8 #2
—Vale, doctor —concluyó la niña con una seriedad digna de un adulto.
Puso cara seria, como si realmente fuera mayor, y ambos sonrieron ante el comportamiento de la niña, que se estaba tomando muy en serio su papel de mamá de Nala.
Con manos seguras, el Dr. Thorne le administró al cachorro la inyección.
Isabella reparó en ellas en cuanto él se quitó los guantes.
Pensó que eran preciosas: cuidadas, grandes y fuertes.
Deja de comerte al doctor con los ojos, Isabella.
Haz el favor. Jamás había tenido pensamientos así.
Su mente se lanzaba al vacío sin permiso, imaginando roces, susurros, posibilidades.
Como si su cuerpo acabara de despertar de un largo letargo.
Cuando terminó con la perrita, el Dr. Thorne estampó el sello de la vacuna en la cartilla sanitaria. Se despidió de ellas con una sonrisa… y a Isabella, le dedicó una mirada un segundo más larga.
Ella lo notó.
Y él, sin duda, también lo supo. No le dijo nada, por supuesto. Habría sido poco profesional. Y menos aún delante de su hija. Pero mientras ponía en orden su consulta, no pudo evitar pensar en esa preciosa mujer que acababa de salir por su puerta.
Al salir del consultorio, Isabella y Josephine se sintieron aliviadas: todo había ido bien. Ahora solo quedaba esperar la próxima cita, programada para mediados de enero. Ahora no era solo la niña quien contaría los días. Ella también estaba deseando volver a ver al doctor.
Jo salió de la consulta irradiando felicidad mientras empujaba el cochecito, con la perrita acomodada dentro como si fuera su bebé. Isabella, al contemplar aquella estampa, no pudo evitar recordar el año de su propio embarazo.
Había sentido el deseo de ser madre al ver a Sophie, recién estrenada en la maternidad, pasear radiante con su hijo. Eso la empujó a iniciar una suave persecución amorosa tras Matthew, con una sola intención: formar una familia.
Él quería ser padre, sin duda. Habría esperado un poco más, pero entendía que Isabella ya tenía edad para ser mamá, que el reloj biológico no perdona, y que ver a su amiga con un bebé en brazos había encendido en ella una urgencia dulce, casi inevitable.
Así que se pusieron manos a la obra.
Estaban tan enamorados entonces que ambos lo recordaban como una de las etapas más dulces de sus vidas.
Había tenido varios retrasos antes, todos acompañados de pruebas que dieron negativo. Así que aquella mañana temprano, mientras se vestía para ir a la galería, tras otra ausencia, volvió a hacerse la prueba.
No quiso decírselo a Matthew. No sabía si esta vez sería positiva, pero si lo era, prefería que fuera una sorpresa. Ya no quería alertarlo cada vez que tenía un retraso que al final resultaba en decepción.
Mojó el test, lo dejó sobre el borde del lavabo y esperó.
Minutos que parecieron horas.
Cuando las dos rayitas aparecieron, sintió la alegría más grande de su vida y soltó un grito de emoción incontrolada.
Corrió al dormitorio, donde Matthew se ponía su impecable traje frente al espejo, y saltó sobre él con el test en la mano.
Había imaginado mil formas de decírselo: envolverlo en una cajita, sorprenderlo a la hora de la cena, meterle una nota en su maletín… Pero al ver esas dos rayitas, todo plan se desvaneció. Solo existía la necesidad de gritarlo.
—¡Vamos a ser papás! ¡Vamos a ser papás! ¡Vas a ser papá, Matthew! —gritaba meneando el palito en el aire.
Él no pudo más que estallar en carcajadas al verla así: tan radiante, descalza, con los ojos empañados en lágrimas y esa alegría genuina que solo brota cuando algo real está empezando.
—¡Qué alegría, mi vida! —reía, abrazándola con fuerza—. ¡Qué alegría!
Y desde ese momento, su manera de ver la vida cambió radicalmente.
Es una sensación que se vive, no se explica.
En el instante en que sabes que algo tuyo, creado con todo el amor del mundo, crece en tu interior, te conviertes en otra persona.
Cuando eres consciente realmente, de que estás creando vida…
de que esa vida es real, que crecerá dentro de ti, que se moverá, que se alimentará de lo que tú comes, que respirará lo que tú respiras…
entras en una espiral de amor y de protección que jamás se acaba.
Ella quería que fuera niña; él, que fuera niño.
Ninguno tenía una preferencia marcada. Solo hablaban de ello por el mero hecho de imaginar, de soñar en voz alta. Pero ambos estaban de acuerdo en lo esencial: que el bebé estuviera sano, que el embarazo transcurriera bien y que, viniera lo que viniese, sería mágico.
Los días se llenaron de búsquedas: la cuna, el cochecito, la ropa, los peluches…
Isabella estaba ansiosa. Leía, veía vídeos, escuchaba podcasts, anotaba listas. Pensaba que necesitaba todos los artilugios habidos y por haber.
Solo después, al nacer Jo, se dio cuenta de que todo había ido sobre ruedas gracias al instinto maternal. Y que tantas preocupaciones, tantos vídeos vistos y listas interminables no habían servido de nada.
Por supuesto, no había necesitado ni la mitad de lo que compró.
¿De qué color elijo las cosas?, se preguntaba al principio.
