, ya medio convencida, secándose las lágrimas.
Superado el mal trago, todo volvió a la normalidad. Isabella llevó a Jo al colegio y después puso rumbo a la galería.
Hasta el día de su partida, Matthew se había esforzado en recuperar el tiempo perdido con su esposa y su hija, disfrutando de cada tarde en casa y de las cenas en familia.
Durante esos días, Jacob e Isabella no habían podido verse en el ático. Ella seguía sin querer que los tres respiraran el mismo oxígeno, algo que Jacob entendía y también agradecía.
Matthew ni siquiera se detuvo a pensar por qué su esposa llegaba justo para la cena; no le dio la más mínima importancia, ni reparó en ello un solo segundo. Tampoco habría tenido espacio en su cabeza para juegos ni conjeturas maquiavélicas.
Cenaban felices y se acostaban sin más.
Tampoco hubo sexo entre ellos durante esos días.
Él se mostraba siempre agotado, quizás por el cansancio acumulado, quizás porque notaba a su mujer poco predispuesta; la cuestión es que, al acostarse, se percibía más cariño fraternal que deseo sexual.
Algo que, evidentemente, ella agradecía en silencio, pues no le apetecía en absoluto estar con su marido de esa forma.
No creía haber sido capaz, de hecho. Se estaban convirtiendo en compañeros de piso unidos por un afecto residual, un eco de lo que fueron y que ahora era menos intenso.
La rutina, la monotonía, el estrés laboral y el peso de la vida misma habían hecho mella en ambos, no solo en ella.
Ahora, simplemente gozaban de la paz y la tranquilidad que otorgaba una relación de muchos años.
A Isabella le bastaba con eso; de hecho, era exactamente lo que necesitaba en ese momento.
Con sus sentimientos por Jacob creciendo sin control, aquella tregua doméstica le permitía disfrutar de su nuevo amor con una libertad absoluta, sin verse obligada a rechazar a su marido ni a inventar excusas baratas y constantes para evitar la intimidad conyugal.
Porque la verdad, cruda y sencilla, era que ella quería las dos cosas.
Quería a Matthew: a su compañero de vida y de viaje, al padre de su hija, al hombre de la casa, al pilar familiar que representaba.
Pero ahora Jacob había entrado en la jugada, y no estaba dispuesta a prescindir de él ni de lo que sentía. Así que esta nueva dinámica con Matthew, basada en la paz y la distancia física, facilitaba las cosas de manera extraordinaria.
No tenía que elegir, podía tenerlo todo.
Y le resultaba terrible cada vez que lo pensaba, porque hasta ella misma se asombraba de sus propios pensamientos. No quería perder la serenidad y la felicidad que le brindaba la vida en familia, al mismo tiempo que necesitaba la emoción desbordante y la pasión ardiente que solo Jacob podía darle.
Ella llamaba a diario a Jacob desde la oficina; eso se había convertido en un ritual inviolable. Cada mañana, él esperaba esa llamada como agua de mayo; era sin duda, el mejor momento de su día.
Deseaba sentirla y tenerla entre sus brazos, pero podía esperar.
Más aún sabiendo que pronto Matthew no estaría en la ciudad y ella sería toda para él.
Deseaba que llegara ese día más que nada en este mundo, porque significaría volver a besarla, acariciarla y liberar ese fuego que lo consumía literalmente.
Habría matado por ello.
Llevar una semana viendo a Matthew todos los días había sido una prueba de fuego.
No tenía más remedio que continuar con las clases de piano; suspenderlas habría sido infantil y, sobre todo, sospechoso. Así que allí estaba, impartiendo lecciones mientras Matthew disfrutaba de su familia.
Él solo podía sentir respeto y admiración por el marido de la mujer que amaba, y con la que mantenía una relación secreta, cuando lo normal habría sido odiarlo o aborrecerlo. Pero no podía. No sentía eso. Lo que era cuanto menos frustrante y emocionalmente turbulento.
Pero ahora, por fin, el camino estaría libre. Y eso era lo único que importaba realmente.
Una vez Matthew estuvo fuera de juego, Isabella tenía que trazar un plan para poder ver a Jacob sin problemas.
Por un lado estaba el trabajo; evidentemente, no podía faltar, quizá algún día de manera extraordinaria. Por otro, estaba la pequeña: no quería dejar de pasar tiempo con ella por estar con Jacob, eso la haría sentirse miserable.
Pero con la llegada de junio, también llegaba el fin de curso. El verano se presentaba como un aliado estratégico que blindaba el plan de Isabella por completo.
Estaba el prestigioso programa de verano del Chapin, donde las niñas pasaban el día inmersas en talleres de ciencia, ensayos de teatro musical y deportes al aire libre, regresando a casa apenas para cenar y dormir. A eso se sumaban las clases extraescolares de tenis y ballet que ocupaban las tardes.
De repente, Isabella vio cómo todo encajaba: Jo estaría ocupada, feliz y, lo más importante, rodeada de otras niñas.
Creía firmemente que ese era su lugar natural; le gustaba pasar tiempo con su hija y disfrutaban juntas, pero no consideraba sano que la pequeña pasara todas las horas del día aburrida, sin otro entretenimiento que correr por la casa detrás de Nala o pasear con su madre.
Necesitaba compañía de su propia edad.
En los años anteriores no la habían apuntado a las actividades de verano que ofrecía el colegio, pues Jo era aún demasiado pequeña para pasar las vacaciones encadenada a rutinas extraescolares.
Sin embargo, este año la situación era diferente: se iba haciendo mayor poco a poco y era la primera vez que coincidía con Mandy.
Saber que su mejor amiga estaría allí con ella fue el detonante final; Jo estaba exultante con la idea.
La simple certeza de compartir el verano con su mejor amiga transformaba la obligación en una aventura placentera.
Cuando todo estuvo agendado mentalmente, a la espera de que se materializara en las próximas semanas, Isabella decidió darle una sorpresa a Jacob.
Habló con Claire y le comentó que faltaría al trabajo; tenía pensado presentarse inesperadamente en el estudio de Broadway.
Habían hablado por teléfono e Isabella había pintado el panorama como francamente complicado para verse, así que Jacob, resignado, tuvo que asumir y encajar el duro golpe de no saber cuándo iba a volver a verla. Se empezaba a impacientar, pues pasaba las veinticuatro horas del día pensando en ella.
Ese jueves en el que se fraguaba la sorpresa, Isabella se levantó como cada día.
Madeleine ya estaba en plena faena: preparando a la pequeña Jo, dejando listo el uniforme de la niña, su mochila, el desayuno de media mañana y atendiendo los quehaceres cotidianos y de las labores del hogar.
Todo ello permitía que Isabella se arreglara plácidamente en su baño y vestidor.
Ese día, la excitación la recorría de forma distinta.
La idea de presentarse por la mañana, cuando él menos lo esperaba, la llenaba de una ilusión infantil que le estaba costando horrores controlar; sentía como si fuera una adolescente rompiendo las reglas, con el corazón acelerado y una sonrisa que no podía borrar de sus labios.
Esperaba encontrarlo en el estudio componiendo; si no estaba, se llevaría un chasco y no le quedaría más remedio que redirigir el rumbo hacia la galería, pero el riesgo merecía la pena.
Aunque el día había amanecido entre nubes, hacía calor. Eligió un vestido corto y fluido, de color azul marino repleto de pequeños lunares blancos, con cuello halter que dejaba toda la espalda al descubierto.