El secreto de Isabella 16 #2
56%

16 #2

Se encogió de hombros, adoptando un tono más filosófico, como si estuviera explicando una ley de la física.

—Y sí, sé lo que piensas: que los remordimientos deberían frenarnos.

Y lo intentan, claro que lo intentan. Esa voz que nos dice «No lo hagas» es parte del juego.

Pero sentir ese impulso, ese deseo de salirse del carril...

eso es totalmente normal en el ser humano.

Le pasa a todo el mundo, Sophie. No somos monstruos por sentirlo; solo somos humanos.

Sophie asintió en silencio, aunque su mirada seguía perdida en la distancia. Aceptaba las palabras de Claire, pero un nudo le oprimía el estómago. Solo esperaba no tener que verla rota; le aterrorizaba la idea de que Isabella llegara a hacerse añicos.

Por la noche, cuando Matthew llegó a casa tarde, exhausto y con la mente aún anclada en Londres, Isabella lo puso sobre aviso con naturalidad.

—No te preocupes por nosotras este fin de semana, Matthew —le dijo mientras corría la colcha de seda amarilla para acomodarse entre las sábanas frescas—.

Adelanta todo el trabajo que necesites. Jo se va a una fiesta de pijamas en casa de Mandy, y yo...

—hizo una pausa breve, ajustando la almohada bajo su cabeza—, yo necesito relajarme un poco.

He decidido pasar el fin de semana en un spa; ya lo tengo todo reservado.

Como ella había supuesto, Matthew no se sintió defraudado. Al contrario, un suspiro de alivio se le escapó del pecho. Agradeció el gesto y se dirigió a la ducha.

—De verdad que os lo compensaré mi amor — murmuró antes de desaparecer ante sus ojos y meterse en el baño.

El sábado amaneció bañado en una luz dorada y perfecta.

Las cortinas de los ventanales ya estaban abiertas; Matthew las había corrido antes de marcharse a la oficina. Sabía que a ella le encantaba despertarse con la luz de la mañana filtrándose en la habitación y contemplar esas vistas magníficas nada más abrir los ojos.

Isabella despertó pasadas las diez de la mañana, descansada como hacía tiempo que no lo estaba. Se desperezó entre las sábanas, y al mirar hacia los ventanales supo que su marido no estaba a su lado en la cama.

Se incorporó poco a poco, dejando que sus pies tocaran el suelo, y caminó descalza hacia las inmensas cristaleras.

Las vistas eran simplemente exquisitas. Era esa clase de mañana neoyorquina en la que la ciudad parece detenerse a respirar; el aire se antojaba más limpio, la luz más amable y el bullicio habitual se sentía lejano, amortiguado por la altura y el silencio del ático.

Sonrió.

Hoy vería a Jacob después de comer. Pero antes, tenía que dejar a la pequeña en casa de su amiga, a solo unas manzanas de distancia. Ambas familias pertenecían a ese mismo círculo privilegiado de Manhattan.

Isabella conocía a Christine, la madre de Mandy, desde que las niñas iban juntas a clase.

Su marido era un empresario multimillonario y ella, no trabajaba fuera de casa; se dedicaba exclusivamente a eventos benéficos, galas y esos otros quehaceres indefinibles pero omnipresentes de la alta sociedad neoyorquina.

A Christine le apasionaba orquestar cada aspecto de la vida escolar: era la arquitecta de todas las fiestas, tanto académicas como deportivas.

Ella era quien conseguía los disfraces perfectos para las obras de teatro, organizaba las competiciones de tartas benéficas y se encargaba de que cada celebración brillara con luz propia.

Isabella la respetaba profundamente por esa dedicación casi militar al colegio.

Gracias a madres como ella la maquinaria funcionaba sin fallos.

Era quien estaba al tanto de todo: la primera en comentar en el grupo de WhatsApp, la más rápida en contestar dudas y la que siempre filtraba la información relevante antes que nadie.

Sus dos hijas estaban haciéndose muy amigas y se estaban volviendo inseparables.

De repente, la puerta se abrió de golpe y Jo entró en la habitación como un pequeño tsunami de energía.

—¡Mami, mami! ¡Estoy súper emocionada con mi fiesta de pijamas! ¿Me ayudas tú a preparar la bolsa? —pidió, dando saltitos sobre la alfombra.

Isabella rio, contagiada por la alegría pura de su hija.

—Claro que sí, mi amor. Vamos a dejarla perfecta.

Bajaron a desayunar juntas.

Isabella iba enfundada en una bata de seda color dorado, de mangas tipo murciélago que le cubrían ligeramente los codos y caía sutilmente por encima de las rodillas, ondeando a cada paso.

Jo bajaba las escaleras seguida de cerca por Nala, que intentaba sin éxito abarcar los escalones con sus patitas cortas, obligada a dar pequeños saltos torpes en cada peldaño.

Al llegar a la cocina, el aroma dulce de las tortitas de caramelo con frutas frescas se mezclaba con el intenso perfume del café recién molido.

Cada vez que Isabella bajaba las escaleras y veía esos manjares esperándola, sentía una punzada de gratitud implícita, un agradecimiento silencioso al universo por aquella estabilidad, por aquel hogar perfecto.

