El secreto de Isabella 8
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Unos gritos de alegría que provenían de la escalera que daba al piso inferior los despertaron de buena mañana.

—¡Mamá, papá! ¡Santa Claus ha venido! —chilló la pequeña Josephine, bajando las escaleras como un huracán.

Isabella y Matthew se desperezaron antes de levantarse. Se dieron unos buenos días mucho más cariñosos de los que se habían dedicado en las últimas semanas; luego, envueltos en sus albornoces, bajaron a abrir los regalos que Santa había traído.

Desde la mitad de la escalera, Isabella vio el inmenso bulto que descansaba cerca del árbol e inmediatamente supo lo que era por las dimensiones rectangulares.

Miró a su marido, incrédula. No puede ser, pensó, mientras una sonrisa de oreja a oreja llenaba la cara de Matthew. No puede ser, se repitió.

Josephine se volvía loca las mañanas de Navidad con la cantidad de regalos que siempre había debajo del árbol, y los padres la dejaban disfrutarlos poco a poco.

Ellos solían tener uno o dos detalles para cada uno, que esperaban a abrir cuando la niña estaba más calmada y ya había abierto todos los suyos.

La protagonista ese día era ella, obviamente.

Pero ese veinticinco de diciembre, había una caja especial. Era grande, llevaba un lazo rosa enorme, tenía un montón de agujeros, emitía unos sonidos raros y no paraba de moverse.

Jo se acercó sigilosamente, entre asustada y curiosa, sospechando, prácticamente sin lugar a dudas, lo que había en su interior. Miró hacia sus padres con los ojos llorosos y corrió a abrir la caja.

Dentro había una cachorrita blanca de Pomerania, minúscula, reposando en una pomposa mantita blanca, con un lacito pequeño rosa atado al cuello, que se dejó coger en brazos por la niña y comenzó a chuparle toda la cara con su lengua diminuta.

Al lado había una nota de Santa:

Para ti, Josephine.

Este año te has portado muy bien, y sé que sabrás responder ante un regalo así. Sé que tu mamá te ayudará. Pero has de prometerme que serás muy responsable y cuidarás bien de este cachorrito.

Te quiere, Santa Claus.

Las risas y los gritos de Jo llenaron toda la sala en cuestión de segundos. La niña, que no cabía en sí de gozo, corría por la casa con el perrito en brazos gritando:

—¡Gracias, Santa Claus! ¡Mil gracias, Santa Claus!

No podía evitar que la emoción se apoderara de ella mientras el cachorro no paraba de olisquear, correr torpemente, jugar e investigarlo todo. Eran las diez de la mañana y ya reinaba el caos en la casa.

—¡Madre mía, mami! No me lo creo, en serio. ¡Me ha traído mi cachorrito!

—Ya lo veo, pequeña —reía ella—. Santa sabe que te has portado genial este año, mi amor. ¿Cómo vamos a llamar a esta preciosidad?

—Creo que es hembra mami, porque lleva lacito rosa, así que Nala, como la novia de Simba. ¿Qué te parece?

—Me parece maravilloso mi vida. Es un nombre precioso, como la perrita.

—Ese paquete tan grande es para ti, mami, pone tu nombre —dijo Jo, con Nala moviéndose en sus brazos.

El bulto venía con una etiqueta que decía «De Santa, para Isabella», apoyado junto al inmenso árbol de Navidad que coronaba el ático, lleno de luces y adornos exquisitos, todos elegidos uno a uno por ella.

Sabía lo que había dentro por las dimensiones. Miró a Matthew, y los ojos se le humedecieron por el sentimiento que crecía en su interior.

Al quitarle el papel con sumo cuidado e ir descubriendo el cuadro, se llevó las manos a la boca, sin poder evitar que unas lágrimas saladas le recorrieran las mejillas.

La emoción se apoderó de ella.

Lloraba de felicidad, al pensar que su marido —el día de la exposición o después, sin que ella se enterara— había orquestado todo con Claire, que se había mantenido callada, como probablemente él le habría pedido.

—Qué cuadro más bonito mamá, son unos abuelitos. ¡Sois tú y papá de mayores!

Isabella rio a carcajadas entre lágrimas de emoción.

—Sí Jo. Es el cuadro más bonito del mundo—. Y corrió hacia su marido para abrazarlo, agradecida, conmovida y emocionada.

Como no podían hacer nada delante de Josephine que le generara la más mínima sospecha, tuvo que bastar con ese gesto en ese momento. Cuando pudieron estar a solas le dijo que había sido un detalle maravilloso.

Jamás lo olvidaría.

Se habían regalado muchas cosas, pero todas y cada una de ellas tenían su significado y su sentido. Ese regalo fue muy especial para ella. No había sospechado en ningún momento que él lo había reservado para regalárselo. Desde luego fue una sorpresa en toda regla.

Para Matthew, debajo del árbol, había una caja azul oscuro que llevaba su nombre.

—¡Vaya! Parece que también ha dejado algo para mí —dijo, y se agachó para abrir su caja.

Dentro había un libro blanco lleno de páginas repletas de fotografías de la familia juntos: fotos caseras, hechas en un desayuno, en un paseo por el parque, cenando o viendo una película en casa, yendo al cine, patinando en Central Park,

caminando por las calles mientras él levantaba a su hija en brazos…

Isabella había pensado que podía ser un detalle precioso.

