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Aldis era un hombre seguro de sí mismo, siempre lo había sido. Esa era una cualidad que siempre había molestado a Sophie, ya que para ella era la mayor de sus carencias. No la había valorado nunca, pero ahora quizá empezara a hacerlo.
En ese momento, sin más, él la invitó a tomar algo. Ella jamás se habría atrevido a hacer nada parecido, simplemente por miedo al rechazo. A él eso le daba igual.
—¿Puedo invitarte a tomar un refresco o lo que te apetezca? Hace calor y me gustaría compensarte por el susto.
Ella se quedó unos segundos mirándolo, sopesando cómo decirle que no sin que resultara demasiado desagradable, ya que había sido muy educado y gentil al ayudarla a recogerlo todo.
Pero estaba muerta de sed, esa era la verdad.
Y tampoco es que por entonces le sobraran las citas ni el dinero, así que aceptó.
Al no gustarle físicamente ni un ápice, no veía problema: no había nervios ni dudas, le daba totalmente igual si el chico la veía guapa o fea, o si el vestido que llevaba le quedaba bien o mal.
Otra cosa habría sido si el muchacho le hubiese parecido atractivo.
Entonces probablemente la respuesta habría sido un no rotundo, simplemente por no saber a ciencia cierta si estaba bien arreglada o si su vestido o su pelo estaban impecables.
—Está bien —dijo ella al final—. Me vendrá bien tomar algo fresquito. Gracias.
—No hay de qué. ¿Bryant Park? Tienen una limonada que salva vidas en días como hoy.
Cruzaron la cuarenta y dos y se sentaron en una de las mesas de madera bajo los árboles.
El parque lucía hermoso lleno de turistas, ejecutivos con sándwiches, parejas jugando al ajedrez…
Aldis pidió dos limonadas con hielo. Sophie bebió la suya en tres tragos largos, sintiendo cómo el frío le bajaba por la garganta y le devolvía algo de calma.
Él no dijo nada. Solo la observaba como si no hubiera visto a una mujer en su vida.
Sophie sentía un poco de lástima por él, ya que se mostraba francamente interesado en conocerla, y el caso no era recíproco.
Pero por otro lado le chocaba su fuerza, su energía positiva, que llenaba el espacio sin ningún esfuerzo.
A diferencia de ella, que se hacía pequeña en momentos así, es como si él se hiciera grande. Era difícil de explicar pero muy sencillo de percibir.
—¿Estudias en la biblioteca todos los días? —preguntó él.
—Me gusta mucho venir, la verdad. Me parece un sitio hermoso.
—Lo es, sí —confirmó él.
—Estudio arte y bueno…
—Entiendo. No hay mejor sitio si te gusta el arte que esta biblioteca, ¿verdad?
—Exacto —respondió ella, mirándolo a los ojos—. ¿Te interesa el arte?
—¡Bueno! Para ser sincero, no es mi campo. Lo mío son las empresas, las finanzas, el sector inmobiliario… Ya sabes —rio con un leve sonrojo, como si supiera que eso a ella no le interesaría lo más mínimo.
Aldis era mayor que Sophie y ya estaba trabajando en la empresa de telefonía de la que sería directivo con el paso de los años.
Era un hombre muy inteligente y tenaz, siempre a la última en todo: aprendía del mercado y sacaba el máximo provecho de cada oportunidad.
Muy trabajador, siempre había tenido claro —impulsado muchas veces por su padre y su hermano, que también eran hombres de peso en el sector— a dónde quería llegar y qué camino debía seguir.
—Pero no soy un inculto —añadió—. Me gusta el arte y aprender cosas nuevas. Así que podrías llevarme a algún sitio que tú conozcas, que te guste, y enseñármelo.
Hizo una pausa para mirarla, antes de continuar con una mueca, posando la mano en la barbilla como los reyes en los retratos antiguos:
—Me vas a tener que ayudar a no ser un ignorante artístico.
Ella soltó una risa breve, real.
—Está bien —dijo—. Si el sábado que viene estás libre, te llevo al Frick. Pero si te aburres, no me culpes.
—No me aburriré —respondió él mirándola fijamente.
Ella se ruborizó, pero se sintió bien, más segura que de costumbre cuando pasaba algo así con un chico.
Y así, sin más, comenzaron a verse poco a poco.
Primero el Frick. Luego el Met un domingo caluroso. Después cafés en Union Square, paseos por el High Line antes de que fuera un lugar famoso, conversaciones que se alargaban hasta que el sol se escondía tras los rascacielos y ninguno quería ser el primero en decir adiós…
Con Aldis, se sentía valiosa y segura. No se sentía inferior.
En la mesa del Island, Sophie apretó la mano de Aldis bajo el mantel. Isabella sonreía con los ojos vidriosos; Claire servía más vino en las copas. Matthew observaba en silencio.
—Mira cuánto tiempo ha pasado desde aquel día, amor mío —dijo Aldis, rozando el pulgar sobre los nudillos de Sophie—. Y todavía me sonrojo cuando me miras.
Ella no dijo nada. Solo apoyó la cabeza en su hombro un segundo y dejó caer las lágrimas.
Las copas de vino se vaciaban y volvían a llenarse. Las risas se mezclaban con las lágrimas y los recuerdos.
Se les hizo tarde.
Cuando el cielo empezó a oscurecer sobre Madison Avenue, todos se despidieron y se retiraron a sus respectivas casas.
Sophie sabía que su marido siempre estaría allí, con ella, dispuesto a cargar con lo que hiciera falta. Y eso empezaba a llenarla de orgullo de una manera que jamás había sentido.
Estaba agradecida.
Y dentro del miedo y la preocupación que la recorrían por dentro, estaba, por primera vez en mucho tiempo, feliz.