18
El final del domingo transcurrió con bastante normalidad, dada la tormenta emocional que se fraguaba en el interior de Isabella.
Recogió a una Jo radiante, que no dejó de hablar en todo el trayecto sobre las aventuras de su fiesta de pijamas. Ella sonreía y asentía, pero en su cabeza solo había espacio para una persona. Su rostro estaba grabado a fuego en su mente, su cuerpo tatuado en su piel.
Su corazón se sentía feliz, pero también compungido; una mezcla extraña, contradictoria e incluso incoherente. La felicidad extrema y la pena máxima rara vez coexisten en armonía. Y si a eso le sumas la culpa, el cóctel resultante es una bomba de relojería.
Tal como había supuesto, Matthew llegó tarde. Ella se había ido a la cama antes de lo habitual; no quería estar despierta cuando él llegara.
Antes de dormirse, sintió la necesidad imperiosa de enviarle un mensaje de buenas noches a Jacob.
Dudó un instante; temía estar abriendo la caja de Pandora.
No sabía si él ya habría vuelto a casa con Francesca o si podría ver el mensaje en ese momento; sobre todo, temía que ese acto le diera a él un permiso intrínseco para hacer lo mismo.
No quería vivir en alerta constante por culpa del teléfono.
Pero al final, todos esos pensamientos se desvanecieron dando paso a la urgencia y el deseo de hablar con él.
Sus dedos teclearon antes de que su razón pudiera detenerlos: «Gracias por un fin de semana inolvidable, Jacob».
Al poco tiempo él vio el mensaje y con cara de felicidad absoluta contestó: «Todavía no se me ha quitado la cara de bobo enamorado».
Isabella sonrió en la oscuridad. Jacob mostraba sus sentimientos de una manera artística, libre, sin frenos. Le había dicho en varias ocasiones durante el fin de semana que estaba loco por ella, que jamás había sentido por Francesca ni por ninguna otra mujer lo que estaba sintiendo ahora.
Se durmió con esa sonrisa en los labios pensando en él; ambos lo hicieron.
Jacob se quedó en el estudio. No habría podido volver a casa; necesitaba seguir entre esas sábanas, con el olor de ella impregnado en la tela, rememorando cada segundo de lo ocurrido.
A la mañana siguiente, cuando Isabella bajó las escaleras temprano, dispuesta a comenzar el ritual matutino, vio a Matthew sentado a la mesa, desayunando con la pequeña.
—Hola, cariño. No quería irme sin verte. Llevamos días sin vernos apenas, ni hablar —dijo él con suavidad.
Entonces, una de las dos mujeres que coexistían en su cuerpo tomó el control.
Se metió en el papel de esposa abnegada y madre feliz, como si todo siguiera igual que hacía semanas, y saludó a su marido.
No con mucha efusividad, es cierto; ahora se interponía entre ellos una barrera invisible, pero perfectamente tangible.
—Es cierto —respondió ella—. El hotel te está robando demasiado tiempo en familia.
—Lo sé y lo siento de verdad, mi amor. Sé que ya lo he dicho muchas veces, pero os compensaré —dijo, mirando también a la niña—. Al final, como veis, se ha retrasado un poco el viaje a Londres así que hoy vendré muy pronto a casa. El viernes ya cojo el vuelo y quiero estar con vosotras.
Londres.
Había olvidado Londres. Su mente había relegado ese tema a un segundo plano.
—¿Este viernes coges el vuelo definitivamente? —preguntó Isabella.
—Sí. Este viernes salgo para allí.
Le daba pena; Jo lo echaría mucho de menos. Ella se había acostumbrado en las últimas semanas a no verle, así que el hecho de que se fuera a Londres, sin querer, la aliviaba. Tenía carta blanca para poder estar con Jacob.
Cuando esos pensamientos llegaban a su cabeza, se sentía tremendamente mal, consciente de la mentira, del engaño, de la doble vida. Pero quería verlo y estar con él. Y de Matthew se sentía a años luz en ese momento.
—Lo tengo todo listo ya para el viaje. Por eso hoy vendré pronto, ¿qué te parece? Cenamos los tres juntos —dijo él con una sonrisa dirigida a Josephine—. ¿Unas pizzas?
—¡Síiii, unas pizzas! —vitoreó la pequeña entusiasmada.
—Me parece perfecto —dijo Isabella, disfrutando de la ilusión de su hija.
Era difícil debatirse entre tantos sentimientos. Ver feliz a la niña, entusiasmada con su padre y los planes en familia era prioritario para ella, debía de serlo. No quería renunciar a eso, pero tampoco a él.
—¿Llegarás para verme tocar el piano? Viene Jacob después del cole, papi —soltó Jo.
Jacob.
Su piel, sus ojos, sus brazos, sus besos... Todo en forma de imágenes bombardeó la cabeza de Isabella. Se sintió mareada, el suelo bailaba bajo sus pies.
—Lo intentaré, mi amor, sí. Quizá llegue a tiempo y así me demuestras lo bien que van las clases. De hecho, me gustará ver a Jacob y preguntarle que tal va todo; me he desentendido del tema y no está bien —respondió Matthew.
En esta ocasión, miró a Isabella. Ella le sostuvo la mirada y sonrió como pudo, aterrada por si él lograba ver el pánico reflejado en su cara.
