El secreto de Isabella 16 #4
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16 #4

Sus gestos cinematográficos intentaban imitar a un chef experimentado.

Isabella se derretía literalmente. Estaba guapísimo. Ese torso desnudo y esa V pronunciada que desaparecía bajo los vaqueros, no la dejaban concentrarse en los solomillos ni en nada.

—Me gusta tu lunar —lo interrumpió, señalando ese punto exacto en su pelvis y mordiéndose los labios.

Jacob sonrió, dejando los ingredientes sobre la encimera y acercándose a ella.

—A mí me gustas tú.

Mil besos pequeños, infinitos. La hacía reír.

La levantó y la sentó sobre la pequeña isla de la cocina, subiéndole la camiseta hasta dejarla solo en ropa interior sobre la superficie de madera.

Comenzó a recorrer su cuello con los labios, mientras le acariciaba los muslos, absorbiendo cada centímetro de su piel como si supiera que el tiempo se agotaba, memorizándola antes de que el mundo exterior se la arrebatara.

—No sé qué me has hecho… pero estoy loco por ti —gimió contra su piel.

Ella lo abrazó alrededor del cuello, mordisqueándole el labio inferior, respondiendo a esa confesión con caricias que decían lo mismo.

—También he comprado vino —recordó él—. ¿Te apetece una copa? Me quedé con muchas ganas de tomarme una contigo el día que te ayudé a abrir aquella botella.

—Claro que sí.

Jacob se separó un segundo, cogió la botella del botellero metálico que descansaba sobre la encimera. Era un Château Margaux, un tinto francés de cuerpo intenso y notas aterciopeladas.

Descorchó la botella con un chasquido suave, sirvió un poco en una copa de cristal fino y se la tendió a Isabella, que seguía sentada en la isla, con la camiseta remangada por encima de la cintura y aquellas braguitas negras de encaje que contrastaban con su piel clara.

Él se sirvió otra copa y, sin dejar de observarla —cosa que hacía constantemente—, propuso un brindis.

—Por ti, mi princesa.

—Por nosotros —dijo ella, haciendo chocar su copa con la de Jacob.

—Voy a prepararte esos solomillos —dijo sonriendo.

—¿Y yo qué hago? —preguntó ella, balanceando ligeramente las piernas.

—Tú quedarte ahí sentada. Ya me ocupo yo de todo.

La besó en los labios.

—Estás para comerte entera y no esos solomillos —añadió riendo ahora con una carcajada.

Ella, juguetona, adoptó una pose exageradamente dócil, como una niña pequeña que obedece sin rechistar, pero con una mirada que ardía en pura malicia.

Se mordió el labio, ladeó la cabeza y dejó caer los hombros, coqueteando con él hasta el extremo más peligroso.

Cada movimiento era una invitación calculada; sus ojos lo recorrían con una lentitud obscena, y su cuerpo se arqueaba sutilmente, ofreciéndose en silencio.

Era una danza de seducción consciente, sexual y directa.

Jacob no solo sintió que no aguantaba más; sino que vio claramente cómo ella lo buscaba, cómo lo llamaba con la mirada y con la postura de su cuerpo. La necesidad en los ojos de ella era un espejo de la suya.

Así que dejó los filetes, recién sacados de la nevera, olvidados sobre la encimera y se acercó de nuevo a ella.

—No me dejas cocinar —le susurró al oído mientras la acercaba a su cuerpo.

Entonces, ella lo rodeó con las piernas y lo aferró con los brazos, sedienta de él; quería más, mucho más.

En un movimiento fluido, Isabella se abrió por completo para ofrecerle acceso total. Jacob le quitó suavemente las braguitas de encaje y las dejó sobre la isla, junto a ella.

Parecía que esa zona de la cocina hubiera sido diseñada específicamente para ellos: encajaban sin esfuerzo, sus cuerpos acoplándose a la perfección, sin tener que moverse apenas.

Dejó caer sus pantalones hasta los pies. Con un movimiento firme, sujetó sus muslos para abrirse paso y entrar en ella, poseído por la urgencia del deseo.

Esta vez, el sexo fue más necesario, más urgente.

Derrochaba el mismo amor de la primera vez, pero con una fuerza exigente, casi desesperada.

Ella seguía con la camiseta puesta; él, completamente desnudo, con los pantalones descansando en torno a sus pies descalzos.

Sus cuerpos se movían al unísono, buscándose el uno al otro con una necesidad loca, animal.

—Dios, Isabella... —gemía él, perdiendo el control.

Notar cómo su cuerpo la cubría sin esfuerzo, la movía o la levantaba a su antojo, siempre con ese cuidado y esa dulzura de quien ama lo que sostiene, la volvía loca.

Había algo primitivo y hondo en esa sensación, algo que no necesitaba justificarse: se sentía protegida y eso le gustaba.

Cuando llegaron al orgasmo, se quedaron abrazados, unidos por el vínculo invisible pero tangible. El silencio volvió a la cocina, solo roto por sus respiraciones entrecortadas.

Se rieron suavemente, compartiendo la complicidad de lo ocurrido.

—Si no te bajas de aquí, hoy no cenamos —dijo él entre risas, besándola con voracidad sin haber salido aún de su interior.

—Te prometo que seré buena y te dejaré cocinar, pero solo porque estoy muerta de hambre —añadió ella con voz cariñosa.

—Vale —rio él—. Me pongo a ello de inmediato.

