16 #3
Entonces él la atrajo hacia el interior sin mediar más palabras. La envolvió entre sus brazos y la besó. Fue un beso de fuerza desgarradora, pero ejecutado con la misma suavidad y lentitud que el día del puente. Disfrutando de cada segundo, sin prisas. Saboreando el reencuentro.
Se separó apenas unos instantes de sus labios para mirarla a los ojos, observándola en silencio, le apartó un mechón del rostro.
—Estás preciosa —dijo sosteniéndole el rostro con ambas manos.
—Gracias —murmuró ella, suplicando más con sus labios.
Con dedos firmes pero delicados, Jacob comenzó a desabrochar los botones de su chaleco, uno a uno, hasta dejar al descubierto sus pechos enfundados en un sujetador de encaje negro.
Sus caricias lentas recorrieron su cuello, su escote, la curva de sus senos. Dejó caer la prenda superior al suelo. Enredó los dedos en su largo cabello, echándole la cabeza ligeramente hacia atrás para besar cada centímetro de piel que sus manos acababan de tocar.
Ella se dejaba llevar, jadeando suavemente mientras acariciaba los brazos de él, tensos por la urgencia del deseo. Había soñado con ese momento tantas veces…
Le desabrochó la falda, dejándola caer junto al resto de la ropa. Isabella se quedó en ropa interior, visiblemente frágil, ofreciéndose a esa mirada que la hacía sentir a salvo.
Tomó el bajo de la camiseta de Jacob y la elevó lentamente, también quería verle; él terminó de quitársela por la cabeza, revelando el torso que ella había anhelado conocer durante tanto tiempo.
Era perfecto.
Se tomó unos instantes para observarlo mientras él se dejaba analizar con su sonrisa pícara en los labios.
Un vientre musculado descendía en una V pronunciada hasta la pelvis, donde esas líneas profundas acababan justo en el nacimiento de su virilidad, allí donde la tela desgastada de sus vaqueros bajos comenzaba a cubrirlo con discreción.
Justo antes de ese límite, en el lado derecho de la V, tenía un pequeño lunar con forma de media luna.
Lo acarició.
Lo besó.
Sus pectorales eran fuertes y definidos; sus hombros anchos, su piel suave y sus brazos tonificados. Tenía el torso de un dios griego tallado en carne viva.
Isabella besó su cuello, sus pechos, su abdomen, recorriéndolo con las yemas de los dedos como si memorizara un mapa sagrado.
Sin romper el contacto visual, la alzó en brazos con una facilidad pasmosa, mientras ella se enganchaba a su alrededor con sus piernas. Caminó con ella hasta la cama, situada en el centro del estudio, junto al piano de cola de madera oscura.
La dejó sobre el colchón con delicadeza, recostándola sobre la colcha blanca, sencilla, rodeada de cojines mullidos. Ella se mordió el labio inferior, ansiosa por lo inevitable, completamente preparada y deseosa de sentirlo dentro.
Él bajó los tirantes de su sujetador y lo desabrochó con destreza, besando sus senos desnudos y excitados.
Con sus vaqueros aún puestos, la observó: solo llevaba aquellas braguitas de encaje negro, vulnerable y hermosa sobre su cama.
—Eres perfecta —susurró—. Llevo mucho tiempo deseando esto, Isabella —dijo sonriendo.
—Y yo —respondió ella, devolviéndole la sonrisa.
Jacob mantuvo esa expresión intacta mientras la despojaba de la última prenda, dejando al descubierto la parte más íntima de Isabella. La besó allí, provocando en ella un estremecimiento profundo, una sacudida eléctrica que no sentía desde hacía mucho tiempo.
La sensación de volver a sentirse tan viva la sobrecogió, haciendo que arqueara la espalda, tensando cada músculo, erizando su piel. Eso excitó a Jacob de manera visceral.
Continuó besando y recorriendo la intimidad de la mujer que tenía entre sus brazos, de la que se estaba enamorando sin remedio.
Se incorporó y se desabrochó los vaqueros sin dejar de mirarla; debajo no llevaba nada. Quedó completamente expuesto ante ella. Isabella se irguió para observarlo, para disfrutarlo también, devolviéndole con la mirada y el tacto todo el amor y el deseo que él le estaba dando.
Tomó su masculinidad entre sus manos y lo besó, provocando que él también se estremeciera de placer, lanzando un gemido gutural y echando la cabeza hacia atrás.
Ella se aferró a sus glúteos, fuertes y perfectamente redondeados, besó su lunar en forma de media luna, una y otra vez, y recorrió con su lengua y sus labios cada contorno de su cuerpo, saboreando su textura, su calor, su sabor, haciendo que él se retorciera de puro éxtasis.
Jacob la separó un instante; necesitaba estar dentro de ella. Ya no podía soportar la espera ni un segundo más; el impulso de fundirse en uno lo inundaba por completo.
La alzó de nuevo en brazos.
Ella se sintió infinitamente pequeña entre aquella fuerza poderosa, una sensación que la excitó hasta el límite, antes de que él la depositara suavemente sobre la cama.
Separó sus muslos con una lentitud deliberada, y anclado en su mirada mientras ella lo envolvía con sus piernas en un abrazo desesperado, la poseyó completamente.
Fue una unión que trascendía lo físico; en ese instante, el vínculo quedaba sellado.
