10 #2
Sin apenas hablar —los nervios no se lo permitían—, solo respirando hondo una y otra vez para no ahogarse, se despidió entre besos, abrazos y lágrimas contenidas de sus dos hijos, que se quedaban al cargo de la niñera, que los llevaría más tarde al colegio.
Le aterraba no volver a verlos si algo salía mal.
Los niños eran demasiado pequeños para entender del todo lo que ocurría, pero sabían que a mamá «la iban a operar», así que se mostraban preocupados.
Habían intentado explicárselo de la mejor manera posible, y creían haberlo conseguido, pero Thomas tenía diez años y Angelica siete. Aun eran muy pequeños.
Le temblaban las manos y las piernas, le sudaban las palmas y tenía el estómago revuelto. Tenía miedo de no poder enfrentar la realidad de la operación sin acabar con un ataque de nervios de órdago.
Pusieron rumbo al hospital.
El edificio se alzaba imponente.
—Estoy contigo —dijo Aldis.
Ella asintió. Respiró hondo y salieron del coche.
En recepción, Sarah Brown los esperaba.
—Señora Morrison, buenos días. El Dr. Sato ya está preparado. Vamos a pasar a preoperatorio. ¿Está tranquila?
—No —dijo, intentando dibujar una sonrisa en su cara.
—No se preocupe. Ahora la ayudaré con eso. Todo va a salir bien, ya lo verá.
La gente no hacía más que repetirle que todo iría bien.
Pero ya no les escuchaba. Era ella la que lo estaba sufriendo en sus carnes.
Sabía que solo querían apoyarla y que todos lo hacían con la mejor de las intenciones, pero a la que iban a sedar y a la que iban a abrir era a ella. ¿Iría todo bien? No lo sabía.
Sarah los condujo por un pasillo blanco y silencioso hasta una habitación pequeña con una camilla, un biombo y un armario para la ropa. Sophie se cambió a un camisón de hospital y se sentó en el borde de la camilla. Aldis se quedó con ella hasta el último momento.
Sarah le administró una pastilla por vía oral, un ansiolítico suave que se da unos treinta minutos antes de la cirugía para calmar los nervios sin causar somnolencia profunda.
Isabella y Claire llegaron a tiempo para verla y darle ánimos. La abrazaron con fuerza.
—Estaremos aquí cuando despiertes.
—Lo sé, chicas. Gracias. —Las cogió de las manos—. Os quiero.
Minutos después, el Dr. Sato entró con su bata verde y su voz tranquila.
—Sophie. Todo listo.
Mirando a los acompañantes, añadió:
—Estén tranquilos. Nos vemos en un rato.
El anestesista, un hombre alto, pelirrojo y pecoso, que podría haber pasado por el hermano mayor de Isabella, entró.
—Señora Morrison. Le voy a poner un medicamento por la vía que ya tiene en el brazo. Contaré hasta diez, pero probablemente no llegue al cinco.
Sophie sintió el fármaco subiendo por la vena.
Uno…
Dos…
Tres…
Y todo se desvaneció.
Oscuridad.
Lo primero que sintió cuando comenzaba a despertarse fue el frío. Un frío húmedo en la garganta, como si hubiera estado respirando por un tubo. Lo segundo fue la luz: blanca, intensa. Lo tercero fue la voz.
—Sophie… ¡Está despertando!
Era Aldis. Estaba cerca. Su mano envolvía la suya con fuerza.
Abrió los ojos lentamente.
—¿Aldis? —murmuró, con la voz ronca.
—Estoy aquí. Ha sido un éxito. El doctor ha salido hace diez minutos.
Sophie parpadeó. Intentó incorporarse, pero una mano suave la detuvo.
—No se mueva todavía —dijo Sarah Brown, apareciendo a su lado—. El efecto de la anestesia tarda un rato en pasar. ¿Cómo se siente?
—Estoy bien —respondió ella—. Tengo mucha sed.
—Es normal. Le traigo agua ahora mismo.
Sarah le acercó un vaso pequeño. Sophie bebió despacio, sintiendo cómo el líquido fresco le bajaba por la garganta a través de la pajita.
Ahí estaban todos.
Isabella, sonriendo, emocionada, sentada en una silla a su lado, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
Claire, con el rostro aliviado.
Matthew, en el umbral de la puerta, observando en silencio, con los brazos cruzados y la mandíbula ahora ligera tras verla despertar.
—¿Cuánto tiempo he estado dormida? —preguntó Sophie.
—Unas tres horas—respondió Aldis.
—El Dr. Sato dijo que volvería cuando despertara para explicarle todos los detalles —añadió Sarah—. Pero ya le adelanto que todo ha salido según lo previsto. El margen está limpio, no ha habido complicaciones. En unas horas podrá irse a casa.
Sophie cerró los ojos. Lágrimas de emoción recorrieron sus mejillas.
Sintió una oleada de alivio tan intensa que le dolieron las costillas. Respiró hondo. Exhaló despacio.
—Gracias —susurró, mirando a cada uno de ellos—. Gracias por estar aquí.
Más lágrimas.
Claire se acercó a la camilla. Le apartó un mechón de pelo de la frente.
—¿Dónde íbamos a estar si no?
Ella agradeció con una sonrisa y dirigió la mirada hacia su marido extendiéndole la mano para que se la cogiera.
—Tengo ganas de ver a los niños y decirles que todo ha salido bien. Se quedaron asustados al irnos.
—Los niños están avisados, mi vida. No te preocupes de nada, más que de recuperarte. Yo me encargo de todo lo demás.
