11 #3
Ambos se separaron de repente, intentando recuperar el aliento, al oír que Josephine bajaba las escaleras canturreando feliz, con el libro en la mano.
—¡Ya está! Aquí lo tengo. Mira Jacob.
—A ver… —dijo él involucrándose con la pequeña pero sin dejar de mirar a Isabella.
Ella se retiró, con el pulso todavía por las nubes. Subió a su habitación lentamente, mirando atrás: él la seguía con la mirada, recorriendo su cuerpo sin pudor. La química era arrolladora, como una apisonadora. Ninguno había sentido algo tan poderoso jamás.
Una vez en su habitación, se apoyó en el lavabo frente al espejo, que le devolvió la imagen de una mujer ruborizada.
Sus dudas sobre si él la había extrañado se habían disipado.
Estaba claro que había pensando en ella de la misma forma.
Ahora sentía miedo de no poder dar marcha atrás, de cometer una locura.
Y deseaba esa locura con todas su fuerzas.
Una llamada de Matthew la sacó del trance.
—Hola, cariño. No te avisé de que el señor Loredan pasaría por casa esta tarde. Me acabo de dar cuenta. Pensé que, si llegábais pronto, la pequeña no tendría por qué perder la clase del viernes. Además, como me dijiste que tenía tantas ganas de tocar, me pareció fantástico.
—Sí, no te preocupes. Está todo bien. Ya están abajo tocando.
—Estupendo. Te dejo, que hoy estoy muy liado. Te veo por la noche si todo va bien.
—De acuerdo.
Colgaron.
Se quedó un rato más frente al espejo, en silencio.
De repente, lo único que le importaba era lo que había vivido minutos antes: él también la deseaba, y con una fuerza incontenible por todo lo que había sentido allí abajo.
Se recompuso. Se sintió tan viva que le dolió el pecho. Se rio nerviosa, llevándose la mano a la boca, acariciándose los dedos que él le había tocado.
Quería volver a verlo, estar cerca de él, sentir su mirada clavada en la suya.
Bajó las escaleras despacio, dejando a su derecha al hombre por el que suspiraba, sentado al piano, tocando.
Él levantó la cabeza y hundió su mirada en ella.
La melodía que salía del instrumento se transformó poco a poco, de un sonido más didáctico e infantil a un sonido melodioso y tremendamente romántico que invadió la instancia de golpe.
Sus miradas se fundieron. No hacía falta decir una sola palabra. El vínculo que había entre ellos iba más allá de la lógica.
Ella se sintió intimidada por la imponente mirada, rio y bajó la cabeza un instante, ruborizada.
Él también sonrió, pero no dejó de mirarla hasta que ella, tras tomarse ese pequeño respiro, volvió a fijar sus ojos en los de él.
Isabella no te puedes enamorar de este hombre, pensó.
Pero tenía miedo de que ya fuera demasiado tarde.
Se sentó en su sillón, escuchando la hermosa melodía que salía del piano. Esperó a que la clase terminara para buscar, aunque fuera por un instante, un leve roce con él.
—Muy bien, Jo —dijo, acariciando la tapa del piano—. La próxima semana trabajaremos esa transición.
—¡Vale, profe! —canturreó radiante la niña mientras corría escaleras arriba, perseguida por Nala, que se colaba entre sus pies. Iba directa a enseñarle lo que había aprendido a Madeleine, quien se encontraba enfrascada en sus tareas cotidianas.
Otra vez solos.
Isabella se levantó pero se mantuvo junto al sillón, las manos entrelazadas para no temblar.
—Ha sido maravilloso. Da gusto oírte tocar el piano, Jacob.
Isabella no podía evitar que el rubor le inundara las mejillas al mirarlo o al hablarle.
Él se levantó despacio y se acercó a ella hasta compartir el mismo oxígeno.
—Me encantaría tocar un día para ti —dijo, con la voz rasgada.
—Hoy lo has hecho.
—Solo para ti, Isabella —añadió, levantándole la barbilla para que lo mirara a los ojos.
Antes de que ella pudiera decir nada, la niña bajó corriendo al salón, y él se alejó de Isabella. Disimulando, le tendió la mano.
—Ha sido un placer, señora Crawford. Nos vemos el lunes que viene —dirigió su mirada a Jo—. ¿Ensaya, de acuerdo? El piano es ahora tu mejor amigo; has de dedicarle tiempo y cariño.
—¡Ensayaré, profe! Te lo prometo —y se alejó de nuevo corriendo por la sala, con la perrita tras ella, saltando y jugando.
Jacob no quería irse; alargaba una despedida que no podía alargarse más.
Cualquier comportamiento fuera de lugar podía ser visto por Madeleine o la pequeña en cualquier momento, y eso no era una buena idea.
Pero ella tampoco quería que se fuera, que ese momento terminara y no volver a verlo hasta el lunes.
—Ha sido un placer —contestó ella. Y sus manos volvieron a abrazarse.
Lo acompañó hasta el vestíbulo. En el umbral del ascensor, conteniendo las ganas de besarla, Jacob se dio la vuelta y entró en la cabina.
Isabella se quedó allí, inmóvil en mitad de su propio recibidor, viendo cómo las hojas metálicas se cerraban sobre él y lo tragaban lentamente, hasta que el indicador marcó la «L» de Lobby.
Sabía que era un error. Sabía que arriesgaba algo más grande de lo imaginable. Pero se sentía más viva que nunca —y eso bastaba para querer descubrir quién era ese hombre que había irrumpido como un tifón, dispuesto a arrasar todo lo que había construido en años.