10 #4
Lucía una falda midi plisada con estampado floral en tonos rosas y terracota, y un jersey de punto de manga corta, ceñido al cuerpo, en rojo burdeos. Aunque esa época del año aún titubeaba entre el frío y el calor, llevaba sandalias de tacón del mismo tono que el jersey, anudadas al tobillo.
Cuando Sophie volvió del baño, Isabella se quedó como una estatua de sal tras escucharla.
—Acabo de ver a un hombre que se parece a la descripción de Jacob —dijo dejándose caer en la silla con los ojos aún desorbitados—. El que iba al baño de caballeros, justo cuando yo salía.
Isabella sintió cómo el aire se le atascaba en la garganta.
—No puede ser —dijo Claire—. Sería demasiada coincidencia.
—Igual es el destino —añadió Sophie, colocándose sobre los hombros una americana en color azul cielo que le sentaba de escándalo junto con sus nuevos vaqueros gastados.
Las chicas estaban encantadas con el nuevo giro de Sophie en todos los sentidos, incluso en la vestimenta. Ahora iba más desenfadada, más ligera, como si se hubiera quitado un peso tremendo de encima. Había dejado de estar inquieta, de preocuparse por las miradas ajenas, por el qué dirán.
Ahora lucía incluso más jovial. Los looks formales —a veces recargados— habían cedido su lugar a la comodidad y la naturalidad: camisetas blancas, colgantes sencillos que añadían un toque de elegancia, y vaqueros, incluso algunos anchos.
Las chicas no recordaban a Sophie con una sola prenda holgada; antes, todo debía ceñirse y ajustarse perfectamente a su cuerpo para que nadie pudiera decir o pensar que no estaba en forma o que no era estilosa. Ahora, por fin, parecía vestir para sí misma.
Isabella buscó y rebuscó con la mirada por todo el restaurante, pero no vio a Jacob por ningún lado.
Las ganas de ir al baño se le hacían cada vez más urgentes, pero le aterraba la posibilidad de que la persona que Sophie había visto fuera él de verdad.
Así que aguantó en su asiento hasta que ya no pudo más.
—Tengo que ir al baño.
Su cara era un poema, parecía que el fantasma de la ópera estaría esperándola en el servicio de señoras.
—Estate tranquila, Isa —la calmó Claire, disfrutando de su copa—. Seguro que era otra persona. No tiene por qué ser él. Vete al baño, no te vayas a hacer pis encima.
Se levantó y caminó hacia el pasillo con los ojos clavados en el suelo, como si así pudiera evitar cualquier encuentro. Cuanto antes llegara, antes regresaría a la seguridad de su mesa.
Pero al volver, cuando le faltaba medio metro para doblar la esquina visualizando su mesa como si fuera la meta de una maratón, una mano le rozó el brazo con suavidad.
Se giró bruscamente, el corazón se le escapó por la boca.
—Te he asustado. Lo siento, no era mi intención.
—Jacob… eres tú.
—Sí, soy yo —contestó él, disfrutando una vez más de los nervios que ella mostraba en su presencia—. Hola, Isabella.
—Hola… —respiró hondo—. ¿Estás cenando aquí?
¡Qué pregunta más absurda! Pues claro que está cenando aquí, ¿qué iba a hacer si no?
—Sí. Estoy cenando aquí —confirmó divertido—. Tú también, me imagino.
—Eh… Sí, sí —dijo, con las mejillas ardiendo—. Estoy con mis amigas. En aquella mesa de allí.
Señaló hacia Claire y Sophie, que no se perdían ni un gesto de la escena y lo saludaban con la mano.
—¡Qué bien! Yo estoy cenando con mi mujer —espetó él, con toda la naturalidad del mundo.
Boom.
Algo dentro de ella se encogió. Fue como si un cuchillo bien afilado le atravesara el pecho de lado a lado. El semblante se le descompuso en cuestión de segundos.
Él lo notó. Por supuesto que lo notó.
Jacob ladeó la cabeza al hablar, se humedeció los labios carnosos y frunció ligeramente el ceño. Era un gesto sutil, casi inconsciente… pero para Isabella, el más varonil y excitante que había visto en su vida.
—Pensé que aquel choque en el hotel solo había significado algo para mí —dijo—. Pero veo que me equivocaba.
Sus mejillas no podían albergar más calor. La voz de Jacob —dulce pero masculina, ligeramente rasgada— la desarmó por completo. ¿También había significado algo para él? ¿Eso era lo que acababa de decirle?
Bajó la cabeza, porque sabía que su cara estaba siendo poseída por el rubor, le era imposible mirarlo directamente a la cara.
—Te equivocabas, sí —consiguió decir, casi en un susurro—. Debo volver a la mesa, Jacob.
—Claro.
De vuelta en la mesa necesitó unos minutos para recomponerse. Ese momento, aparentemente insignificante, había significado demasiado. Sus amigas le dejaron su espacio, sabían que el encuentro había sido cuanto menos intenso.
—Por fin le ponemos cara al hombre misterioso —dijo Claire, rompiendo el silencio.
—Me encanta cómo va vestido —añadió Sophie, disfrutando de la escena como una adolescente—. Esa camisa le sienta de miedo.
—Le sienta de miedo todo, Sophie —corrigió Isabella, que todavía no se había recompuesto del todo.
—Qué exquisitez de hombre, Isa. Haría temblar las piernas del mismísimo diablo, chica —añadió Claire, dando unas palmaditas divertidas.
Isabella se llevó las manos a la cabeza.
—Y ya no es solo su físico lo que me atrae, sino sus gestos, su actitud, su persona… No sé si me entendéis ¿Habéis visto que sonrisa? —preguntó.
—Pues sí, la hemos visto —dijeron las dos al unísono.
—Ay, ay, ay… —canturreó Claire, que veía claramente que la situación se les iba a escapar de las manos.
Las tres amigas se miraron.
Sabían que aquello no había hecho más que empezar.
Todas entendían que, en cualquier relación larga, llegan momentos en los que uno se fija en otras personas. Era normal. Inofensivo. Solo fantasía.
Pero esto era diferente.
Nunca habían visto a Isabella temblar, literalmente, por un hombre.
Tardó en recomponerse un buen rato, y no se quedó tranquila ni pudo actuar con normalidad hasta que los vio a los dos salir por la puerta; ella iba agarrada de su brazo, charlando sin parar, ajena a todo, feliz,
mientras él giraba la cabeza para volver a mirar a la mujer misteriosa que empezaba a robarle el corazón.