7 #3
Claire soltó una carcajada, chocando el hombro con el de su amiga.
—La verdad es que sí.
Y en ese momento, en medio del caos post-exposición, con emails sin responder y contratos por redactar, las dos amigas se quedaron unos segundos en silencio, compartiendo algo más valioso que cualquier venta: la certeza de que el amor, cuando llega de verdad, vale la pena cada segundo de espera.
La noche de la víspera de Navidad en la casa de los Morrison en Washington brillaba como cada año. Luces blancas envolvían cada columna del porche, un árbol descomunal ocupaba el salón principal, y la mesa estaba puesta con una vajilla de porcelana exquisita que probablemente costaba una fortuna.
Sophie bajó del Uber que los había traído desde el Four Seasons vestida con un elegante vestido granate de punto entallado y manga larga, tacones negros, abrigo a juego y un bolsito pequeño de pedrería que parecía sacado de un sueño navideño.
Había elegido el look con cuidado: ni atrevido ni recatado, nada que llamara la atención o diera pie a comentarios.
Sabía que los habría igualmente. Su suegra, una mujer clasista que la odiaba por el mero hecho de no pertenecer a su estirpe, y su cuñada, una ignorante respaldada por el dinero de una buena familia de Washington, nunca se quedaban calladas.
Pero al menos quería reducirlos al mínimo.
Llevaba el pelo suelto, ondulado, sin adornos. Nada de florituras. Solo quería pasar desapercibida con elegancia.
Aldis, irreprochable en su traje negro, ayudó a Thomas y Angelica a bajar del coche.
Los niños iban impecables y quizá un poco tensos.
Sabían que su madre les exigía un comportamiento modélico en estas visitas.
Sophie no podía permitirse ni un descuido: bastaba un gesto, una risa demasiado alta, para que Olivia frunciera el ceño y soltara, con esa voz dulce que tanto odiaba: Qué pena que los niños hoy en día no sepan estar en una mesa.
Y todo aquello mientras Jonathan, el hijo pequeño de Brandon —el hermano mayor de Aldis— y de su esposa Florinda, berreaba como una bestia desatada y trepaba por las sillas…
claro está, sin que nadie se atreviera a decirle una sola palabra.
La puerta se abrió antes de que llamaran.
—¡Familia! ¡Feliz Navidad, chicos! —exclamó Jake Morrison con esa sonrisa suya que hacía que todas las cabezas se giraran en la calle.
Era un hombre alto, canoso y atractivo incluso a los setenta y cinco años.
Abrazó a Aldis con fuerza, luego se agachó para besar a los niños.
—Mirad qué guapos estáis. Muy elegantes. Y tú, Sophie… estás hermosa, como siempre.
Era un hombre galante, acostumbrado a tratar a las mujeres de manera encantadora desarmando hasta a las más recelosas.
Detrás de él apareció Olivia, con su pelo corto al más puro estilo Lady Di, rubio ceniza, perfectamente peinado, jersey de cuello cisne color azul marino y pantalones de traje.
Tenía esa sonrisa que Sophie conocía bien y detestaba a partes iguales: educada pero fría, observadora, calculadora y más falsa que un billete de tres dólares.
—Sophie, querida… ¡qué linda estás! —dijo casi canturreando mientras la abrazaba y le daba un beso en la mejilla, demasiado rápido para ser sincero, más bien lanzándolo al aire—. Vienes a juego con el mantel. Muy navideña. Guapísima, por supuesto, como siempre.
Ya empezamos. Maldita manipuladora, siempre lanzándome su veneno empaquetado en buenas palabras.
El almuerzo tras el vuelo ya había sido cuanto menos singular. Se habían «puesto al día», como decía Olivia:
—¡Estás muy delgada! ¿Comes bien?
—¿Los niños van contentos al colegio?
—Aldis está guapísimo, cada vez más… Tú deberías ponerte las pilas, que no te lo roben.
Sophie solo asentía con cara de póker, deseando que terminara la comida para poder volver al hotel, tumbarse un rato y perderlos de vista hasta la gran cena del día siguiente.
Entraron al salón, donde Brandon ya estaba instalado en uno de los sofás de cuero, copa de whisky en mano, hablando con alguien por teléfono sobre acciones y mercados.
Era un calco de su padre: alto, atractivo, pelo oscuro con algunas canas que le daban un aire distinguido.
¿A quién salió Aldis?, pensó Sophie por enésima vez.
Florinda estaba en la cocina, supervisando los aperitivos que el servicio preparaba en bandejas de plata.
Regordeta y bastante fea de cara, llevaba un vestido verde del color del espumillón navideño que la apretaba en todos los sitios equivocados.
Además, era escasa de pelo: una melena negra como el carbón, lisa y quemada en las puntas de tanto planchársela sin protección; la viva imagen de la crin de un caballo que había visto días mejores.
De hecho, ella era la que más se parecía a Aldis de todos los que estaban en esa casa, a pesar de no tener ningún parentesco de sangre.
Sonrió al ver a Sophie.
—¡Sophie! ¿Cómo estás, cariño? —la abrazó con efusividad—. Mira que aperitivos más ricos. Tienen una pinta excelente. Estoy deseando probarlos—. Y sin más cogió uno de la bandeja—. Voy a probar uno a ver si están buenos.
Sophie forzó una sonrisa.
No entendía cómo esa mujer, que no se cuidaba en absoluto —ni por fuera ni por dentro—, podía estar con un hombre tan atractivo como Brandon.
