16
Un tono.
Dos tonos.
Tres tonos.
—Isabella…
Sintió la piel erizada solo por escuchar su nombre saliendo de aquellos labios carnosos que se moría por sentir de nuevo.
—Hola.
—Buenos días, princesa.
La voz de él sonó dulce, íntima. Se había roto la barrera de la vergüenza y el hielo de la formalidad.
—¿Estás en el estudio? —preguntó ella.
—Sí. Y tú en la galería —afirmó él.
—Sí.
Una risa suave se escapó de sus labios. Siguieron unos segundos de silencio compartido, ese espacio eléctrico donde solo existían sus respiraciones al otro lado de la línea.
—Te echo de menos.
Las palabras salieron de la boca de Jacob con una sinceridad tan poderosa que a Isabella le supieron a gloria.
—Yo también a ti, Jacob.
—¿Qué tal dormiste? —preguntó él seguidamente—. Espero que bien. Que esa cabecita tan bonita tuya no haya estado dándole demasiadas vueltas a lo nuestro.
—Bueno... —Isabella dudó, bajando la voz—. Sentí culpa, remordimientos. No me gusta hacer esto así, Jacob. Pero me mentiría a mí misma si dijera que no deseo volver a verte más que nada en este mundo.
—Yo también me sentí culpable. Es normal. Ambos tenemos pareja y nadie se merece esto —admitió él, con un tono grave pero firme—. Pero ha pasado. Y yo no me arrepiento de nada. También estoy deseando volver a verte y tenerte entre mis brazos Isabella. Esa es la única verdad —confirmó él.
—Yo también, Jacob. No sabes cuánto.
—Ven a verme —no hubo preámbulos ni dudas en su voz.
—¿A tu estudio?
—Sí.
Ambos querían verse a solas; era el siguiente paso innegable. Independientemente de los cargos de conciencia que los dos tenían, la necesidad de estar juntos superaba cualquier freno moral.
Sabían que se verían en casa de Isabella para las clases semanales de Jo, pero eso ya no les bastaba. Aquellas visitas furtivas alimentaban poco a poco el amor que crecía entre ellos, pero resultaban insuficientes, dolorosamente escasas. Necesitaban tiempo real y a solas.
La oportunidad surgió en la mente de Isabella mientras conversaban por teléfono.
Josephine le había comentado emocionada su deseo de pasar la noche del sábado en casa de Mandy, una compañera del colegio que estaba convirtiéndose en la íntima amiga de Jo.
Eran las primeras «fiestas de pijama» entre las niñas, y a Isabella le pareció la coartada perfecta.
Solo tendría que hablar con Christine, la mamá de la pequeña, y cerrar el plan.
En cuanto a Matthew, él mismo le había comentado, en un ataque de culpa por sus ausencias constantes, que estaría disponible para ellas el fin de semana.
Pero Isabella conocía bien a su marido; sabía, con certeza, que aquel ofrecimiento le suponía un esfuerzo.
Bastaría con decirle que no se preocupara, que tanto ella como Jo ya tenían planes, y que él podía aprovechar para ir a la oficina a ultimar los detalles de la apertura en Londres.
Sabía que, ante esas palabras, Matthew sentiría más alivio que decepción.
Para Jacob, tampoco suponía ningún problema pasar todo el fin de semana en su estudio componiendo. Jamás Francesca le preguntaría o demandaría explicaciones sobre su paradero; nunca se presentaba sin avisar en su loft, respetándolo siempre como el santuario que era.
Isabella y Jacob acababan de pactar su primera cita a solas, descubriendo además su lugar seguro. Un refugio blindado donde dar rienda suelta a una historia que empezaba a escribirse con tinta indeleble.
La tarde del viernes, Isabella puso al día a sus amigas en el gimnasio.
Aquella noche no habría cena de chicas; tanto Sophie como Claire tenían planes previos, así que pospondrían su encuentro semanal para el próximo viernes.
Pero eso no impedía que estuvieran siendo actualizadas minuto a minuto vía telefónica.
Su grupo de WhatsApp echaba fuego desde hacía unas semanas con las novedades del «Caso Jacob», como lo habían bautizado ellas mismas con picardía y complicidad.
Entre series y pesas, Isabella les contó, no sin que le temblara ligeramente la voz, que al día siguiente iría al estudio de él para verlo.
A Sophie le costó no mostrar una expresión dividida. En el fondo de su ser, aún le resultaba difícil comprender que una mujer pudiera desear a otro hombre que no fuera Matthew. Sabía que ese pensamiento nacía de su propia naturaleza; ella siempre había sentido algo especial por él.
Sin embargo, ahora estaba más relajada respecto a esos juicios morales.
Aldis había logrado cambiar la perspectiva de Sophie sobre el amor y la vida en general.
Disfrutaba de su propio matrimonio más que nunca; Aldis se había henchido de una seguridad en sí mismo que lo hacía más atractivo, poderoso y encantador.
Ese renacer de su esposo, tras el trauma vivido, la llenaba ahora por completo.
Además, al estar Matthew absorto en el trabajo y haber disminuido las fiestas y eventos conjuntos, veían menos a los Crawford en pareja.
Entre la menor exposición a Matthew y sus nuevos sentimientos por Aldis, Sophie había logrado mantener a raya aquel amor secreto que tantas turbaciones le había causado.
