15 #2
Después de tres años de relación desde que se conocieron, y viendo que él no daba el siguiente paso por iniciativa propia, Francesca le propuso una noche, mientras cenaban, que se casaran. Ella quería tener hijos más pronto que tarde, así que el siguiente paso era el matrimonio.
Aquello no entraba en los planes de Jacob; nunca había deseado casarse ni lo consideraba una prioridad. Y tampoco había pensado mucho en el tema de tener hijos. En aquella época estaba completamente enfrascado en su trabajo.
Pero también se decía a sí mismo que su carrera no podía ser un obstáculo para avanzar en otras facetas de su vida, como casarse con la mujer con la que llevaba tres años compartiendo su día a día y de la que creía estar enamorado.
Nunca se detuvo a analizar si lo que sentía por ella era amor profundo o simplemente un cariño cómodo. Como jamás había experimentado sentimientos diferentes hacia ninguna otra mujer, asumió que lo que vivía debía de ser amor.
Le dijo que sí.
Así, su relación avanzó hacia el siguiente escalón que exigía la sociedad, un movimiento que él percibía como un deber externo antes que como una necesidad propia.
Y ahora, allí de pie, observando a su esposa mientras leía un libro de cocina y bebía el vaso de leche como cada noche, comprendió que, efectivamente, lo que sentía por ella no era amor profundo, sino un cariño cómodo.
Aquello que nunca se había parado a analizar le estallaba ahora en la cara sin previo aviso.
No se arrepentía de haberse casado; habían sido muy felices. Compartieron momentos maravillosos juntos y tenían muchas cosas en común, pero jamás había sentido por ella lo que sentía por Isabella.
Sabía que las cosas estaban a punto de cambiar estrepitosamente y que jamás podría volver a ser feliz al lado de aquella mujer que hojeaba tranquilamente su revista de cocina.
—Hola, cariño —dijo Francesca, volviéndose y rompiendo de lleno sus pensamientos—. Es tarde. ¿Has cenado algo?
—Ahora me hago cualquier cosa.
—Yo te lo preparo, tú ponte cómodo —dijo, levantándose rápido.
—No, Francesca, de verdad. No te preocupes, que me hago una tortilla de espinacas o algo ligero.
—Como quieras… —murmuró ella, sorprendida de que rechazara su ayuda con la cena, cosa que jamás solía hacer.
Lo notó raro, diferente. Pero no le dio mucha importancia.
Los músicos eran así; un día estaban eufóricos y al siguiente tristes, sin saber muy bien por qué.
Estaba acostumbrada a los cambios de humor de su marido.
Pero lo amaba tan profundamente que prefería no ahondar en ello.
Se limitaba a no darle importancia y dejarle su espacio.
Jacob se dirigió a la cocina y se sirvió una copa de vino. De inmediato, el aroma le trajo el recuerdo del momento en el que le abrió la botella a Isabella. Una sonrisa llenó sus labios.
Se dio cuenta de que llevaba el olor de su perfume impregnado en su piel y su ropa. Ni siquiera pensó en que Francesca pudiera notarlo. No reparó en ello.
Se preparó una tortilla con una ensalada de tomates cherry y canónigos y se sentó en la isla de la cocina, en uno de los taburetes de terciopelo azul petróleo. Dio un sorbo a su copa. No sabía cómo, pero tenía que estar con ella. Lo deseaba con cada fibra de su ser.
Francesca apareció en la cocina, lo abrazó por detrás y le besó la nuca. Él no la apartó, aunque era lo que le apetecía; sabía que no podía hacer tal cosa sin levantar sospechas.
—Cuéntame, ¿qué tal tu día, mi amor? —preguntó ella—. El mío ha sido un rollo. Todo el día en la oficina; no he tenido ganas ni de ir al gimnasio. Estoy muerta.
Él le había dicho en muchas ocasiones que no tenía por qué trabajar.
Tenía dinero más que suficiente para mantenerlos a ambos con creces.
Pero ella era una mujer independiente; quería tener su propia economía y sentirse realizada laboralmente.
Él respetaba todas sus decisiones, aunque sabía que no era feliz en su empleo y que resultaba innecesario que siguiera yendo.
Ahora, sin embargo, pensaba que había hecho bien en no insistir en que lo dejara.
Porque si él llegara a separarse de ella, Francesca tendría su sustento, su trabajo y su independencia.
Jamás había pensado en la separación hasta ese momento.
Sabía que era pronto, y que probablemente Isabella nunca se separaría de su marido, pero él se veía incapaz de permanecer al lado de una mujer a la que no amaba, ahora que había conocido, a una edad tardía, el verdadero significado de ese sentimiento.
—Mi día ha estado bien —dijo él, dando otro sorbo a la copa—. En el estudio, al piano; salí a comer, a dar un paseo… Nada nuevo. —Hizo una pausa, con la voz cargada de fatiga—. Estoy muy cansado. Terminaré de cenar y me iré a la cama.
—Sí, yo también —asintió ella, con un hilo de voz.
Francesca lo acompañó durante toda la cena.
Después, cuando él hubo terminado, subieron a la habitación principal, se pusieron cómodos y se acostaron.
Francesca captó el cansancio de Jacob y no intentó ningún acercamiento con su marido, al que llevaba semanas echando muchísimo de menos.
No le apetecía ser rechazada y sabía que, cuando él estaba agotado, era muy probable que ocurriera; así que, directamente, ni lo intentó.