15 #3
Jacob agradeció ese silencio, igual que había agradecido el de muchos otros días últimamente. Desde hacía tiempo ya no tenía ganas de estar con Francesca; solo quería estar con Isabella.
Una vez acostado, pensó qué estaría haciendo ella en su casa, con su marido. Fue la primera punzada de celos poderosa de toda su vida; otro sentimiento desconocido para él.
Había sentido celos antes, claro que sí; todo el mundo pasa por una situación así tarde o temprano, pero nada semejante a lo que sentía en ese momento: imaginando a Matthew Crawford besando, tocando o haciendo el amor a la mujer que él quería. Se le revolvía el estómago de pensarlo.
La sensación lo puso nervioso. Le costó dormirse y solo logró conciliar el sueño cuando se calmó al recordar cómo ella lo besaba, cómo le acariciaba la cabeza, cómo se aferraba a su barba o cómo juntaba su frente con la suya, rozando sus labios con dulzura.
Ella tenía que estar sintiendo lo mismo que él.
Probablemente estaría preocupada y arrepentida por la culpa.
Pero algo en su interior le decía que Isabella también se estaba enamorando de él.
Ese pensamiento lo calmó definitivamente, dando paso a un sueño profundo.
Dentro de la casa de los Crawford, Isabella se había metido ya en la cama. Permanecía allí, tocándose los labios con la punta de los dedos, como si quisiera retener entre ellos el eco de los besos de Jacob.
Todavía no les había contado nada a las chicas, a pesar de que el chat grupal estaba invadido de mensajes preguntando insistentemente cómo había ido la cita. Respondería al día siguiente, con calma.
Estaba sola. Matthew seguía resolviendo problemas en su oficina y también llegaría tarde esa noche. A ella le daba igual; prefería incluso que regresara cuando ya estuviera dormida, así no tendría que esconder la ilusión en su rostro.
Una hora después, Matthew entró en el dormitorio con pasos quedos, desabrochándose la corbata mientras suspiraba.
—Lo siento, cariño —murmuró al verla todavía despierta, inclinándose para besarle la frente con suavidad—. Sé que estoy llegando muy tarde últimamente. El hotel no me suelta. Prometo que os compensaré, a ti y a Jo, este fin de semana. Haremos lo que tú quieras.
Isabella levantó la vista.
—No te preocupes, Matthew, lo entendemos. El día ha ido bien. Jo estaba agotada; en cuanto cenó, cayó rendida en la cama como un tronco.
Matthew se sentó al borde del colchón, frotándose las sienes con cansancio.
—Pues mi día ha sido una locura. Las gestiones para la apertura de Londres se han complicado más de lo previsto. Hay temas de licencias, el personal de seguridad no cuadra... En fin, un desastre que tendré que solucionar mañana a primera hora. Espero que arranque pronto.
Isabella asintió, acomodándose de nuevo entre las almohadas. La cercanía física de su marido, el olor familiar de su perfume, le resultaban ahora extraños, casi ajenos.
—Suena agotador, cielo. Yo estoy muerta también. Creo que voy a dormir ya. Mañana, en el desayuno, nos ponemos al día con calma, ¿te parece?
—Claro, que descanses, cariño —respondió él, apagando la lámpara de la mesilla antes de dirigirse al baño para darse una ducha rápida.
Cuando la habitación quedó en penumbra, Isabella cerró los ojos.
Pero el sueño no llegó de inmediato. Su mente voló instantáneamente al puente, a la luz dorada del atardecer, al viento enredado en su vestido rojo y a los labios de Jacob.
Quería más, mucho más. Pero entonces, la culpa llegó con el recuerdo.
Fue un golpe seco en el estómago. Agradeció, con un alivio vergonzoso, no tener que mirar a Matthew directamente a los ojos en ese momento.
Pero había una sensación más abrumadora todavía.
Era como si se sintiera fuera de su cuerpo, como si estuviera viviendo la vida de otra persona, como si no le perteneciera.
Era una sensación aterradora.
Se sentía fragmentada, como si hubiera dos mujeres dentro de ella.
Una era la esposa devota, la madre de Jo, la mujer que acababa de hablar con Matthew con total naturalidad.
La otra era la amante, la mujer que horas antes había sido levantada en brazos por Jacob, besada con una pasión desgarradora bajo las luces de Nueva York.
Compartían el mismo cuerpo, pero no el alma.
Era una actriz capaz de sostener dos papeles opuestos sin que existiera puente alguno entre ellos.
Tenía la extraña certeza de que podía vivir esas dos vidas de forma paralela, donde los actos de una jamás mancharían a la otra, donde ningún dolor se filtraría de un lado al otro.
Podían coexistir en perfecto equilibrio, intactas e ilesas, como si el universo hubiera decidido hacer la vista gorda ante su doble existencia, pudiendo continuar así para siempre.
Era aterradoramente incoherente.
Pero, sin darse apenas cuenta, ya estaba entrando en esa dinámica, ya estaba representando una doble vida que, hasta ese momento, había fluido con facilidad, pero que ahora, en la soledad de la noche, sentía que empezaba a escapársele de las manos.
El guión se le antojaba demasiado complejo, y temía olvidar sus líneas o que la máscara se le cayera en el momento menos esperado.