Aldis le sostuvo la mano y le besó los nudillos, una y otra vez, como si no pudiera creer que estuviera despierta, que estuviera viva, que estuviera bien.
La pesadilla había terminado.
Cuando las aguas habían vuelto a su cauce y todos estaban de nuevo sumergidos en una rutina tranquila y sosegada, tras la operación de Sophie, Matthew le comentó a su esposa que el futuro profesor de piano de Jo vendría a conocerla esa misma tarde.
—Isabella, recuerda que el señor Loredan vendrá esta tarde a conocer a Jo —dijo mientras doblaba el periódico sobre la mesa del desayuno—. Después de sus clases, ¿de acuerdo?
—Está bien, cariño. Recuerdo que me dijiste que llegaría a las seis y media, ¿cierto? Yo termino mi clase de mantenimiento a las seis. Me gustaría estar aquí cuando llegue para recibirlo en persona.
Se limpió las migas de la comisura de los labios y dio un sorbo a su café.
—Hoy no me enredaré mucho con Claire y vendré directa.
Isabella estaba fascinada con la incorporación del profesor de piano a la rutina de la niña. Nada le hacía más ilusión que ver a Josephine tocando el instrumento más hermoso del mundo.
A las cinco de la tarde, enfundadas en sus conjuntos deportivos de lo más chic, Claire e Isabella disfrutaban de su clase de mantenimiento como cada día.
Sophie todavía no podía unirse a ellas; aunque lo deseaba con todas sus fuerzas y se moría por volver a la normalidad, aún era pronto para su cuerpo, y las recomendaciones del médico había que seguirlas a rajatabla.
—Hoy viene a casa el profe de piano de Jo —comentó Isabella mientras se acercaban, toallas al hombro, a las duchas de chorros.
—¡Qué bien! Debes de estar encantada con que ese piano cobre vida cada día.
—Al parecer es muy bueno. Compone música para obras de teatro y documentales. Ya te contaré. Pero sí… estoy muy emocionada, la verdad. Ya sabes que siento debilidad por el piano.
El agua de la ducha cayó sobre sus cuerpos desnudos, cubriéndolas con una sensación placentera. Esas duchas spa, con chorros de distintas intensidades y luces de colores, todo regulable desde dentro del habitáculo, eran la delicia de todas las mujeres en el inmenso vestuario del gimnasio.
—De aquí me voy directa —dijo, envolviéndose en la toalla—. No quiero llegar tarde.
—Vale, pues vamos directas. Ya mañana recuperamos el refrigerio de hoy.
—¡Hecho!
Tardó un poco más de lo debido en secarse el pelo.
No le gustaba salir con la melena mojada; al secarse al aire, le quedaban unos rizos desordenados que no le hacían ninguna gracia.
Prefería llevar el cabello siempre arreglado.
Como vio que iba apurada, apenas se extendió un poco de crema hidratante en la cara, se puso un chándal gris claro de dos piezas con sudadera con capucha, una camiseta blanca debajo y sus zapatillas Asics.
Con la mochila al hombro, salió a la calle, donde ya la esperaba su coche.
Pensó que toda esa preparación le había llevado menos tiempo del que le había llevado en realidad. Y al no estar acostumbrada a darse prisa en el gimnasio, que era su momento de paz, el tiempo se le echó encima irremediablemente.
Una vez en marcha, miró el reloj. Era tarde. Muy tarde. Casi las siete menos cuarto. Le quedaban diez minutos de trayecto —si no había tráfico—. Si el señor Loredan era tan puntual como Matthew había dicho, ya estaría en casa… y ella no habría llegado a tiempo para recibirlo.
El coche la dejó frente a su edificio. El portero le abrió la puerta. Subió en el ascensor privado, llegó a su planta y la puerta se abrió.
Llego muy tarde, se reprendió en su cabeza. Irrumpió en la estancia con cierta torpeza.
—Buenas tardes —dijo apresurada, sin levantar la vista de la bolsa de deporte que dejaba a un lado—. Siento mucho llegar tarde.
Jacob Loredan se giró.
Ella alzó la vista, y el mundo se paró por unos segundos.
No puede ser.
El hombre misterioso de la gala estaba delante de sus ojos.
Los dos se quedaron quietos, mirándose. Se reconocieron al instante. Isabella sintió un calor abrasador en las mejillas, como si alguien hubiera encendido una llama bajo su piel.
—Soy Jacob Loredan, señora Crawford —dijo él rompiendo el silencio que acababa de formarse—. El profesor de piano de su hija.
Se acercó a ella con la mano extendida. Isabella todavía no había dicho nada.
Estaba paralizada. Tuvo que esforzarse por parecer normal.
Había pensado tantas veces en ese hombre…
¿En quién sería? ¿En si volvería a verlo alguna vez?
Y ahora lo tenía delante de sus ojos, y diciéndole que era el profesor de piano de su hija.
No podía creer lo que estaba pasando. Le parecía del todo surrealista.
Cuando reaccionó y se dio cuenta de que Jacob llevaba un rato con la mano en alto, en gesto de saludo, le tendió la suya.
—Sí, perdone. Isabella Crawford. Encantada de conocerle señor Loredan.
Sus manos se encontraron: cálidas, firmes, retenidas un segundo más de lo necesario, mientras sus ojos se estudiaban sin prisa. Ninguno de los dos se hubiera imaginado este giro del destino, ni volver a encontrarse siquiera, cuanto menos en este escenario.