Y menos aún cómo lograba hacerla sentir pequeña en esas comidas.
Sophie, que siempre iba impecable, con un comportamiento casi aristocrático y sin cometer jamás un error, terminaba preocupada por lo que Olivia pensara de ella.
Mientras tanto, allí estaba Florinda: zampándose los aperitivos como presa de un ataque de ansiedad y exhibiendo una seguridad en sí misma digna de mención.
No entendía nada y eso le hacía sentir una frustración magnánima.
—Si yo fuera tú, dejaba de trabajar y me dedicaba a la buena vida. A cuidar de mi marido y de mi hijo y a no hacer nada en todo el día —continuó argumentando, mientras seguía engullendo aperitivos.
—Me gusta trabajar —contestó Sophie.
—Qué ganas tienes, de verdad —Florinda cogió otro canapé de salmón y se lo metió en la boca—. Yo no podría. Bastante tengo con la casa y el niño. A veces no llego a todo, como para imaginarme si trabajara.
Como si lo hubiera invocado, Jonathan apareció corriendo por la cocina hasta el salón, gritando a todo pulmón, perseguido por nadie.
Tenía tres años y la energía de un huracán desbocado. Prácticamente se tiró encima del árbol de Navidad, jugando con las bolas y los adornos mientras los demás le reían las gracias.
—¡Jonathan, cariño, cuidado! —gritó Florinda sin moverse del sitio.
El niño ignoró a su madre y empezó a tirar de las luces.
Este niño es el demonio en persona. Un mal educado y un consentido.
Cómo le hubiera gustado verbalizar esos pensamientos.
Olivia apareció con una bandeja de copas de champán y le ofreció una a Sophie y otra a Florinda.
—¿Champán, querida? Supongo que en Nueva York no tenéis tiempo ni para beber con calma, ¿verdad?
Sophie cogió una copa.
—La verdad es que sí tenemos tiempo, Olivia.
—Qué bien—. Olivia bebió un sorbo, mirándola por encima del borde de la copa—. Aunque, no sé... Nueva York no me parece ciudad para criar niños. Demasiado caos, demasiada gente. Los niños necesitan espacio, ¿no crees? Aquí en Washington tienen jardines, aire limpio…
—Los niños están muy bien en Nueva York. Y también hay parques y jardines allí —respondió Sophie, apretando la copa.
—Claro, claro…—. Olivia sonrió—. Bueno, viniendo de la familia que vienes, bastante bien lo haces.
Sophie sintió el golpe. Como siempre. Aquella frase, disfrazada de cumplido, era en realidad un recordatorio: «No eres de nuestra clase. Nunca lo serás.»
Aldis estaba al otro lado del salón, hablando con su padre y su hermano sobre economía, ajeno completamente a la conversación. Los tres hombres reían, bebían, hablaban de negocios.
Estaban en su mundo.
Florinda se acercó de nuevo, con otro canapé en la boca.
—Yo es que no entiendo cómo podéis vivir tan lejos. A mí me gusta tener a mi familia cerca—. Miró a Sophie con falsa compasión—. Pobres Thomas y Angelica, tan lejos de sus abuelos.
Menos mal, pensó ella para sus adentros. Les estoy haciendo un favor.
Sophie respiró hondo. Sabía que no era mala, al menos no como Olivia, pero aborrecía a esa mujer, siempre comiendo y dando lecciones de vida cuando estaba criando a un monstruo y no hacía absolutamente nada por ella misma.
—Venimos cuando podemos —contestó pasados unos segundos.
—Claro, claro… —Florinda se limpió las manos manchadas de mahonesa en una servilleta.
Jonathan, mientras tanto, había encontrado una figura de porcelana de un ángel navideño en una mesa auxiliar.
La cogió y la tiró al suelo.
Se rompió en mil pedazos.
Nadie lo regañó, claro. Se limitaron a preocuparse de que nadie se cortara y de que el niño se calmara ya que había roto a llorar del susto, como si consolarlo fuera más urgente que enseñarle a no tirar cosas.
Ella se quedó de pie, copa de champán en mano, sonriendo con educación mientras observaba la escena desde la entrada de la cocina —el mismo lugar del que Florinda había salido corriendo para comprobar que su hijo no se hubiera cortado un dedo.
Aldis la miró desde el otro lado del salón y le sonrió. Una sonrisa dulce, ajena a todo. Feliz de estar con su familia.
Y Sophie le devolvió la sonrisa.
Porque eso era lo que hacía siempre.
Devolver sonrisas y hacer como si todo estuviera genial aunque por dentro gritara desesperadamente, odiando su vida por momentos, cubierta con una fachada perfecta construida para proteger un interior insulso e infeliz.
La cena fue exactamente como esperaba: Jake en la cabecera; Olivia en el otro extremo, supervisando cada plato que salía de la cocina y maltratando al servicio; Brandon hablando de inversiones; Aldis asintiendo, participando solo cuando le preguntaban; Florinda comiendo sin parar,
y Jonathan llorando porque no quería verduras, tirando la comida al suelo y levantándose de la mesa cada cinco minutos.
Cuando acabaron de cenar, mientras los hombres se retiraban al salón a fumar puros y beber coñac, las mujeres se quedaron en el comedor, tomando café y vino dulce.
—¿Y cómo está tu familia, querida? ¿Tu madre sigue en Ohio?