El secreto de Isabella 10
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Unos pancakes esponjosos coronados por arándanos y fresas, con una exquisita miel natural escurriéndose por los bordes, tazas humeantes de café y un surtido de bollos artesanales, llenaban la mesa del desayuno de la familia Crawford. Era un festival para todos los sentidos.

—Qué exquisitez —exclamó Matthew al bajar las escaleras y ver los manjares.

Las chicas ya estaban en la zona de la cocina, Jo zampando sin piedad.

—Está todo demasiado bueno —confirmó Isabella, que también había picado algo ya—. Baja, que el café está calentito.

Esa mañana de sábado empezaba estupendamente con el festín de comida, preparado con esmero por Madeleine, como siempre.

Los primeros rayos del sol acariciaban los ventanales.

Jo, con el pelo recogido en dos coletas y aún en pijama de estrellas, disfrutaba del desayuno como si no hubiera un mañana. Todo a esa edad se hace con una emoción desmesurada. Era pura felicidad. Se recreaba en cada bocado dejando evidencia de lo buenísimo que estaba todo.

En el colegio habían comenzado un proyecto trimestral de Arts Integration.

Este mes el arte elegido era la música: cada niño debía escoger una pieza clásica, investigar su historia e intentar aprender a tocarla.

Aquellos que quisieran presentar una interpretación debían trabajarla en casa con su propio instrumento, y preferiblemente, bajo la guía de un profesor especializado, ya que la escuela no disponía de instructores ni de material para cada opción elegida.

Jo escuchó Clair de Lune de Debussy en clase y le encantó.

Fue su pieza elegida. Mientras la escuchaba, pensaba en el piano que ocupaba gran parte de su salón y se dijo a sí misma que sería estupendo poder tocar esa canción, en ese instrumento tan bonito.

Además, sabía que su mamá había tocado alguna vez —incluso había tomado clases— aunque creía que las había abandonado.

De todas maneras, sería muy bonito poder tocar el piano blanco del salón. A mamá le chiflaría, estoy segura.

—Mami, me gustaría aprender a tocar el piano —soltó de repente.

Isabella la miró, sorprendida. Jo masticaba con vehemencia un exquisito brownie de chocolate, los ojos fijos en ella, como si acabara de soltar una confesión decisiva.

—¿Te gustaría? —repitió Isabella, conteniendo una sonrisa—. Yo intenté tocar el piano, pero no se me daba muy bien —añadió con un gesto triste—. Creo que para hacerlo bien hay que tener un don.

—Es que en el cole estamos aprendiendo muchas cosas de música —dijo Jo, limpiándose migas de los labios—. Y cada uno de nosotros ha elegido una obra. Yo elegí una de piano, mami, porque como tenemos uno en casa, me pareció más fácil… y me apetecía aprender a tocarlo.

Isabella sintió una alegría inmensa. Nunca le había impuesto clases de piano a Jo en casa.

La niña ya tenía suficiente con las exigencias del colegio.

A veces Isabella se preguntaba cómo lograban hacer tantas cosas sin acabar extasiadas.

Pero que esta decisión viniera de ella, y que pareciera estar realmente entusiasmada con la idea, le parecía maravilloso.

Miró a Matthew, que observaba la escena desde el otro lado de la mesa sonriendo tranquilamente.

—Habrá que buscar a alguien, entonces —dijo Isabella, sin más, encogiéndose de hombros.

—Tengo a dos artistas en casa. Soy un hombre muy afortunado —Matthew les devolvió una pequeña sonrisa complaciente—. La semana que viene me pongo con ello. Haré unas llamadas y veo a quién me recomiendan.

—¡Qué bien, papi! —agradeció la niña, dándole un beso en la mejilla—. Me voy a jugar con Nala.

Y desapareció como un bólido, dejándolos solos mientras se terminaban el desayuno.

Durante la semana siguiente, Matthew abordó la búsqueda del profesor de piano con la misma meticulosidad que aplicaba a cualquier incorporación en su vida: el chófer, el personal de servicio, los chefs de su hotel, los camareros, el profesor de piano de su hija…

Para él, no existían roles menores o mayores, solo personas válidas.

Habló con colegas cuyos hijos habían estudiado música, contactó agencias especializadas, solicitó referencias exhaustivas y revisó cada perfil con atención. Su posición económica le permitía acceder a los mejores profesionales, pero Matthew nunca se limitaba a lo que el dinero podía comprar.

Se había reunido ya con tres pianistas excelentes, pero un buen amigo suyo, Richard Frost —padre de una de las niñas que iban al colegio con Jo y socio director de una de las empresas más importantes de la ciudad—, le habló de Jacob Loredan.

—Es un pianista sublime, Matthew. Da gusto oírlo tocar —le explicó Richard mientras tomaban un whisky en el club—. Ahora no da conciertos, pero trabaja en Broadway: compone y toca la música para las obras de teatro. Al parecer es un apasionado del arte en general.

—Pues mira, como mi mujer —interrumpió Matthew.

—Cierto. Además, ha escrito piezas para varios documentales. Es un hombre tranquilo, muy profesional —Richard buscó una foto en Google—. Mira, es este hombre.

Matthew observó la imagen: rostro serio, mirada atenta.

—Buen porte. Elegante. Me gusta.

Hubo un breve silencio.

