11 #2
—Qué paz, mami… —dijo mientras su madre recogía la cocina y ella la acompañaba con una taza de café en la mesa de madera.
—Sí, cariño. Me imagino que lo echarás de menos.
—Lo echo de menos, sí. Amo Nueva York; no me imagino viviendo en otro lugar, pero lo que se dice paz…
Las dos se rieron.
—No hay mucha —terminó la frase Eliza.
—No —rio Isabella —no hay mucha.
Y de nuevo esa sonrisa. Esos ojos grises. Esas manos largas y fuertes de pianista recorriendo su cuerpo desnudo.
Cerró los ojos sin querer. Un acto reflejo instantáneo. El deseo le recorrió el cuerpo entero como un rayo.
Su madre lo notó. Había notado a su hija distraída esos días. Embelesada diría ella.
—Te he notado algo inquieta estos días. ¿Va todo bien, hija? —preguntó sin saber con exactitud qué era lo que la estaba perturbando.
Isabella bajó la mirada de inmediato, revolviendo su café con leche.
Después de unos segundos, pensando que una madre tiene un sexto sentido para estas cosas, y ella lo sabía mejor que nadie, alzó la vista y le devolvió la sonrisa a esa mujer de hermosos ojos azules.
No podía contarle a su madre por lo que estaba pasando. La dejaría preocupada y eso no era justo. Así que se limitó a tranquilizarla.
—Estoy genial, mami, no te preocupes. Solo me da pena marcharme.
—Ah, bueno, hija, ya lo sé. Es normal —se acercó a darle un beso en la frente—. A nosotros también nos da pena. Pero las personas siguen su camino, cariño. Es así. Y tú tienes el tuyo marcado, como todo el mundo —le acarició el pelo—. ¿Es solo eso, hija?
—Es solo eso, mami. Me hago mayor y me vuelvo melancólica —rio suavemente.
—¡Pero si eres una niña, mi amor! Te queda media vida por delante —le dio otro beso en la coronilla—. Ahora tu sitio está allí. Vive la vida sin mirar atrás. Es demasiado corta, créeme. Y pasa volando.
—Lo sé, mami. Soy muy feliz de verdad. Y veo que vosotros también. Y eso me deja más tranquila.
—Pues sí, cariño. Somos todos unos afortunados.
Eliza era una mujer muy espiritual; creía en el destino, en los caminos marcados y en las personas predestinadas a estar juntas, aunque todos los infortunios de la vida se conjuraran contra ello.
El viernes por la mañana, tomaron el vuelo de vuelta a Nueva York. A ninguno le gustaba despedirse como si no fueran a volver a verse, así que las despedidas siempre solían ser tristes pero rápidas.
Isabella tenía una sensación agridulce: dejar a su familia no era plato de buen gusto, pero volver a ver a Jacob se estaba convirtiendo en algo visceral y necesario.
Conrad las recogió en el aeropuerto. Matthew le había enviado un mensaje antes del despegue diciéndole que tenía una reunión por Zoom muy importante con los inversores de Londres y que no podía faltar.
Que estaría en su despacho toda la mañana y probablemente todo el día hasta resolver ciertas cuestiones pendientes.
—¿Qué tal el viaje, señora Crawford? —preguntó Conrad al abrirle la puerta trasera del vehículo a ella y a la pequeña.
—Muy bien, Conrad. Ha sido reconfortante. Echo mucho de menos a mi familia, así que estas escapadas son terapéuticas.
—¿Y usted, señorita Jo? ¿Se lo ha pasado bien en casa de los abuelos?
—¡Super bien, Conrad! Les he contado que Santa me regaló a Nala y que ahora toco el piano y que cada vez nado mejor en la piscina y visitamos la librería de mi tía Amanda y…
La niña siguió enumerando sin parar, una a una, todas las cosas que les había contado y que había hecho con sus abuelos en el viaje. Conrad escuchaba atentamente, asintiendo y sonriendo a la pequeña, a quien adoraba, durante todo el camino de regreso a casa.
—¿Hoy por la tarde vendrá Jacob a darme clase? —preguntó Jo, interrumpiendo sus pensamientos y añadiendo con entusiasmo—: ¡Tengo unas ganas enormes de tocar!
—Hoy no vendrá, mi vida. La próxima clase será el lunes. Tenemos la tarde para nosotras.
—Vaya… —contestó Jo, haciendo pucheros—. Me hacía ilusión tocar hoy.
Después de comer, se sentaron a reposar frente a la televisión un rato.
La niña estaba viendo la película de Pocahontas de Disney, que había visto un centenar de veces pero seguía despertando en ella los mismos sentimientos que la primera vez.
