El secreto de Isabella 9
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Los ojos de Isabella se abrieron poco a poco, dejando entrar la luz del exterior. La cabeza le daba vueltas; era obvio que se había pasado con las copas de champán la noche anterior.

No importaba.

Me lo pasé tan bien… Se dio la vuelta en la cama y se acomodó contra la espalda de Matthew, que dormía plácidamente sin intención alguna de despertar.

Volvió a dormirse.

La segunda vez que abrió los ojos se encontraba un poco mejor, aunque el dolor de cabeza persistía. Se quedó unos minutos rememorando la noche anterior. Esos recuerdos le dibujaron una sonrisa en los labios.

Se incorporó con calma. Se acercó al inmenso ventanal y descorrió la cortina que caía del techo al suelo. Contempló embelesada la ciudad en la que tenía el privilegio de vivir, que por primera vez en todo el año, dormía.

Sin que ella se percatara, Matthew se había levantado.

Apareció tras ella, deslizando los brazos por su cintura y apoyando los labios en la curva de su cuello. Juntos contemplaron la inmensa extensión de edificios acristalados que se desplegaba ante ellos.

—La ciudad está preciosa —murmuró él.

Isabella asintió.

No sabían qué hora sería; aún no habían mirado los teléfonos, pero intuían que era tarde. Bajaron las escaleras para ver qué estaba ocurriendo en su casa: una niña dichosa y un cachorro recién llegado a la familia estaban correteando por el salón con una energía salvaje y jubilosa.

—Buenos días, papis —canturreó Josephine desde el pasillo, con la perrita pegada a sus talones—. Nala y yo estamos explorando toda la casa.

—Ya veo, ya —respondió Matthew, levantando una ceja—. Sois como un tornado llevándose todo lo que pilla a su paso.

—Id con cuidado, ¿de acuerdo? —añadió ella—. Podéis jugar todo lo que queráis, pero papá y mamá necesitamos tener una entrada de año tranquila. ¿Vale?

—¡Vale, mami!

El día transcurrió lenta y dulcemente, sin prisa ni energía para más.

Desayunaron espléndidamente, se vistieron con ropa cómoda y dejaron que las horas fluyeran entre las películas navideñas, las novelas comenzadas y el espectáculo constante de Josephine persiguiendo a Nala por el salón.

A media tarde, Isabella se levantó de la butaca de lectura y alzó la vista hacia el tríptico en tonos nude colgado sobre el respaldo del sofá.

Lo observó en silencio, midiendo con los ojos el espacio, imaginando el marco, los colores y cómo aquello que pronto ocuparía ese lugar daría vida a la estancia.

—Aquí irá La eternidad —dijo, señalando el espacio con la mirada.

Matthew, sentado en uno de los grandes butacones del salón, levantó la vista por encima de sus gafas de lectura y asintió.

—Me parece perfecto. Donde tú digas, cariño —dijo él, volviendo a su libro—. Mandaré que lo cuelguen.

Más al sur, en el apartamento de Sophie y Aldis, el aroma a manzana y canela llenaba el aire del primer día del año, mientras un bizcocho enfriaba sobre la encimera.

Ella disfrutaba muchísimo de la repostería; no era una experta, pero tanto su marido como los niños alababan todas sus creaciones.

Sophie nunca sabía si era porque les gustaban de verdad o por el deseo de complacerla, pero de todos modos lo agradecía.

Los niños, envueltos en mantas frente al televisor, reían ante escenas que ya habían visto cientos de veces.

Sophie repasaba las fotos del móvil y las comentaba con Aldis, que asentía sonriendo a cada recuerdo de la noche anterior que ella evocaba.

Fue uno de esos días en los que el hogar se convertía en un refugio: el calor del horno mezclándose con el frío de enero tras los cristales, y el tiempo deteniéndose sin prisa entre risas, migas de bizcocho y la idea de que nada malo podía pasar.

En Bushwick, el uno de enero había transcurrido de una forma más pasional.

Claire y Mark se movían como si el tiempo hubiera dejado de existir: entre sábanas de lino revueltas, el aroma a champán seco flotando desde las copas olvidadas en la encimera, platos con restos de comida desperdigados por la alfombra, vestidos de época esparcidos por el suelo…

Sus cuerpos se encontraban una y otra vez con esa urgencia dulce de los primeros días, cuando cada caricia es descubrimiento y cada beso tiene un significado y un sabor verdaderos.

El nuevo año no prometía nada; bastaba con esto: la piel tibia bajo las yemas de los dedos, el peso compartido de la respiración y el silencio que no requería palabras.

Con pasos agigantados, la segunda semana de enero llegó con un frío que calaba hasta los huesos.

Era el día de la última vacuna de Nala. Salieron a las calles gélidas de Park Avenue, cochecito en mano, Josephine saltando entre las grietas del pavimento helado.

La niña llevaba días contando las horas, pero era Isabella la que sin querer, se había arreglado con una minuciosidad que rozaba lo absurdo para una cita veterinaria.

Pero el destino, esa mañana, decidió ser cruel. Al cruzar la puerta de la clínica, la recepcionista las recibió sonriente como la primera vez:

—Buenas tardes. Teníamos cita con el Dr. Thorne para la revisión de la perrita.

