El secreto de Isabella 17
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Pasaron la noche abrazados. Él la protegía entre sus brazos como si temiera que algo malo pudiera sucederle y él estuviera allí para impedirlo; ella, aferrada bajo su protección, se sentía frágil, a punto de romperse en cuanto el sueño se acabara.

Isabella se despertó en mitad de la noche. Jacob tenía un brazo apoyado en su almohada y con el otro la mantenía deliciosamente atrapada contra su cuerpo. Ella lo miró y sonrió en la penumbra.

—Qué guapo eres —susurró.

Le tocó la nariz respingona y deslizó los dedos por sus labios carnosos, delineando el borde de esa barba perfecta: ese crecimiento de varios días, exquisito y desenfadado.

Al tacto, resultaba sorprendentemente suave. Satisfecha, volvió a dormirse.

Por la mañana, la luz del alba fue despertándolos poco a poco.

En esta ocasión, fue Jacob el primero en abrir los ojos.

Con cuidado, retiró un mechón de pelo del rostro de Isabella, dejando al descubierto el lado derecho de su cara reposando sobre la almohada.

Se la acarició hasta que ella terminó de espabilarse.

—Buenos días, mi amor —saludó él en voz baja.

—Buenos días —respondió ella, estirándose con pereza.

—No quiero que esto se termine, Isabella.

La voz de Jacob delataba su pesar; sabía que el tiempo con ella se agotaba y que pronto tendría que dejarla ir. Esa certeza le partía el corazón.

—Yo tampoco —susurró ella.

Isabella sentía exactamente lo mismo, leía los pensamientos que atormentaban la mente de él, compartiendo ese miedo silencioso a la despedida.

Permanecieron un buen rato en la cama, disfrutando el uno del otro.

Jacob reía a carcajadas porque ella intentaba levantarse para lavarse los dientes y arreglarse, insistiendo en que seguro que tenía «unos pelos desbocados».

Pero él no la dejaba moverse, argumentando que estaba preciosa y que no quería perderla de vista ni un segundo.

Se amaron una vez más. Y otra.

Después, fue el estómago de Jacob el que pidió clemencia.

—Estoy muerto de hambre —dijo tocándose el vientre trabajado mientras reía.

—Me encanta tu risa —dijo ella—. Bueno, tu risa y todo.

—Eres tú la que me hace reír.

Más besos y caricias.

Se les agotaba el tiempo.

—Venga, ¿vamos a desayunar algo? Yo tampoco quiero que pases hambre —dijo ella.

Jacob se levantó y cogió de la cómoda unos pantalones de chándal burdeos. La goma de la cintura reposaba baja, justo sobre el final de esa V que Isabella había saboreado tantas veces durante todo el fin de semana. El tejido marcaba sus glúteos y ella le dio una palmada divertida en el culete.

En la cocina, él preparó unos huevos revueltos con tostadas de pan de masa madre y aguacate. También hizo un café con leche, francamente exquisito, recién salido de su máquina Barista Express.

Se sentaron a disfrutar del desayuno.

—¿Te volveré a ver? —preguntó Jacob de repente.

Isabella lo miró mientras se llevaba la tostada a la boca. A ambos les llegaba la bofetada de realidad en el mismo instante. Pero ella lo quería. Lo deseaba. No podía ni pensar en no volver a ver a aquel hombre adorable que tenía ante sus ojos.

—Pues claro que nos volveremos a ver —confirmó ella.

Jacob pareció sentir un alivio instantáneo, reflejado claramente en su rostro.

—¿Tú quieres volver a verme? —preguntó ella, deseando oír de sus labios lo que obviamente ya sabía.

—Pues claro —soltó él riendo, sin siquiera molestarse en tragar el bocado, porque las palabras le brotaron del alma antes de poder contenerse—. Sabes que estoy loco por ti.

Le dio un pequeño pellizco cómplice y juguetón en la cintura. Ella se rio como si le hubiera hecho cosquillas.

