El secreto de Isabella 13
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Eran las once y once de la mañana cuando marcó el número de Jacob en su teléfono.

Estaba en su despacho. Se sentaba y se levantaba del sillón, con el teléfono en la mano, ensayando mentalmente lo que le diría en cuanto él contestara.

¿Y si está en casa con su esposa? ¡No! Son las once de la mañana, estará trabajando.

Suponía que, si le había dado el teléfono, era para que lo llamara.

No podía seguir pensándolo más.

Le dio al botón de llamar.

Un tono.

Dos tonos.

Tres tonos.

—¿Diga?

Una voz masculina, ronca y familiar, sonó al otro lado de la línea.

Silencio.

Nervios.

—Soy yo —dijo ella.

—Hola, Isabella.

—Lo siento por no haber llamado antes. No me atrevía a marcar tu número, Jacob. Y siento no haber aparecido por casa... Me siento muy avergonzada.

Las palabras salían atropelladas de su boca, eso hizo gracia a Jacob.

—Está bien. Lo comprendo. Me alegra que te hayas decidido a llamar.

—En realidad, lo estaba deseando. Pero no me atrevía.

—Lo importante es que al final lo has hecho.

—Sí…

La vergüenza y los nervios estaban a flor de piel, evidentes en cada pausa, en cada suspiro. Él, en cambio, sonaba tranquilo, como siempre.

—Estoy muy nerviosa, Jacob. No me lo tengas en cuenta —rio, tratando de disimular.

—Lo sé —rio también—. De hecho, me halaga que siempre te muestres así cuando estoy cerca. Me parece muy tierno.

—Me siento en desventaja.

—Que yo no muestre mis nervios no significa que no los tenga. Soy una persona muy tranquila; es difícil que se me noten las emociones. Pero te aseguro que no tengo más tablas que tú en esto.

Hubo un silencio breve, cálido. Los dos estaban en la misma situación, pasaban por lo mismo.

—¿Qué haces? —preguntó ella, como si fuera una niña curiosa.

—Estoy componiendo.

—Ah… Qué bonito poder vivir tocando el piano todo el día.

—Bueno… no lo toco todo el día, pero sí gran parte. Y sí… es hermoso.

—¿Y dónde compones?

—En mi estudio de Broadway.

—No sabía que tenías un estudio en Broadway.

—Sí. Tengo un estudio aquí. La mayor parte de mi trabajo consiste en componer para obras de teatro y musicales, así que desde hace años lo mantengo. Es donde paso gran parte del tiempo.

—Me parece tan romántica tu profesión… Siempre he sentido un respeto inmenso por los músicos. En especial por los pianistas.

—Me alegra saber que mi profesión te gusta tanto —dijo él—. El piano es un instrumento hermoso.

—Estoy de acuerdo.

—Hoy te veré… ¿o decidirás hacer una clase de más para esquivarme?

Su rostro se sonrojó al instante, aunque solo hablara por teléfono.

—¡Qué vergüenza, Jacob! No seas malo —rio, tratando de disimular—. Hoy iré, como de costumbre.

—Bien. Esperaré ansioso a que llegue la hora.

—Yo también.

No había ningún objetivo en aquella conversación; solo las ganas de conocerse, de descubrir quiénes eran. Era hermoso sentir eso, ese deseo por saber más de la otra persona.

—¿Estás en la galería? —preguntó Jacob.

—Sí, aquí estoy. ¿La conoces?

—No, nunca he ido. No tengo el placer. He de reconocer que, del mundo del arte pintado o tallado, soy un completo desconocedor.

—Entonces eso habrá que solucionarlo —dijo, y las palabras le salieron más seductoras de lo que había planeado.

Se sorprendió a sí misma. El cariño brotaba de sus labios sin pedir permiso.

Jacob, sentado al piano de su estudio en Broadway, sin camiseta y en pantalones vaqueros, sosteniendo el teléfono al oído, sonreía al escuchar la voz de Isabella.

Intuía lo mucho que le estaba costando mantener una conversación con él en esos momentos.

Poco a poco iba conociendo a aquella mujer que, en un principio, le había parecido tan misteriosa…

y que ahora se volvía más cercana de lo que jamás habría imaginado.

—¡Sí! Habrá que solucionarlo —dijo—. Ambos tenemos algo que ofrecerle al otro. Eso está bien, ¿verdad?

A ella le encantaba su voz: tierna y dulce, pero a la vez varonil, rasgada, con cuerpo.

—Tú me instruyes en el mundo del arte y yo te enseño a tocar el piano… Me parece un intercambio justo —añadió.

—Sí. A mí también —contestó ella.

Esa conversación podría haber sido eterna si de ellos hubiera dependido. Pero Claire entró en su despacho.

—El mensajero de Eluphora ya está abajo —dijo—. Trae las últimas obras de Mark para la exposición. Baja cuando puedas a firmar el recibo de préstamo.

Isabella apartó el teléfono de la oreja y tapó el micrófono con la mano.

—Vale, ahora bajo —respondió, y volvió a Jacob—. He de dejarte. Tengo que firmar un recibo por unas obras que acaban de llegar.

—Claro.

—¿Podremos hablar en otro momento? —preguntó ella.

—Podemos hablar cuando quieras, Isabella. Llámame cuando te apetezca.

Hubo un breve silencio. En ese instante, todas sus dudas volvieron: ¿Y si cuando lo llamara estaba con su esposa? ¿Y si la llamada era inoportuna por cualquier motivo?

