El secreto de Isabella 7 #2
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Lo que vino fue rápido, brutal y sin advertencia: gritos que retumbaban en las paredes de la casa, portazos que hacían temblar los cuadros, platos estrellándose contra el suelo de la cocina.

Su madre lloraba sin parar, con los ojos siempre hinchados y las manos temblorosas.

Su padre, cuando estaba en casa —cada vez menos—, olía a cerveza y a resentimiento.

Luego llegaron los insultos. Y tras los insultos, la violencia: empujones en el pasillo, alguna bofetada tras volver del bar, amenazas constantes…

No duró mucho, afortunadamente. Diane y Jack tomaron la única decisión sensata de sus vidas: separarse antes de que todo se les fuera completamente de las manos.

Tras el divorcio, Sophie y su madre se quedaron en la casa de alquiler en la que habían vivido siempre.

Jack no se opuso en absoluto; de hecho, estaba encantado de alejarse de ellas para emborracharse en paz en el cuartucho mugriento y lleno de humedades que podía permitirse, sin que nadie le diera la charla constantemente.

Diane siguió pagando el alquiler como pudo, Sophie suponía que doblaba turnos en el Kroger, pero nunca supo realmente si su madre se dedicó en algún momento a algo que ella podría haber considerado indecoroso. No investigaba mucho, era mejor vivir en la ignorancia.

Al principio, Sophie iba a ver a Jack los fines de semana. Pero cada visita era peor: la casa más sucia, las sábanas sin cambiar —manchadas de orina y quemaduras de cigarrillo—, él más ausente, siempre tirado en el sofá como una colilla más en su cenicero lleno hasta los topes.

Nunca la llamaba. No mostraba el más mínimo interés por saber cómo le iba en el instituto, ni siquiera cómo se encontraba.

Ya no le importaba nada. Estaba abandonado a la vida.

Sophie solía pensar que no se suicidaba solo porque era demasiado cobarde para hacerlo —pero que, tarde o temprano, aparecería muerto en alguna cuneta.

Su padre era un pobre hombre desgraciado, al que la vida no había tratado muy bien. Un día, simplemente, dejó de ir a verlo. No podía seguir cargando con esa losa a la espalda.

Y su madre era una mujer herida, vulnerable, marcada por una infancia que ningún niño debería haber tenido, y por una existencia llena de maltrato físico y psicológico, constantes turnos agotadores y silencios rotos solo por el llanto.

Sophie soñaba con irse. Con cualquier cosa que la sacara de aquella vida en constante decadencia.

En el instituto, las cosas no iban bien tampoco. Las demás chicas la odiaban; la insultaban, la menospreciaban: por su ropa de segunda mano, por la reputación de su padre, por la de su madre, que iba dando tumbos de hombre en hombre, a cada cual más nauseabundo, por la casa en la que vivían…

Había una chica con la que se llevaba bien: Katherine Williams.

Nunca se olvidaría de ella. Fue como un oasis en medio del desierto.

Siempre le decía que no se preocupara por lo que dijeran los demás, que eran estúpidos y amargados, que ella era hermosa y buena.

Pero Sophie ya era reticente a creer que eso fuese cierto o que cualquier cosa buena pudiera pasarle.

Pero Katherine se marchó pronto: al año de empezar en el instituto, sus padres tuvieron que mudarse por trabajo, al otro extremo de Estados Unidos. Para Sophie, esa marcha fue terrible, devastadora.

Estaba sola de nuevo.

En todos los años de instituto nunca salió con ningún chico ni jamás fue a ningún baile.

Tras la marcha de Kat, volvió a comer sola en la cafetería, con los libros abiertos como escudo.

Y cada insulto, cada gesto cruel, cada mirada de desprecio la hacía un poco más pequeña, hasta minar por completo su autoestima.

Se creía firmemente inferior. Constantemente sentía que no merecía ocupar el mismo espacio que los demás.

Al principio, las llamadas con Katherine le daban un poco de alegría. Pero con el tiempo, ella encontró otras amigas, siguió con su vida en su nueva ciudad… y poco a poco fue olvidándose de una Sophie que seguía pensando en ella cada día, porque no tenía a nadie más en quien pensar.

Así que, cuando las llamadas de su única amiga eran ya inexistentes, hizo lo único que podía hacer para no volverse loca: estudiar, y estudiar, y seguir estudiando. Hasta que destacó.

Las notas fueron su refugio, su arma, su billete de salida.

Cuando llegó la beca completa para Nueva York, a los diecisiete años, no dudó ni un segundo. Firmó los papeles con los ojos cerrados.

Por fin podía salir de esa pesadilla y largarse a un lugar mejor.

La voz del comandante anunciando el aterrizaje inminente —y la orden de abrocharse los cinturones— la arrancó de unos recuerdos que, para Sophie, eran como piedras sobre el pecho.

Le venían más a menudo de lo que le gustaría, y siempre la dejaban hecha añicos.

No eran solo recuerdos; eran pruebas vivas de todos los desprecios, los insultos, las miradas que la habían tallado como si fuera menos que los demás.

Llevaba años yendo a terapia, y era cierto que le había ayudado a sobrellevarlo y a entenderlo todo, pero no había mitigado esa sensación de inferioridad que siempre la acompañaba.

El avión aterrizó en el Aeropuerto Nacional Ronald Reagan con un leve traqueteo. Aldis guardaba su revista, sonriente.