—El sentimiento es mutuo —respondió con una sonrisa pícara.

—¿Después de desayunar nos damos una ducha juntos?

—Claro —asintió ella, con los ojos brillando de anticipación.

El baño era un claro reflejo del resto del apartamento. Libre de cachivaches innecesarios, simple, ordenado y masculino.

Dominando la estancia, se alzaba una ducha doble de dimensiones colosales, enmarcada tras mamparas de cristal.

Le retiró la camiseta que llevaba puesta con lentitud.

Al contacto con el aire, sus pezones se erizaron de inmediato, delatando su excitación.

Jacob recorrió sus pechos con los labios antes de deslizar sus braguitas hacia abajo, descendiendo por sus muslos con caricias y besos húmedos que la hicieron estremecer; su intimidad ardía, reclamándolo en silencio.

Una vez desnuda, tras haberla adorado con la boca durante un largo rato, él se despojó del pantalón y la tomó en brazos. La introdujo en la ducha, sentada a horcajadas sobre él.

Abrió el grifo.

El vapor comenzó a empañar el cristal mientras el agua templada los envolvía.

Se devoraban.

La bajó de sus brazos suavemente, dejándola delante de él mientras el agua de la ducha lo empapaba por completo. Se pasó las manos por la cabeza, mojándose el cuerpo entero.

Ella lo observaba fascinada. No podía estar separada de él. Se acercó, entregándose a un deseo insaciable, recorriendo con sus manos aquel vientre firme y poderoso, bajando lentamente con su boca, recorriendo toda su anatomía sin dejarse nada al azar. Lo saboreó entero de arriba a abajo.

Jacob la alzó como si no tuviera peso alguno, sosteniéndola contra el azulejo mientras el torrente de agua golpeaba su propia espalda, convirtiéndose en un escudo para ella frente al resto del mundo.

—No aguanto más —jadeó ella al oído—, te quiero dentro de mí.

—Tus deseos son órdenes, princesa —gimió él.

La poseyó con una lentitud deliberada, una entrega pausada que rozaba el suplicio, obligándola a buscar más, a confesarle cuánto lo necesitaba.

Con movimientos de una sincronía perfecta, Jacob fue apaciguando la urgencia de Isabella. Ella, desbordada por la pasión de sus embestidas, alcanzó un clímax sísmico que la dejó sin aliento.

Él se rindió poco después, liberando un rugido contenido que reverberó en las paredes de la ducha.

Permanecieron así unos minutos, unidos todavía, mientras él la cubría de caricias apenas rozándola con los labios.

—Qué me has hecho, Isabella… qué me has hecho —logró articular en un susurro apenas audible.

Cuando el pulso se calmó, continuaron con el baño. Jacob tomó el champú y le enjabonó el cabello delicadamente; ella se sentía flotar, completamente cautivada por sus atenciones.

Bajo el chorro que ya había convertido el baño en una sauna privada, él le aclaró la melena. Luego, apoyando una rodilla en el suelo, comenzó a enjabonar sus pies y sus piernas, ascendiendo con parsimonia hacia su vientre y deteniéndose en su zona más sensible.

Al ponerse en pie, continuó por sus pechos y brazos, deleitándose en cada curva.

—Podría morir mañana mismo y lo haría feliz —confesó él con una sonrisa juguetona.

Tras enjabonar su cuello y hombros, la hizo girar para seguir con su espalda y sus nalgas, donde propinó un azote travieso que la hizo dar un pequeño respingo. Se las sujetó con firmeza, en un gesto cargado de posesión, antes de dejar que el agua eliminara cualquier rastro de jabón de su piel.

Llegó el turno de ella, que deseaba devolverle cada caricia y absorber cada centímetro de su cuerpo escultural.

Deslizó la esponja por sus hombros anchos, por sus brazos potentes y su abdomen.

