12
El lunes por la mañana, en la galería, los protagonistas indiscutibles eran Jacob Loredan y las confesiones de una mujer atrapada entre la espada y la pared.
Se lo contaba todo a Claire, describiéndole al detalle el encuentro del viernes: la forma en que él le había levantado la barbilla, la voz rasgada al decirle «Solo para ti, Isabella».
Las palabras aún le retumbaban en los oídos.
—¡Wow! Es difícil resistirse a eso, cariño —rio Claire, echándose hacia atrás en la silla—. No debes sentirte mal. Estás siendo humana. Estas cosas pasan, aunque no las queramos… o aunque no sean lo más leal del mundo.
Claire no la animaba a tener una aventura.
Era amiga de Matthew, lo quería y sabía que era un hombre ejemplar.
Nunca incitaría a nadie a cometer una infidelidad.
Pero también era consciente de algo más incómodo: cuando dos personas sienten un deseo mutuo —y sobre todo cuando ese deseo llega como un rayo en medio de una vida ordenada—, ignorarlo no siempre es virtud.
A veces es solo postergación. Y el cuerpo, tarde o temprano, exige su parte.
Solía dejar los valores a un lado cuando de vivir se trataba.
Le habría encantado decirle a su amiga: Ni te lo pienses.
Lánzate a sus brazos y disfruta. Pero el ser humano siempre finge una lucha entre lo bueno y lo malo, entre lo moral y lo inmoral, cuando en realidad solo teme las consecuencias.
Detrás de las palabras justas, del sentimiento de culpa y de la lealtad proclamada con voz firme, casi todos escondemos el mismo deseo: saltarnos todas las líneas rojas habidas y por haber sin pagar el precio.
Claire creía firmemente que si supiéramos a ciencia cierta que no habría consecuencias, todos dejaríamos de ser tan honorables.
Pero también sabía que su amiga era mejor persona que ella en ese sentido, y que tendría un lío mental tan profundo que ni siquiera era capaz de imaginar.
Isabella no se lanzaba sin pensar. Sufría con cada latido: temía perderlo todo, hacer daño a las personas que más quería y romper algo que jamás podría recomponer.
En su interior se libraba una batalla silenciosa entre el deber y el deseo, tan feroz que podía destrozarla por dentro.
Era fuerte, sí —pero también profundamente sensible—, y Claire sabía que lucharía y se resistiría hasta el último momento.
Pero también sabía que tarde o temprano tendría una aventura con el profesor de piano de su hija.
—Nunca te había visto tan nerviosa, Isa —dijo Claire, muy seria—. Solo puedo darte un consejo: deja que el río de la vida fluya. Suena cursi, pero es una verdad como una catedral. No te vuelvas loca intentando controlarlo todo. No tiene sentido, porque es básicamente imposible.
—Si me dejo llevar, lo pierdo todo, Claire.
—No tiene por qué ser así, pero sí, es difícil. Una locura y un riesgo tremendo. —Hizo una pausa para estudiarla—. Pero te estoy viendo, Isabella. O ese hombre desaparece de tu vida de la noche a la mañana… o acabas en sus brazos. Te lo aseguro.
—Entre tú y yo puedo ser sincera —dijo, tomando aire antes de continuar. Se sintió mal al instante, solo por pensar lo que estaba a punto de confesar—. Deseo, más que nada, estar entre sus brazos, Claire. Besarlo. Es una locura… pero me siento tremendamente atraída por él. Y ni siquiera lo conozco.
Claire abrió los ojos como platos. De sus labios escapó un silbido leve.
—Pues estás jodida, amiga —dijo sin más—. Porque no veo esto como una aventura de una noche, algo para darle un poco de emoción a tu vida y ya está. —Puso su mano sobre la de ella—. Si estás así de pillada y no os habéis acostado, cuando lo hagáis…
—Igual no hay química en la cama, quién sabe —respondió Isabella en un intento de autoengañarse.
Inmediatamente, Claire la miró, agachando ligeramente la cabeza y entornando los ojos.
—No te lo crees ni tú, Isabella. Si me dices que saltaron chispas cuando te acarició la mano, no quiero ni pensar qué pasará cuando te acaricie otra cosa.
Y rompió a reír. Claire tenía la facultad de quitarle hierro al asunto, en cualquier situación. Las dos se rieron a carcajadas durante unos minutos, hasta que Isabella volvió a poner la nota seria.
—No, de verdad, Claire. Estoy muy perdida —suspiró profundamente, como si le faltara el aire—. Encima, Matthew nunca está en casa últimamente… y eso no sé si es un regalo o un castigo.
—Bueno, cariño, no sabemos lo que es —dijo Claire—, pero úsalo a tu favor. Así al menos no tendrás que fingir que estás bien cuando es obvio que no lo estás.
—Pues tienes razón.
—¿Hoy viene a dar clase a Jo, no?
—Sí.
Los ojos se le iluminaron, y no pudo impedir que una sonrisa le llenara la cara.
—No lo recibas en pijama —dijo riendo.
—Anda calla. ¡Qué vergüenza!
De nuevo, las risas llenaron el despacho. Isabella sabía que contaba con el apoyo incondicional de sus dos amigas, aunque también sabía que ambas tendrían opiniones distintas sobre el asunto.
Aunque se habían dado cuenta de que Sophie ya no era la misma desde que rozó la pérdida de todo, seguía siendo la más recta.
