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El domingo por la mañana, Mark se levantó con una tremenda resaca emocional, en parte por el éxito del día anterior, pero sobre todo porque los sentimientos que estaban naciendo dentro de él hacia Claire parecían estar siendo correspondidos. Sentía una inmensa felicidad.
A su edad, todavía tenía dudas sobre cómo actuar con respecto a una mujer que le gustaba mucho. Le apetecía llamarla e invitarla a comer o a dar un paseo; quizá ir al cine. Pero, por otro lado, y conociendo a Claire, temía caerle pesado o que ella se agobiara, rompiendo así la magia del principio.
Lo que él no sabía era que, en otra casa, en ese mismo momento, la mujer de la que se estaba enamorando estaba pasando exactamente por las mismas dudas existenciales.
Después de desayunar, Mark decidió enviarle un mensaje:
Hola, Claire. ¿Qué te parece si comemos juntos? Me gustaría invitarte. Un beso.
Aunque parezca mentira, enviar ese mensaje le costó una barbaridad.
Ella lo recibió casi al instante, porque no se había despegado del teléfono desde que se levantó, pletórica por el éxito de la inauguración, pero sobre todo por lo que había ocurrido con Mark la noche anterior. Estaba ilusionada con un hombre por primera vez en muchos años.
En cuanto vio el mensaje, su felicidad se triplicó. Y, sin pensárselo dos veces, respondió que sí: que estaría encantada de comer con él, pero que esta vez, ya que él prepararía la cena de la víspera de Navidad, le tocaba a ella cocinar. Lo esperaba en casa a la una del mediodía.
Como era domingo y no sabía que iba a tener compañía para comer, no había preparado nada. Así que tuvo que improvisar.
Se dio una ducha rápida, se arregló para estar cómoda pero sexy —sin exagerar, pero sin descuidarse—, y se metió en la cocina a ver cómo se las apañaba para hacer una comida que ya sabía que no sería gourmet, pero que al menos fuera medianamente aceptable.
En el congelador siempre tenía bolsitas de comida de emergencia: unos ñoquis con salsa de cuatro quesos, un curry de garbanzos con arroz basmati, unas albóndigas suecas con puré de patata y arándanos…
Sacó dos bolsitas de ñoquis. Seguro que con esto acierto, y preparó una ensalada fresca de rúcula, tomate cherry y parmesano rallado para acompañar.
Puso la mesa y encendió un par de velas aromáticas, que siempre tenía por la casa, y echó un último vistazo al orden y la limpieza.
Era algo que odiaba, y por eso contaba con una señora de la limpieza que venía tres veces por semana y lo dejaba todo como los chorros del oro.
En esta ocasión, sin embargo, decidió dar ella un repaso para que todo estuviera en su sitio.
A la una y cuarto del mediodía, Mark estaba frente a su puerta con una botella de vino francés en la mano, unos vaqueros negros gastados, un jersey de cuello cisne azul marino y un abrigo de paño largo en gris vigoré.
Estaba guapísimo.
Su piel era del tono del chocolate con leche, con el pelo negro, muy corto y rizado, con esos ojos color miel que la miraban con una ternura que hacía temblar las piernas de Claire. Labios carnosos, nariz pequeña y una estatura que la superaba en unos quince centímetros.
Ella lo dejó pasar.
Él comentó lo guapa que estaba: también con vaqueros, casualmente, y una camiseta de rayas blancas y negras de manga larga, metida por la cintura del pantalón.
Los dos estaban nerviosos. Muy nerviosos. Como chavales de dieciséis años en su primera cita.
Ella sirvió un par de copas de vino para romper el hielo, aunque no hizo falta mucho.
Llevaban meses trabajando codo con codo y se conocían bien.
Solo que ahora las cartas estaban sobre la mesa: ya no había excusas profesionales, ni miradas disimuladas.
Ahora había deseo, vulnerabilidad… y la posibilidad de algo real.
Frente a la televisión, delante del sofá, había una mesa baja con un par de pufs colocados a los lados, descansando sobre una alfombra de pelo marrón claro.
Las copas de vino, que habían empezado en la isla de la cocina, acabaron en esa mesa baja. Se sentaron en la alfombra, ella tardó poco en sentir la comodidad de apoyarse sobre él, riendo y disfrutando como no lo hacía desde hacía años.
Cuando sus estómagos ya no podían esperar más, pasaron a la mesa a comer. Sin mirar la hora que era, daba igual. Ni una sola vez miraron sus teléfonos o los relojes.
Disfrutaron de los ñoquis congelados que al final no estaban tan malos. Los dos rieron comentando el tema, ella se excusaba diciendo que la había pillado sin existencias y él le quitaba hierro al asunto argumentando que estaban deliciosos.
Después de la comida, se trasladaron al sofá. La tarde de domingo pasó como si fueran minutos.
Todo les parecía poco.
En uno de esos momentos de risas compartidas, entre copas y complicidad, las carcajadas fueron apagándose hasta dejar solo un silencio cálido. Se miraron a los ojos.
Él se quedó quieto, observándola.
Ella se pasó un mechón de pelo detrás de la oreja, nerviosa por esa mirada tan penetrante.
Él, sin decir nada, imitó el gesto: le apartó el mismo mechón con los dedos, recorriendo lentamente su oreja antes de acariciarle el pelo con ternura.