—Dios… esto me excita muchísimo, Jacob —murmuró ella mientras pasaba la esponja por la musculatura que dibujaba su V, deteniéndose en ese vello perfectamente arreglado que descendía desde el ombligo hasta revelar su virilidad.

Solo esa visión era suficiente para dispararle el pulso hasta la taquicardia.

Acarició su lunar con suavidad y se inclinó para besar sus rincones más exquisitos antes de subir de nuevo a sus labios, queriendo devorar cada centímetro de su ser.

Si tuvieran que contar los besos y las caricias que se estaban dando, su cantidad rozaría lo infinito.

Solo cuando sus dedos estuvieron arrugados por la humedad salieron de la ducha, envolviéndose en el abrazo de las toallas de algodón blanco.

La experiencia no había sido solo física; había sido un viaje extrasensorial.

Ninguno de los dos quería que ese día terminara.

Isabella no recordaba un fin de semana tan exquisito en años; hacía mucho tiempo que su relación con Matthew había caído en la rutina.

Pero ahora, junto a Jacob, se sentía viva de nuevo. Plena y feliz. Se estaba enamorando poco a poco, un sentimiento que solo lograba frenar el peso de su vida y la certeza de que, por mucho que deseara estar con Jacob, tenía una familia.

Él, por su parte, estaba perdido. No quería volver a casa con Francesca, no quería dejarla ir; la habría secuestrado si hubiera podido.

Pero él no tenía hijos y acababa de descubrir que jamás había amado a Francesca como creía, así que sabía exactamente lo que tenía que hacer.

Ni siquiera quería pensar en no volver a dormir con ella esa noche, ni la siguiente.

Su mente era un torbellino: pensaba en cuándo sería la próxima vez que la vería, que la besaría, que le haría el amor.

Y entonces, la realidad lo golpeó: ella volvería a casa con su marido, quien podría tocarla y besarla.

Sus celos se dispararon como locos, quemándole por dentro.

—No te vayas, mi amor —susurró él mientras la secaba, envuelta en su pomposa toalla de algodón—. No te vayas —repitió contra su oído, hundiendo la cara en su cuello, aspirando su aroma.

—No me quiero ir, Jacob, no me quiero ir —exhaló ella, entre lo que parecían sollozos.

Pero la realidad era dura como la vida misma: lapidaria e implacable. Tenía que irse, recoger a Josephine y ver a Matthew, con suerte, cuando ella ya estuviera dormida.

Tenía que volver a su vida.

Sobre todo, tenía que cuidar de su hija y comportarse como lo que era en realidad: una madre.

Se vistieron casi sin hablar, sumidos en una tristeza profunda, en un silencio abrumador que no hacía más que delatar su pena. ¿Cómo podrían volver a sus rutinas como si tal cosa?

—¿Cuándo volveré a verte? —preguntó él, con la voz rota.

—Dentro de poco, te lo prometo. Yo misma ya no puedo estar sin ti, no después de lo de este fin de semana, Jacob.

—Lo sé, cariño mío, lo sé —confirmaba él, pegando su frente a la de ella, sabiendo que también sufría.

La levantó en el aire, abrazándola con fuerza, besándola con dulzura y pesar infinito.

—Venga, te dejo que te vayas. No quiero que llegues tarde a por Jo por mi culpa y te sientas culpable.

—Volveré pronto, Jacob, te lo prometo.

—Está bien, mi amor. Aquí te espero —se cogieron de la mano—. No te olvides de mí.

—¿Qué dices? —rio ella, aunque con los ojos tristes por tener que irse—. ¿Estás loco?

—Sí. Por ti.

Más besos, más caricias… intentando alargar lo inevitable.

—Venga, vete mi amor, o llegarás tarde.

Sus dedos se deslizaron poco a poco, soltándose hasta dejarla marchar.

Sostuvieron la mirada en un silencio doloroso mientras ella entraba al ascensor, hasta que las puertas mecánicas se interpusieron entre los dos, cerrándose ante sus ojos.