La imagen de Jacob, de espaldas, canturreando mientras bebía un sorbo de vino de su copa, vestido únicamente con esos vaqueros que dejaban entrever el comienzo de sus glúteos, manejando los solomillos en la plancha con destreza, le pareció muy sexy.

De vez en cuando se giraba y la miraba embebiéndose de su presencia. La felicidad que recorría el cuerpo de Jacob era una sensación tan novedosa para él que lo llenaba de una emoción desbordante. Se sentía radiante, eufórico.

Ella se tomó unos minutos para revisar el chat con la madre de Mandy.

Las últimas fotos mostraban a las niñas riendo, acurrucadas sobre cojines dispuestos con precisión en el suelo como un pequeño campamento, mientras devoraban palomitas y chucherías frente a la inmensa pantalla del salón de Christine.

Al ver a su hija tan feliz, la tranquilidad regresó a su pecho y pudo volver a disfrutar plenamente de su velada y del hombre que cocinaba para ella prácticamente desnudo.

Jacob iba colocando poco a poco los filetes en el plato, acompañados de verduras salteadas y patatas.

Ella se acercó por detrás y rodeó su pecho con las manos mientras él seguía al fuego.

—Mmm..., qué buena pinta tiene todo esto.

Jacob estaba preparando una salsa de pimienta verde para la carne; tomó una cuchara de madera, la mojó y se la acercó a los labios para que la probara.

—Exquisito —dijo Isabella.

Inmediatamente, Jacob besó la comisura de sus labios, justo donde había quedado el rastro de la salsa.

Cuando todo estuvo listo, fueron disponiendo los platos poco a poco sobre la isla de la cocina. Jacob hizo ademán de alejarse.

—Voy a ponerme una camiseta para comer. Vengo ahora.

—¡No! —lo instó ella, sujetándole de la mano—. Quédate así.

—De acuerdo —dijo él, esbozando esa perfecta sonrisa a la que era difícil resistirse.

Se sentaron en dos taburetes altos, tapizados en tela acolchada de color burdeos, cuyo tono hacía un perfecto contraste con los ladrillos vistos de las paredes del loft.

La carne había quedado perfecta, en su punto. Isabella devoraba los filetes mientras Jacob reía a carcajadas, haciendo alusión al hambre voraz que ella demostraba.

Entre gestos amorosos, se daban a probar la comida el uno al otro, mezclando mimos, risas y anécdotas que hacían que se fueran conociendo poco a poco con cada bocado.

Isabella sabía que el padre de Jacob había nacido en Italia, que falleció cuando él era apenas un niño y que le había legado un talento exquisito para el piano.

—¿Y cómo empezaste realmente en el mundo de la música, Jacob? —preguntó Isabella, apoyando los codos en la mesa, con los ojos brillando de curiosidad—. Tengo mucha intriga con eso.

Jacob sonrió con nostalgia, girando la copa de vino entre sus dedos.

—Mi madre me llevó a la escuela pública del distrito, como a cualquier otro niño —comenzó, con la mirada perdida en el vino—. Pero desde el primer día, en esas clases de música generales, yo ya destacaba. No era algo aprendido, simplemente sucedía.

Hizo una pausa breve, dejando que el recuerdo cobrara forma en su mente antes de continuar.

—Mi profesora de música en primaria fue la que me descubrió. Me escuchó improvisar sobre algo y llamó a mi madre al instante. Le soltó algo así como: «Este niño tiene un don, señora». Pero mi madre ya lo sabía; siempre tuve oído para la música desde muy pequeñito.

Jacob sonrió. Isabella lo escuchaba atentamente mientras pensaba en lo increíblemente atractivo que era y en lo magnético que le resultaba.

—Gracias a ella, conseguí que me escucharan para una beca de artes para chicos con talento. Tuve que demostrarlo delante de un tribunal de profesores que no tenían piedad alguna; recuerdo que estaba aterrado, muy nervioso.

Sus ojos se encontraron con los de ella.

—Pero cuando me siento al piano, el mundo desaparece, Isabella. Solo estamos el instrumento y yo. La música fluye sola.

Tomó un sorbo de vino, relajando los hombros.

—Esa beca pagó mis clases en el conservatorio mientras terminaba el instituto y, luego, me abrió las puertas directas a Juilliard con todos los gastos cubiertos. Y eso es todo, pequeña —dijo, antes de inclinar su rostro y besarla.

Ella lo miraba fijamente, incapaz de apartar la vista de sus labios, de sus ojos, de esas manos que habían creado un destino desde la nada.

—Quiero saberlo todo de ti —dijo acto seguido, sin apartar la mirada de sus ojos.

Jacob soltó una carcajada.

—No te preocupes, que lo sabrás —respondió él, guiñándole un ojo con picardía mientras se reclinaba en la silla—. Espero que tengas hueco para el postre. Te he traído un dulce que sé que te va a gustar.

—¿Me has preparado postre?

—¡Claro! Bueno, no lo he hecho yo, lo he comprado —confesó Jacob riendo.

Se levantó para servir el postre y caminó hacia la nevera. Ella disfrutó de las vistas.

—Tienes un cuerpo precioso —comentó, con voz suave.

—Pues es todo tuyo —respondió él desde la nevera, sacando una pequeña tarta de chocolate con nata y fresas que tenía una pinta pecaminosa.

—Wow —exclamó ella—. Eso me va a costar mucho trabajo en el gimnasio.