El secreto de Isabella 8 #3
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Isabella llevaba un vestido de seda zafiro con cintura alta bajo el busto, escote cuadrado y mangas tres cuartos rematadas en encaje de Bruselas.

La falda, fluida pero sin volumen excesivo, caía en pliegues elegantes hasta el suelo. En el hombro izquierdo, un broche de diamantes sujetaba un chal de cachemira bordado en hilo de oro.

Guantes blancos hasta el codo, collar de perlas doble vuelta y una diadema de turquesas completaban un conjunto que rezumaba opulencia sin resultar recargado: era una duquesa en toda regla.

Matthew llevaba un frac azul marino de lana fina con solapas de raso, chaleco de seda marfil con bordados discretos en hilo plateado y pantalón ajustado hasta el tobillo.

Todos los invitados debían llevar máscara. A medianoche, con la última campanada, se revelarían los rostros.

Él portaba una máscara negra de terciopelo que cubría apenas los ojos; ella, una media máscara de marfil con aplicaciones de hojas doradas que se fundían con el cabello recogido en un moño bajo.

Estaban sublimes.

Un sorprendido Conrad, que había alabado educadamente la belleza y perfección de los atuendos, los condujo rumbo a la fiesta.

Al salir del vehículo, el frío de la Quinta Avenida los paralizó un instante. Luces de Navidad, copos suaves, el árbol del Rockefeller resplandeciendo a lo lejos: era un cuento mágico hecho realidad.

En la entrada del edificio, un hombre de traje oscuro —también con máscara negra— les abrió la puerta del ascensor privado.

—¿Contraseña, señor? —murmuró.

—Rosa Dorada —respondió Matthew, en voz baja.

Ese toque de misterio —las máscaras, la contraseña secreta— le dio a la noche un aire enigmático, casi cinematográfico, que colmaba de emoción a Isabella, que estaba deseosa de experiencias nuevas, profundas y gratificantes.

Las puertas del ascensor se cerraron.

Arriba, el salón estaba realmente hermoso, como Isabella había estado imaginando días atrás, cuando se preparaba para la fiesta, ansiosa: techos dorados, cortinas de terciopelo burdeos, mesas con centros de rosas blancas y doradas y velas bajas que proyectaban sombras danzantes.

El skyline de Manhattan se desplegaba ante sus ojos como un tapiz de diamantes.

Tras saludar a conocidos, tomar una copa de champán y explorar los rincones mágicos del salón, vieron llegar a Claire y Mark.

Ella optó por la sobriedad aristocrática: vestido marfil de cintura alta, escote redondeado y mangas cortas ceñidas.

Sin bordados ni brocados, su elegancia residía en los detalles: un cinturón de raso champán anudado bajo el busto, un único collar de perlas finas y un pequeño ramillete de violetas frescas prendido en el hombro.

Los guantes eran de seda crema, hasta la muñeca. Eligió una máscara gris perla que apenas rozaba las sienes, con dos pequeñas plumas de avestruz blancas curvadas hacia arriba junto al ojo izquierdo.

A pesar de los rostros cubiertos, se reconocieron al instante.

Corrieron a abrazarse, riendo, brindando, deseándose un feliz año nuevo y con muchas ganas de disfrutar de la última noche del año.

Matthew y Mark se saludaron y comenzaron una animada charla, admirando la elegancia del lugar y comentando lo divertido del juego de las máscaras y la contraseña.

Poco después, llegaron Sophie y Aldis. Ella hizo su aparición en el salón dejando boquiabierto a todo el que tenía ojos. Estaba irresistible.

—¡Qué guapa estás, Sophie! —exclamó Isabella, corriendo a abrazarla—. Aldis, tú también estás genial… pero es que Sophie hoy está…

Se llevó los dedos a los labios, los besó con suavidad y los abrió en el aire, como si soltara un suspiro de admiración.

Se había superado con un vestido de seda amarillo suave con la cintura alta justo bajo el pecho, escote cuadrado y mangas tres cuartos terminadas en encaje blanco.