Era increíble cómo los niños podían ver una y otra vez las mismas películas y prestarles exactamente la misma atención que la primera vez, e incluso disfrutarlas más.
Ella estaba sentada al lado de la pequeña, comenzando una de las novelas que había comprado en la librería de Amanda.
Estaba vestida cómoda para andar por casa: llevaba un pantalón de chándal ancho azul marino y una camiseta blanca holgada, los pies descalzos y el pelo suelto, un poco despeinado —demasiado para lo que ella acostumbraba—, cuando de repente sonó el timbre del apartamento.
¿Quién será? Se preguntó en silencio, sin dejar de leer.
—El señor Loredan está en el vestíbulo, señora Crawford. Pregunta si puede subir.
—¿Cómo? —Isabella se incorporó de golpe y el libro se cayó al suelo—. ¡Pero si hoy no tenía que venir!
Un estado de pánico silencioso invadió toda la sala, pero no porque él hubiera llegado sin avisar, sino por cómo iba vestida ella. Eso era lo que realmente le preocupaba.
—Sí, claro, que pase, no lo vamos a dejar ahí abajo —dijo, sonando más firme de lo que se sentía en realidad.
Jo comenzó a dar saltitos de alegría.
—¡Qué guay! Al final hay clase, mami.
A Isabella no le dio tiempo ni siquiera a reaccionar, cuanto menos a acicalarse un poco.
Por Dios. Estoy sin maquillar, despeinada y en chándal. Llevo días pensando en el look del lunes, y ahora se presenta aquí y yo casi en pijama.
La cabeza le iba a explotar de tanto divagar en los escasos minutos que tardó Jacob en llegar a la puerta. Mientras, ella colocaba los cojines, se metía la camiseta dentro del pantalón, se atusaba el pelo y trataba de recomponerse del susto.
¡Y ahí estaba! Con unos vaqueros gastados, una camisa de lino blanca con las mangas ligeramente remangadas y los dos botones superiores desabrochados, dejando entrever los músculos definidos de su pecho... Esa barba, su mandíbula marcada…
Estaba completamente loca por aquel hombre. Madeleine le hizo pasar al interior del salón.
—Buenas tardes, Isabella —le tendió la mano, que, una vez más, ella tardó en estrechar al reaccionar con lentitud—. ¿Qué tal vuestro viaje a Detroit?
—Muy bien —dijo, devolviéndole el saludo—. No te esperaba, Jacob. Me tienes que perdonar que te reciba así, sin vestir. Pensaba que la siguiente clase sería el lunes y estaba cómoda en el sofá —hizo un gesto señalando la ropa que llevaba puesta.
Madeleine siempre se retiraba si no se la necesitaba; su prudencia y discreción eran dos de sus puntos fuertes, así que se quedaron los tres solos.
—Yo creo que estás preciosa —soltó sin más.
Sintió como se le aceleraba el corazón. La forma en que lo dijo…
—¡Yo también, mami! —apuntó la pequeña—. Voy a subir a mi habitación para enseñarle a Jacob el libro de música que me compré en la librería de la tía Amanda.
Y la niña desapareció escaleras arriba.
Ahora estaban solos.
Él no le quitaba los ojos de encima. Esa mirada penetrante hacía que le temblaran las piernas. Siempre había sabido comportarse ante este tipo de situaciones, pero con él le era imposible. Simplemente no podía.
—He pensado mucho en ti —dijo él suavemente, acercándose un paso más. Sus rostros quedaron a escasos centímetros—. Sé que no debería, dada nuestra situación… pero es así, Isabella.
Ella no pudo moverse, estaba completamente paralizada; se limitó a embriagarse con su aroma. Entonces él le cogió la mano con ternura, jugando con sus dedos. Segundos que ella hubiera deseado que fueran eternos. El corazón trotando como un caballo desbocado, retumbando en su pecho con fuerza.
—Yo también he pensado mucho en ti, Jacob —consiguió decir.
Las palabras eran reales, brutales; brotaban sin permiso de sus labios.
—Y tampoco me siento orgullosa de ello pero es así —añadió agachando ligeramente la cabeza.
Entrelazaron sus dedos.
Él se acercó otro paso. Sus rostros estaban peligrosamente cerca, sus alientos casi rozándose.
Ella puso su mano sobre su pecho, sintiendo su latido, que también estaba acelerado.
Se demoró un segundo más del necesario saboreando el tacto de su torso firme.
Necesitaba resistirse, intentar ser fuerte, aunque lo deseara más que a nada.
—Esto es de locos, Jacob. No puede ser.
—Lo sé… —alcanzó a susurrar él.