13 #2
Se aplicó un toque de carmín en los labios, perfilándolos con cuidado, y un poco más en las mejillas, dándoles un rubor rosado, como si los rayos del sol la hubieran acariciado.
El pelo caía en una hermosa cascada de rojos sobre los hombros desnudos.
El timbre sonó. Jacob estaba en casa.
Él no sabía que Isabella lo estaría esperando; contaba con que llegara más tarde, como de costumbre.
Cuando la vio bajar las escaleras, una sonrisa se dibujó en su rostro.
Supo que había regresado antes para verlo, que ella estaba experimentando las mismas sensaciones que él.
Era un sentimiento plenamente recíproco.
Ya no eran dos extraños que se atraían. Eran dos personas que empezaban a conocerse y que deseaban seguir haciéndolo.
¿Era peligroso? Muchísimo.
Sus miradas se cruzaron mientras ella descendía los peldaños y se dirigía a su sillón, donde fingió interesarse por una novela, o quizá por una revista de moda.
Daba igual. El objetivo ya estaba cumplido: verlo nada más llegar, y pasar el mayor tiempo posible cerca de él. Saciar su necesidad de Jacob.
Él irradiaba una presencia tan auténtica que hasta el silencio a su alrededor resultaba atractivo.
Llevaba el pelo algo más largo, lo que delataba su intención de dejarlo crecer. Y esa barba… Mmm..., cómo le sienta esa barba, ¡Dios mío!, pensó ella, sintiendo un vuelco en el estómago.
Ninguno de los dos podía esconder lo que sentía.
Saludos de rigor.
Jo sentada al piano.
Madeleine estaba en la planta superior, ocupada con sus propias tareas.
Ambos sabían que debían mantener las formas. En aquella casa, nunca estarían solos. Pero verse, sentirse, saber que estaban cerca el uno del otro, bastaba por el momento. Incluso el morbo de la situación: prohibida y grandiosamente peligrosa les gustaba y les llenaba a partes iguales.
Disfrutó de la clase desde la distancia de principio a fin.
Jacob daba las últimas pinceladas a lo que habían trabajado esa tarde, cerrando el libro de partituras con calma.
Isabella se acercó a la cocina, donde Madeleine ya había bajado unos minutos antes para empezar a preparar la cena.
—Hoy me encargo yo, Madeleine, no te preocupes. Me apetece, de hecho —dijo sin dar muchas más explicaciones.
Necesitaba que la mujer saliera de escena cuanto antes.
—Estupendo, señora. Había traído ingredientes para hacer una pizza casera.
—Me parece una idea estupenda. Improvisaré con una mezcla de quesos. Y me abriré una botella de vino para tomar una copa mientras se hace en el horno.
Madeleine asintió, divertida.
Tenía una buena relación con Isabella; le gustaba trabajar en aquella casa. Se sentía querida, valorada, a gusto. Y eso, para ella, era maravilloso.
Ese día le hizo gracia ver a la señora tan emocionada con el simple hecho de preparar una pizza. Pero entendía que fuera un momento apetecible para una persona que pasa tanto tiempo fuera de casa. Así que la dejó tranquila para que disfrutara de su momento.
Se llevó a Josephine arriba para que terminara sus deberes, y después se preparara para su baño de cada día, antes de bajar a cenar. La niña se despidió de su profesor con una sonrisa y subió las escaleras.
Jacob, todavía sentado al piano, la vio acercarse a la cocina. Se levantó y se dirigió hacia allí para despedirse cordialmente.
Al llegar, se apoyó con naturalidad en el marco de la cocina americana, junto a una hilera de muebles blancos e impolutos, con los brazos cruzados.
La observó en silencio desde el otro lado de la isla.
Ella, de espaldas a él, forcejeaba con un sacacorchos demasiado moderno, ajena —solo por un instante— a su presencia.
Él echó una mirada rápida alrededor para confirmar que estaban solos y soltó una risa baja, cariñosa, sin dejar de mirarla. Era la risa de un hombre que se estaba enamorando poco a poco. Ella oyó la risa y giró la cara hacia él, la botella aún en la mano.
—No te rías —dijo, riendo también—. No soy capaz de abrir esta botella.
Sin decir nada, Jacob se acercó por detrás.
Deslizó los brazos a su alrededor para tomar la botella con una mano y el sacacorchos con la otra.
Isabella se quedó quieta, envuelta en su calor, pequeña frente a su envergadura, protegida por su cuerpo, intentando mantener los nervios a raya… y fracasando estrepitosamente.