—¡Vaya, señora Crawford! Siento no haberla podido avisar, pero el doctor acaba de llamar comunicando que no se encuentra bien. Hoy la atenderá el Dr. White. Es un doctor estupendo, les gustará.

¿Cómo? Toda esta parafernalia para nada. Mejor hubiera venido con los pies calentitos.

Media hora de preparación frente al espejo, el perfume elegido con cuidado, el pelo arreglado con esmero, todo ello absolutamente para nada. Su ilusión y sus fantasías, evaporadas en un segundo.

Tiene que ponerse malo justo hoy.

El nuevo doctor, por desgracia, era la antítesis del otro.

Un hombre regordete, con tres mechones de pelo pegados a un cráneo rosado, las recibió con una sonrisa que Isabella pensó que no debería ser tan generosa: una fila de dientes descolocados, amarillentos y con dudosa higiene bucal plagaba su boca.

Se sorprendió al ver eso en un profesional de la salud e hizo una mueca de repugnancia cuando lo vio, que le salió instintiva.

Pero el hombre tenía un trato amable, casi paternal, así que eso tuvo que servirle de consuelo.

Cuando todo estuvo listo, volvieron a casa.

Jo estaba feliz de que la perrita estuviera sana y ya quedara menos para sacarla a pasear, verla correr por el césped y presumir de cachorro por las calles de la ciudad.

Pero Isabella, más enfadada que otra cosa, iba fomentando pensamientos negativos en su cabeza porque deseaba haber visto al médico guapo y, sin embargo, se había arreglado para un doctor que necesitaba una buena limpieza bucal.

El catorce de febrero por la noche, Sophie y Aldis tenían marcado en el calendario hacer el amor después de muchos meses de austeridad.

Ella se había escudado el mayor tiempo posible en sus migrañas, en el período menstrual, en que los niños podían oírles y en un sinfín de pretextos que inventaba porque no deseaba, ni lo más mínimo, que su marido la tocase. Se había convertido en una tortura para ella.

Pero esa noche, por ser San Valentín, no había disculpa posible; tenía que cumplir pasara lo que pasase.

Aldis le había regalado una joya hermosa que ella no deseaba, porque ya tenía miles, la había llevado a cenar a un restaurante precioso, al que había ido a regañadientes porque sabía que todo eso era la antesala de tener que deberse a sus obligaciones maritales.

Y hubiera preferido estar en cualquier otro lado que ahí, cenando en ese restaurante con ese hombre por el que no sentía más que cariño por la devoción que le mostraba.

Era patético encontrarse en esa situación, pensaba ella, pero así estaban las cosas.

¿A dónde iba a ir? ¿Quién la iba a querer como él?

Así que, después de cenar y una vez en casa, hizo de tripas corazón.

En la privacidad del baño, con la intención de forzar un deseo inexistente, se puso un camisón negro de encaje y se observó frente al espejo antes de salir al dormitorio a enfrentarse a la realidad.

Con los ojos cerrados, trazó suavemente el escote con sus dedos finos y se acarició los pechos, imaginando que era el esposo de su mejor amiga quien la tocaba.

En ese momento, mientras se acariciaba dándose cuenta de lo triste y miserable que era sentir lo que sentía por Matthew, se notó en uno de sus pechos un bulto.

Abrió los ojos de golpe y apartó las manos de inmediato.

El ataque de pánico fue de tal magnitud que sintió cómo sus piernas flaqueaban y caía de bruces en medio del baño.

Llamó a Aldis a gritos, pidiéndole que entrara.

Él, que estaba en la cama, semidesnudo y esperándola como agua de mayo —aun sabiendo que ella no disfrutaba de esos encuentros por mucho que él se esforzara—, corrió a su llamada.

Al entrar, la encontró sentada en el suelo, con la cara desencajada y unas lágrimas de preocupación que jamás había visto en ella.

—¿Qué pasa, Sophie? —preguntó intentando levantarla del suelo.

—Me he tocado un bulto muy grande en un pecho, Aldis.

Él se quedó lívido, con el corazón latiendo a mil por hora. Ayudó a Sophie a levantarse del suelo y la llevó de vuelta a la cama. El camisón de encaje negro, que minutos antes era un disfraz de sumisión, ahora le parecía una burla grotesca.

—Mañana a primera hora iremos al médico, Sophie. No será nada, no te preocupes —empezó a decir él, tratando de sonar racional y empático.

—Mañana es domingo, Aldis —le interrumpió ella con un hilo de voz, mientras buscaba el iPhone en la mesilla de noche—. Si voy ahora o mañana a urgencias con un bulto, me sentarán a esperar seis horas con indigentes alcoholizados y gente apuñalada —añadió realmente nerviosa.

—Bueno, bueno. Vamos a calmarnos, mi amor. Tienes razón, a urgencias es absurdo ir a estas horas un sábado —susurró él, sentándose en el borde de la cama, frotándose la cara con las manos.

No se podía creer lo que estaba pasando. Todo ocurría como en un sueño, a cámara lenta y sin saber muy bien si estaba despierto o dormido.