7 #5
Entonces… ¿para qué levantar la liebre? ¿Para inquietar a un hombre cuya mayor preocupación en el mundo es su familia?
Así que calló, como hacía desde que empezó a tener esos sentimientos. Se refugió en el resto de las cosas que la llenaban. Renunciaré a esta parte de mí y ya está, zanjó en su mente.
No sabía si era lo correcto. Solo sabía que no tenía el valor suficiente para arriesgar lo que tenía.
La noche de Claire fue la más dulce de todas.
Llegó al apartamento de Mark en Bushwick cuando el sol ya se estaba poniendo, con un par de botellas de vino en las manos.
Él abrió la puerta descalzo, con pantalones azules y una camiseta amarilla que le quedaba indiscutiblemente arrebatadora.
—Feliz Navidad —dijo, besándola en los labios como si llevaran años haciéndolo.
—Feliz Navidad —respondió ella dejándose arrastrar dentro de la casa sin separar sus labios de los de él.
El apartamento estaba hermoso. Las paredes cubiertas con sus cuadros, velas encendidas por todas partes: en la repisa de la ventana, sobre la encimera de la cocina, en el suelo junto al sofá…
La luz dorada bailaba sobre los rostros pintados, dándoles vida.
Y desde el rincón, un tocadiscos antiguo —una pieza preciosa de madera oscura que Mark guardaba con mucho amor— llenaba el espacio con jazz suave.
Miles Davis, pensó Claire. O quizá Chet Baker.
Habían decidido intentar algo diferente: comida india. Nada demasiado complicado, pero sí especial.
Empezaron con los langostinos al ajillo con curry. Él pelaba los langostinos con una concentración casi artística mientras se iba haciendo la salsa a fuego lento y ella calentaba aceite en una sartén.
Ajo picado, jengibre fresco rallado, una pizca de cúrcuma.
El olor llenó la cocina, cálido y embriagador.
—Prueba —dijo Mark, acercándole una cuchara con el caldo dorado.
Claire sopló y probó. Cerró los ojos.
—Mmm… está buenísimo, Mark. ¡Me encanta!
—¿Segura? —Se acercó más.
La besó. Despacio. Con la cuchara aún en la mano.
Mientras los langostinos se cocinaban, prepararon el pollo tikka masala: pollo marinado en yogur con especias, que luego cocinarían en una salsa de tomate, crema y garam masala.
Claire cortaba tomates, Mark medía especias.
Se movían por la cocina como si llevaran años juntos.
—Prueba esto —dijo ella, ofreciéndole un poco de la marinada con el dedo.
Mark lo probó directamente de su mano. Luego le sostuvo la muñeca, se llevó el dedo a los labios, lo limpió despacio.
Claire sintió un vuelco. Se besaron de nuevo.
Y entonces, sin planearlo, sin palabras, aunque ella había decidido esperar, lo que había estado creciendo entre ellos durante semanas estalló.
Pararon los fogones de la cocina.
Sus labios ya no se separaron.
El mundo se redujo a ese contacto: el calor de sus bocas, el roce de sus respiraciones entrecortadas, la manera en que sus cuerpos parecían conocerse sin palabras. Cada caricia era una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.
Se fueron desnudando poco a poco mientras se acercaban al sofá. Un reguero de ropa iba quedando esparcida sin orden alguno por toda la casa. Descubrían cada rincón del cuerpo del otro como si fuera la primera vez que veían uno.
Hicieron el amor como adolescentes que lo hacían por primera vez: despacio, explorándose, descubriéndose. Cuando él se introdujo dentro de ella, Claire sintió algo que no esperaba: era como si todo amor anterior no hubiera contado. Como si este fuera el primero de verdad.
Después, cansados pero plenos, volvieron a la cocina entre risas y muestras de amor.
Mark se había puesto unos pantalones de chándal verde oscuro. Claire llevaba su camiseta amarilla, que le quedaba grande, un palmo por encima de las rodillas. Y así terminaron de cocinar el pollo, removiendo la salsa cremosa que olía a gloria.
La mesa estaba puesta con todo detalle pero no les apetecía vestirse para cenar ni tampoco comer en la mesa. Cogieron la comida, las copas de vino, y se instalaron en el suelo, sobre las alfombras, con una mesa baja improvisada que Mark trajo del dormitorio.
El apartamento tenía una temperatura perfecta que contrastaba con el frío gélido de la calle. Fuera, Nueva York estaba congelada. Dentro, todo era calidez.
—Esto está delicioso —dijo Claire, lamiendo salsa de sus dedos.
—Tú estás deliciosa.
Ella se rio de manera coqueta, chocando su copa con la de él.
Bebieron. Comieron. Se besaron entre bocados. Y cuando terminaron la cena, cuando las velas empezaban a consumirse y el tocadiscos había dejado de girar, se quedaron tumbados en las alfombras, abrazados, mirando el techo.
—Ya es Navidad —susurró Mark.
—Feliz Navidad entonces, cariño. Gracias por hacerme la mujer más feliz del mundo.
—Gracias a ti por haber aparecido en mi vida.
Claire cerró los ojos, sintiendo el peso del brazo de Mark sobre su cintura, el calor de su cuerpo contra el suyo. Se preguntaba una y otra vez cómo había podido estar viviendo sin esas sensaciones durante tanto tiempo.
Y volvieron a fundirse en uno.
Tres mujeres. Tres vidas diferentes pero unidas por el destino; esperando, cada una a su manera, lo que el futuro aún no se atrevía a revelarles.