12 #2
El pulso se le aceleró. En ese momento, todo lo demás desapareció: solo existían aquella música, su respiración y la presencia de él a su lado.
Cuando terminó la melodía, Jacob no apartó las manos del teclado. Las posó suavemente sobre las de Isabella y entrelazó los dedos con los suyos.
—Necesito tenerte solo para mí —confesó en voz baja, mirándola a los ojos.
Sus palabras sonaban desesperadas, como si hubiera estado conteniéndolas durante demasiado tiempo, pero ya no pudiera hacerlo más.
Silencio.
—Aquí eso nunca será posible, Jacob —dijo ella, también en voz baja.
Entonces él, con discreción, le tendió un trozo de papel doblado que sacó del bolsillo de su pantalón. Lo había meditado mucho. Solo cuando el deseo superó a las formas se atrevió a escribir su número en él; necesitaba hablar con ella, verla a solas.
—Llámame cuando quieras.
Isabella cogió rápido el papel, como si fuera una niña que acaba de cometer una travesura.
—Está bien —dijo, nerviosa y aturdida.
En ese instante, Josephine apareció de la nada. Isabella casi sufrió un infarto: estaba tan absorta en la escena que estaba viviendo, que ni siquiera se había dado cuenta de que su hija estaba prácticamente a su lado.
—¿Mamá, estás dando tú también una clase?
—No, cariño. Pero ya sabes que a mamá le encanta el piano, y el señor Loredan me estaba enseñando un par de notas.
Se levantaron; Jacob con una serenidad pasmosa, increíble a ojos de Isabella, que en ese momento era un auténtico manojo de nervios.
A él aquello le hacía gracia. Le parecía tierno que una mujer como ella —siempre segura y dueña de sí misma— se alterara tanto en su presencia. Le halagaba profundamente.
—Bueno, señor Loredan, hasta el miércoles —dijo Isabella, intentando sonar normal.
—¡Hasta el miércoles, Jacob! —exclamó Josephine.
Volvieron a despedirse como lo hacían últimamente, observándose en silencio mientras se alejaban el uno del otro.
Al poco rato de marcharse, llegó Matthew. Cenaron los tres juntos: pollo al limón horneado por Madeleine con un mimo que se notaba en cada detalle. Mientras compartían la cena, Matthew anunció con total naturalidad que a la semana siguiente se iría a Londres.
—¡No, papá! —protestó Josephine—. ¡Yo no quiero que te vayas!
—Pequeña, no me voy a instalar allí. Es un viaje de negocios. Estaré el tiempo que sea necesario y volveré; no tengo ninguna intención de dejar Nueva York, solo será el período estrictamente necesario para que todo arranque bien.
Hizo una pausa, sonriendo.
—Además, cuento con que vosotras vendréis a verme.
—¿Para cuándo tenéis prevista la inauguración? —preguntó Isabella.
—Pues querían tenerla lista para este año, pero ya les dije que las prisas no son buenas consejeras. Prefiero hacer las cosas con calma, pero que queden perfectas. —Hizo una pausa—. Tengo prevista la fecha para abril del año que viene. ¿Qué te parece? Si todo va bien, claro. No hay nada oficial.
—Pues me parece muy bien. Tienes un año para que Jo’s Hotel brille como sé que brillará.
La conversación fluyó con normalidad, sin dramatismo. Josephine ya imaginaba los viajes en avión, los paseos por la ciudad descubriendo rincones nuevos; para ella, era una aventura.
Pero Isabella, con el papel de Jacob todavía guardado en el bolsillo del pantalón, solo podía pensar que, con su marido fuera de juego, sería libre para ver más a Jacob. No quería pensarlo. Se odiaba a sí misma por hacerlo. Pero frenarlo ya era imposible.
Aunque se esforzaba, sus sentimientos no respetaban sus intentos de alejarse de ese hombre. Y eran infinitamente más poderosos que ella, que su voluntad, que todos sus anhelos por hacer las cosas de manera correcta. Había perdido la batalla. Y probablemente, también la guerra.
Cuando la niña ya estaba dormida, fue a su habitación y se puso el camisón. Dejó el papel donde había estado toda la tarde, sin sacarlo de su escondite. Sabía que Matthew jamás hurgaría en sus cosas; no era su estilo.
Cuando pudiera, lo miraría.
Las relaciones sexuales entre Isabella y Matthew seguían postergándose.
No era difícil encontrar excusas: él trabajaba muchísimo y llegaba agotado, muerto de cansancio, tras largas jornadas de reuniones sobre el nuevo hotel en Londres.
Solo quería meterse en la cama y dormir. Ella se aprovechaba de eso.
Obviamente, no forzaba ninguna situación romántica. Se beneficiaba del cansancio de su marido, aunque por dentro ardiera en deseos de que Jacob la hiciera suya.
A la mañana siguiente, cada uno comenzó sus rituales como siempre: desayunaron, Isabella llevó a Jo al colegio y después puso rumbo a la galería. Una vez allí, en la intimidad de su despacho, sacó el papel doblado y lo desdobló con manos temblorosas.
En una caligrafía fina y cursiva, aparecía escrito en tinta negra, su número de teléfono: (212) 555-0187.
Salió a enseñárselo a Claire, que tras ser puesta al corriente de las últimas novedades, intentaba quitarle hierro al asunto, riendo y bromeando al respecto, aunque tenía un mal presentimiento. Pero no quería que Isabella se sintiera juzgada. Eso, jamás.
