10 #3
Había soñado con volver a cruzársela: en la calle, en otra fiesta, quizá en algún restaurante del West Village. Aquella mujer de cabello cobrizo, ojos azules y piel salpicada de pecas lo había marcado con un solo roce.
Estas cosas no solían pasarle.
Era un hombre discreto, centrado, casado con una mujer maravillosa. Él jamás sentía nada por nadie en realidad. De hecho nunca había sentido por una mujer lo que sentía por esa completa desconocida.
Y ahora la tenía frente a sí. La misteriosa mujer de la gala.
De lo que ocurrió a continuación, Isabella solo conservaba pequeños fragmentos. Madeleine tomaba nota atentamente y Jo se mostraba entusiasmada. Ella, en cambio, no oyó casi nada. Estaba demasiado atenta a cómo le sentaba aquel traje negro como para prestar atención a los detalles.
Ella empezó a hacer cábalas en su cabeza para intentar evitar verlo. No sabía si sería capaz de no ponerse de los nervios cada vez que se topara con ese hombre en su salón.
Afortunadamente, a las horas que Jacob daría clase a Jo, ella estaría en el gimnasio.
Muchas veces llegaría a casa con la clase a medias o casi terminada.
Así, no tendría que mantener con él ninguna relación más allá de la cordialidad estricta.
Solo de pensar en mantener una conversación con él a solas le temblaban las piernas.
Él se había percatado de los nervios que provocaba en Isabella. Y lejos de incomodarle, aquello parecía divertirle: su rostro mostraba una tranquilidad perturbadora.
Isabella no había olvidado ningún rasgo de su precioso rostro. Estaba exactamente igual que en la gala. Una barba de tres días enmarcaba su rostro, cuidada al milímetro. Ese equilibrio entre lo salvaje y lo pulido acentuaba su virilidad, volviéndolo irresistible.
Dios mío, qué guapo es.
No estaba prestando atención a nada de lo que se estaba hablando en el salón. Mientras su cuerpo sufría reacciones inesperadas, se mordió el labio inferior sin darse cuenta.
Fue un gesto fugaz, casi inconsciente… pero Jacob lo captó al instante. Una media sonrisa asomó en la comisura de sus labios, y a Isabella le resultó irresistible.
—Señora Crawford, ha sido un placer conocerla. Nos vemos el lunes que viene, a las seis y cuarto de la tarde.
Volvió a tenderle la mano, con la única intención de tocar su piel una vez más.
Ella le tendió la suya.
—Lo mismo digo, señor Loredan. Madeleine siempre está en casa; ella le atenderá gustosamente si yo no estoy.
Lo dijo con poderío, como si trazara una línea invisible en el aire, intentando mostrar que su relación sería estrictamente profesional.
—De acuerdo —dijo él, riendo ligeramente al darse cuenta de sus intenciones—. Muchas gracias. Llámeme Jacob, por favor.
Sus ojos grises se clavaron en los suyos.
Y no parecían tener la menor intención de apartarse.
Ella estaba francamente nerviosa. Le estaba costando un gran esfuerzo controlarse.
Él se sintió halagado. Que una mujer tan espectacular estuviera tan nerviosa ante su presencia solo podía significar una cosa: ella también lo había sentido.
En cuanto estuvo sola en la privacidad de su habitación, corrió a escribir en el grupo los nuevos acontecimientos:
Isabella: No sabéis quién es el profesor de piano de Jo. Todavía no me lo creo. Estoy en shock. ¡El hombre con el que me choqué en la fiesta de Matthew!
… Cinco segundos después.
Sophie: ¿¡Qué dices!?
(Los emoticonos explotaron en la pantalla: corazones, ojos desorbitados, fuegos, caritas rojas).
Claire: ¿Estaba guapo?
Isabella: Tremendamente guapo. Más que en la gala. Encima me puse súper nerviosa… he hecho el ridículo. Unos nervios incontrolables, absurdos.
Claire: ¡Anda ya! ¿Qué ridículo vas a hacer? Se habrá pensado que te gusta… y ya está, jajaja.
Isabella: ¡Ah, genial!… Eso me alivia muchísimo. Qué vergüenza. Y vendrá tres días a la semana. ¡Dios mío!.
Sophie: Vas a estar entretenida jaja. Ya te veo por la casa con tus mejores galas…
(Risillas maliciosas llenaron el chat, que dieron paso a los audios, los cuales siempre acababan llenando sus conversaciones telefónicas).
Isabella: ¡Hombre! Espero alargar en el gimnasio y no cruzármelo muy a menudo.
Sophie: Si si…
Claire: Lo que es el destino… Ya casi se nos había olvidado el hombre misterioso y mira tú por dónde…
Jacob Loredan se había convertido en el centro de la conversación de las tres chicas, que reían animadamente ante su nuevo entretenimiento.
Matthew le preguntó, nada más llegar a casa, cómo había ido todo.
A Isabella le costó no ruborizarse mientras le contaba sus primeras impresiones.
—Mi vida —dijo él, quitándose la chaqueta con gesto relajado—, le dije al señor Loredan que a ti también te gustaba mucho el piano… y que me parecería estupendo que te diera alguna clase. ¿Qué te parece?
—¿A mí? —preguntó ella, sorprendida.
Más por el pánico de imaginarse sentada junto a ese hombre —tan cerca, tan consciente de cada nota, de cada mirada— que por las clases en sí.
