15
Tenían que regresar a sus vidas. Ninguno quería hacerlo, pero el hechizo no podía sostenerse más allá del puente. La emoción y la fantasía daban paso, de manera irremediable, a la realidad: no estaban solos, a ambos les esperaba alguien en casa.
Caminaron abrazados, besándose y acariciándose como si llevaran toda una vida deseando hacerlo, sin importarles quién pudiera verlos.
Compartieron los últimos minutos juntos, caminando hasta la esquina de Cadman Plaza West y Clark Street, donde el coche que Isabella había pedido la esperaba frente al Brooklyn Borough Hall; el de él, un Cadillac Escalade negro, estaba aparcado junto al muelle, cerca de su estudio.
Se detuvieron.
A su alrededor, la gente pasaba sin reparar en ellos. Nadie notó que, en medio de aquella multitud anónima, dos corazones que acababan de unirse se estaban rompiendo en silencio por tener que volver a separarse.
Por un último instante, el mundo volvió a ser solo suyo. El ruido de la ciudad se apagó. Las luces se difuminaron. Solo existían sus frentes unidas, sus manos aferradas y el aliento compartido.
—No me quiero separar de ti, Isabella —susurró él con la voz ronca.
—Ni yo de ti, Jacob.
—¿Qué me has hecho? —preguntó él, casi sin aliento, cerrando los ojos.
—Lo mismo que tú a mí —contestó ella, sonriendo con tristeza.
Volvieron a besarse.
En ese momento, el mundo exterior había dejado de existir. Solo estaban ellos, entregándose al presente sin que nada más importara.
Pero había que separarse, al menos por esa noche.
Ella se montó en su coche. Él esperó, inmóvil, hasta que las luces traseras se perdieron en la distancia.
Solo entonces caminó hacia su Cadillac, arrancó el motor en silencio y puso rumbo a su apartamento en West Village.
Cuando llegó a casa, subió los pocos escalones que lo separaban de su hogar. Ese hogar que, hasta hace poco, le había parecido un refugio seguro, pero que ahora le resultaba una atadura terrenal.
Las cosas habían cambiado para Jacob hacía semanas, pero ahora tenía demasiado claro que iba a luchar por el amor de esa mujer.
Se quedó unos minutos parado frente a la puerta, sin abrirla aún. Pensó en Isabella. Quería estar con ella, que todo fuera distinto, que ninguno de los dos estuviera casado, que el mundo les hubiera dado una oportunidad limpia, que se pertenecieran el uno al otro.
Su mente ya volaba más allá: imaginaba soluciones rápidas, drásticas. Pero sabía que ella no las tomaría. Tenía a su hija. Y aunque él no tenía hijos propios, intuía lo que eso significaba: protección, sacrificio, un amor incondicional que está por encima de cualquier otra cosa.
Las dudas lo asaltaban, pero no quería permitir que rompieran la magia del momento que acababa de vivir.
Finalmente, franqueó la puerta. Dejó las llaves en el cuenco de cerámica azul que descansaba sobre el aparador de madera, justo a la izquierda de la entrada.
El olor a incienso de vainilla y la música suave invadían la estancia.
A la derecha de la puerta se extendía el salón: pequeño, pero acogedor. Las paredes estaban cubiertas de estanterías repletas de libros —partituras, novelas, ensayos— todos ellos apilados de manera ordenada.
Francesca estaba sentada en un sillón frente a la ventana, descalza, con las piernas dobladas y los pies recogidos sobre el asiento. En una mano sostenía una taza de leche caliente —su ritual nocturno tras la cena—, y sobre las rodillas descansaba un libro de cocina que hojeaba con atención.
Le encantaba cocinar. Siempre había soñado con ser chef, con crear platos originales, divertidos, capaces de sorprender… incluso de revolucionar el mundo de la gastronomía. Pero la vida la había llevado por otros derroteros.
Se habían conocido de la manera más sencilla que podía existir.
Jacob, por aquel entonces, acababa de comprar su estudio en Broadway. Apenas tenía muebles; iría amueblando el apartamento poco a poco, sin prisa. Con tener su piano de cola en el centro del espacio, una cama para descansar y un gimnasio improvisado en una esquina, le bastaba por el momento.
Comía fuera casi todos los días. No solía hacer la compra, ni le gustaba cocinar, y mucho menos quería tener a alguien en su apartamento que se ocupara de esos menesteres. Así que salir a comer, era sin duda, la mejor opción.
Aquel veintiuno de marzo, mientras la primavera estrenaba un día cálido, Jacob abandonó su estudio con el estómago vacío.
Caminó hasta Rosetta Bakery, un local luminoso y acogedor a unos veinticinco minutos a pie desde su estudio, donde el olor a pan recién hecho y las mesas de madera creaban siempre un ambiente muy apetecible.
Allí, justo delante de él en la cola, una mujer rebuscaba nerviosa en su bolso, buscando algo que no aparecía. Frunciendo el ceño, levantó la vista y se encontró con la mirada atenta del hombre guapo que tenía detrás.
—No encuentro mi cartera… —dijo al notar su mirada—. ¡Qué desastre! Debo de haberla dejado en la oficina —murmuró.