Con movimientos seguros, abrió la botella, dejó todo sobre la encimera y le apartó con cariño un mechón de pelo cobrizo detrás de la oreja.
—Estás temblando —le susurró al oído—. Me encantaría quedarme a tomar una copa contigo.
Ella, que efectivamente, estaba hecha un flan, levantó la cabeza y lo miró a los ojos, sus labios casi rozándose.
—Y a mí —respondió, también en un hilo de voz, tratando de contener el temblor en las rodillas.
Él guardó silencio un instante, debatiéndose entre el impulso de besarla y la responsabilidad de no hacerlo.
—Me está costando mucho no besarte, Isabella —dijo con una voz apenas audible.
Se apartó con delicadeza. No quería ponerla en una situación incómoda.
—Volveré el miércoles —dijo él, en voz baja—. Llámame cuando quieras. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —contestó a duras penas Isabella, sintiendo cómo se quedaba sin aire.
Lo acompañó hasta la puerta.
Al despedirse, se tomaron de la mano. Y cuando él se volvió para irse, alargó la caricia, sosteniendo sus dedos hasta el último instante, clavando en ella sus ojos, tristes por tener que separarse de nuevo.
Mientras descendía en el ascensor hasta la planta baja y los números marcaban su caída a toda velocidad, Jacob tomó conciencia de una verdad absoluta: se estaba enamorando perdidamente de esa mujer de cabello rojo a la que deseaba conocer, proteger y tener entre sus brazos todo el tiempo del mundo;
una intensidad emocional tan abrumadora que le reveló, con claridad meridiana, que nunca antes había estado realmente enamorado, ni siquiera de su propia esposa, Francesca.
No pudo evitar recordar a su madre, y cómo le hablaba de su padre, de ese amor diferente que jamás pudo volver a vivir con ningún otro hombre.
Jacob era neoyorquino de nacimiento, pero parte de su sangre venía del Adriático.
Su padre, Marcelo Loredan, había nacido en Venecia y trabajaba como pianista en un hotel cerca de la Plaza San Marcos. Era uno de esos artistas que convierten las noches de los viajeros en recuerdos imborrables: bohemio, soñador, tranquilo… y con un atractivo físico difícil de ignorar.
Tenía veintiocho años cuando conoció a Camila Miller, una guía turística neoyorquina y viajera empedernida que se hospedó en el hotel donde él trabajaba durante unas vacaciones por Italia.
Ella y sus amigas lo escucharon tocar el piano una de esas noches, embelesadas, mientras ellos dos se intercambiaban miradas seductoras hasta que terminó el repertorio.
Al final de la noche, Marcelo la invitó a bailar bajo la luz tenue de las velas del bar.
Camila siempre recordaría aquella noche como una de las más bellas de su vida. Se vieron un par de veces más durante el resto de su estancia en Venecia.
Cuando regresó a Nueva York, siguieron manteniendo el contacto: cartas, llamadas, promesas… Hasta que un día ella le pidió que fuera a visitarla.
Él, sin pensárselo dos veces —porque sabía que esas cosas no suelen ocurrir más de una vez en la vida—, cogió el petate y se fue a Nueva York.
Así, lo que iba a ser un viaje de unos días, se convirtió en la aventura de sus vidas. Se enamoraron como locos.
Marcelo dejó Italia —y todo lo que conocía— por instalarse en una ciudad totalmente distinta a la que había dejado atrás.
Pronto se hizo un hueco en la escena nocturna neoyorquina: tocaba en restaurantes íntimos, bares de jazz, hoteles discretos…
No tenía mucha familia ni amigos en la ciudad de las góndolas, así que el cambio no le resultó difícil.
Eran muy felices.
A los tres años de compartirlo todo juntos, Jacob vino al mundo para completar su felicidad.
Por desgracia, él no guardaba muchos recuerdos de su infancia ni de su padre, ya que a la edad de cinco años un infarto repentino fulminó a Marcelo mientras dormía.
Camila, completamente rota y desolada, logró salir adelante gracias al apoyo de sus padres y del resto de la familia. Pero jamás olvidó al amor de su vida ni se recuperó de su pérdida.
Murió cuando Jacob tenía treinta años.
Ella siempre le decía:
—Hijo mío, una vez que conoces el amor de verdad, ya nada más te vale.
Él siempre había pensado que su madre era una romántica empedernida, sobre todo porque él, realmente, nunca había sentido ese vínculo tan vital con otra persona.
Hasta ahora.