El secreto de Isabella 14 #2
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—A mí también me gustaría, Jacob. Muchísimo —lo interrumpió—. Déjame atar un par de cosas y te llamo, ¿de acuerdo?

—Claro que sí —dijo él, dándole otro beso en la mejilla—. No trabajes mucho ¿vale?

—Vale —dijo ella sin poder quitarse la sonrisa de los labios.

Y de nuevo volvió a acariciarle el brazo mientras la besaba, para después alejarse poco a poco, echando la vista atrás para verla todo lo posible antes de desaparecer por completo.

Ella se quedó quieta, observándolo alejarse.

Entró en la galería, pero ya no pudo hacer nada más que pensar en Jacob y en que necesitaba volver a verlo.

Se pasó el rato urdiendo coartadas para esa noche: Hago una clase corta, salgo del gimnasio y, en lugar de volver a casa, doy un paseo. No pasa nada. Jo está al cuidado de Madeleine así que no habrá problema ninguno, y Matthew… él llegará tarde como siempre.

Al verse diseñando estrategias en su cabeza, deseó, por primera vez en su vida, estar sola. Sin Matthew, sin su hija, sin rendir cuentas.

La culpa la asaltó de inmediato, haciéndola sentirse una mala persona, pero el anhelo de libertad era superior: quería poder estar con Jacob sin el miedo constante a romper su mundo.

Sin embargo, la realidad no tardó en devolverla al suelo.

Cuando estuvo tranquila y tuvo todos los cabos atados, lo llamó.

Un tono.

Dos tonos.

Tres tonos.

Nervios…

—Hola de nuevo —dijo él.

Esa voz seductora…

—Hola. Soy yo.

—Sé que eres tú —sonrió al teléfono.

—Claro… qué tonta.

—Adorable, más bien.

Rubor.

—He pensado que… al salir del gimnasio no tengo por qué ir a casa directa. Jo estará haciendo sus deberes con Madeleine así que…

Él notó su preocupación.

—Siento trastocar tu vida, Isabella —la interrumpió con un susurro.

—Tú no tienes la culpa, Jacob. Los dos estamos sintiendo lo mismo. No es culpa de ninguno.

Hubo un silencio.

—Podemos vernos en Jane's Carousel, sobre las seis y cuarto, si te parece bien —propuso él.

—Me parece perfecto, Jacob.

Cuando las tres acabaron la clase de ciclo de media hora que habían decidido hacer esa tarde, y mientras se tomaban un té matcha en la cafetería, Isabella les soltó la noticia:

—Voy a ver a Jacob ahora.

Las dos amigas se miraron la una a la otra con cara de asombro y luego dirigieron la mirada hacia ella.

—Y hoy hemos comido juntos —añadió antes de que pudieran decir nada.

Un breve silencio. Miradas cruzadas. Suspiros contenidos.

—Nosotras somos tus mejores amigas, Isa —dijo Sophie, tomándola de la mano—. Te apoyaremos en todo.

—Lo sé, chicas —dijo mirándolas a las dos—. Lo sé.

Claire la miró con ternura, pero también con preocupación:

—¿Estás segura, verdad, cariño?

—No estoy segura de nada, Claire. No sé ni qué estoy haciendo. Solo sé que no puedo mantenerme lejos de él. No me lo saco de la cabeza. En ningún momento —se encogió de hombros.

Las chicas la comprendieron al instante. Sabían lo que era estar enamoradas. Conocían perfectamente ese sentimiento.

—Hoy estaba comprando flores a la hora de la comida —contó, pasándose un mechón de pelo detrás de la oreja—. Cuando miré a la puerta, ahí estaba... mirándome.

Sonrió, derrotada.

—Guapísimo —añadió.

Claire soltó una risa suave.

—¡Así que por eso tenías esa cara de circunstancia después del almuerzo! No me comentaste nada en el momento.

—Lo sé. Estaba Mark. No podía decir palabra.

—Claro —asintió Claire.

—Hemos hablado de un montón de cosas —dijo Isabella, bajando la voz—. Estaba tan nerviosa que más bien hablaba yo… y él escuchaba, embelesado.

—¿A qué hora has quedado? —preguntó Claire.

—A las seis y cuarto, en el carrusel.

—¿La idea fue tuya? —quiso saber Sophie.

—No, suya.

—¿Sabe que es uno de tus sitios favoritos? —dijo ella sonriendo y acariciándole el pelo.

—No, lo propuso sin saberlo.

Una pausa acompañada de una sonrisa iluminó toda su cara.

—Me imagino que daremos un paseo por el puente —añadió.

—Te encanta el puente de Brooklyn —confirmó Claire.

—Sí…

Sophie miró a Claire y susurró:

—Ni hecho a posta, vaya.

Como esa mañana, al salir de casa, no sabía que se encontraría con Jacob ni que acabaría quedando con él para pasear antes de la cena, no llevaba ropa adecuada para una cita.