Decidió preguntárselo sin más. No quería que eso se convirtiera en una sombra constante.

—Tengo miedo de llamarte y que no sea buen momento.

—Entiendo —dijo él, tras un segundo de pausa—.

Paso casi todo el día aquí, en el estudio.

Puedes llamarme por las mañanas sin miedo alguno, o incluso por las tardes.

Si supusiera un problema, no cogería la llamada.

No te preocupes por eso. De todos modos, recuerda que soy el profesor de tu hija, sería normal que en algún momento necesitases llamarme.

—Cierto —rio nerviosa.

—Yo no te llamaré a ti. Estate tranquila. Esperaré a que lo hagas tú. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Se quedó de inmediato más tranquila. De manera natural, sin que ninguna de las dos partes lo hubiera buscado, acababan de pactar su primera regla.

Isabella estaba en una nube, aún con el eco de la voz de Jacob en sus oídos.

Tras firmar el recibo de préstamo, Claire la miró de soslayo desde el centro de la galería, los brazos cruzados, una ceja arqueada. Sabía perfectamente que ahí estaba pasando algo.

—Hablabas con él —dijo, no como pregunta, sino como constatación.

—Sí.

—¿Y? —Claire dio un paso adelante. Quería saberlo todo.

Isabella suspiró, los hombros cediendo de golpe, como si el aire mismo la sostuviera.

—Ay, Claire… estoy perdida.

Claire dejó escapar una risa baja, casi maternal, y la atrajo hacia ella.

—Eso ya lo sabíamos, cariño —la miró a los ojos—. Te atreviste a llamar. Estoy entre aterrada y orgullosa.

—Yo más bien aterrada —murmuró Isabella, jugueteando con el anillo de bodas sin darse cuenta.

Claire la observó en silencio. Su amiga iba a tener una aventura. Y no una aventura cualquiera, sino una en la que estaba segura que se iba a enamorar hasta los huesos.

—Esto ya no hay quien lo pare. Lo sabes, ¿no?

Isabella asintió, los ojos húmedos, la voz apenas un hilo:

—Sí. Y ahora, ¿qué hago?

Claire soltó una risa suave.

—Pues no sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Me imagino que dejar que todo siga su curso. —Hizo una pausa—. No hay mucho más que hacer, cariño, cuando el corazón ya ha decidido por ti.

La galería estaba en un momento extraordinario.

Las obras de Mark, seguían vendiéndose como rosquillas, impulsadas no solo por su talento, sino por esa energía que lo poseía desde que vivía su historia de amor con Claire.

Estaban profundamente enamorados, y ese fuego íntimo se traducía en cada pincelada: su creatividad estaba más viva que nunca.

De hecho, su próxima exposición ya se llamaba «Claire».

Y como su propio nombre indicaba, era un homenaje íntimo a la mujer de la que estaba locamente enamorado.

Se presentarían diez cuadros nuevos, todos pintados en su estudio de Bushwick. La muestra se exhibiría, por supuesto, en Eluphora, la galería que lo representaba y a la que tenía tantísimo que agradecer.

Sería una exposición doble: las pinturas de Mark compartirían espacio con las esculturas de Delia Donaldson, una artista consagrada cuya obra se exhibía habitualmente en algunas de las galerías más influyentes de la ciudad.

Claire había puesto en alquiler su apartamento en Chelsea y se había mudado al loft de Mark en Bushwick.

Era un espacio pequeño, pero perfecto para los dos: no necesitaban mucho, porque pasaban el día entero pegados el uno al otro.

Compartían absolutamente todo. Y en ese espacio tan pequeño, su amor no hacía más que crecer.

Ella, después de años rechazando afianzar relaciones con hombres que querían entrar en su vida —impidiendo que nadie cruzara la línea roja que había trazado en torno a sí misma—, por fin había encontrado la paz más absoluta junto a Mark Stone.

No había sido necesario ponerle nombre a lo que tenían. Todo fluía con una naturalidad mágica. Y, por primera vez, no sentía ni una sombra de duda.

Ese lunes, tras la primera conversación telefónica con Jacob, Isabella decidió no ir al gimnasio después del trabajo.

Quería estar en casa cuando él llegara: verlo entrar, disfrutar de la clase entera sentada en su sillón, escuchar las melodías al piano, observar los avances de Jo… y seguir acercándose a él, aunque fuera desde la privacidad de su rincón.

La línea ya se había cruzado. No podía dar marcha atrás. Ya no era el raciocinio el que manejaba los hilos.

Al llegar a casa, saludó a la pequeña sin distraerla de sus deberes y subió al vestidor a acicalarse antes de la llegada de Jacob.

Desde que él había aparecido en su vida, algo en ella había cambiado. Tenía un brillo distinto en los ojos, una sensualidad contenida, una presencia más intensa.

Llevaba un vestido midi estampado con flores silvestres —una explosión de amarillos, naranjas y rojos— que realzaba su pelo, sus ojos y el tono cálido de su piel.

Los hombros, al descubierto, lucían salpicados de pecas bajo la luz del atardecer que se colaba tras los ventanales. Se había quitado la rebeca amarilla que llevaba anudada al cuello; dentro de casa hacía calor, y no era necesaria.

El tirante ancho del vestido era muy favorecedor, y el escote en U dejaba entrever la firmeza de su pecho sin ser provocativo. Isabella era una mujer a la que le gustaba más insinuar que mostrar.

Calzaba unas merceditas de tacón cuadrado en amarillo limón.