16 #5
Él soltó otra carcajada sonora, echando la cabeza hacia atrás y dejando al descubierto esa hilera de dientes pequeños y perfectos que poblaba su boca.
—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida. Puedes comerte esta tarta y todas las que quieras —dijo mientras se acercaba a la isla para dejar el plato frente a ella, dándole un beso en los labios.
Cortó un par de pedazos. Le acercó un plato.
—Venga, pruébala. A ver qué te parece.
Ella cogió la cuchara y se llevó un buen trozo a la boca.
En cualquier situación normal, le habría dado vergüenza comer con tanto ahínco delante del hombre que le gustaba.
Pero con Jacob era diferente. Sentía una confianza que no era propia de las primeras veces; esa complicidad y seguridad solían tardar meses en llegar, sin embargo, con él todo fluía.
—Mmm…, por Dios, esto está de muerte —dijo poniendo los ojos en blanco.
Jacob se rio de nuevo; hacía tiempo que no se reía tanto. Le fascinaba ver a Isabella disfrutar de la comida a ese nivel: la veía confiada, tan a gusto, que eso generó en él una confianza extra, una sensación de pertenencia mutua.
—¿Te gusta? —preguntó él, sonriendo.
Ella no respondió con palabras. En lugar de eso, cerró los ojos con fuerza, echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un suspiro dramático, como si el sabor la hubiera abrumado.
Luego abrió los ojos, brillantes de placer, y le acercó la cuchara cargada con otro trozo.
—Prueba —ordenó juguetona.
Él comió el pedazo de tarta.
—Qué buena está —admitió, chasqueando la lengua.
—Es todo perfecto, Jacob —susurró ella, acercándose a él, que la besó con cariño.
—Pues sí —dijo, acariciándole los labios con sus dedos.
Isabella levantó la vista por encima del hombro de Jacob. En medio de aquel inmenso loft en el corazón de Manhattan, descansaba imponente un Bösendorfer, brillante como un espejo oscuro bajo las luces tenues.
Jacob giró la cara, siguiendo la dirección de su mirada.
—Mmm..., ya sé qué quiere mi princesa —dijo juguetón.
Isabella flotaba en una burbuja de maravillosas emociones. La intensidad del sentimiento de estar enamorándose le parecía maravilloso.
Jacob se limpió los labios con la servilleta, la dejó sobre la mesa y se levantó del taburete.
Caminó hacia el piano. Se sentó en el banco acolchado, forzó un carraspeo en broma como si fuera a recitar el concierto de su vida y levantó la cara hacia ella con una mueca cómplice, haciéndose el interesante; ambos rieron, acostumbrados ya a esa confianza teatral entre los dos.
Pero cuando sus ojos se cerraron, todo cambió. Sus dedos, largos y hábiles, parecieron cobrar vida propia, alzándose como alas antes de posarse sobre las teclas.
Y entonces, comenzó a sonar.
Una melodía lenta, dulce y profundamente sensible, que nacía suave como la lluvia cayendo sobre un cristal empañado. Las notas fluían con una liquidez hipnótica, construyendo poco a poco una estructura potente, llena de un sentimiento crudo y divino.
Isabella observaba, fascinada. Lo veía tan vulnerable y poderoso a la vez, balanceando su torso con un ritmo que ella jamás había presenciado en la intimidad de su casa.
Había buscado videos suyos, lo había visto actuar en plataformas digitales, saciándose de ver cómo sentía al piano, pero nada se comparaba con lo que vivía ahora, en persona: estar allí, respirando el mismo aire, sintiéndose la musa exclusiva de esa creación.
Jacob llevaba tiempo componiendo esa melodía para ella, inspirándose en la mujer que le había cambiado la percepción de lo que significaba el amor, en la mujer que le había despertado esas sensaciones nuevas que ahora no podía dejar de sentir.
En el clímax de la pieza, cuando la melodía cobraba una fuerza arrolladora y casi divina, Jacob abrió los ojos y fusionó su mirada con la de ella, observando cómo se le humedecían las pupilas, brillantes de pura emoción.
Isabella se llevó la mano a la boca, incapaz de contenerse; el momento, la melodía...
todo estaba siendo abrumador. Las lágrimas brotaron entonces libres, delatando su sensibilidad extrema mientras contemplaba a Jacob interpretar aquella belleza, sosteniéndole la mirada con una sonrisa entre nota y nota.
El sonido del instrumento resonaba en aquel espacio colosal, llenando cada rincón del loft con una vibración que les envolvía a ambos.
Ella reía y lloraba al mismo tiempo, dejando que sus sentimientos fluyeran sin filtros, feliz de poder mostrarlos con confianza y naturalidad.
Jacob, al verla tan emocionada, sintió un orgullo profundo; sonrió, sabiendo que esa era su mejor manera de declararse: a través de su música. No había palabras que pudieran igualar lo que esas notas decían.
Ella sabía, con certeza absoluta, que aquel momento sería mágico para siempre, uno al que volvería una y otra vez en su memoria sin descanso. Dio gracias al universo en silencio.
El final fue grandioso, un cierre sagrado que se desvaneció en el aire dejando un eco reverberante.
Isabella seguía con la mano en la boca, apenas consciente del gesto.
Cuando Jacob dejó de tocar, se acercó a él lentamente, viviendo esos segundos como si fueran únicos en el tiempo.
Cuando estuvo cerca, él estiró la mano para tomar la suya y atraerla hacia sí en un abrazo infinito.
Ojalá fuera eterno, pensaban ambos. Ojalá nunca tuviera que dejarla ir, pensó él, temiendo el instante en que tendría que dejarla marchar.
La sentó sobre sus piernas. Ella lo envolvió en millones de besos, caricias y mimos eternos e inmensos, cogiéndole la cara con ambas manos, estudiando sus facciones con devoción.
—¿Era para mí? —preguntó entre lágrimas.
—Sí —contestó él en un susurro.
—Ha sido lo más hermoso que me han regalado en la vida, Jacob —sollozó.
—No llores, mi amor —decía él mientras recogía las lágrimas con sus dedos.
—No puedo evitarlo —dijo entre lágrimas—. Ha sido tan romántico… —añadió, rodeando su cuello con los brazos para refugiarse en él.
—Me alegro de que te haya gustado.
—¿Gustado? Ay, Jacob... —exclamó ella, aferrándose a él con más fuerza aún, como si quisiera convertirse en un solo ser.
Se miraron a los ojos durante lo que pudo haber sido una eternidad.
Con movimientos lentos y deliberados, le quitó la camiseta, dejando su cuerpo desnudo y entregado solo a él. Quería sentir su piel contra la suya. Que fueran una.
La besó, la olió, respiró su esencia mientras sus labios recorrían cada rincón. Ella se aferraba a él, sin querer separarse ni un instante, dejándose hacer. Sin romper el abrazo, con ella totalmente vulnerable en sus brazos, sus dedos volvieron a encontrar las teclas.
La melodía resurgió, más íntima si cabe, mientras él la sostenía contra su pecho, haciendo que la música vibrara directamente en su piel.
Pesaba como una pluma. Sentía una ternura inmensa, casi dolorosa, por esa mujer que sostenía contra su cuerpo.
Disfrutaron de la música juntos, ella pegada a su cuello, sintiendo las vibraciones de las teclas a través del cuerpo de él y dejando que las lágrimas brotaran libres de nuevo.
Cuando la última nota se apagó, envueltos en ese silencio sagrado y vibrante, hicieron el amor de nuevo.