El secreto de Isabella 14
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Al día siguiente, a la hora del almuerzo, Isabella salió de la galería con intención de buscar algo ligero para comer.

Ese día no almorzaría con Claire; Mark había llevado comida japonesa para todos, pero ella prefirió escaparse un rato.

Le apetecía comprar flores, tomar el sol y respirar aire fresco.

Un poco de tiempo a solas para pensar en lo que estaba ocurriendo.

Solía visitar New York Blooms, una floristería en la calle veintiocho Oeste, para adquirir ramos frescos que llenaran los jarrones de su casa.

Así que, antes de comer, se pasó por la tienda para disfrutar del aroma a flores recién cortadas y perderse un rato en aquel lugar que le parecía maravilloso.

Jacob había salido de su estudio en Broadway con un propósito concreto: necesitaba visitar una antigua tienda de partituras y vinilos que había por el barrio de Chelsea; buscaba una edición específica de Debussy para un arreglo nuevo.

Al pasar frente al escaparate de New York Blooms, algo lo hizo detenerse en seco: a través de los cristales, distinguió la figura de Isabella dentro de la tienda.

Se quedó allí parado, en medio de la acera, con las manos metidas en los bolsillos de sus jeans desgastados, sobre los que descansaba un jersey blanco de manga corta, mirando de frente el escaparate.

Una sonrisa lenta, inconsciente y plena, le llenó la cara sin que se diera cuenta.

Le pareció una casualidad hermosa, casi cinematográfica, orquestada por un poder superior.

Qué preciosidad de mujer, dijo en voz alta, aunque sabía que nadie le escuchaba.

Isabella estaba realmente hermosa. Llevaba el pelo ondulado, atado en una cola alta.

Vestía un vestido rojo plisado de mangas cortas hasta el codo, de gasa fluida, largo hasta los tobillos, que ondeaba suavemente con la brisa que se colaba por la puerta entreabierta.

Ella sostenía un ramo de flores frescas con un encanto y una dulzura abrumadores, dialogando animadamente con la dependienta. Era evidente que se conocían; debe ser un sitio recurrente para ella, pensó.

Jacob había pasado por delante de esa tienda otras veces, pero nunca la había visto dentro. Quizá siempre hubiera estado allí y él, simplemente, no se había fijado. La observaba sin prisa, embelesado con sus movimientos, con la gracia natural de su cuerpo.

Entonces, como si sintiera su mirada en la nuca, Isabella se giró hacia la puerta, buscando algo en la mesa de adornos florales que estaba cerca, y sus ojos se encontraron con los de él.

—¡Jacob! —exclamó en voz alta, sorprendida.

Él sacó las manos de los bolsillos y la saludó con un gesto rápido y alegre —que, sin proponérselo, resultó de lo más atractivo— antes de cruzar el umbral para acercarse directamente a ella.

—Hola, Isabella.

—Jacob… Hola.

El aire entre ellos cambió al instante.

Él se acercó, rompiendo la distancia social, y le acarició suavemente el brazo mientras le daba un beso a modo de saludo en la mejilla. Fue un contacto breve, pero eléctrico. Cualquier pequeño gesto de él hacia ella la removía por dentro; no podía resistirlo.

—Bonitas flores —dijo él sonriendo.

—Sí. Son preciosas, ¿verdad? —respondió Isabella, aún sintiendo el calor de su mano en el brazo.

La dependienta, que de vez en cuando los miraba de reojo, captó la intensidad del momento. Con discreción, se retiró hacia el fondo de la tienda para dejarles espacio —no sin antes repasar de arriba abajo a aquel hombre misterioso y tan guapo, que saludaba a su clienta favorita con tanta confianza.

—¿Y qué haces tú por aquí? —le preguntó ella con ternura.

Jacob sonrió.

—Iba a la tienda de partituras de la esquina —explicó, señalando vagamente hacia el oeste—. Y pasaba por aquí delante cuando te vi dentro.

Se cercioró de que nadie les escuchaba, inclinándose ligeramente hacia ella, bajando la voz a un tono íntimo que solo ellos podían oír.

—Así que decidí quedarme fuera mirándote como un bobo —añadió, sin dejar de mirarla ni un segundo.

Ella agachó ligeramente la cabeza, como hacía siempre que él le decía algo de ese estilo. El rubor subió por sus mejillas, traicionándola una vez más, incapaz de contener los nervios y la felicidad que le provocaban sus palabras.

—Estás muy bonita, Isabella.

—Gracias —ella levantó la vista hacia él—. Y tú estás guapísimo.

Sin más, le salió una risa incontrolada. El tono sensual con el que le dijo que estaba guapísimo le provocó una vergüenza inmediata que se transformó en carcajada nerviosa. Él se rio también, disfrutando del espectáculo.

—Gracias. Solo son unos vaqueros y un jersey.

—Pues te quedan muy bien —repitió ella recomponiéndose.

Jacob se la habría comido a besos ahí mismo.

—Gracias —dijo—. ¿Has comido?

—No, aún no —respondió ella—. Quería comprar unas flores antes de comer y…

—Te invito a comer, si me permites —interrumpió Jacob.

—Claro —contestó ella sin pensar un solo segundo la respuesta. Deseaba más que nada en el mundo pasar tiempo con él.

Isabella dejó el ramo encargado en la tienda; lo recogería después. Recogió su bolso de la mesa donde descansaban los arreglos florales y salieron juntos de la floristería.

