9 #2
Eran las doce de la noche cuando Sophie desbloqueó el iPhone por quinta vez. Aldis no se separaba de su lado ni un segundo, tampoco dormía, como si así pudiera compartir con ella el miedo y la angustia que se estaban apoderando de su esposa a una velocidad de vértigo.
—Llama a tu doctora Beatrice, Sophie. No lo pienses más.
Deja de darle vueltas al teléfono. Al menos ella te calmará y te dirá que vayas mañana a verla.
Estoy seguro. Aunque sea domingo. Te trata desde hace años, tenéis una relación muy estrecha, no lo dudes más —le dijo su marido intentando sonar tranquilizador, aunque también estaba nervioso.
Ella asintió con la cabeza. Tenían una relación que iba más allá de la de médico y paciente.
Tecleó Dra. Vargas en el buscador de contactos y pulsó el número que guardaba desde hacía más de diez años —desde antes de su primer embarazo, cuando acudió a su consulta por recomendación de Isabella, que también era paciente de Beatrice.
No estaba contenta con su médico anterior; Sophie necesitaba a alguien que empatizara realmente con ella, que le proporcionara una sensación de calma, a la que poder comentarle hasta las más pequeña de las minucias y ser respondida con empatía.
Isabella le había comentado que iba a una doctora maravillosa y que no dudara en pedir cita para conocerla.
Y efectivamente, conectaron desde el primer momento.
Beatrice Vargas fue la ginecóloga que atendió todos los embarazos de las dos amigas, empezando con el de Thomas. Era algo más que una doctora para ellas.
El teléfono sonó tres veces.
—¿Sophie? —la voz de la doctora era tranquila, adormecida.
—Beatrice… perdona la hora. Pero me he palpado un bulto. En el pecho derecho. Duro, como una piedrecita —soltó sin preámbulo alguno—. Y estoy en estado de ansiedad. Si no, no te estaría molestando.
—No me molestas, Sophie. Lo primero estate tranquila y mantén la calma, no tiene por qué ser algo malo.
Un silencio breve. No el silencio del pánico, sino el de quien procesa.
—¿Tienes fiebre? ¿Secreción por el pezón? —preguntó seguidamente.
—No, nada de eso. Me encuentro bien.
—¡Vale! Eso es bueno. Estate lo más tranquila que puedas, Sophie, hazme caso. La mayoría de los bultos son quistes. Ya lo sabes. Mañana a las nueve te veo en mi consulta —hizo una pequeña pausa—. Ahora tienes que dormir. Si tienes que tomar algo para descansar, hazlo.
—De acuerdo. Muchas gracias, Beatrice, de verdad.
—No hay de qué, Sophie. Mañana te veo, descansa por favor. Te lo repito: ahora mismo no podemos hacer nada; mañana a primera hora te veo en la consulta y comenzamos el protocolo.
Se despidieron y colgaron. Aldis abrió los ojos como platos.
—Mañana a las nueve. ¡Bien! —susurró, abrazándola con fuerza—. ¿Ves como te iba a ayudar? Voy a buscarte los somníferos del botiquín. Siempre tengo alguno.
La consulta de la Dra. Vargas ocupaba el tercer piso de un edificio de piedra caliza en Park Avenue, entre la sesenta y ocho y la sesenta y nueve. Sin cartel visible desde la calle. Solo una placa discreta de latón junto a la puerta de roble: Beatrice Vargas, MD. Ginecología y Salud de la Mujer.
Sophie llamó al timbre a las nueve en punto de la mañana.
Aldis seguía pegado a ella como si fuera una extensión más de su cuerpo.
Ella lo miraba y sonreía, agradecida por una devoción y un amor que él llevaba años no solo mostrando, sino demostrando de forma infalible.
En ese momento, con su marido —al que tantas veces había detestado— a escasos centímetros de ella, cogiéndole la mano con una fuerza que le hacía daño, se sintió muy orgullosa de ser su esposa.
Sabía que nada en este mundo haría que ese hombre se alejara de ella ni la dejara sola ni por un instante. Eso bastaba… ¡Vaya que sí bastaba!
La doctora les abrió la puerta con una taza de café en la mano y su media melena cobriza reposando sobre los hombros.
—Pasad —sonrió, recolocándose las gafas de diseño con montura de carey—. Sophie, ante todo, tranquilidad. Ya estás aquí y vamos a ver qué es lo que has palpado.
Tenía cincuenta y nueve años y unos ojos negros enormes que transmitían una paz sobrecogedora. Ese domingo no llevaba su bata blanca habitual, sino un jersey negro y pantalones de traje grises.
Sophie se quitó el sujetador y se tumbó en la camilla. La habitación olía a lavanda y alcohol isopropílico. Los dedos de Beatrice recorrieron su pecho.
—Aquí está. Lo noto. Ahora vamos a ver qué es.
Gel frío sobre la piel, el zumbido suave del ecógrafo. En la pantalla, el bulto apareció: una sombra sólida de casi tres centímetros, con bordes ligeramente irregulares.
Beatrice respiró hondo.
No se terminaba de acostumbrar a dar malas noticias a sus pacientes: muchas llevaban años en su consulta, y para ella ya no eran solo pacientes, sino mujeres a las que conocía, respetaba y por las que sentía un gran afecto.
Era una parte muy dura de su trabajo, demasiado.
Pero había que hacerlo. Esa era la dura realidad.
