El secreto de Isabella 9 #4
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Sophie miró por la ventana del despacho. Manhattan seguía ahí, indiferente, con sus rascacielos y su tráfico y su vida normal. Pero ella ya no era la misma mujer que había entrado al hospital el lunes. Todo había cambiado.

El miedo ahora se encaminaba hacia la operación, la sedación, que pudiera reproducirse, que algo saliera mal, pensaba en sus hijos, en su marido, en su futuro… Miles de dudas asaltaban su cabeza. El doctor lo notó.

—Sophie, le aconsejo, le imploro, que no entre más en Google. No le vendrá bien. Todo lo que quiera saber, pregúntemelo. Aunque le parezca una soberana tontería.

—Tengo miedo a la operación, doctor —dijo ella.

—Es normal. Todo el mundo tiene miedo a una operación.

Le pondré anestesia general ligera: un medicamento suave por vía intravenosa que la dormirá por completo.

No sentirá ni oirá nada. Despertará en la sala de recuperación, tranquila y sin dolor.

La operación será sencilla; he hecho miles.

Abrir, extraer el bulto con un pequeño margen de tejido sano alrededor, cerrar.

Todo guiado por ecografía en tiempo real para ser preciso al milímetro.

Respiró con suavidad.

—En cuanto a la recuperación: podrá irse a casa a las tres o cuatro horas, si todo marcha bien, que marchará.

Dolor leve, como un moretón profundo. Podemos tomar ibuprofeno si duele mucho, pero no creo.

Nada de levantar peso durante diez días.

Mucha calma y relajación. Que la mimen mucho —sonrió dirigiendo su mirada a Aldis—. Y en dos semanas estará como nueva.

Rompió a llorar, asintiendo con la cabeza.

—Gracias, doctor. Muchas gracias de corazón. Está haciendo que esta horrorosa experiencia sea menos horrorosa. No sabe cuánto le agradezco su suavidad y su paciencia.

—Me pongo en su lugar, Sophie. En el lugar de todas las mujeres que pasan por esto. Y le aseguro que haré todo lo que esté en mis manos para que salga perfecto, y quede toda la zona limpia.

Cuando salieron del hospital, Aldis propuso ir a tomar un aperitivo y comer algo en Island Restaurant, que estaba a unos tres minutos a pie desde donde estaban.

Isabella llamó a Matthew para que los acompañara.

Nadie mejor que él para empatizar con ese tema.

Su tía Chloe, quien lo había criado tras quedar huérfano y a la que tantísimo había querido, había fallecido de un cáncer muy grave.

Detestaba esa enfermedad con todas sus fuerzas.

Y opinaba como Claire, como todos en realidad: siempre se llevaba a los que menos se lo merecían. No era justo.

Entre todos intentaron distraer a una Sophie abatida, pero algo más calmada tras la noticia de que no era maligno.

Sabían que no conseguirían que el miedo y la preocupación desaparecieran, pero sí consiguieron regalarle una tarde de conversaciones divertidas, de apoyos incondicionales y de recuerdos de épocas pasadas, contando historias de cuando todos se conocieron,

como la del día en que Sophie y Aldis se vieron por primera vez en la Biblioteca Pública de Nueva York.

Sophie subía las escaleras cargada de libros de arte. Siempre iba con libros de arte de un lado para otro. El verano estaba a la vuelta de la esquina y hacía un calor infernal en Nueva York.

Empujó la pesada puerta de bronce con los hombros y cuando consiguió entrar, se dio de bruces con un chico que salía despistado mirando a las nubes. Ese chico era Aldis Morrison.

—Me enamoré de ella nada más verla —dijo Aldis al grupo—. Nunca jamás había visto una belleza similar. Su energía me inundó de pronto y nunca más tuve ojos para otra persona —dijo, tomándole la mano a Sophie.

Con el choque, todos los libros que ella llevaba salieron volando por el aire, cayeron al suelo y armaron un estruendo tremendo.

Nervioso, se disculpó mientras la ayudaba a recogerlos, balbuceando algo que ella no lograba entender.

Entre un libro y otro, sus ojos se detenían en ella; no podía dejar de pensar en lo bella que era.

Sophie, entre enfadada y aturdida, recogía también los papeles desperdigados de sus apuntes, que estaban minuciosamente ordenados en las carpetas antes del desastre.

Menudo torpe. Mejor hubiera ido mirando hacia adelante en vez de a las musarañas.

Lo que para ella había sido un choque inoportuno y desagradable, para él estaba siendo la oportunidad de su vida y la mayor de sus suertes. Lo recordaba en la actualidad como un momento muy especial para él.

Cuando ya estuvieron recogidos todos los libros y papeles, él se disculpó de nuevo, de manera formal.

—Lo siento de veras. Iba despistado.

—¡Lo sé! —contestó ella más borde de lo que le hubiera gustado.

—Lo siento mucho de verdad —repitió—. No era mi intención causarte un infortunio.

Extendió su mano.

—Me llamo Aldis Morrison. Encantado de conocerte, aunque haya sido de esta manera.

—Sophie Parker. Lo mismo digo. Aunque también hubiera preferido que fuera de otra manera.

Ella miró los ojos del chico. No era agraciado físicamente, pero había algo tierno en él: una mirada limpia, pura, inocente. Como la de un niño que acaba de romper algo en casa y teme ser reñido por sus padres.

Él no podía dejar de observarla. Sus pensamientos giraban en torno a lo mismo: qué belleza de mujer. Tengo que invitarla a tomar algo. Quién sabe, igual me dice que sí. Así podría compensarla por el accidente.