11
Al principio, la culpa y el deseo de hacer las cosas bien la empujaban a luchar con todas sus fuerzas contra las ganas de verlo.
Llegaba tarde del gimnasio y subía las escaleras sin mirar atrás, buscando refugio en su habitación.
No era lo suficientemente valiente para mirarlo a los ojos ni para mantener una conversación normal, porque sabía que se pondría muy nerviosa. Y seguía repitiéndose que lo que sentía por Jacob no era más que el deseo de un poco de chispa en su vida.
Pero desde el encuentro en el restaurante, las cosas habían cambiado.
Se descubrió pensando en él las veinticuatro horas del día.
Ansiaba llegar a casa y encontrarlo sentado en el banco del piano, que girara la cara y la mirara con esos grandes ojos grises que tanto le gustaban, regalándole una sonrisa que lo desbarajustaba todo.
Por las noches soñaba con acercarse despacio, sintiendo su mirada seguirla como una caricia, hasta quedar a un paso de él. Que la atrajera hacia sí, que la alzara con esas manos firmes y la hiciera suya, sin prisa, sin ruido, solo piel, aliento y deseo.
Soñaba con sus labios, con jugar con su barba mientras le acariciaba el pelo, con besar todo su cuerpo.
Se levantaba y se acostaba pensando en él.
Y luchaba. Con todas sus fuerzas. Porque quería a Matthew. Porque amaba a su hija. Porque su vida era hermosa, ordenada, segura. Y no quería que nada lo estropeara. No quería sentir lo que sentía. Pero lo hacía.
El deseo no entiende de promesas. El deseo devora y destruye.
Y con el paso de los días, ya no era un susurro: era un fuego rabioso, furioso, que no hacía más que crecer… hasta convertirse en una sola certeza: Lo deseaba más que a nada.
Isabella había prometido a su familia que irían de visita en primavera.
También se lo había prometido a Jo. Así que se cogieron unos días de vacaciones durante la spring break de Josephine, y madre e hija tomaron un vuelo de Nueva York a Detroit con la intención de pasar unos días con los abuelos y los tíos.
Matthew no pudo acompañarlas. Los hoteles le estaban robando más tiempo del que le gustaría, así que se quedó en la ciudad, inmerso en sus negocios.
—¿Cuánto tardamos en llegar, mami? —preguntó Jo, pegada a su pierna, deseosa de ver a sus abuelos.
—Menos de dos horas en el aire, mi amor. Es un vuelo muy rápido —respondió Isabella, acariciándole el pelo sedoso—. Aterrizaremos antes de que te des cuenta.
Cuando se sentaron en sus asientos, cada una sumida en sus entretenimientos —la pequeña con sus dos muñecas favoritas, a las que les cambiaba los vestidos y complementos, e Isabella, ojeando una revista de moda—,
ésta última apartó la vista un momento para mirar las nubes que se dejaban ver a través de la ventanilla del avión.
Se sintió mal de inmediato: apenas habían despegado y ya estaba triste por no poder ver a Jacob durante los días que durara su estancia en Detroit, en vez de extrañar a su propio marido.
Pero la realidad era esa. Y en su fuero interno podía permitirse ser sincera: esa era la cruda verdad.
Se preguntaba si él pensaría en ella. Si habría reparado siquiera en que no la vería en toda la semana. ¿Se habían convertido los días de clase de piano en sus días favoritos de la semana también para él?
Le habría encantado saber que Jacob también había sentido esa sensación de vacío cuando supo que no vería a Isabella en unos días.
Mientras se arreglaba frente al espejo, con una toalla a la cintura, pensó en ella y notó un vacío en el estómago.
Nunca había deseado tantísimo ver a otra persona y estar con ella.
El avión rumbo a Detroit, despegó a las nueve y cuarto de la mañana. Pasadas las once y veinte, ya estaban recogiendo su equipaje en las cintas del aeropuerto de destino.
Derek las esperaba fuera, con los brazos abiertos, ansioso por ver a su hermana y a su sobrina.
—¡Bienvenidas a casa! —exclamó cuando las vio salir, corriendo a abrazar a Jo como si no la viera desde hacía años.
—Ay, Derek, ¡qué ganas tenía de estar aquí con vosotros unos días! —dijo ella, abrazando también a su hermano—. ¿Qué tal todo? Ponme al día.
Mientras conducían hacia Grosse Pointe, Isabella fue observándolo todo embelesada desde la ventanilla. Los árboles ya vestían sus primeras hojas, los jardines despertaban con tulipanes y narcisos, y el cielo se extendía ancho y limpio sobre las calles arboladas.
Nada que ver con el caos de Nueva York, pensó. De inmediato, Jacob se instaló en su cabeza de nuevo.
Robert y Eliza estaban en la puerta de su imponente casa de ladrillo rojo, con contraventanas verdes y un porche delantero flanqueado por cerezos en flor.
Era una residencia colonial típica de Grosse Pointe: discreta, bien cuidada, con un jardín delantero amplio y setos bajos que marcaban el límite sin aislar.
Llevaban meses sin verse, pero daba la sensación de que nunca se habían ido. Aun así, el tiempo pasaba para todos del mismo modo: implacable, silencioso, ineludible.