Desayunaron tranquilamente. Jo, con la boca llena de sirope, le contó a su madre todos los detalles de la fiesta: los juegos que harían, las películas que verían y la nueva amiga que se uniría al grupo, otra niña a la que también habían invitado a la fiesta infantil.

Isabella escuchaba, sonriendo, navegando entre la euforia anticipada por ver a Jacob y la felicidad por ver a su hija tan radiante.

Pero entonces, en medio de una carcajada de Jo, sintió otra punzada aguda de dolor en el pecho. Fue repentino y violento: la conciencia brutal de que lo que estaba haciendo no era correcto, de que aquella mentira podía perjudicar a lo que más quería en su vida, a su pequeña Jo.

Por desgracia, y aunque el dolor fue poderoso, no fue suficiente para detenerla. La inercia del deseo y la promesa de encuentro ya estaban en marcha. En un hombro estaba el ángel con sus buenas intenciones y su honor, y en el otro estaba el demonio, obligándola a seguir su instinto real.

Tras el desayuno, subieron a la habitación de Jo para preparar la maleta juntas.

La estancia era, como no podía ser de otra forma para dos amantes del universo Disney, un pequeño palacio de princesa de cuento.

Las paredes estaban pintadas en tonos lavanda suave, con molduras doradas que imitaban los castillos de las películas; la cama tenía un dosel de tul blanco que caía como una cascada, y las estanterías rebosaban de muñecas vestidas con trajes de gala.

Comieron algo ligero y delicioso a la hora del almuerzo y pusieron rumbo a la casa de Christine.

Ya en el umbral, la pequeña se despidió de su madre con un abrazo fuerte y efusivo. Sin perder un segundo, echó a correr hacia el interior de la vivienda, cogida de la mano de Mandy, quien ya le prometía a Jo un fin de semana lleno de aventuras maravillosas.

Isabella y Christine compartieron una sonrisa cómplice, emocionadas por la ilusión de las niñas. Mantuvieron una conversación breve sobre los planes que tenía preparados para ellas, se dieron un beso en la mejilla e Isabella se despidió para marcharse.

¿Qué pensaría esta mujer perfecta si supiera que ahora mismo voy a encontrarme con un hombre que no es mi marido? ¿Y si además le dijera que ese hombre es el profesor de piano de mi hija?, pensó nada más girarse y dejar la casa de los Bateman atrás.

Cuando estuvo en su baño, delante del espejo, se miró a los ojos durante unos segundos, tal como solía hacer siempre que necesitaba detener el mundo y pensar.

No quería que nada, ni la culpa, ni el miedo, ni la lógica, enturbiara ese momento que ya había decidido vivir.

Se metió en la ducha, dejando que los chorros de agua caliente cayeran sobre su piel.

Exfolió sus piernas, su vientre, sus pechos y sus brazos con esmero y delicadeza, masajeando cada centímetro de su cuerpo hasta dejarlo radiante.

Se enjabonó con un gel que dejó sobre su piel un aroma exquisito, embriagador.

Lavó su cabello con un champú de rosas silvestres cuyo perfume envolvió toda la estancia.

Al salir, se secó la melena y la peinó en ondas naturales.

Se dirigió a su vestidor y eligió el outfit perfecto para ver a Jacob.

Un conjunto de dos piezas en color crema: un top tipo chaleco con botones delanteros y escote en pico, combinado con una falda corta por encima de las rodillas.

En los pies, unos zapatos estilo Oxford en negro mate, que hacían juego con su bolso shopper de Chanel, también negro.

Una hermosa chaqueta de cachemira rosa coronaba el atuendo.

Era un look sencillo, elegante y formal; ese tipo de estética la representaba por completo.

Dentro del bolso metió una muda y su neceser con los artículos necesarios para pasar la noche fuera y estar impecable al día siguiente: ropa interior, el cepillo de dientes, limpiador facial, crema hidratante y maquillaje.

Lo que no sabía era que usaría muy poco de ese pequeño botiquín improvisado.

Se miró al espejo una última vez.

—Estás lista, Isa —susurró.

Respiró hondo, pidió un coche desde la aplicación y bajó. Al salir a la calle, un viento ligero pero cálido la envolvió.

El chófer, uniformado y discreto, le abrió la puerta trasera del vehículo negro. Isabella entró, acomodándose en el asiento de cuero, y dio la dirección al conductor:

—Broadway, número 1650. Entre la calle cuarenta y tres y la cuarenta y cuatro, por favor.

Mientras el coche se deslizaba por el tráfico de Manhattan, Isabella sintió cómo los nervios y la emoción se mezclaban en su estómago.

Poco a poco, se iba metiendo en el papel que le correspondía en ese momento. Y estaba dispuesta a disfrutarlo, aunque los nervios y las dudas la comieran por dentro.

Cruzó el vestíbulo de ladrillo visto y tomó el antiguo ascensor de rejilla metálica. Subió hasta la séptima planta, la última del edificio.

Se detuvo frente a la puerta de Jacob. Respiró muy hondo por última vez, intentando calmarse sin éxito.

Pulsó el timbre.

En cuestión de segundos, la puerta se abrió. Él apareció ante ella: vaqueros desgastados, una camiseta blanca de manga corta que se ceñía a su torso y los pies descalzos. Su mirada se fundió con la suya, intensa y hambrienta.

—Hola —murmuró mientras la observaba durante unos segundos.

—Hola —dijo ella temblando.