El secreto de Isabella 18 #3
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A Jacob le hubiera gustado que fuera un prepotente, un idiota, así habría podido sentirse egoístamente mejor, pero no lo era. Eso dificultaba terriblemente la situación.

Por otro lado sentía unos celos inmensos de ese hombre que no solo tenía a su Isabella, sino que encima era buena persona.

Pero la quería.

Ese sentimiento era más fuerte que cualquier otro. Sabía que estaba actuando de manera inmoral, traicionando los principios de un hombre de honor, pero, en el fondo, era lo que había. No podía hacer otra cosa.

Matthew se sentó en el sofá del salón y observó desde la distancia, disfrutando de la clase de su hija, que transcurrió con absoluta normalidad.

En un momento dado, Matthew envió un mensaje a Isabella para comentarle lo bien que estaba yendo todo y preguntarle si llegaría antes de que terminara o si ya la esperaban para la cena.

Isabella leyó el mensaje cuando la clase hubo terminado y sintió un nudo en el estómago.

Pensó que lo mejor sería entretenerse un poco más en el gimnasio; no sabía si podría mirarlos a los dos a la cara, sobre todo a Jacob, sin delatarse.

Además, temía que su marido quisiera besarla o tener un gesto cariñoso al llegar, y eso sería una situación insostenible e injusta para Jacob.

Sin duda, lo más prudente era retrasar su llegada.

Le escribió respondiendo que aún estaban en el gimnasio, que la esperaran para hacer las pizzas juntos.

Les comentó la situación a las chicas.

Claire y Sophie coincidieron en lo terrible que sería presentarse allí en ese instante. Argumentaron que esa tensión no le hacía bien a nadie: ni a ella, ni a Matthew, ni mucho menos a Jacob. Sería una escena realmente incómoda que había que evitar a toda costa.

Y eso hizo.

Cuando tuvo la certeza absoluta de que Jacob ya no estaba en el ático, Isabella cogió un coche privado y puso rumbo al apartamento.

Al llegar, la euforia de Jo por haber compartido la clase con su padre y la emoción de preparar pizzas todos juntos llenaron la inmensa estancia de amor y felicidad.

Una dicha familiar de la que Isabella se empapó también, dejándose llevar por ese momento de complicidad doméstica que hacía mucho tiempo no vivían.

Matthew había encargado un servicio de catering gourmet especializado en pizzas napolitanas.

Habían traído masas fermentadas durante cuarenta y ocho horas, tomates San Marzano, mozzarella di bufala fresca y todos los ingredientes necesarios para elaborar unas verdaderas pizzas italianas, tal como manda la tradición.

Jo reía a carcajadas viendo cómo su padre, con las mangas de la camisa arremangadas, lanzaba la masa al aire en un intento torpe pero entusiasta de parecer un italiano nato.

Isabella tuvo que hacer un ejercicio de disociación mental. No podríamos haber pedido comida japonesa, pensó para sus adentros, intentando alejar de su cabeza a Jacob mientras disfrutaban del plato que mejor representaba sus raíces.

—He pedido todo a Eataly Downtown, que nos han hecho un envío con los mejores productos de la región de Nápoles —explicó Matthew con orgullo.

—Está buenísimo todo, Matthew. Gracias por esto —dijo ella sinceramente.

Cuando Matthew se comportaba así, Isabella se sentía plena. Siempre había sido un hombre resolutivo y espléndido; ayudado por su dinero, sí, pero resolutivo y espléndido al fin y al cabo. Sabía cómo hacerla feliz y, lo que era más importante para ella, sabía cómo hacer feliz a su hija.

No quiero que esto acabe, pensó para sus adentros mientras brindaba con su marido.

Durante unos minutos, deseó que Jacob desapareciera, que se borrara de su cabeza, de su memoria, de sus labios y de su piel.

Deseó que todo volviera a la normalidad, poder ser simplemente una familia.

No tener que enfrentarse a lo que se estaba enfrentando.

Pero la realidad no funcionaba así. Más que nunca, las dos mujeres que coexistían en su interior compartían el mismo cuerpo en una tensión silenciosa.

Devoraron las pizzas; Jo comía con un apetito voraz, como si no hubiera probado bocado en meses, estaba radiante. Las pizzas estaban francamente exquisitas.

Cuando terminaron, entre risas y conversaciones típicas de una familia consolidada, se dejaron caer en el sofá para dejar que aquella ingesta copiosa fuera digerida por sus estómagos.

En el sofá, él le pasó el brazo por los hombros a Isabella y la atrajo hacia sí. Ella respondió al gesto de manera positiva, más que sorprendida de que le estuviera resultando tan fácil.

Pusieron algo en la tele, una serie de princesas que veía Jo, y se quedaron los tres disfrutando del capítulo, comentando los vestidos de las protagonistas y lo divertida que era la trama.

—Os voy a echar de menos, mi vida —dijo él, besando la sien de su esposa.

—Será por poco tiempo, no te preocupes —dijo ella.

—Eso espero. ¿Vendréis a verme, verdad?

—Claro que sí, cariño —respondió Isabella, mirándolo a los ojos y sonriéndole con una ternura que en ese instante fue muy real—. Cuando estés instalado, iremos a verte, te lo prometo.

Y se dieron un beso suave en los labios, sellando una promesa que no sabía si sería capaz de cumplir.