—Tú llegas más o menos al final de la clase, Isabella, así que nos vemos aquí y preparamos la cena juntos, ¿vale?
—Claro, cariño —acertó a decir ella, notando cómo unos sudores fríos le recorrían la espalda.
Claire la esperaba en la galería, impaciente por escuchar hasta el último detalle del fin de semana. Nada más cruzar la puerta, Isabella fue recibida con un abrazo envolvente y una avalancha de preguntas. Claire llevaba un vestido ajustado de color crema que realzaba sus curvas de forma exuberante.
—¡Wow! —exclamó Isabella cuando Claire la soltó tras aquel abrazo poderoso, buscando aire—. Estás de escándalo. Qué locura de vestido.
—Me lo regaló Mark —respondió ella con una sonrisa rápida, antes de cortar de raíz cualquier desvío en la conversación—. ¡Bueno, ¿y qué?! Cuéntame todo. Quiero lujo de detalles —rio con picardía, sin dejar que el tema de Jacob se enfriara ni un segundo.
Isabella soltó una carcajada al ver el entusiasmo desbordante de su amiga.
—Pues ha sido perfecto, Claire.
Un suspiro, una sonrisa y unos ojos brillantes acompañaron su respuesta.
—Ya te veo la cara, cariño... —dijo tomándole el rostro con delicadeza entre las manos—. O sea, ¿que podemos descartar la opción de que esta historia termine porque el sexo fuera un desastre, no?
—Me temo que sí —confirmó ella tajante, encogiéndose de hombros—. De hecho, ha sido el mejor de mi vida. Estoy perdida —confirmó.
Claire puso los ojos en blanco, y con un gesto suplicante de las manos, le exigió cada mínimo detalle.
Tras un interrogatorio minucioso, en el que Isabella tuvo que responder a preguntas de todo tipo hasta dejar a su amiga completamente saciada con la anatomía de Jacob y la química existente entre ambos, por fin pudieron prestar atención a los móviles, que estaban vibrando sin descanso sobre la mesa.
Era Sophie en el chat grupal, casi implorando que la hicieran partícipe y la pusieran al tanto de todo. Incluso Claire se sorprendió de la urgencia por conocer cada matiz picante de la historia.
Isabella, deseosa de compartir su felicidad, las puso al día con entusiasmo. Una vez saciada la curiosidad de las chicas sobre el «Caso Jacob», pasaron a otros temas.
Sophie era la que siempre enviaba los audios más largos del grupo.
En parte, se debía a que se sentía más segura a través del teléfono, pudiendo mostrarse tal como era, al cien por cien, sin miedo a ser juzgada.
Ahora, a raíz de la operación, había cambiado su manera de ver la vida y de enfrentarse a ella; esa inseguridad que antes la definía había desaparecido.
Aun así, mantenía la costumbre de enviar sus «pódcast» al grupo.
Aldis la había sorprendido unos días atrás con una conversación sobre el futuro.
En ella, mencionaba el momento difícil que habían atravesado, lo diferente que veían la vida ahora y lo afortunados que eran de seguir sumando historias juntos, un privilegio del que otras personas no siempre gozan.
Se habían dado cuenta, de forma cruda y real, de lo efímera que es la existencia y de la fragilidad del ser humano.
Aldis sabía que Sophie no dejaría Nueva York: los niños tenían su vida tejida alrededor de la ciudad, ella jamás abandonaría a sus amigas y ambos tenían sus trabajos allí.
Pero ¿por qué no tener un refugio? Un lugar al que ir a descansar, donde poder ver el mar cada día; algo que Sophie amaba y que, por una razón u otra, no solía disfrutar a menudo.
Así que le comentó que estaba pensando en invertir sus ahorros en una casita de madera en los Hamptons. Un hogar sencillo frente al océano, al que pudieran ir siempre que quisieran y que también sirviera de refugio para las tres chicas cuando necesitaran un descanso merecido.
Sophie contó en el audio cómo se sintió en ese momento: tan feliz que el abrazo que le dio a su marido casi lo tira al suelo.
Agradeció no haber tomado decisiones erróneas en el pasado, cuando pensaba que todos eran más afortunados que ella y que su marido no era suficiente.
Se había equivocado, y había necesitado un revés de la vida para darse cuenta de la suerte que tenía.
El audio terminaba diciéndoles a las chicas que estaría encantada de anunciarles que pronto serían copropietarias simbólicas de una casita de madera de tres habitaciones frente al mar en los Hamptons.
Isabella y Claire estaban entusiasmadas. Sabían que a Sophie le vendría de perlas ese refugio donde esconderse del mundo cuando lo necesitara, y les llenaba de alegría ver la nueva perspectiva de su amiga hacia su marido.
Los Hamptons estaban a solo dos horas en coche de Nueva York, lo suficientemente cerca para escapar un fin de semana cualquiera y lo suficientemente lejos para sentirse en otro mundo.
Podrían juntarse allí siempre que quisieran, confesando sus aventuras al sonido de las olas, con el mar como único testigo de sus secretos.
Ahora, Isabella tenía una nueva preocupación de la que ocuparse. Por la tarde, Matthew llegaría pronto a casa para presenciar la clase de piano de la pequeña Jo. Esa misma clase que impartiría Jacob.