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—Para estar seguros, vamos a hacer una biopsia. Es decir, sacar una muestra diminuta de ese tejido con una aguja fina, guiada por ecografía. No es doloroso: la anestesiarán antes.
Hizo otra pequeña pausa. Estaba siendo sereno en sus explicaciones, y Sophie agradecía cada segundo de esa calma.
—Dura quince minutos. Y con eso sabremos exactamente qué es. ¿Quiere hacerlo hoy? Así terminamos con la incertidumbre de una vez.
Sophie y Aldis cruzaron sus miradas y él asintió al instante. Apretó su mano.
—Cuánto antes mejor, doctor —dijo él.
—Bien. Opino lo mismo. La llevarán con el Dr. Owen, nuestro radiólogo intervencionista. Él le hará el procedimiento. Sentirá presión, pero no dolor. En quince minutos está listo. Está en muy buenas manos, señora Morrison.
Ella agradeció esas palabras, la paciencia en las explicaciones, las miradas cómplices. Se sentía apoyada y, en esos momentos, era algo fundamental. No creía posible hacerlo sola. De eso estaba segura.
La enfermera le entregó una pastilla blanca con un vaso de agua.
—Tómese esto, por favor. Le quitará los nervios sin marearla. En media hora estará más tranquila.
Sophie obedeció. Aldis se mantuvo pegado a ella mientras esperaban en una sala contigua a la sala de procedimientos.
El Dr. Owen, un hombre regordete de cara redonda como un pan, barba canosa y mucho pelo —que se parecía a Santa Claus y tenía una voz muy tranquila y pausada— entró con una sonrisa balsámica.
—Buenos días, señora Morrison. Soy el doctor Owen; yo le haré la biopsia. Voy a anestesiarla primero. Sentirá un pinchazo de nada. Luego, solo presión.
Sophie asintió. Cerró los ojos cuando sintió el pinchazo. Luego, nada. Solo una presión sorda, como si alguien apretara suavemente su costado.
—Listo —dijo el doctor, colocando una gasa y una tirita—. Quédese aquí quince minutos para asegurarnos de que no sangra. Luego se puede ir a casa. Nada de levantar peso esta semana. Los resultados los tendrá el jueves; la enfermera del Dr. Sato la llamará.
Aldis le abrochó el cinturón en el coche con ternura. Sophie apoyó la cabeza en el asiento y respiró hondo por primera vez en dos días.
El jueves sabrían qué era. Hasta entonces, solo cabía esperar.
Cuando llegó a casa sintió la necesidad de contárselo a sus amigas. No les había dicho nada el fin de semana —no tenía sentido preocuparlas antes de tiempo—, pero ahora que la biopsia estaba hecha y solo quedaba esperar, necesitaba oír sus voces.
Sabía que las chicas estarían en la galería trabajando, así que llamó directamente allí. El teléfono sonó cuatro tonos y Claire, dicharachera como siempre, contestó al cuarto.
—Eluphora Room. ¿Con quién tengo el placer de hablar?
Sophie estaba emocionada; le costó empezar a hablar porque las lágrimas fueron más fuertes que ella. Pero Claire, que la reconoció al instante, la tranquilizó como pudo.
Una vez se hubo calmado, Sophie le dijo que quería hablar con las dos, que tenía algo importante que contarles. Claire fue a buscar a Isabella, que estaba hablando por teléfono en su despacho con un galerista de la otra punta de la ciudad.
Claire picó a la puerta, entró y le susurró que Sophie estaba al teléfono, llorando, y que quería hablar con ellas.
—Le llamo en unos minutos, señor Mccavoy. Tengo una llamada urgente por otra línea —se disculpó ella.
Claire puso la llamada en manos libres.
—Sophie, ¿qué ocurre, cariño? Ya estamos las dos.
Sophie les contó la odisea del sábado, la visita a la doctora Vargas el domingo y la biopsia de aquella mañana en el Sinai.
Mientras hablaba, ellas se llevaban las manos a la cabeza, a la boca, se acercaban la una a la otra con los ojos húmedos.
Lloraron con su amiga, maldijeron en voz baja, hicieron preguntas suaves, pero sobre todo escucharon.
No había nada más que hacer.
Sabían que, por mucho que hicieran, el miedo era de Sophie. Ellas solo podían sostenerla mientras lo atravesaba.
—¿Cómo no nos llamaste el sábado, Sophie? Habríamos ido corriendo —dijo Isabella, secándose las lágrimas con los pañuelos que tenía sobre el escritorio.
—No tenía sentido preocuparos. Y Aldis no se separó de mí ni un minuto. Ahora está haciéndome algo de comer; aún no hemos comido. Se está volcando como nunca.
—Siempre te dije que Aldis te quiere como no he visto querer a nadie en mi vida, Sophie. Me alegro de que le tengas —susurró Isabella.
—Y yo —respondió Sophie.
—¿El jueves te dan los resultados, mi vida? —preguntó Claire.
—Sí.
—Vale. El jueves estaremos ahí contigo —añadió tajante.
Cuando Claire decía algo así, daba igual que la disuadieras.
—No hace falta, de verdad. Aldis estará conmigo.
—Por supuesto. Y nosotras también —zanjó.
Sophie sabía que estarían allí. Les decía que no las necesitaba, pero no era cierto. Las chicas habían sido siempre un pilar fundamental en su vida. Y Aldis se había convertido de la noche a la mañana en otro.