El ritmo era suave, calmado. Jacob se recreaba en el momento, saboreándolo sin prisa.
Era perfecto.
Sus bocas no se separaban; sus miradas se devoraban.
En un movimiento fluido, Jacob cambió la posición: se sentó en medio de la cama y la atrajo para que se sentara a horcajadas sobre él, encajando como piezas de un puzle; las piernas de ella rodeaban la espalda de él, uniéndose no solo por el sexo,
sino por el amor y por esa fuerza invisible que conecta a dos seres terrenales.
Se mecían con suavidad, casi sin moverse, compartiendo miradas cómplices y sonrisas tímidas, acariciándose. Por fin estaba pasando. Ella lo abrazaba con fuerza; él la sostenía firme, una mano posada en su espalda, la otra enredada en su pelo, anclándola a su realidad.
—Ya eres mía —susurró él en sus labios, con la voz ronca.
—Hace tiempo que lo soy —contestó ella en voz baja, sin despegarse de sus labios.
Entre esos susurros, besos y movimientos rítmicos, llegaron al clímax prácticamente al unísono.
Primero fue él quien se deleitó con el placer de ella, sintiendo cómo se contraía alrededor de su cuerpo y cómo se aferraba a él; y justo cuando ella terminaba, casi desplomándose en sus brazos, él alcanzó la cumbre, el mayor placer de toda su existencia.
Jamás había sentido algo así.
Había conocido el placer, sí; había tenido sexo muchas veces a lo largo de su vida, pero ahora se daba cuenta de que nunca había amado de corazón, de que esos sentimientos eran nuevos.
En este instante, el deseo, el placer y el amor se fundían en uno solo, una mezcla perfecta que le hacía ver con claridad que lo sentido antes era apenas un reflejo pálido de lo que vivía ahora.
Por primera vez en su vida, a pesar de los años y la experiencia acumulada, Jacob descubría el verdadero significado de hacerle el amor a la mujer que quería.
Ahora sería muy difícil renunciar a eso.
La dejó con infinito cuidado sobre las sábanas, besando cada milímetro de su cuerpo. Recorrió su espalda con los dedos y los labios, admirando la suavidad de la piel casi cristalina de sus nalgas, absorbiendo el aroma de su cabello.
Isabella no se durmió, pero permaneció tranquila y relajada, dejando que Jacob la colmara de caricias, habitando todavía ese espacio compartido donde el tiempo se había detenido.
Más tarde, se quedaron dormidos durante un buen rato. El brazo de él reposaba sobre la espalda de ella, y sus rostros, frente a frente a escasos centímetros, parecían sincronizados incluso en el sueño. Poco a poco, al unísono, fueron despertando.
El estómago de Isabella emitió unos ruidos suaves, rompiendo el silencio con una reclamación biológica ineludible. Jacob sonrió y alargó el brazo hacia la mesita para mirar la hora. Eran las ocho y media de la tarde.
—Tienes hambre —dijo él, con la voz aún ronca por el sueño, mientras su mano se deslizaba por el vientre de ella, deteniéndose para acariciarle la piel justo encima del ombligo.
—Sí —rio ella, avergonzada porque su estómago hubiera delatado tan ruidosamente su necesidad.
—No soy muy buen cocinero, pero hice la compra esta mañana. Espero haber acertado —dijo Jacob, desviando la mano para acariciarle la mejilla con ternura—. No quiero que pases hambre.
—Seguro que sí. Cualquier cosa estará bien —respondió ella, devolviéndole las caricias. Sus dedos se enredaron en su barba—. Me encanta esto… —murmuró, disfrutando del contacto.
Jacob sonrió, capturando su mano para besarle los nudillos.
—Y a mí me encantan estas pecas —dijo, tocándole la nariz y las mejillas con la yema de los dedos, como si contara cada una de ellas.
En el piso hacía calor.
Jacob se levantó y se enfundó sus vaqueros desgastados.
Recogió su camiseta blanca de la alfombra y se la tendió con ternura.
Ella se incorporó ligeramente en la cama y se la puso; le quedaba enorme, envolviéndola en una nube que la embriagaba con el olor de Jacob.
Aspiró profundamente ese aroma, grabándolo en su memoria.
Cada gesto, cada caricia, lo disfrutaba como si fuera el último.
Él recogió las braguitas de encaje negro que reposaban cerca de la camiseta y se las dio también.
—Estás muy sexy así —murmuró.
Isabella se ruborizó. Estaba viviendo un momento mágico, suspendido en el tiempo; no quería pensar en nada más que en ese instante, en el hombre que tenía frente a ella y que la había devuelto a la vida.
—¿Me queda bien? —preguntó juguetona.
—Te queda perfecta.
La atrajo hacia sí y la besó, colocando con mimo un mechón de pelo detrás de su oreja. Siempre hacía ese gesto, y a ella le encantaba.
Siguieron besándose, perdiendo la noción del tiempo, hasta que él la cogió de la mano y la guió hacia la cocina.
—Vamos, tienes que comer.
No podía permitir que su chica pasara hambre; la necesidad de cuidarla, de velar por su bienestar incluso en los detalles más pequeños, le urgía por dentro.
—Vamos a ver —dijo él, abriendo la nevera con teatralidad—. Tenemos unos solomillos exquisitos que compré esta mañana. Podemos prepararlos con unas verduras frescas y unas patatas.