—¿Y por qué preferirá dar clases en vez de estar en el escenario? —preguntó curioso Matthew.

—Pues no lo sé, la verdad. Eso tendrás que preguntárselo tú mismo cuando os conozcáis, amigo.

—Eso haré, sí… —concluyó dando un sorbo a su whisky de veinte años.

Y así fue.

A los pocos días, y dejándose guiar por la recomendación de su colega, Jacob y Matthew se reunieron en el despacho de este último. La secretaria avisó por el intercomunicador:

—El señor Loredan ya está aquí.

—Hágalo pasar.

Matthew se puso de pie en cuanto Jacob entró. Se dieron la mano. Era un hombre elegante, de unos treinta y ocho años, ligeramente más bajo que Matthew, vestido con un traje negro impecable. Serio, sí, pero con una sonrisa amable, y algo cálido en la voz que lo hacía inmediatamente afable.

Después de un rato compartiendo su pasión por la música, Matthew le preguntó algo que, para un hombre de negocios tan ambicioso como él, era una auténtica incógnita.

Le sorprendía —en el mundo en el que vivían, donde todo se medía en fama y reconocimiento público— ver a un hombre que podría convertirse en uno de los pianistas más importantes del país, elegir dejar eso a un lado para dedicarse a instruir a niños. Así que se lo consultó.

El señor Loredan sonrió.

—Suelen preguntármelo a menudo —respondió con una serenidad pasmosa—.

Ya he dado muchos conciertos, señor Crawford, y he compuesto más obras de las que recuerdo.

Sin embargo, ver a un alumno descubrir su propio talento me llena de una satisfacción única.

Sigo componiendo cada día, es mi trabajo, pero disfruto guiando a los que empiezan. Me complementa.

Matthew se quedó quieto, escuchando y asintiendo con la cabeza.

—Entiendo perfectamente —respondió Matthew—. Y respeto mucho esa decisión de enseñar, señor Loredan. Le honra, de hecho. Además, sé de buena tinta que ha descubierto a varios talentos.

—Sí. Hay verdadera maestría en algunos niños; solo hay que saber potenciarla. Soy un profesor exigente —añadió—. Se necesita una disciplina férrea, mucha concentración y un trabajo constante. Algunos renuncian por el camino y otros, sencillamente, no tienen el talento necesario para destacar.

Matthew hizo una pausa y cruzó las manos sobre el escritorio.

—Me gustaría que conociera a mi hija. Es una niña muy estudiosa, educada y muy trabajadora. Ahora, en el colegio, han empezado el trimestre de artes: cada alumno elige una pieza musical y, si quiere interpretarla, debe aprenderla por su cuenta.

—Entiendo.

—Ahí es donde entra usted. En casa tengo un Steinway que nadie sabe tocar, pero que a mi mujer le encanta. —Se encogió de hombros.

—Tendré que conocerla y ver si dispone del talento y la disciplina necesarios para tocar el piano con fluidez. En caso de que así sea, y de que todo discurra como debe, estaré encantado de ser su profesor particular.

—Sé que de momento solo quiere darle clase a dos niños, señor Loredan.

—Así es. Me gusta dedicarles el tiempo necesario a cada uno. Y si tuviera más, no podría hacerlo con la atención que merecen.

Hizo una pausa, como sopesando las palabras.

—Ahora mismo formo a Robin Stratford. Es un niño con una destreza innata inmensa. Llegará lejos en la música… si él quiere.

—Sé quién es su padre —dijo Matthew—. Es el dueño de Stratford Co. una empresa con la que he trabajado en varias ocasiones.

—Exacto. El mismo.

—Bien, bien… —Matthew estaba encantado del camino que estaban llevando las cosas.

Hablaron de horarios, de honorarios y de cuándo conocer a la pequeña. Todo quedó claro como el agua en esa reunión. Con Matthew siempre quedaban las cosas nítidas, así era como le gustaban.

El miércoles por la mañana, Sophie recibió una llamada de Sarah Brown, la enfermera coordinadora quirúrgica del Dr. Sato en el Dubin Breast Center del Mount Sinai.

La operación estaba programada para el martes tres de marzo a las siete y media de la mañana.

El propio Dr. Sato la operaría; duraría unos cuarenta y cinco minutos y, si todo iba bien, saldría del hospital al mediodía.

Aldis anotó cada detalle en su teléfono, mientras apoyaba su mano en la pierna temblorosa de su esposa. Él había decidido trabajar desde casa hasta que la operación pasase. No pensaba separarse de Sophie ni un segundo.

Puso al tanto a las chicas del día de la operación. Sabía que querrían estar allí cuando ella despertara. Se sentía muy afortunada en esos momentos, de contar con unas personas tan maravillosas a su lado.

El día de la operación, Sophie estaba nerviosa.

Durante días, en su cabeza no hacían más que visionarse imágenes demasiado recurrentes de ella despertándose en medio de la operación y viendo cómo todos los doctores trabajaban en su cuerpo abierto.

Esas pesadillas eran comunes desde que supo que tendría que operarse.

No desayunó porque no podía comer nada desde la noche anterior y aunque hubiera podido, no le habría entrado una miga en el estómago. Aldis tampoco desayunó.

Sophie se dio una ducha rápida y se vistió con ropa cómoda y fácil de quitar.