Además, Matthew siempre se quejaba cuando ella hacía demasiadas fotos.

Le decía que esas imágenes luego nunca las volvían a ver, que se quedaban atrapadas en el teléfono y jamás volvían a ver la luz.

Que ojalá todo volviera a estar en álbumes, como antes.

Ella pensaba que tenía mucha razón.

—¡Me gusta muchísimo! —sonrió—. ¡Mira esta! —soltó unas carcajadas—. ¿Cómo habrá podido Santa cogernos todas estas fotos?

—Porque es mágico papá —dijo la pequeña—. Santa puede hacer todo lo que se propone —confirmó completamente convencida.

—Tienes razón, cariño.

Isabella los observaba, disfrutando del momento en familia y pensando que eso era lo verdaderamente importante. Esos momentos eran lo único de lo que tenía que preocuparse; para mantener eso a toda costa, era por lo que luchaba.

En vista de que no iban a pasar las Navidades con la familia en Grosse Pointe, Matthew había reservado mesa para que comieran los tres el día de Navidad en Eleven Madison Park, uno de los restaurantes favoritos de su mujer y una oda al minimalismo sofisticado: paredes en tonos neutros,

manteles blancos inmaculados, sillas de cuero color caramelo y lámparas art déco colgando del techo como joyas suspendidas en el aire. Todo susurraba lujo discreto.

El restaurante no prohibía la entrada a niños, pero rara vez se veía alguno.

Era un espacio dedicado a la experiencia gastronómica en su forma más pura: silencio respetuoso, platos elaborados, servicio impecable y una atmósfera de tranquilidad.

Por eso, los niños —con su energía, sus preguntas y su impaciencia— solían quedar fuera, no por regla, sino por sentido común.

Pero Josephine era distinta. Le encantaba compartir esos momentos con su familia, sabiendo que eran espacios reservados para los adultos, pero que, gracias a su comportamiento adecuado, podía disfrutarlos como si fuera una más.

Isabella y Matthew, lejos de preferir ir solos, agradecían poder compartirlo con ella.

Disfrutaba tanto de esas experiencias que daba gusto verla formar parte de ellas: cerraba los ojos al probar el risotto de trufa, sonreía al reconocer el sabor del azafrán, y decía gracias al camarero con una finura que derretía los corazones de los presentes.

Para ellos era un orgullo verla comportarse con tanta naturalidad en entornos tan exigentes.

Ese día solo tuvieron un pequeño contratiempo que bien podría haberse convertido en un problema, pero que al final se resolvió con calma.

Jo no quería dejar a la perrita en casa.

Sabía que no podían llevarla al restaurante, y durante un instante, su rostro se ensombreció.

Isabella se agachó a su altura y le explicó con dulzura que Nala estaría bien, que volverían pronto y que podría jugar con ella toda la tarde.

Le disipó también las dudas de por qué no podía salir a pasear todavía por la calle como cualquier perro.

—Tiene que completar toda la pauta de vacunación antes de tocar el suelo, cielo —explicó cariñosamente su madre—. Pero no te preocupes, el lunes iremos al veterinario, y allí nos dirán exactamente qué necesita y cuándo podrá salir. Hoy se quedará en casa calentita con Madeleine.

Durante todo el fin de semana, Jo contó las horas con impaciencia, esperando la visita al veterinario como si fuera la antesala de un milagro.

A última hora de la tarde del lunes, tras cumplir ambas con sus quehaceres diarios, pusieron rumbo al veterinario.

Nala iba envuelta en una mantita y acomodada en un cochecito que, con una previsión casi mágica, Santa Claus también había traído —sabiendo que la cachorrita no podría tocar el suelo hasta tener todas las vacunas al día.

Cuando llegaron al veterinario, le dijeron a la recepcionista, que tenían cita con el Dr. Ethan Thorne. La mujer, con una sonrisa en los labios, las invitó a sentarse mientras el doctor terminaba con su paciente anterior.

Cuando entraron en la consulta, Isabella pudo apreciar lo joven y guapo que era. Las tres amigas siempre comentaban que en la ciudad de Nueva York había infinidad de hombres atractivos.

—Bueno, ¿qué tenemos aquí? —dijo el doctor—. Un precioso cachorrito de Pomerania.

—Me la trajo Santa Claus porque me porté muy bien —confirmó Josephine orgullosa.

Isabella y el Dr. Thorne cruzaron una mirada cómplice. Los ojos azules de él se clavaron en los de ella por un segundo, haciendo que se ruborizara sin querer.

—Sí, ¿eh? Pues qué regalo más bonito. Ahora tienes que cuidarla y mimarla mucho —dijo él, acariciando suavemente a la perrita—. Es una raza muy sensible.

—Sí… Estoy deseando poder sacarla a pasear y llevarla a ver los patitos.

—Claro que sí. Le faltan un par de vacunas, pero a principios de febrero podrás sacarla a la calle sin problema —aclaró el Dr. Thorne—. Mientras tanto, que esta bolita de pelo no toque el suelo ni esté en contacto con otros perros, ¿de acuerdo?

—Más de un mes… —la carita de la pequeña se tornó triste—. Bueno, lo importante es que no le pase nada. La sacaré en su carrito.

—Exacto. En el carrito puede ir a pasear, pero cerca, ¿vale? No la lleves muy lejos; estamos en días muy fríos.