Jacob notó la inquietud de aquella chica.
—No se preocupe —dijo él, sacando su billetera—. Yo puedo ayudarla con eso.
Ella dudó, avergonzada. Pero la jornada era larga, tenía hambre y su oficina estaba lejos. No le quedaba más opción que aceptar su ayuda.
—Muchas gracias… de verdad. Me salva la vida.
—No hay de qué —dijo él, sonriendo, encantado de poder ayudarla.
—Me llamo Francesca Osborn —se presentó, tendiéndole la mano.
—Jacob Loredan. Encantado de conocerla, Francesca.
—Tutéeme, por favor; va a comprarme el almuerzo… —rio ella.
—Tienes razón. Ya somos amigos —bromeó él.
Al principio no sintió nada especial por ella.
Le pareció atractiva, obviamente lo era: su melena rubia, larga y frondosa, llena de rizos que enmarcaban un rostro aniñado, sumada a un cuerpo en plena forma, resultaba innegablemente interesante.
Pero eso era todo; una atracción física sin más. No había habido ninguna chispa.
Era difícil que algo que no fuera la música alterara los sentimientos de Jacob; era un hombre bastante impasible por naturaleza. Sin embargo, aquella mujer le cayó en gracia: era divertida y tenía una conversación agradable.
Cuando les llegó el turno pidieron: él un sándwich de pollo y un café largo. Ella, una ensalada de quinoa con pollo a la parrilla y un té verde.
Se sentaron juntos en una de las mesas de la terraza.
En principio, Jacob no tenía esa intención, pero ella insistió.
—Nos sentamos juntos, si te parece bien. Y compartimos el almuerzo —dijo sonriente.
A Jacob, le pareció de mala educación decir que no. Aunque le habría apetecido comer solo, la mirada insistente de ella y sus palabras le obligaron a aceptar. Pensaba que no habría sido cortés rechazarla. Así que comieron juntos y hablaron de sus trabajos.
Él le contó que era pianista, que daba conciertos y que llevaba un tiempo componiendo para musicales y obras de teatro; afortunadamente, vivía de lo que amaba.
Ella le dijo que trabajaba en una empresa de telecomunicaciones —un empleo que le parecía el más tedioso del planeta— y que le habría encantado dedicarse a la cocina.
Se notaba que estaba harta de su trabajo, pero nunca había dado el paso para perseguir su verdadera pasión.
Le pagaban bien, tenía seguro médico, la oficina quedaba cerca de su casa en el West Village y, aunque el jefe era insoportable, no la molestaba demasiado.
Esos fueron los argumentos que usó Francesca para justificarse por seguir en un empleo que no la llenaba en absoluto.
Jacob escuchaba atentamente y se limitaba a asentir. No creía oportuno dar consejos a una desconocida sobre cómo debería tomar las riendas de su vida laboral. Cuando terminaron de comer, se despidieron.
—Déjame recompensarte por la invitación de hoy. ¿Qué tal si mañana almuerzas conmigo aquí mismo? Invito yo.
Jacob dudaba si realmente le apetecía, pero la necesidad de comer era innegable.
Además, sus pasos lo llevaban casi siempre al mismo lugar.
Lo más probable era que ella estuviera allí al día siguiente.
La disyuntiva era clara: o aceptaba la invitación y compartían mesa, o debería buscar un nuevo refugio culinario para evitar cruzarse con ella y sentirse incómodo por rechazarla.
Así que al día siguiente volvieron a verse.
Y al otro, y al otro. Aquellas comidas en la cafetería a la hora del almuerzo evolucionaron rápidamente: se transformaron en paseos al atardecer, cenas íntimas, sesiones de cine y noches de teatro.
Recorrieron Central Park en bicicleta como si fueran dos turistas más, descubriendo juntos los rincones más recónditos y secretos de la ciudad.
Compartieron un sinfín de planes adicionales que llenaron sus días durante mucho tiempo, tejiendo una rutina compartida que ya no podían —ni querían— romper. Estaban a gusto.
Ella se iba enamorando hasta los huesos de aquel hombre atractivo con el que había coincidido en la cafetería el día más afortunado de su vida. Para él, la compañía de una mujer buena, cálida, cariñosa, divertida y dulce se convirtió en un valioso añadido a su solitaria vida de pianista.
Con el tiempo, Jacob le fue cogiendo mucho cariño.
Lo que al principio eran quedadas entre amigos se transformó silenciosamente en una relación de pareja.
Una dinámica en la que ella siempre daba más que él, pero que ambos justificaban como parte de la naturaleza reservada de Jacob, y no como una falta de amor verdadero.
Tras afianzar su vínculo, decidieron mudarse al apartamento de Francesca en el West Village. Era más grande, contaba con dos habitaciones y les permitía estar más cómodos; además, así el estudio de él quedaba reservado estrictamente para el trabajo.
A Jacob le gustaba conservar su independencia, así que ocasionalmente le decía a Francesca que tenía mucho que hacer y se quedaba a dormir en su loft.
Allí componía hasta tarde, cenaba comida japonesa frente al televisor y disfrutaba de esa soledad que tanto le caracterizaba y que tanto necesitaba.