Solo tenía el vestido rojo que ya había usado durante el día.

No había llevado nada extra: el vestido era plisado, no se arrugaba, y por la mañana había pensado que podría ponérselo de regreso sin problema.

No le hacía ninguna gracia que la viera con la misma ropa de la comida, pero era eso o presentarse con el chándal con el que había hecho ejercicio. Volver a casa para cambiarse era inviable.

Además, ya llegaba tarde.

Tras una ducha reparadora, volvió a ponerse el vestido rojo. Peinó sus ondas cobrizas y se maquilló con precisión: nada excesivo, pero quería que Jacob la viera hermosa.

Se miró al espejo.

Se quedó ensimismada unos instantes. Iba a pasar: su primera cita formal con Jacob.

Tenía la extraña sensación de estar dentro de una película en la que ella era la actriz principal; un paréntesis de ficción tras el cual, tarde o temprano, las luces se encenderían y la obligarían a regresar a la normalidad.

Era un sentimiento tan fascinante como desconcertante.

Llevaba semanas pensando en esto. Meses, si contaba desde aquella noche en la fiesta del hotel de Matthew, cuando chocaron por primera vez —un encuentro fortuito que ahora le parecía escrito en las estrellas.

Dejó la bolsa de deporte en su taquilla, cogió su bolso y salió a la luz dorada de las calles de Nueva York.

Su coche privado la esperaba fuera, como siempre.

Las tres amigas se abrazaron y le desearon suerte. No podían hacer otra cosa que apoyarla. En eso consistía la verdadera amistad, sobre todo cuando una decisión ya estaba tomada.

Sabían que todo iba a cambiar. Que ya nada sería lo mismo y que la decisión que Isabella había tomado alteraría el rumbo de sus vidas. Pero estaba tomada.

Y ahora solo cabía acompañarla: escucharla, respetarla… y sostenerla en silencio.

—Disfruta de tu cita, Isabella. ¡Disfruta! —dijo Claire, cogiéndola de los hombros, con una sonrisa que venía del alma.

Ella entendía el torbellino de su amiga.

Estaba enamorada de Mark con la intensidad de una adolescente, atrapada en una magia que no cambiaría por nada del mundo.

Sabiendo que era la mejor sensación del planeta, no podía hacer otra cosa que alentarla, aun a sabiendas de que aquello dinamitaba sus propios principios morales.

—Solo tenemos una vida —añadió—. Y pasa demasiado rápido.

Sophie la miraba con una sonrisa real, sincera. Ella misma había pasado hacía poco por una experiencia que la había transformado por completo. Sabía que la vida era muy frágil, efímera.

—Si estás decidida, ve y disfrútalo, mi amor —dijo, abrazándola con fuerza.

—Gracias, chicas. No sabéis lo que significa para mí vuestro apoyo… y que no me juzguéis.

—Jamás lo haríamos —respondió Claire, con los ojos brillantes—. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Y levantó un dedo en el aire, como si citara una verdad antigua.

Las tres se rieron.

Isabella subió al coche y le dio la dirección al chófer. Estaba nerviosa pero extrañamente feliz; se moría por verlo, por estar cerca de él, por rozar su piel.

Se sentía atada a ese hombre de alguna manera que sobrepasaba la condición humana.

Cuando llegó, se bajó del vehículo y caminó unos metros hasta quedar frente a la estructura de cristal.

Él ya estaba allí, de espaldas, observando el precioso carrusel. Era un lugar hermoso.

Jacob tenía las manos metidas en los bolsillos de sus jeans. Era una postura recurrente en él, y que a ella le encantaba.

Contuvo el aliento.

—Jacob.

Él se giró.

—Isabella.

Se acercaron poco a poco. Él hizo el gesto que ya le era familiar: la tomó suavemente del brazo y le dio un beso en la mejilla.

Ella soltó una risa baja. La barba le picaba un poco... pero le gustaba tanto, que por un instante, deseó con todas sus fuerzas acariciarla.

Se contuvo.

—Llevo la misma ropa que en la comida —dijo ella, casi como una disculpa, mientras se señalaba el vestido—. No me habría gustado que fuera así, pero no contaba con verte esta mañana.

—No hago más que causarte contratiempos —comentó con una sonrisa.

Luego, su mirada recorrió el tejido plisado—.

Aunque el vestido te queda espectacular, si te sirve de consuelo.

Me encanta que vengas con la misma ropa, estás preciosa.

Y has hecho bien en traerte ese jersey; el aire del río empieza a refrescar.

—Hizo una pausa y le acarició la mejilla—.

Que conste que yo tampoco me he cambiado de ropa... por si te sirve de ayuda.

Ella cerró los ojos el instante que duró la caricia, suspendida en el deseo de congelar ese momento en su memoria para siempre. Al abrirlos, se ruborizó; era la reacción inevitable que él conseguía provocar en ella cada vez que la miraba de esa forma o rozaba su piel.

—¿Paseamos? —preguntó Jacob.