14 #3
Comenzaron a caminar hacia el puente de Brooklyn. El carrusel estaba a los pies del puente, así que solo tuvieron que seguir por Washington Street hasta encontrar la rampa peatonal que se eleva sobre el tráfico, llevándolos al corazón del icono neoyorquino.
En esa ocasión, fue Jacob el que llevó la voz cantante. Le habló de su infancia, de su padre, del poco tiempo que la vida les había regalado juntos; de su madre, de la música… Compartieron muchos de sus hobbies y a mitad de camino comenzaron con el cine.
—Así que te gustan los clásicos —dijo ella, sonriendo.
—¡Claro! ¿A quién no? Son las mejores películas de la historia del cine —respondió, poniendo una cara de falso dramatismo que la hizo reír.
Ella le dio un leve empujón, cariñoso, cómplice.
—Qué bobo eres. Vamos, dime: ¿cuál es tu película favorita?
—Sería injusto elegir solo una —respondió, encogiéndose de hombros.
—Tienes que elegir. La primera que se te venga a la cabeza.
—Pues no sé... El otro día volví a ver Forrest Gump. Me parece una obra maestra del cine. Esa es una de mis favoritas.
—¡Oh! Me encanta Forrest... Bueno, me encanta Tom Hanks en general. Me parece maravilloso.
—Sí que lo es—. Hizo una pausa, acariciándose la barba con aire pensativo—. Te vas a reír, pero me alucina Jurassic Park —dijo con una sonrisa traviesa.
Ella soltó una carcajada.
—¿A quién no le gusta Jurassic Park? ¡Esa no vale!
—Es buena, ¿no?
—Es fantástica.
Él se unió a su risa, cálida y contagiosa.
—¿Ya se la has puesto a Jo?
—¡Claro! Las ha visto todas. Los dinosaurios siempre son una buena excusa para pasar la tarde.
—Claro que sí —dijo él, aún riendo—. ¿Y cuál es tu película favorita? Vamos, cuéntame.
—Los puentes de Madison.
—¡Qué buena! Un clásico también. La escena final, cuando ella está a punto de salir de la furgoneta... es grandiosa.
—¿A que sí? —exclamó emocionada, agarrándose a su brazo con las dos manos—. Siempre que la veo, lloro como si fuera la primera vez. Me parece espectacular.
Los ojos le brillaban de emoción.
Él miró sus manos, aferradas con suavidad pero con firmeza a su brazo izquierdo.
—Eres una mujer romántica —afirmó, mirándola a los ojos dulcemente.
—Mucho —respondió ella, bajando la mirada.
De repente, sin previo aviso, él se detuvo en medio del puente; ella se paró a su lado, soltando su brazo mientras él le tomaba suavemente la barbilla entre los dedos para alzarle el rostro hacia el cielo.
—Mira.
El sol se había hundido en el East River, tiñendo el agua de un naranja intenso.
Desde la mitad del puente, la vista era espectacular: la estructura de cables del Brooklyn Bridge se recortaba cada vez más oscura contra el cielo, mientras al fondo los rascacielos de Manhattan comenzaban a encenderse, uno a uno.
El cielo cambió de tono con rapidez; pasó del dorado al morado y, en pocos minutos, la noche cayó por completo. Entonces, la ciudad entera se iluminó. Las ventanas de los edificios brillaban como estrellas y las luces del puente destacaban con fuerza en la oscuridad.
Era maravilloso contemplar cómo Nueva York se encendía ante sus ojos.
Ella había visto aquella estampa cientos de veces. Pero nunca con él a su lado. Fue un momento tan puro, tan cargado de una belleza casi sagrada, que los ojos se le humedecieron de la emoción.
—Qué bonito, Jacob… —susurró ella, sin poder apartar la mirada del horizonte—. Cómo van cambiando los colores, qué despliegue de belleza… Es hermoso, ¿verdad?
—Hermosa eres tú —dijo él.
Y allí, bajo la luz dorada del Puente de Brooklyn, con Manhattan ardiendo en tonos fuego y violeta en el horizonte, Jacob, que no había dejado de mirarla ni un segundo, le tomó el rostro con ternura y la besó.
Un beso suave, lento y cariñoso, más tierno que urgente, jugaba con sus labios y su lengua con delicadeza. Ella no solo lo aceptó, sino que se lo devolvió con la misma dulzura y suavidad con la que lo recibía.
Jacob la levantó del suelo sin separar ni un instante sus labios de los de ella, mientras Isabella enredaba los brazos alrededor de su cuello, aferrándose a él con fuerza.
Él giró despacio, sosteniéndola en el aire bajo la luz dorada del atardecer, dejando que su vestido rojo ondeara al viento en perfecta sintonía con los colores del cielo.
Y por un instante, mientras giraban entre el puente y el cielo, nada más existió.
Ni el pasado.
Ni el futuro.
Solo ellos, suspendidos en el aire, besándose como si el tiempo les perteneciera.
Cuando la dejó de nuevo en el suelo y sus bocas se separaron —solo un aliento, solo un parpadeo—, sus miradas se encontraron: largas, profundas, temblorosas.
En ellas estaba todo lo que habían callado durante todo ese tiempo. Todo lo que ya no podían negar.
Él le acarició la mejilla delicadamente y le apartó un mechón de pelo cobrizo detrás de la oreja.
Por fin sus labios se habían encontrado.
Sin dejar de sostenerle la cara, la besó en una mejilla, luego en la otra, en la nariz, en la frente… y de nuevo en los labios.
Mil besos pequeños, seguidos, como si temiera que ella fuera un sueño que se desvanecería si dejaba de tocarla.
Los dos rieron —emocionados y nerviosos—, sin separarse ni un milímetro.
Y volvieron a besarse, fundiendo sus latidos solo en uno, saboreándose profundamente…
Por fin.