—Yo hace años que dejé de tocar, Matthew, que se centre en la niña.
—Bueno, nunca es tarde para retomar algo que a uno le gusta, ¿no crees?
—Sí, claro…
Que un hombre por el que había suspirado en más de una ocasión —y al que encontraba tremendamente atractivo— fuera quien le enseñara a tocar el piano no era precisamente la mejor idea. Eso estaba clarísimo.
El lunes de la semana siguiente llegó antes de lo que canta un gallo.
Se levantó ya atacada por los nervios, pero con las ideas claras en cuanto a la línea temporal que seguir, lo tenía todo estudiado.
Llegaría tarde del gimnasio, después de su rutina; vendría con calma, sin prisa, y si podía alargar el momento del refrigerio, lo haría sin dudarlo. Así no tendría que cruzarse con él.
Ella entraba al gym a las cinco; la clase terminaba a las seis.
Entre que se duchaba y se tomaba el zumo de rigor, eran ya las seis y media, o incluso más tarde.
Hasta las siete y media no llegaría a casa.
Si Jacob llegaba a las seis y cuarto y daba una hora de clase, a las siete y cuarto estaría terminando.
Esos eran sus cálculos, y esperaba que fueran infalibles.
Madeleine le abriría la puerta y lo atendería como era debido. Cuando ella llegara a casa, él ya se habría marchado. Un plan sin fisuras.
Pero la realidad fue otra.
El primer día de clase de piano, Isabella intentó alargar todo lo posible la vuelta a casa, llegando alrededor de las siete y media de la tarde… pero no fue suficiente.
Al entrar por la puerta, ahí estaba Jacob, sentado al piano, con una Josephine pizpireta a su lado, tocando las teclas con una pericia innata.
Ya no iba de traje, sino con unos pantalones azul marino y un jersey de hilo fino en tono crudo.
Ella entró.
Él levantó la vista y la clavó en sus ojos.
Sus miradas se cruzaron. Se dieron un saludo silencioso.
Y entonces, como si fuera una niña pequeña, Isabella corrió escaleras arriba a refugiarse en su habitación, hasta que Jo subió corriendo a contarle lo muchísimo que le gustaba el señor Loredan y sus clases.
Jacob se había quedado más tiempo del necesario a propósito. Ella tenía sus planes, pero por lo que se ve, él también tenía los suyos.
Con los días, Sophie retomó su vida y su rutina normal, algo que deseaba más que nada. Ansiaba volver a estar con sus amigas, recuperar sus cenas de viernes, hacer ejercicio, trabajar como antes… Necesitaba, con urgencia, sentir que volvía a ser ella misma.
El doctor Sato le había dicho que se estaba recuperando muy bien y que podía reincorporarse poco a poco a su día a día.
Después de una semana esquivando a Jacob de una manera sumamente infantil —llegando tarde a casa, evitando entablar conversación los días que aún lo encontraba en el salón, huyendo como una cobarde escaleras arriba en cuanto oía su voz—, las chicas se juntaron para cenar en Jungsik,
uno de los mejores restaurantes de cocina coreana contemporánea de la ciudad, ubicado en el corazón de Tribeca.
Se sentaron en una de las mesas vestidas con manteles blancos, dispuestas en hilera, unas frente a otras.
La decoración era moderna y sobria: paredes de hormigón visto, iluminación tenue en tonos cálidos, flores frescas en jarrones de cerámica negra y vajilla minimalista que resaltaba cada plato como si fuera una obra de arte.
Todo en el local transmitía una elegancia relajada. Perfecto para hablar sin ser escuchadas. Perfecto para confesar lo que ya no podía guardarse más tiempo.
En la cena, la protagonista indiscutible fue Isabella. Claire y Sophie querían saber qué pasaba con el profesor de piano. Estaban ansiosas por descubrir nuevas historias de las que nutrirse.
Hasta hacía poco, eran las anécdotas de Claire las que sazonaban sus encuentros; pero desde que su historia con Mark se había convertido en algo hermoso, pleno… y predecible, el nuevo profesor de piano de Jo se había transformado en la chispa de intriga y emoción que complementaba sus vidas.
Isabella, sentada cómodamente en el sofá de la mesa, con una copa de vino blanco en la mano, respondía a todas las preguntas dejándoles claro una sola cosa: lo único que había hecho hasta ahora era huir como una cobarde y esconderse en su habitación hasta que él se marchaba de casa.
—No me lo puedo creer —se carcajeó Claire, que lucía un hermoso vestido rojo, largo hasta los tobillos, con unas bailarinas planas y una chaqueta blanca sobre los hombros—. Que subas a esconderte a tu habitación como una chiquilla.
—Te lo juro —respondió Isabella, bajando la vista a su copa—. Me siento ridícula. Intento llegar siempre tarde, ya lo sabéis, y aun así casi siempre está en casa—. Bebió un sorbo del exquisito vino—. ¡Le esquivo! Debe de pensar que soy idiota.
—¿Y por qué siempre está en casa? Se supone que da una hora de clase ¿no? —la calmó Claire—. Sabes que lo hace a propósito para verte, me imagino.
—No creo. Se alargará con la niña porque realmente una hora pasa volando.
—Lo que pasa es que le gustas —añadió Sophie, irradiando una felicidad serena desde su operación— y si te escondes de él, pensará que a ti también te gusta.
—¡Dios mío, qué vergüenza! —exclamó Isabella, llevándose las manos a la cabeza.