La falda caía recta y fluida hasta el suelo, y llevaba un cinturón de raso dorado anudado bajo el busto.

Era su particular homenaje al vestido de Bella, de su película favorita de Disney, reinterpretado con la elegancia sobria de la aristocracia británica de la época.

Eligió una máscara de terciopelo marfil con un delicado ribete dorado que seguía la línea de los pómulos.

—Gracias, Isa —dijo Sophie, girando sobre sí misma—. Este vestido es una joya. Quizá el más bonito que he tenido en mi vida. ¿Has visto a cuál se parece?

—¡Pues claro! —exclamó Isabella—. Eres Bella.

—¡Síiii! —respondió Sophie, emocionada, como una niña pequeña—. Es un sueño hecho realidad.

Le había costado una fortuna, pero Aldis —encantado de verla tan feliz y tan ilusionada— se lo regaló sin dudarlo ni un segundo.

Durante toda la noche, Sophie vivió su propio cuento de hadas, luciendo aquel vestido como si fuera el último día de su vida.

—Hoy estás especialmente hermosa, Sophie —le dijo Matthew con voz baja pero firme. Ella sintió un escalofrío inmediato que le recorrió todo el cuerpo y, arrastrada por el rubor que encendía sus mejillas, agachó la cabeza para agradecer el cumplido.

Aldis lo notó.

En realidad, todos lo notaron.

Pero nadie dijo nada.

Él no sentía celos. Sabía que Matthew era un hombre muy atractivo y que era natural que despertara admiración entre las mujeres, pero también que jamás cruzaría la línea. Lo conocía de sobra: sabía que detrás de sus gestos medidos y su galantería antigua había un hombre de principios.

Tras una cena repleta de confidencias y risas, unos camareros sigilosos distribuyeron unas cajitas diminutas. Cada una escondía un pequeño tesoro: un lápiz dorado rematado por una rosa de seda, una libreta de hojas blancas y una elegante cajetilla de cerillas.

El ritual era sencillo: escribir un deseo para el año nuevo, esperar la medianoche y, con la última campanada aún vibrando en el aire, quemar la hoja en la llama de una cerilla.

Isabella anotó su anhelo de recuperar la complicidad física con su marido; Claire, que la vida y su nueva relación con Mark le sonrieran con generosidad; Sophie, simplemente, volver a sentirse así, como esa noche.

Entre brindis, besos fugaces y abrazos que lo decían todo, las hojas se convirtieron en ceniza cuando el reloj marcó la medianoche. En las pantallas del salón, la bola de cristal comenzó a descender sobre Times Square. Un nuevo año comenzaba para todos.

—¡Feliz Año Nuevo! —gritaron los invitados, alzando sus copas y lanzando al aire las máscaras, revelando por fin sus rostros.

Una algarabía de vítores, risas y copas chocando en el aire se elevó bajo los techos dorados.

El champán burbujeaba mientras se abrazaban, felicitándose el nuevo año.

Matthew besó a Isabella con ternura; Sophie y Aldis se fundieron en un abrazo silencioso; Claire y Mark bailaban abrazados, con los ojos brillantes, celebrando su amor recién estrenado.

Confeti dorado cayó del techo. El piano comenzó a sonar suavemente con «Auld Lang Syne».

Y en medio del bullicio —sin dejar de prestar atención a lo que ocurría a su alrededor—, Isabella no pudo evitar poner voz interior a lo que había escrito en su papel blanco pocos minutos atrás:

Ojalá este año me traiga la paz que necesito. Que nada se rompa, por favor. Que todo vuelva a ser como antes. No quiero más dudas, ni pensamientos incómodos, ni desear nada más que lo que ya tengo.

Alzó la mirada al techo, como si desde allí pudiera enviar una súplica al cielo, a las estrellas, a algún ente superior que velara por los deseos silenciosos de las personas.

Pero, por desgracia, la vida no siempre nos depara lo que queremos.