12 #3
—No nos hemos cruzado, no —respondió, entristecida—. ¿Qué tal ha ido la clase hoy, pequeña?
—¡Super bien, mami! Estoy encantada. Jacob es guay.
—¿Así que Jacob es guay, eh? —dijo, acariciándole la cabeza—. ¿Ha llegado Matthew? —preguntó Isabella a Madeleine, mientras se acercaba a la cocina para beber un vaso de agua.
—No, señora. Todavía no ha llegado —respondió ella.
—Hoy cenaré fuera con las chicas —comentó—. Prepara cena solo para Matthew y Jo, ¿vale?
—Claro que sí, señora.
—Muchas gracias, Madeleine —contestó Isabella, siempre con cariño hacia ella en sus palabras.
Subió a su habitación para prepararse para la cena.
Le daba vueltas en sus manos al papel con el teléfono de Jacob. Al ver que se había marchado antes de que ella llegara, cosa que no había hecho nunca desde el primer día que se habían visto, dudó un par de veces, móvil en mano, si marcar su número y no mirar atrás.
Pero no lo hizo.
Comenzó su ritual en la inmensidad de su vestidor.
Eligió unos pantalones fluidos blancos con enormes lunares negros, y los combinó con una blusa negra satinada de mangas abullonadas y escote en pico. Calzó sus bailarinas de Chanel y completó el look con uno de sus Birkin más pequeños, en piel Togo negra.
Se recogió el pelo en una cola alta, sujeta con una goma de strass. Un rímel ligero, un toque de colorete y brillo en los labios.
—Estás preciosa —dijo la voz de su marido, sorprendiéndola frente al espejo del baño.
Isabella se volvió con una sonrisa suave.
—Hola, Matthew. Ya estás en casa.
—Sí —respondió él, dejando caer los hombros como si soltara el peso de Londres entero—. Estoy muerto hoy. Tengo ganas de ponerme cómodo, cenar algo y sentarme en el sofá.
Hizo una pausa.
—Te vas con las chicas, por lo que veo. ¡Qué bien! Disfruta mucho la cena. Yo me quedo con la pequeña y la dormiré. Tengo muchas ganas… en toda la semana apenas la he visto.
—Estará encantada de pasar tiempo con su papá —dijo ella, terminando de atusarse la coleta—. Madeleine estaba preparando algo de cena.
—Sí, acabo de hablar con ella abajo —añadió Matthew, ya dirigiéndose hacia el dormitorio. Le dio un beso en la mejilla—. Diviértete.
Esa noche cenaban en Le Bilboquet. Un pequeño bistró francés en el Upper East Side, donde el rincón más codiciado —junto a la ventana— tenía un sofá bajo, tapizado en terciopelo azul noche y una mesa redonda cubierta con un mantel blanco inmaculado.
Claire y Sophie ya estaban allí, sentadas en ese rincón, ávidas de noticias frescas, con sus copas en la mano. Pero en esta ocasión, Isabella no tenía nada nuevo que contar. Él se había ido antes de que ella llegara.
—Esa cara que me traes… ¿a qué se debe? ¿Ha ido mal? —preguntó Claire, dejando su copa sobre la mesa.
—No ha ido… directamente no estaba. Se marchó antes de que yo llegara —respondió Isabella, acomodándose en su silla.
—Igual está molesto porque no hayas ido el miércoles o porque no le has llamado —sugirió Sophie, inclinándose ligeramente hacia delante.
—Enfadado no creo, no me parece su estilo —dijo Isabella, con la voz más baja—. Pero igual un poco molesto sí; quizá creía que iba a llamarlo y, al ver que no lo hacía y que no aparecía el miércoles, pues igual pensó que estaba poniendo tierra de por medio y él hizo otro tanto de lo mismo.
—Si la conexión entre los dos es como nos la has descrito —intervino Claire, firme pero suave—, estará dolido, quizá avergonzado; él también tiene derecho, Isa.
Isabella asintió lentamente. Le dio un sorbo a su copa.
—Tenéis razón… No lo sé, chicas. Me siento al borde de un abismo, a punto de caer al vacío.
La cena transcurrió entre consuelos discretos, copas de vino, confesiones, risas inesperadas, y alguna lágrima que otra.
Una vez sentada en el coche, con el papel en la mano —ese papel del que no se había separado desde que Jacob se lo entregó—, sacó su iPhone, abrió WhatsApp, tecleó su número de teléfono y escribió un mensaje que decía:
Hola, Jacob. Soy Isabella.
Siento no haberte llamado, aunque llevo deseándolo desde que abrí el papel que me diste.
Siento no haber aparecido en toda la semana; me daba miedo… y vergüenza. Esto se me escapa de las manos. No sé cómo actuar. Me he comportado como una niña, y te pido disculpas por ello.
Pero he preferido optar por la cobardía que por enfrentarme a la realidad: que no es otra que ésta: te deseo como jamás había deseado a un hombre en mi vida.
No envió el mensaje, por supuesto.
No porque no quisiera, sino porque habría sido una temeridad. No sabía si su mujer estaría a su lado, si podría verlo y descubrirlo todo; no había reglas pactadas sobre cómo actuar. Las dudas eran poderosas. El miedo, más aún.
Pero ver sus sentimientos convertidos en palabras —tan reales, tan naturales, brotando con una sinceridad palpable— era exactamente lo que necesitaba en ese momento: mirar de frente a la realidad y saber que ya no podía darle la espalda.
Y eso le bastaba para comprender qué era lo que realmente quería.
Sabía que el lunes, a primera hora de la mañana, en su despacho, cogería el teléfono y lo llamaría.
No esperaría más.
No seguiría mintiéndose ni intentando tapar unos sentimientos que, era obvio, afloraban a una velocidad vertiginosa.
Ya no pensaba esconderse tras su cobardía. Ahora dejaría paso a la realidad.