En una de las visitas a su ginecóloga, esta le dijo que no se apresurara: el sexo del bebé se sabría pronto. No hacía falta ponerse nerviosa ni comprar compulsivamente.
—Además —añadió la doctora con una sonrisa—, ¿para qué llenarlo todo de tonos neutros o marrones, si tu ilusión es comprarlo en azul o rosa bebé?
—Cierto —contestó ella, a sabiendas de que era verdad.
Estaba deseando poder llenarlo todo de un color u otro. Sabía que era un poco ñoño, quizá, pero le daba igual. Haría las cosas exactamente como le apeteciera, sin sentirse mal por ninguna decisión al respecto.
Su doctora le aconsejó que disfrutara del proceso, de la experiencia de sentir crecer a su bebé en el interior, creando una conexión íntima y maravillosa. Le pidió que se tomara todo con calma e Isabella, como buena paciente, se propuso seguir aquellas pautas al pie de la letra.
Acudieron los dos a la consulta de la ginecóloga para una revisión rutinaria.
Mientras el ecógrafo se deslizaba por su abdomen —ya ligeramente redondeado, visible bajo la camiseta—, la doctora Vargas se detuvo, esbozó una sonrisa y dijo:
—¿Queréis saber el sexo del bebé?
Isabella contuvo el aliento.
—Claro, doctora. Claro que queremos saberlo —dijo Matthew, al ver las lágrimas asomar en los ojos de su mujer.
Hubo una pausa mínima. La doctora miró a Isabella y sonrió —esa sonrisa sincera, cálida, de quien ha acompañado a tantas madres en este umbral— y anunció:
—Es una niña, y está perfecta.
Isabella rompió a llorar. Se llevó las manos a la cara —ese gesto tan suyo cuando se emocionaba— y de inmediato, a la tripa. Matthew la besó una y otra vez, susurrándole al oído:
—Una niña, Isa. Vamos a ser papás de una niña. Nuestra pequeña…
Fue otro de los mejores momentos de sus vidas.
Habían barajado decenas de nombres si era niño. Pero si era niña, solo había uno: Josephine. Lo tenían claro desde el principio.
Jo crecía dentro de ella. Y estaba sana. Ya nada más importaba en el mundo que cuidarse, mantenerse fuertes y prepararse para recibirla.
Una noche, a las dos de la madrugada, los dolores la despertaron con una intensidad que no dejaba lugar a dudas. Sacudió a Matthew, que dormía como un lirón.
—¿Ya viene? —preguntó ansioso.
—Si cariño. Ya viene —contestó ella con un gesto de dolor profundo.
Cogieron las bolsas y salieron hacia Lenox Hill, mientras telefoneaban a la doctora.
Josephine Crawford nació a las ocho de la mañana.
Era preciosa: completamente calva, con una piel blanca como la nieve, los ojos cerrados y las manitas perfectas.
Con el tiempo, esos ojos se abrirían para revelar un azul cristalino, idéntico al de su madre.
Isabella, agotada hasta los huesos, no podía dejar de mirarla.
Matthew, acariciándole la carita, estaba completamente absorto en el momento que estaba viviendo.
Pasaron cuarenta y ocho horas en el hospital, envueltos en una burbuja de ternura mientras se sucedían las visitas.
Al salir, con su bebé en brazos, Conrad los esperaba visiblemente emocionado por la llegada del nuevo miembro de la familia.
Les abrió la puerta del coche con cuidado y ayudó a colocar a Josephine en su sillita, instalada en el asiento trasero. Mientras lo hacía, no dejaba de mirarla, con los ojos brillantes.
—Es un bebé hermoso, señora Crawford —dijo, con una sonrisa que no podía ocultar.
—Muchas gracias, Conrad. La verdad es que es preciosa —respondió ella, acariciando con cariño la cabecita calva—. ¿Has visto que no tiene ni un pelo?
—Sí —confirmó él asintiendo con la cabeza.
Los llevó a casa, donde una nueva vida comenzaba para ellos.
Una llamada de Claire la sacó de sus recuerdos, devolviéndola bruscamente a la realidad. A Isabella se le dibujó una sonrisa al ver que era su amiga la que la llamaba y la puso al día de su visita al veterinario.
Llamaba para hablar de los últimos detalles de la fiesta de fin de año, con la que se mostró muy entusiasmada desde el principio, porque era una fiesta de disfraces de época que prometía muchas sorpresas.
Irían todos vestidos como verdaderos aristócratas británicos del año 1815.
El evento sería en The Rainbow Room, que se elevaba en el piso sesenta y cinco del Rockefeller Center como un salón de cristal suspendido sobre la ciudad.
Su pista de baile giratoria, los candelabros que esparcían destellos dorados y las vistas infinitas convertirían la noche en algo casi irreal: Manhattan se extendería bajo ellos como un mapa de luces, mientras el cielo oscuro abrazaría el edificio por todos lados.
Habían invitado a Matthew y a su esposa, e Isabella hizo extensivo el convite a sus amigas y a sus respectivas parejas.
Claire, que en un principio pensaba acudir sola, ahora, debido a los últimos acontecimientos iría acompañada de su novio formal, Mark Stone, del que estaba irresistible e irrevocablemente enamorada.
La noche llegó envuelta en misterio y emociones.
Jo ya estaba en el salón con Madeleine y Nala, jugando mientras esperaba ansiosa ver bajar a sus padres vestidos de gala. Cuando aparecieron en lo alto de la escalera, la niña se quedó atónita.