Caminaron hasta Boucherie West Village, un restaurante francés con una hermosa terraza exterior salpicada de mesas y sillas de estilo parisino.

Era un lugar precioso, uno de los favoritos de Isabella. Era como si París hubiera decidido hacer una pausa en medio de Manhattan. En esta ocasión, solo para ellos.

Aprovecharon hasta llegar allí, para pasear por las hermosas calles de Chelsea.

Hacía un día espléndido. Ella le comentó que preparaban una nueva exposición para las obras de Mark Stone.

Le habló de cómo Claire lo había descubierto en un mercadillo de Dumbo, de cómo se enamoraron con el tiempo y ahora eran pareja.

Le confesó que le encantaban sus obras, que tenía una en casa y que podía enseñársela algún día, cuando él viniera a dar clase a la pequeña.

Él se mostró muy entusiasmado con la idea.

Su curiosidad por el mundo en el que ella se movía era real y sincera.

—Algún día te puedo enseñar la galería, si te apetece —dijo ella.

—Estaría encantado —respondió él.

—¿Estabas componiendo en tu estudio antes de venir por aquí? —preguntó Isabella.

—Sí.

—Me gustaría escucharte algún día tocar. Tiene que ser maravilloso.

—Cuando quieras —contestó él—. Seré todo tuyo.

Se llevó la mano a la barbilla, haciéndose el interesante con una mueca complaciente que le arrancó otro rubor a Isabella.

Los dos se rieron.

Un ligero roce de manos.

Ambos se sonrojaron, sobre todo ella, que cada vez que había un acercamiento se le estremecía el cuerpo entero. A él le encantaba esa reacción.

Llegaron al restaurante. Se sentaron en una mesa situada en una esquina discreta de la terraza y pidieron dos copas de vino tinto. Para comer, ambos eligieron pasta.

La conversación fluía sin esfuerzo, ajena al tiempo. No paraban de hablar, ávidos por conocerse, de mirarse y de sonreír, estaban hipnotizados.

Mezclaron el pasado, la ciudad, sus lugares de nacimiento… Ella le comentó detalles sobre la galería, sus exposiciones, sus amigas… y él escuchaba atentamente, sin perderse ni un detalle.

Cuando el camarero dejó los platos de comida sobre la mesa, Isabella dio un pequeño giro a la conversación.

—Estás casado, ¿verdad? —preguntó con curiosidad.

—Sí, estoy casado —contestó él—. Se llama Francesca.

—¿Y tenéis hijos?

—No.

Ella bajó la mirada.

Él reaccionó de inmediato y le cogió la mano por encima de la mesa.

—No quiero que te sientas mal, Isabella.

—No puedo remediarlo, Jacob. Ambos estamos casados, tengo una hija… Y esto que surge entre nosotros es real… pero prohibido.

Sus dedos se entrelazaron mientras ella hablaba.

—Lo sé, pero no puedo seguir negando lo evidente —respondió él—. No tiene sentido.

Y con la otra mano, le limpió un resto de nata que tenía en la comisura de los labios.

—Tienes un poco de nata aquí —dijo sonriendo.

A ella se le escapó una risita nerviosa, preocupada por estar manchada o tener algo entre los dientes que la hiciera sentir imperfecta. Buscó su espejo de bolsillo, ese que siempre llevaba para retocarse, y se miró.

—Estás preciosa —dijo él, con la voz suave.

—Muchas gracias, Jacob —respondió ella, sintiendo el calor en el rostro.

Levantó la vista y le miró divertida.

—¿Ya no tengo nada, no? —preguntó.

Él soltó una carcajada.

—No. No te preocupes. Estás perfecta.

Comieron con calma, saboreando cada bocado como si no hubiera un después, aferrados al instante. Entre risas, vino y roces de manos, se descubrieron a través de una conversación que discurría sin esfuerzo.

Pero se iba haciendo tarde. Aunque para ellos el mundo se hubiera detenido, el tiempo seguía avanzando sin piedad. Ella tenía que volver a la galería.

—Tengo que volver, Jacob. Si sigo bebiendo vino, no podré terminar la jornada —dijo riendo.

—Claro, volvamos. Yo tengo que componer, y con dos copas de más uno no sabe qué puede salir de ahí —respondió, devolviéndole la sonrisa.

Salieron del restaurante y deshicieron el camino hasta la puerta de Eluphora.

—Gracias por la comida, Jacob. Me lo he pasado muy bien —dijo ella, deseando que ese momento nunca terminara.

—Yo también —añadió él sonriendo.

Aquella sonrisa suya era, sin duda, su seña de identidad más irresistible. Isabella no sabía cuánto más tiempo aguantaría sin lanzarse a sus brazos.

—Tengo la sensación de que no quiero separarme de ti, Isabella. ¿Te parece una locura?

—¡No! —se apresuró ella a contestar—. Me pasa exactamente lo mismo, y sí —se rio—, me parece una locura.

—¿Te apetecería dar un paseo conmigo esta noche? Antes de cenar —dijo sin pensar, como si ella fuera libre para comenzar una historia de amor.

—Pues claro que me apetecería, pero no sé cómo… —se quedó pensativa, nerviosa, calculando cómo poder hacer para estar con él.

El vio el nerviosismo en ella, no quería bajo ningún concepto perturbar su vida ni hacerla sentirse mal con nada.

—Perdóname, no quiero ponerte en un compromiso, Isabella. Ha sido muy precipitada mi pregunta, no te he dado tiempo ni para pensar. Quizá estoy siendo un egoísta, pero me gustaría tanto volver a verte que…