—¿Vas a llamarlo? —preguntó.
Isabella miró el papel unos segundos más.
—Creo que sí… —dijo, vacilante—. O no… No lo sé. No sé qué hacer, Claire. —Hizo una pausa para reflexionar—. Es complicado. Me estoy metiendo donde nadie me llama.
—Bueno… es un dilema importante, eso está claro. ¿Cuándo se marcha Matthew?
—La semana que viene.
Claire respiró hondo.
—No sé qué decirte, amiga. Solo tú sabes lo que quieres hacer. Deja que fluya —prosiguió—. A ver qué camino toman las cosas.
Pero Isabella sabía que no podía quedarse quieta, viendo los días pasar sin hacer nada. Él vendría a casa. La tensión seguiría creciendo. Por no hablar del deseo.
De nuevo, la incertidumbre.
De nuevo, la culpa y el dolor.
Y de nuevo las ganas incontenibles de verlo.
El miércoles, en vez de una clase de gimnasia, hizo dos. Solo para no verlo. Le dijo a las chicas que no podía volver a casa. Jacob estaría sentado al piano, con ese gesto hermoso que la hacía temblar… y ella aún no lo había llamado.
Sophie le aseguró que estaría ahí para apoyarla, pero le advirtió:
—Ten cuidado, Isa. No quiero hacer de abogado del diablo, pero estas aventuras acaban todas mal.
Pensaba —y lo decía sin ningún reparo— que no era lo mismo un coqueteo que una aventura consumada. Eso podía traer consecuencias terribles. Incluso irremediables.
Sophie misma había pensado cientos de veces en tener una aventura, pero sus inseguridades nunca le habían permitido siquiera conocer a alguien, cuanto menos acostarse con un hombre a espaldas de Aldis.
No sabía qué habría hecho si alguna vez la oportunidad se le hubiera puesto delante, como le ocurría ahora a Isabella.
Llegó a casa casi a la hora de cenar. Matthew ya estaba allí; ella lo había avisado por mensaje de que llegaría tarde.
—¿Cómo es que te has quedado a hacer otra clase? —preguntó él desinteresadamente, por simple curiosidad.
—Me apetecía evadirme un poco. Necesitaba llegar cansada. Había una clase de ciclo justo después de la de mantenimiento, y me apunté sin pensarlo mucho. Estaba con energía.
—Pues me parece estupendo. ¡Venga, cena algo! Estarás muerta de hambre.
Estaba siendo una cobarde. Pero si lo llamaba no habría marcha atrás y quería luchar, por su matrimonio, por su familia.
El jueves tampoco lo llamó.
El viernes se cernía sobre ella como una tormenta sobre la montaña. Las chicas habían quedado para cenar, así que tenía que ir a arreglarse a casa. No había muchas más opciones. Esto que estoy haciendo es absurdo. Tengo que poder ir a mi casa, algún día tendré que aparecer.
Salió del gimnasio solo con Claire. Sophie había ido con Aldis y los niños a tomar un helado en un puesto callejero frente al Plaza Hotel, junto a Central Park.
Se sentaron en uno de los bancos del parque y disfrutaron de ese momento simple.
Hasta hacía relativamente poco, esas pequeñas cosas le habrían parecido una tortura.
Entonces, todo le pesaba: tener que pasar la tarde con su insulso marido, los niños chillones tirándose helado en las blusas recién lavadas, mientras ella miraba de reojo a las parejas que se besaban en los rincones sombreados del parque, preguntándose si alguna vez volvería a sentirse viva.
Pero ahora todo era distinto.
Ahora reía con Aldis, lo abrazaba sin vergüenza, agradecía su presencia constante. Incluso las peleas interminables de los niños, los alaridos estridentes, le parecían música para sus oídos. Cada instante era un regalo de la vida: verlos reír, moverse, respirar. Verlos crecer.
Su perspectiva había cambiado hasta el punto de que, en silencio, llegó a agradecer lo que le había pasado. No fue una maldición. Fue un toque de atención necesario, que lo cambió todo.
Su vida, antes gris plomo, ahora por fin tenía color.
Justo antes de despedirse a la puerta del gimnasio, Claire le preguntó cómo estaba. Sabía que Isabella iba a verlo en cuanto llegara a casa y que estaba nerviosa. Que no lo había llamado aún y que eso le generaba cierta ansiedad al respecto.
—No lo sé —respondió ella—. Me siento como si llevara la letra escarlata pintada en la frente.
Claire sonrió con cariño.
—Bueno, estate tranquila. Esta noche nos vemos y me cuentas que tal ha ido.
—Vale —respondió ella dándole un abrazo.
Se despidieron hasta la hora de la cena.
Isabella entró en casa no sin cierta resignación.
No se sentía bien por no haberlo llamado.
Se sentía incluso avergonzada. Esperaba encontrarlo, como siempre, sentado al piano, y que sus miradas se cruzaran en ese silencio que ya les pertenecía.
Independientemente de la ansiedad que le generaba el tema de la llamada —y de no haber aparecido el miércoles—, se moría por verlo.
Pero el chasco que se llevó fue tremendo: Jacob no estaba sentado al piano, como ella esperaba.
—¡Hola, mami! —exclamó Josephine, dando saltos de alegría, con Nala pisándole los talones como siempre.
—Hola, hija. Veo que ya estás sola.
—El señor Loredan acaba de salir por la puerta, señora. Es raro que no se hayan cruzado —interrumpió Madeleine.