Y enfrentarse a ello significaba apoyar a la mujer que tenía enfrente de la mejor manera posible, asegurándose de que saliera de la consulta con las ideas claras y la calma necesaria.
—No es un quiste simple, Sophie —dijo la doctora mirándola—.
Es una masa sólida con bordes ligeramente irregulares.
No puedo descartar nada sin biopsia. Te voy a derivar a mastología en Mount Sinai.
Yo me encargo de acelerar el proceso, ¿de acuerdo?
Respira hondo. El miedo es normal, pero ahora lo importante es actuar.
Sophie cerró los ojos, que se llenaron de lágrimas al instante.
No lograba entender por qué le estaba pasando eso a ella, que tenía una familia y unos niños a los que ver crecer; inevitablemente, se puso en lo peor.
En ese momento, sintió cómo su marido le apretaba la mano.
Él no había querido esperarla fuera y a sabiendas de lo nerviosa que se ponía Sophie, a la doctora le pareció bien que entrara. No hubo ningún problema.
El aire volvió a entrar en los pulmones de Sophie como si llevara horas conteniéndolo.
Abrió los ojos y miró a su marido. Él le devolvió una sonrisa de apoyo, con los ojos enrojecidos por el shock, pero con un porte fuerte, protector; no se iba a dejar vencer fácilmente.
Tenía que estar fuerte por su mujer, sabía que le iba a necesitar.
Ella miró a la doctora sin poder contener las lágrimas.
—¿Es… cáncer?
La palabra salió de sus labios como si pesara kilos.
Al decirla, algo dentro de ella se deshizo: el estómago se le fue a los pies, le entraron ganas de devolver, las manos se le entumecieron, el aire dejó de llegar a los pulmones de nuevo.
Era la primera vez que lo nombraba en voz alta, y al hacerlo, el miedo dejó de ser una sombra para convertirse en una posibilidad concreta, con nombre y apellido.
Beatrice no apartó la mirada.
—No podemos saberlo sin biopsia. Pero escúchame bien: los bultos que se sienten así, en mujeres de tu edad, son benignos en más del ochenta por ciento de los casos.
Mañana en Mount Sinai te harán una ecografía completa, y si es necesario, una biopsia en la misma visita.
Los resultados tardarán tres o cuatro días, pero así sabremos exactamente qué es.
Y sea lo que sea, lo resolveremos juntas.
Sophie simplemente asintió y le cogió la mano. Las lágrimas ya eran imposibles de contener.
Y allí, en la consulta de la doctora que hasta la fecha solo le había dado buenas noticias, aferrada a la mano de su marido y a la de Beatrice como si la vida dependiera de ello, lloró desconsoladamente hasta que el llanto se fue calmando por sí solo.
El lunes a las ocho y media de la mañana, el coche de Aldis se detuvo frente al Mount Sinai Hospital, en Madison Avenue y la noventa y ocho.
Sophie apretó los dedos contra el regazo. Aldis le cubrió la mano con la suya.
—Estoy aquí —dijo—. Todo el rato. No me pienso separar de ti ni una milésima de segundo.
—Gracias, mi amor —contestó ella.
Esas palabras, que tanto le habían costado decir en otros momentos, brotaban ahora solas de sus labios. El hecho de pensar que podía morir lo cambiaba todo. Y la cambió a ella: su manera de ver al hombre con el que se había casado, su manera de imaginar el futuro, su manera de mirar a los demás.
Todo.
En un día, su mundo había cambiado. Y todo estaba yendo demasiado deprisa, aunque ella lo veía pasar a cámara lenta, como una pesadilla que acababa de empezar.
Todo ello a pesar de gozar de la atención de una buena doctora, de disponer de una buena posición económica, y contactos que agilizan este tipo de situaciones.
Pero ¿qué será de esas mujeres que no gozan de nada de esto?
, pensaba. ¿Cuántos millones de mujeres en el mundo estarán pasando por esto mismo en este instante, pero sin red de seguridad bajo sus pies?
Esos pensamientos la acompañaban ahora de repente, cuando jamás se había parado a pensar en ello.
En recepción, la derivación urgente de Beatrice Vargas abrió puertas: sin esperas, sin formularios interminables. Una enfermera los condujo a una sala de exploración en el quinto piso, Departamento de Mastología.
—El Dr. Sato está avisado, señora Morrison. Primero le harán una ecografía diagnóstica completa.
La técnica, una mujer de mediana edad con acento caribeño, le pidió que se desnudara de cintura para arriba y que se cubriera con una bata que había reposando en la silla.
El transductor recorrió su pecho en círculos lentos mientras la pantalla mostraba en blanco y negro lo que Beatrice había visto la víspera.
—Voy a tomar varias imágenes —dijo la técnica—. El radiólogo las revisará y decidirá si procede biopsia. ¿De acuerdo, señora Morrison? Esté tranquila.
—Sí —acertó a decir.
Veinte minutos después, esperaban en una consulta cercana. El Dr. Sato —cirujano mastólogo de manos pequeñas y voz tranquila— entró con una tableta en la mano y se sentó frente a Sophie. Sus ojos oscuros la miraron sin prisa.
—Sophie —dijo, usando su nombre sin el apellido—. He visto las imágenes. Lo que tiene ahí es una masa sólida, del tamaño de una aceituna pequeña. Los bordes no son perfectamente lisos, así que no puedo decirle «es benigno» sin mirarla más de cerca. Hizo una pausa. Dejó que las palabras entraran.