Y eso la hacía dudar: ¿qué pensaría ella acerca de una infidelidad?
Sobre todo siendo Matthew el perjudicado, a quien Sophie tenía en un pedestal.
Suponía que no entendería cómo alguien que tiene al lado a un hombre como él podía siquiera plantearse una aventura con otro.
Pero quizá lo comprendería mejor si la situación fuera al revés…
si ella misma tuviera la oportunidad de estar con el hombre al que llevaba deseando años.
Esa misma tarde, cuando acabó la clase de entrenamiento, se dio una ducha rápida. En vez de recrearse en el vapor, de perder tiempo secándose el pelo o maquillándose, corrió a casa. Quería llegar a tiempo para verlo, aunque solo fuera unos minutos.
A las chicas no les tuvo que dar ninguna explicación.
Ellas ya sabían lo que estaba pasando. Su amiga se estaba enamorando de un hombre al que no conocían y estaba sucumbiendo al deseo.
No la juzgaban, jamás lo harían. Eran amigas íntimas, se apoyaban las unas a las otras, pero conocían a Isabella mejor que nadie.
Y por eso tenían miedo: esto podía acarrearle consecuencias que no estaba preparada para enfrentar.
Matthew la llamó justo cuando salía del gimnasio e iba a subirse a su coche privado.
—Cariño, esta noche tenemos que hablar, ¿vale? Londres está listo. Me necesitan allí… y quiero ir. Probablemente tenga que empezar a quedarme por temporadas.
—Vale, Matthew, esta noche hablamos, no te preocupes —dijo—. Estoy yendo a casa ahora, salgo del gym.
—Vale genial. Un beso.
Guardó el teléfono.
Y se dio cuenta, con profunda tristeza, de que la simple idea de que Matthew saliera de la jugada le insuflaba una alegría inesperada.
Desde que el hotel de Londres era apenas una idea en la cabeza de su marido, Isabella supo que tarde o temprano él tendría que instalarse allí o en su defecto, pasar mucho tiempo viajando.
Matthew necesitaba estar cerca de sus creaciones.
La perspectiva le pesaba enormemente por Josephine.
Era evidente que Jo no recibiría bien la noticia, pero las cosas estaban así.
Isabella ni siquiera barajaba la idea de mudarse allí con su marido, en caso de que esa fuera la decisión que él tomara.
Esperaría a la noche para ver qué noticias traía.
Llegó a tiempo para apreciar cómo, en el interior de su hogar, las notas ya invadían el espacio por completo.
Al entrar, vio a su hija tocando la melodía que Jacob le estaba enseñando —la pieza que Josephine quería presentar en el colegio en cuanto la dominara a la perfección.
Lo que más ilusión le hizo fue ver que la niña tenía talento: no mostraba torpeza, sino todo lo contrario.
Se la veía suelta con las teclas, sentía lo que tocaba y lo disfrutaba.
A Isabella la embriagó el sonido que salía del instrumento que tanto le gustaba.
No quiso interrumpir. Se limitó a entrar con cuidado y a cruzar una mirada cómplice con Jacob.
Él le devolvió la sonrisa y siguió concentrado en la pequeña.
Jacob no tenía ninguna prisa: ni por acabar la clase ni por abandonar el hogar de los Crawford. Para él también los días de clase de Jo se habían convertido en lo mejor de la semana.
Isabella se sentó en su sillón y abrió el libro por la página que estaba leyendo.
Esperó a que la clase terminara y a que Josephine saliera disparada hacia ella para contarle las ganas que tenía de presentar su melodía ante todas sus compañeras.
Después corrió a jugar con Nala y a terminar sus deberes.
Jacob no desperdiciaba sus minutos a solas.
Era consciente de lo que crecía en su interior, y no podía permitirse el lujo de perder el poco tiempo del que disponían juntos.
—Jo tiene talento —dijo, cuando estuvo cerca de ella.
—Eso es maravilloso, Jacob —respondió Isabella—. La he oído tocar, y la verdad es que sonaba de maravilla. Me encantaría aprender a tocar el piano. Hace tiempo di algunas clases, pero lo dejé —añadió, agachando la cabeza con una pena incipiente.
—Yo puedo ayudarte —fijó sus ojos en ella—. Si tú quieres, claro.
—Me encantaría —sonrió, bajando la cabeza de nuevo, esta vez por el rubor de sus mejillas—. Pero no sé de dónde íbamos a sacar el tiempo.
—Ven.
Y la cogió de la mano.
La llevó hasta el banco de terciopelo que descansaba frente al imponente piano. Se sentaron los dos en él, sin dejar de mirarse. Nunca dejaban de mirarse. Era como si una fuerza superior a todo se lo impidiera.
Ella acarició las teclas del piano, sintiendo su firmeza bajo los dedos. Sus manos recorrieron el teclado con timidez, explorando una a una las notas graves, luego las agudas…
Jacob la observaba en silencio.
Luego, sin decir nada, colocó sus manos junto a las de ella y pulsó suavemente unas cuantas teclas: un acorde cálido, sencillo, que llenó la habitación de luz.
Isabella cerró los ojos, deleitándose con el sonido.
—Toca para mí —susurró.
Él asintió.
Y entonces sus dedos comenzaron a moverse: no solo con virtuosismo, sino con una ternura deliberada, como si cada nota estuviera hecha en exclusiva para ella, que mantuvo los ojos cerrados, dejándose envolver por el sonido que le erizó la piel.