Claire, por otro lado, a pesar de ser muy amiga de Matthew y tenerle un cariño genuino, veía la aventura de Isabella como una necesidad vital para su amiga. No lo consideraba un drama por el acto en sí de cometer una infidelidad, sino más bien algo peligroso por sus posibles consecuencias.
Tenía muy claro que las parejas, la química y el amor arrebatador y pasional no eran eternos ni mucho menos inquebrantables.
En muchas etapas de su vida no solo deseó estar, sino que estuvo con varias personas a la vez, sin sentir ni la más mínima culpa o remordimiento. Al contrario: se sentía perfectamente bien, respetando y admirando a quienes promovían el amor libre y cuestionaban la monogamia como única vía válida.
De hecho, Claire lo había probado prácticamente todo en su pasado: relaciones lésbicas, experiencias no monógamas e incluso mezclas de ambas realidades simultáneamente.
Para ella, aquello no suponía ningún conflicto; creía en el amor —especialmente ahora, que vivía plenamente entregada a Mark, quizá sintiendo por primera vez en su vida un amor real—, pero también tenía la certeza de que, en ciertas etapas de la vida o cuando el corazón no estaba comprometido,
todas esas opciones estaban legítimamente sobre la mesa.
Por eso, lo que Isabella estaba viviendo y sintiendo le parecía lo más normal del mundo; una variación más del vasto espectro humano, nada de qué avergonzarse.
Sophie se alarmaba con esas anécdotas que Claire les había contado a lo largo de sus años de amistad, incapaz de asimilar esa modernidad de pensamientos no monógamos y fluidos.
Cuando Isabella se separó de ellas en la puerta del gimnasio, Claire y Sophie permanecieron juntas unos minutos más, observando cómo su amiga se alejaba en su coche.
El aire entre las dos se volvió pesado.
Ambas estaban preocupadas, aunque de formas distintas: Sophie contenía una angustia casi física, mientras que Claire intentaba analizar la situación con frialdad; pero ambas compartían el mismo temor: que aquella historia pudiera traer graves consecuencias para su amiga,
sabiendo lo frágil y sensible que era.
Sophie se abrazó a sí misma, como si tuviera frío, y rompió el silencio casi sin voz.
—Tengo miedo por ella, Claire —murmuró—. Y un mal presentimiento —añadió.
Claire suspiró largamente, desviando la mirada hacia el tráfico de la calle antes de responder.
—Yo también tengo un mal presentimiento —admitió al fin, con voz grave—, pero no sabría decirte por qué, Sophie —suspiró—. Sé que Isabella quiere vivir esta historia. Y quizás... quizás deba hacerlo. Necesita sentirse viva.
Se hizo un silencio denso entre las dos. Claire negó ligeramente con la cabeza, como hablando consigo misma.
—Isabella lo tiene todo y, sin embargo, está pasando una crisis matrimonial brutal —dijo Claire, midiendo cada palabra.
Se detuvo un instante, buscando la mirada de Sophie para asegurarse de que la entendía—.
Quizás esta aventura sea exactamente lo que necesita —continuó, bajando el tono hasta casi susurrar la confesión—.
Para darse cuenta de que lo único que le faltaba era algo nuevo, algo prohibido que la agitara por dentro.
Sophie la observaba atentamente, con los ojos muy abiertos, esperando algo: una explicación final, una garantía, cualquier cosa que la hiciera sentirse mejor, que le dijera que todo saldría bien.
—Ese es el verdadero significado de una aventura, ¿no? Vivir algo que te zarandee para poder volver a la vida normal. Una vez que has sentido ese vértigo, eres capaz de regresar a tu tranquilidad, a tu marido maravilloso, y volver a apreciarlo.
—Quizá tengas razón, Claire. O eso quiero creer —murmuró Sophie, delatando su inseguridad en sus palabras—.
¿No crees que deberíamos aconsejarle que lo deje?
¿Que no siga adelante? —hizo una pausa, y su mirada se llenó de reproche hacia sí misma—.
Dios, Claire... ¿no tendríamos que haberla alentado?
Quizás hemos sido cómplices de algo que la va a destrozar.
—Es tarde, Sophie —cortó Claire—. La decisión ya la tiene tomada.
Intentó dejar de verlo, lo sé. La vi luchar contra esto con todas sus fuerzas —negó lentamente con la cabeza—, pero lo que siente es más fuerte que ella.
Va a pasar independientemente de lo que nosotras le digamos, de lo que pensemos o de lo que temamos.
Sophie dejó escapar el aire que contenía, sacudiendo la cabeza con incredulidad.
—Con lo guapo que es Matthew... —dijo, con un tono de frustración en la voz—. Me cuesta entenderlo.
Claire se rio.
—Tú siempre has estado loca por él, Sophie —respondió suavemente, dándole un leve empujón a su amiga—. Y precisamente ahí está la clave: lo deseas porque no lo tienes. Lo idealizas porque es prohibido para ti.
Claire hizo una pausa, dejando que esa verdad calara hondo antes de continuar.
—Pero ella es su esposa. Lo tiene todos los días, en la cena, en la cama, en la rutina. A veces, cuando todo lo que tienes es perfecto, te ahogas en la seguridad. Necesitas algo nuevo, algo prohibido, solo para sentir que sigues viva. No es que rechace a Matthew, es que necesita algo nuevo.