18 #2
No le hacía ninguna gracia que su marido y Jacob estuvieran juntos, y mucho menos le agradaba la idea de que él no supiera que Matthew estaría presente durante la clase. Seguro que aquello no era plato de buen gusto. Tenía que decírselo.
Un tono.
Dos tonos.
Tres tonos.
—Escuchar tu voz es lo que más me apetecía en el mundo, princesa —dijo él al descolgar.
Wow.
Automáticamente, todas las dudas, todos los miedos y problemas se esfumaron al escuchar su voz a través del auricular.
—Hola, Jacob. ¿Interrumpo?
—No, estoy en el estudio.
—Te llamaba para decirte que hoy, en el desayuno, Matthew comentó que estaría en casa para presenciar la clase de Jo. Incluso dijo que le gustaría verte y hablar contigo; reconoce que se ha desentendido del tema y que eso no está bien.
Hubo un silencio al otro lado. Esta vez, incómodo.
—¿Jacob? ¿Estás ahí?
—Sí, Isabella, estoy aquí. Perdona. Está bien, no te preocupes, es normal. Matthew no tiene culpa de nada; es el padre de Josephine y quiere ver una clase de su hija y hablar con el profesor que la instruye.
La voz de él se había transformado. Ahora sonaba más fría, un poco más lejana.
—Lo siento, Jacob. Sé que no es plato de buen gusto.
—No lo es, no. Pero tampoco lo es saber que puede tocarte cuando quiera.
Respiró tan hondo que ella pareció oír su inhalación, como si estuviera pegado a su oído.
—Cuando empecé esta historia sabía a lo que me atenía, no soy un niño. Así que estate tranquila, ¿vale? Yo estoy bien. ¿Tú estás bien?
—Sí... Yo llegaré lo más justo que pueda. No sé si estoy preparada para que los tres compartamos el mismo aire —hizo una pausa—. No me siento bien, Jacob.
—Yo tampoco. Pero, como te dije, Isabella, lo que siento por ti es real. No lo programé, surgió así, sin pedir permiso.
—Lo sé, mi amor.
Silencio.
Luego, la voz de él se suavizó de nuevo.
—Tengo muchas ganas de verte.
—Yo también. Me muero de ganas de hecho.
Jacob era el que sonreía ahora, sentado frente a su piano como de costumbre, dejando que sus dedos acariciaran las teclas mientras componía melodías exquisitas, llevado por ese amor que nacía en su interior y crecía a pasos agigantados.
—Matthew se marcha a Londres el viernes.
—No sé si eso es una buena noticia para ti o una mala —preguntó él con cautela.
—La verdad es que no lo sé, Jacob.
—Bueno, no es un tema para hablar por aquí, princesa. No te pongas triste.
—Vale. ¿Me tocarás algo al piano la próxima vez que nos veamos?
—Claro que sí. Estoy inspirado gracias a la chica que me tiene loco.
—¿Ah, sí? —preguntó ella, coqueta—. ¿Quién será?
Él se rio, fruto de la conversación tan adorable, casi infantil, que estaban teniendo.
—Ah… no te lo puedo decir. Es una chica preciosa, solo puedo adelantarte eso.
Entonces Claire la llamó para que atendiera unos asuntos.
—Un beso, Jacob. He de dejarte que me llama Claire. A ver en qué acaba lo de esta tarde.
—No te preocupes por eso, pequeña.
—Vale.
Se despidieron y colgaron.
La tarde llegó más rápido de lo esperado. Isabella salió del trabajo con Claire y se dirigieron a su clase de mantenimiento, pero Matthew ya le había escrito confirmando que iba hacia casa. Estaba cumpliendo su promesa de ver a Jo tocar el piano.
Le fue imposible concentrarse: ni en los ejercicios, ni en sus amigas, ni siquiera en el refrigerio.
En su cabeza solo resonaba una imagen aterradora: Jacob y Matthew hablando sobre los avances de Josephine.
¿Cómo se comportaría Jacob? ¿Notaría Matthew algo extraño?
¿Llegaría ella y se encontraría un cerco de sangre, fruto de una pelea a golpes tras descubrirse la infidelidad con el profesor de piano de su hija?
No, por Dios, Isabella, deja de pensar tonterías, se reprendió. Estate tranquila, no pasará nada. Se saludarán, hablarán cordialmente y Jacob se irá a su casa. Y todos tan felices.
Y, efectivamente, así parecía estar siendo. Cuando Jacob llegó al ático de los Crawford, como cada día de clase, Matthew ya estaba allí, jugando con una Jo radiante por tener a su padre presente.
Jacob entró con toda la naturalidad del mundo, sabiendo que él estaría allí; no era un hombre que sucumbiera fácilmente a la presión.
Fue Madeleine quien abrió la puerta para dejar pasar a Jacob. Matthew se levantó del sofá y se acercó a recibirlo con una sonrisa franca.
—Buenas tardes, señor Loredan —dijo, tendiéndole la mano firmemente—. Tenía ganas de hablar con usted y de ver una clase de Jo. Me las he perdido todas —confesó con semblante triste.
—Buenas tardes, señor Crawford. Yo también me alegro de verle.
Y estaré encantado de que presencie una de nuestras sesiones.
La niña tiene mucho talento y está muy avanzada.
Posee una musicalidad excepcional y una técnica depurada para su edad.
La música es un camino solitario, a veces abrumador, pero hermoso; ella tiene la disciplina y la perseverancia necesarias para no abandonarlo. Eso es crucial.
—Qué bien, cómo me alegro de que esta granujilla sea una alumna aventajada —dijo, acariciando las hermosas coletas que llevaba Jo—. Me siento orgulloso. Es igual que su madre.
Jacob pensó de inmediato en la mujer que lo volvía loco.
—Es maravillosa, la verdad. Una niña estupenda y muy aplicada. Quiere aprender siempre más, mejorar constantemente, y esa sed de superación es muy buena señal —acertó a decir mientras intentaba quitar a Isabella de sus pensamientos.
—Perfecto. No le robo más tiempo entonces. Yo me quedaré en el salón; no molestaré.
—No molestas, papi. ¡Qué ilusión que me veas tocar! Vamos, Jacob —dijo la niña, cogiendo de la mano a su profesor, quien esbozó una sonrisa amable y profesional.
Aunque Jacob parecía impasible por fuera, por dentro se libraba una batalla titánica.
Sentía remordimientos. Ese hombre era bueno; nada vanidoso, ni soberbio. Todo lo contrario: era amable, educado y humilde.