—Ya llegamos, cariño.

Ella asintió, forzando una sonrisa. Respiró hondo. Cinco días. Solo cinco días, se dijo a sí misma. Puedo con ello.

Después de recoger todas sus maletas de las cintas, pusieron rumbo al Four Seasons en Georgetown, que sería su hogar durante los próximos días.

Las habitaciones eran amplias, con vistas al canal y techos altos que dejaban entrar la luz invernal. Thomas y Angelica tenían su propia habitación comunicada con la de sus padres. Aldis revisó todo con ojo meticuloso antes de dar su aprobación.

—Perfecto —dijo, sonriendo—. Aquí estaremos muy bien.

Es un hotel maravilloso, muy elegante. Al menos estaré aquí como una reina cuando no me estén despellejando esas dos víboras.

Mientras en su cabeza se agolpaban los pensamientos de lo que ocurriría en los próximos días, se dispuso a deshacer las maletas para que toda la ropa quedara perfectamente colocada en los armarios destinados al efecto, y por supuesto,

mandar planchar hasta la más mínima arruga al servicio de habitaciones.

Todo tenía que estar impecable, para no dar lugar a comentarios más hirientes de los que ya vendrían por sí solos.

Esa noche cenaron en el hotel. Los niños estaban cansados del viaje, y ella, cada vez que iban a Washington, aprovechaba el más mínimo gesto de cansancio de sus hijos para quedarse en el hotel o retirarse pronto con la excusa idónea. Así que se fueron a dormir temprano.

—Mañana iremos a casa de mis padres para el almuerzo —dijo Aldis, contento de reencontrarse con su familia—. Y pasado mañana, víspera de Navidad. ¡Qué bien! Tengo ganas.

La emoción de su marido era más que evidente, chocando bruscamente con la desazón de ella, que tenía que hacer de tripas corazón para no decirle a su marido que su madre y su cuñada eran dos mujeres insoportables.

—Sí, genial —fue todo lo que pudo decir.

Aldis le tomó la mano.

—Sé que no te gusta venir aquí. Pero significa mucho para mí que lo hagas. Te quiero mucho, mi amor —y le dio un beso suave en la mejilla.

Sophie lo miró. Había algo sincero en sus ojos.

Algo que le recordaba por qué se había casado con él.

Era el mejor hombre que había conocido en su vida, de eso no le cabía la menor duda.

Y aunque no estaba enamorada de él, ni lo había estado jamás, tenía la certeza de que nadie la amaría de la misma manera.

—Lo sé —dijo ella, apretándole la mano—. Y por eso estoy aquí.

Él sonrió, agradecido.

Pero cuando Sophie se fue a dormir esa noche, mirando el techo de la habitación del hotel, no podía dejar de pensar en lo mismo:

Odiaba Washington.

Odiaba esas cenas.

Y odiaba fingir que todo estaba bien.

Ese mismo lunes en Nueva York la galería era un hervidero controlado. Isabella y Claire llegaron casi al mismo tiempo, con café en mano y ojeras de emoción más que de cansancio. La inauguración había sido un torbellino, y ahora tocaba trabajar.

Revisaron los correos mientras encendían luces y ajustaban focos: tres coleccionistas querían hablar sobre las obras que no estaban reservadas.

Una revista de arte solicitaba una entrevista con Mark para la próxima semana.

Un marchante de Berlín con el que habían tenido negocios anteriores había dejado un mensaje solicitando la reserva de un par de obras.

Los contratos de venta debían redactarse, los certificados de autenticidad prepararse, las llamadas tenían que ser devueltas.

Isabella rellenaba fichas de inventario cuando levantó la vista y miró a Claire con una sonrisa traviesa.

—¿Y Mark? ¿Qué pasó ayer?

Claire bajó la vista, pero no pudo contener la sonrisa que le subía desde el estómago.

—Pasamos el día entero en mi casa, Isa. Fue maravilloso, la verdad —hizo una pausa de unos segundos mientras Isabella esperaba ansiosa más novedades—. Nos besamos. Toda la tarde nos estuvimos besando. Como críos —rio ella entusiasmada.

—Ay, Claire, qué bonito, de verdad. No sabes cómo me alegro por vosotros y por verte así de contenta—. Le dio un leve codazo a su amiga—. ¿Y…?

—Nada. Solo hubo besos —apuntó—. No tengo prisa. Mark no es como los demás. Siento algo especial.

—Sé de lo que hablas y me parece genial que vayas despacio. Se disfruta más, ¿cierto? Hacer el amor con un hombre cuando ya estás enamorada de él es lo mejor del mundo.

Isabella siempre había sido una mujer con ese pensamiento.

No era de las que disfrutaba yéndose a la cama con un hombre sin conocerlo.

No encontraba satisfacción en eso. Sin embargo, sí la encontraba cuando lo conocía, cuando sentía algo especial por él, cuando ya estaba en proceso de enamoramiento.

Así que entendía perfectamente a su amiga y le alegraba enormemente ver a Claire así: pensando y sintiendo de esa manera.

—No sé cómo he podido estar tanto tiempo sin sentir esto, Isa —se llevó una mano al estómago, como si algo le trepara por dentro—. Estas mariposas…

—Nunca es tarde para ser feliz en el amor, cariño. Me alegra tanto verte así... —Sonrió con complicidad—. Se te cae la baba.