Abrazos, besos, risas. Jo se aferró a sus abuelos como si temiera que desaparecieran de nuevo, ansiosa por contarles todo: los avances en el colegio, el regalo de Santa Klaus, cómo se portaba la perrita, lo mucho que la echaría de menos esos días… y lo feliz que estaba de verlos por fin.
El encuentro fue intenso y hermoso, como siempre, todos estaban felices de verse de nuevo y la primera toma de contacto después de tanto tiempo separados era abrumadora. Siempre era un gusto maravilloso estar en casa y volver a ver a la familia.
El jardín trasero olía a pino, tierra húmeda y humo de madera de cerezo. La primavera en Michigan era tímida, pero aquel sábado de abril lucía como un regalo: sol suave, brisa fresca y los cerezos japoneses soltando nubes rosadas sobre el césped.
Robert, con su camisa de franela y el delantal que decía Grill Master, movía las costillas de cerdo en la barbacoa, mientras se tomaba una cerveza, añadiendo un par de hamburguesas al festín que tenía montado. No podía estar más henchido de felicidad en ese momento.
—¿Qué tal, hija? Cuéntanos, ¿cómo va todo por la ciudad del ruido?
A pesar de hablar todas las semanas y mensajearse en el grupo de la familia de WhatsApp, Isabella les puso al día sobre todo lo ocurrido en los últimos meses. Sus padres escuchaban emocionados. Por pocos cambios que hubiera, a ellos les encantaba conocerlos todos de viva voz.
A la barbacoa se unieron los dos hermanos mayores.
Marcus, el más joven de los tres, se encontraba de viaje con su novia Monique.
Siempre que podían, aprovechaban el tiempo para viajar y conocer lugares nuevos.
En esta ocasión, estaban recorriendo el tramo entre Oklahoma City y Amarillo (Texas), donde hay buenos campings para autocaravanas, carreteras tranquilas y pueblos con gasolineras antiguas, moteles con letreros de neón y cafés que aún sirven pastel de manzana casero.
Ethan, el mayor, asentía desde la sombra del roble. Su esposa reía mientras servía limonada casera a Jo, que corría por el jardín investigándolo todo invadida por la curiosidad.
Derek perseguía a la pequeña por la casa, enamorado de la inocencia y la alegría que desprendía. Amanda, su mujer, era la propietaria de una librería pequeña en el pueblo, y tenía que hacer unos envíos en el fin de semana, así que cuando acabara con sus recados se uniría a ellos.
Eliza, con su blusa floreada y el pelo cobrizo recogido en un moño bajo, observaba desde la cocina.
Tras décadas atendiendo clientes en la perfumería de Hudson’s, ahora solo quería esto: ver a su familia reunida, comer sin prisas, disfrutar de una buena barbacoa y ver charlar y reír a sus hijos y su nieta.
Por la noche, en el silencio sepulcral de su habitación, Isabella se permitió pensar en qué estaría haciendo Jacob en ese preciso momento.
Le gustaría que estuviera pensando en ella.
Que la extrañara quizá, como ella lo extrañaba a él.
Que deseara recorrer su cuerpo con sus manos, con su lengua, con esa calma que solo él parecía poseer.
Se sentía vinculada a ese hombre de una manera extraña, diferente.
Jacob, en el silencio de su dormitorio y mientras su esposa dormía plácidamente, observaba por la ventana la calle desierta.
Pensaba en Isabella, en sus labios, en cómo le gustaría besarlos delicadamente, despacio, disfrutándolos.
Se giró para mirar a su esposa y deseó que fuera otra persona la que descansaba en su cama; poder rodearla con sus brazos y hacerle el amor con todo el fuego que sentía en su interior.
La deseaba más de lo que había deseado a ninguna otra mujer en su vida.
No obstante se culpó por sus pensamientos.
Francesca era una buena persona: feliz, segura de su matrimonio y de sí misma.
Y no se merecía las dudas que él albergaba.
Pero empezaba a darse cuenta de que, tal vez, jamás hubiera amado a esa mujer; nunca había sentido por ella lo que ahora nacía por Isabella.
Sentía una atracción poderosa, más poderosa que cualquier lazo que hubiera conocido antes.
Y no podía mirar para otro lado y no reconocer lo que era evidente.
El resto de los días en familia fueron muy agradables para Isabella. El clima les acompañó con temperaturas suaves, como si la primavera hubiera querido hacerles un regalo.
Visitaron la librería de Amanda en Grosse Pointe Village: Jo hojeó todos los libros que pudo, especialmente los de música y cuentos ilustrados, mientras Isabella elegía un par de novelas románticas. Pensó de nuevo en Jacob. Sentía mariposas en el estómago y el pulso se le aceleraba.
¿Estaba idealizando a un hombre al que apenas conocía? Probablemente, pero le daba igual. Jacob se había instalado en su cabeza y no podía dejar de pensar en él, por más empeño que pusiera en arrancarlo de su mente.
Otro día visitaron el Detroit Institute of Arts, era una visita obligada para Isabella y almorzaron en Lafayette Coney Island, ese local histórico donde sirven los mejores chili dogs de la ciudad.
Disfrutaron de estar en casa con los abuelos, de largas charlas, comidas copiosas, siestas necesarias, barbacoas muy divertidas y una tranquilidad a la que Isabella podría acostumbrarse.