El secreto de Isabella 7 #4
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—Sí, sigue allí.

—Qué bien. Supongo que también la ves poco, ¿no?

—No estamos muy unidas —contestó de una manera tan seca y brusca que cualquier persona normal habría cambiado de tema ipso facto.

Olivia, no.

Claro que no.

Sabía que ese tema dolía, y había que hurgar en la herida.

—Claro —dijo bebiendo otro trago de su copa—. Debe ser duro, estar tan lejos de todos. De tu madre, de tu padre, de nosotros. La familia es lo más importante. Si no fuera por Aldis y los niños estarías sola cielo, en esa ciudad tan cosmopolita.

Sophie asintió, ignorando sus palabras malvadas, sabiendo perfectamente lo que Olivia estaba haciendo, que era lo que siempre hacía.

Recordarle que no pertenecía a su mundo de clase alta de cuna.

Lo que Olivia no sabía era que, mientras le decía eso, Sophie se sentía feliz de estar tan lejos de ellos. De todos ellos. De su madre también.

Florinda, mientras tanto, había sacado su teléfono y mostraba fotos de Jonathan.

—Mira, esta es de cuando fuimos a la playa. ¿A que está precioso?

—Precioso —mintió Sophie, que también había adquirido con el tiempo aversión por el pequeño, con todo el dolor de su corazón.

Las horas pasaban como melaza. Sophie sonreía. Asentía. Respondía con educación. Bebía vino. Y por dentro, contaba los minutos.

Cuando finalmente Aldis dijo que era hora de irse, Sophie casi lloró de alivio.

Se despidieron en la puerta.

—Ha sido un placer, querida. Os esperamos mañana para la comida de Navidad.

—Por supuesto, Olivia. Estoy deseándolo —mintió sin esforzarse siquiera en poner buena cara.

Jake la abrazó de manera cálida y sincera. Le caía bien su suegro, no se metía en nada y era respetuoso con ella.

En el Uber de vuelta al hotel, Aldis se giró desde el asiento del copiloto con el rostro colmado de amor.

—Ha sido una noche bonita, ¿verdad?

Sophie lo miró. Él estaba feliz. Ajeno a todo.

—Sí, cariño. Muy bonita.

Y mientras el coche avanzaba por las calles iluminadas de Washington, Sophie miró por la ventana y pensó en sus amigas.

Sacó el teléfono y abrió el chat «NUESTROS VIERNES». La foto de perfil era una imagen preciosa de las tres, cóctel margarita en mano, en uno de los restaurantes donde solían reunirse.

Tecleó:

Sobreviví al aquelarre de brujas. Mañana más. ¿Vosotras qué tal? Necesito detalles. Besos.

Envió el mensaje y volvió a guardar el teléfono. Unos minutos después, sintió la vibración. Isabella había respondido.

Su noche fue la más normal de las tres amigas.

Una cena tranquila pero maravillosa en su casa, acompañada de su hija y de un Matthew radiante: los inversores habían dado el visto bueno final al proyecto de Londres.

Estaban entusiasmados con la visión, y ya habían comenzado las negociaciones para convertir un grandioso edificio histórico en Mayfair en Jo’s Hotel.

—¡Llevará mi nombre! ¡Qué guay papi! —dijo Josephine, conmovida, levantándose para abrazar a su padre.

—Sí, cariño —confirmó él, devolviéndole el abrazo—. Llevará el nombre de la cosita más bonita del mundo.

Isabella observaba la escena con el corazón apretado. Le encantaba la relación que tenían Jo y su padre. Matthew era un hombre que se merecía lo mejor: bueno, honrado, leal y trabajador. Siempre pensando en ellas dos.

—Tendré que viajar mucho a Londres, chicas —dijo él, soltando a Josephine con una sonrisa—. Ya sabes que me gusta supervisar mi trabajo en persona. ¿Vendréis conmigo, verdad?

—¡Claro, papá! —chilló Jo, saltando de emoción.

Isabella sabía que aquella era una conversación que tendrían que retomar a solas.

Se fueron relativamente pronto a la cama.

Santa Claus no dejaba regalos si los niños no estaban dormidos, y Josephine salió corriendo tras la cena para meterse bajo las sábanas.

Isabella la arropó, como siempre que podía, y le leyó un cuento corto sobre un niño que creía tener un monstruo en la tripa pero que no eran más que los nervios por tener que representar una obra de teatro en el colegio.

Cuando la niña ya dormía tranquila, Isabella fue a su habitación.

Matthew estaba en la cama, sin camiseta, con las gafas de leer puestas y esos pantalones grises de pijama que tan bien le sentaban, absorto en la tableta.

Ella se quitó la bata.

Él levantó la vista. La miró. Y durante un segundo, todo lo demás desapareció.

Dejó la tablet sobre la mesita, se quitó las gafas, y sin decir nada, estiró la mano en un gesto que la atraía hacia sí.

Isabella no sentía el deseo que necesitaba sentir… pero tampoco quería perder lo que tenía. No pensaba renunciar a su familia fácilmente.

Se dejó llevar.

El cuerpo de Matthew la envolvió con esa familiaridad que nunca se había ido del todo. Se besaron. Ella cerró los ojos, evocando tiempos pasados en los que su deseo por el hombre que estaba con ella había sido inmenso.

Hicieron el amor.

A pesar de tener encima de ella a uno de los hombres más atractivos que había visto en su vida, se descubrió, tristemente, pensando en el hombre desconocido del hotel.

En cómo sería tenerlo a él ahí, en ese instante, demostrándole su hombría, acariciando su piel, suave y firme.

No estaba haciendo el amor con su marido, estaba haciendo el amor con un desconocido.

Y eso le parecía cuanto menos preocupante.

Cuando él estalló de placer, se quedó abrazado a ella durante unos minutos hasta que se durmió profundamente.

Isabella se quedó llorando en silencio, mirando al techo, con el hombre que había sido todo para ella dormido entre sus brazos.

Pensó que quizá hablar con su marido sería una buena idea.

Era Matthew, siempre podía hablar con él de todo.

Pero, ¿qué iba a decirle? ¿Que no lo deseaba como antes?

¿Que pensaba en otros hombres cuando se acostaban?

Ninguna pareja se desea tras años de relación como el primer día, creer en esa utopía es absurdo.