Se acercó poco a poco a sus labios… y la besó.
Claire recibió ese beso como si fuera el primero de su vida. Una punzada eléctrica la atravesó de lado a lado.
Hacía mucho tiempo que no sentía algo así cuando un hombre la besaba. Una explosión química que muy pocas personas llegan a experimentar más de una vez en la vida.
Esa noche no hicieron el amor.
Claire no solía tener problemas con el sexo —si le apetecía acostarse con un hombre, lo hacía—, pero en esta ocasión decidió ir despacio. Quería saborearlo. No había prisa. Ninguno de los dos hizo ademán de cruzar aquella línea. Estaban cómodos degustándose con lentitud.
Se besaron durante horas. Se contaron historias de sus años vividos, de sus sueños rotos y rearmados, de lo que aún anhelaban. Entre copas, caricias, besos y silencios cómplices, pasaron la primera de lo que ambos intuían que sería una larga serie de citas.
Ese mismo domingo, en un piso soleado de cuatro habitaciones del Upper East Side, Sophie Morrison preparaba su maleta para coger al día siguiente un avión que los llevaría a todos a Washington, a casa de sus suegros.
Ese viaje le apetecía lo mismo que ir al dentista a que le extrajeran una muela sin anestesia. No le gustaba su suegra y el sentimiento era mutuo.
Tampoco le gustaba preparar maletas, lo odiaba de hecho. No solo era tan insegura que cambiaba de estilismo cien veces, sino que siempre subestimaba el espacio: terminaba metiendo medio armario en la maleta, convencida de que algo podía fallar.
Luego, en el destino, usaba apenas una tercera parte.
Pero salir de Nueva York sin ese arsenal de ropa le generaba una ansiedad que no sabía explicar.
Necesitaba la seguridad que su hogar, y su vestidor, le proporcionaban.
Ya era todo bastante difícil en casa como para arriesgarse fuera.
Le costaba salir de su zona de confort. Allí, al menos, se sentía un poco más segura de sí misma.
Si tenía a mano todo lo que pudiera necesitar —la ropa perfecta, los zapatos adecuados, hasta el perfume exacto—, podía enfrentarse al mundo sin temblar.
En casa, todo estaba bajo control. Pero en cuanto cruzaba la puerta, el suelo dejaba de ser firme. Cualquier cosa podía torcerse. Un comentario, un gesto, un silencio incómodo… y todo se podía convertir en un desastre.
Aldis siempre se acercaba a ella con cautela.
Bajo ningún concepto quería herirla, así que le preguntaba, siempre con cariño, si era realmente necesario llevar toda esa ropa para cinco días.
Ella respondía sin mirarlo, con un tajante «sí».
Y ahí se acababa la conversación. Él jamás hacía ni decía nada que pudiera perturbarla; la amaba demasiado.
Sabía perfectamente cómo era Sophie, y ese tipo de detalles —para él, meras minucias— carecían de importancia.
Sin embargo, sabía que para ella eran cruciales.
¿Su esposa se sentía mejor cargando una maleta hasta los topes?
Pues que la cargara. Para él, no había problema alguno.
El vuelo a Washington duraba poco más de una hora, pero como no era un viaje de placer para ella, toda la parafernalia del aeropuerto le resultaba agobiante.
Cuando por fin se sentaron en sus asientos —tras infinitas colas para pasar el control de seguridad, a pesar de ser Priority Pass—, respiró tranquila.
Aldis, a su lado, se disponía a leer una revista de economía con esa concentración suya que le hacía fruncir el ceño y morderse el labio inferior, poniendo una cara extraña que era otra de las cosas que Sophie no soportaba de su marido.
Thomas y Angelica, en los asientos de detrás, ya estaban absortos en la hipnosis de sus tablets: dibujos animados para ella, videojuegos de construir ciudades para él.
Cuando el avión surcó el aire, Sophie miró por la ventanilla, melancólica, pensativa… Y entonces, como siempre que tenía demasiado tiempo para pensar y nada que distrajera sus divagaciones, su mente volvió, una vez más, a Columbus.
Había crecido en una casa de dos plantas en el lado equivocado de la ciudad. Su madre, Diane, trabajaba como cajera en un Kroger. Su padre, Jack, era mecánico en un taller que olía a aceite quemado y a cigarrillos baratos.
Durante años, todo había sido normal. O eso creía Sophie porque no conocía otra cosa. Cenas en silencio. Su madre siempre cansada. Su padre más cansado todavía. La tele encendida siempre, llenando el vacío. Una sensación constante de tristeza, de agotamiento, de algo podrido bajo la superficie.
Tenía escasos recuerdos —por no decir ninguno— de su infancia, de su vida de niña. No tenía muchas amigas, y ya no era capaz de recordar a ninguna de las niñas con las que iba al colegio. Era como si hubiera borrado todos los datos de su memoria hasta la adolescencia.
Pero cuando Sophie cumplió catorce años, algo estalló.
Quizá las peleas siempre hubieran estado ahí, enterradas bajo capas de silencio, rutina y fatiga, pero ella las había bloqueado. O quizá sus padres se habían contenido mientras ella era pequeña, guardando la tormenta para después. Nunca lo supo con certeza.