Nunca jamás le había visto con los ojos con los que le veía desde el sábado, como si un velo negro que lo tapaba todo, de repente hubiera desaparecido.
¿A quién le importaba el aspecto físico de una persona, o el deseo que podía sentir, cuando le podían dar la peor noticia de su vida o cuando podían quedarle meses de vida?
Después de un buen rato de conversación, colgaron.
Isabella y Claire se miraron a los ojos y se abrazaron fuertemente.
—No me puedo creer esto, Claire —dijo Isabella sollozando—. Nuestra Sophie no puede tener cáncer, ella no, por favor.
—No es justo —bramó Claire—. Siempre le toca todo a los buenos. Qué puta mierda de vida.
—Espero que sea benigno, Claire. No puedo ni pensar otra cosa.
—Ni yo, Isa. Será benigno ya lo verás.
Y las dos amigas se quedaron ahí quietas, con los rostros desencajados, implorando al universo que no fuera nada. Que su amiga estuviera sana.
Al día siguiente, mientras desayunaban en sus respectivos hogares, los pensamientos de Isabella y Claire no podían tomar otro rumbo que no fuera Sophie.
Mientras Isabella se tomaba su taza de café por la mañana, con la mirada perdida en los edificios de Nueva York, su mente no hacía más que divagar.
Qué frágil es la seguridad. Hoy damos todo por sentado y mañana te dan una noticia que puede destrozar tu vida por completo.
Las lágrimas acudieron a sus ojos mientras le contaba a Matthew la mala noticia que les había dado su amiga el día anterior. Él también se emocionó, pensando en que a Sophie pudiera ocurrirle algo grave.
Con los años, le había tomado cariño a esa amiga tan vulnerable de Isabella, la que siempre lo miraba con esos ojos de admiración.
Le halagaba saber que Sophie sentía por él algo más allá de una simple amistad, aunque nunca lo hubiera comentado con Isabella.
No lo consideraba un tema importante, ni siquiera relevante; jamás había salido a colación en ninguna de sus conversaciones, así que para qué comentar nada al respecto.
—Qué frágiles somos los seres humanos —murmuró él.
Ella asintió, sin palabras.
En el apartamento de Mark, Claire removía el café sin ganas, mientras él la abrazaba por detrás y le susurraba al oído que a su amiga no le iba a pasar nada malo.
Estaba enfadada —con la vida, con el universo, con ese destino ciego que no distinguía entre quienes cuidaban su cuerpo y quienes no, entre las buenas y las malas personas.
La enfermedad no elegía. Solo golpeaba con saña.
—No es justo —dijo en voz alta, casi sin darse cuenta.
Y luego, más bajo, con rabia contenida:
—No es justo, joder.
—No lo es amor mío, no lo es —le contestó él, aunque ella hablara consigo misma.
El jueves, a primera hora de la mañana, el Mount Sinai se alzaba ante los ojos de Sophie como si fuese un monstruo gigante que la quisiera engullir sin piedad. Entrar ahí significaba poder recibir una noticia capaz de trastocarle la vida por completo.
Por suerte para ella, Aldis y sus dos mejores amigas estaban a su lado, compartiendo ese mismo miedo y esa agonía que se apoderaba de sus estómagos como el peor de los virus del mundo.
Una vez les llegó el turno, el Dr. Sato, carpeta en mano, los recibió en su consulta.
—Pasen por favor.
Se sentaron frente a él: Aldis junto a Sophie; Claire e Isabella, detrás de ella, con las manos apoyadas en sus hombros.
El doctor abrió la carpeta sobre el escritorio.
—Sophie, son noticias agridulces —dijo al fin—. No es cáncer.
El aire volvió a entrar en la habitación.
Isabella soltó un suspiro entrecortado. Claire cerró los ojos un instante, agradecida.
—Pero —continuó el Dr. Sato— es hiperplasia ductal atípica: células que no son normales, pero tampoco cancerosas.
El problema es doble: primero, la biopsia con aguja fina puede haberse quedado corta y no haber captado lo peor que podría estar alrededor del bulto; segundo, incluso si esto es todo lo que hay, tenerlo multiplica por cuatro o cinco el riesgo de desarrollar cáncer de mama en los próximos años.
Por eso recomendamos quitar esa zona ahora: no porque sea maligna, sino para prevenirlo y asegurarnos de que no haya nada más serio escondido.
Miró a Sophie directamente.
—Mi recomendación es que quitemos el bulto completo con un margen de seguridad. Es una operación ambulatoria: una hora en quirófano, esa misma tarde en casa si todo va bien. Con eso eliminamos la duda para siempre.
No era una noticia agradable. Pero dentro de los escenarios que se había planteado, este era, sin duda, de los mejores.
Asintió lentamente.
—¿Cuándo? —preguntó.
—La semana que viene. La llamará mi enfermera para concretar el día y la hora. Sophie, como le dije el lunes, está en las mejores manos. Confíe en mí. Es de lo mejor que podía haber pasado, créame.
—Lo sé, doctor. Llevo días obsesionada con el tema, buscando información, y sé que es de los mejores escenarios posibles.
Aldis apretó su mano. Isabella le pasó un pañuelo sin decir nada. Claire, con los ojos húmedos, abrazaba el hombro de Sophie con más fuerza. Estaban ahí, con ella, en cuerpo y alma.