El secreto de Isabella 6 #3
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Mark estaba rodeado frente al cuadro Vida —la obra de la madre alimentando a su hijo—, respondiendo con paciencia a una crítica de ARTnews, mientras un coleccionista esperaba su turno copa en mano.

Claire flotaba de un grupo a otro, respondiendo preguntas, facilitando contactos, cerrando ventas elegantemente.

Isabella, desde su rol de directora, presentaba a coleccionistas importantes, asegurándose de que las copas de champán nunca estuvieran vacías y que los canapés circularan en el momento exacto.

Alrededor de las ocho de la noche, los últimos invitados comenzaron a dispersarse.

Algunos se demoraban junto a las obras, echando un último vistazo, anotando observaciones en sus libretas, intercambiando susurros sobre «La pieza del banco» o «La madre con el niño».

Otros se despedían con abrazos breves y promesas de llamadas la próxima semana, promesas que, en este mundo, rara vez eran vacías.

Los camareros recogían las últimas copas. Las bandejas vacías de canapés fueron retiradas. La música, apenas un hilo de piano desde el principio, se apagó sin que nadie lo notara.

Y en medio de ese silencio creciente, el cansancio de los protagonistas se fundía con una alegría que no necesitaba palabras.

Seis cuadros vendidos, repitió Claire para sí misma, incrédula aún.

Había sido un éxito sin precedentes. No solo por las ventas —aunque eso ya era más de lo que muchas galerías lograban en meses—, sino por la energía, la emoción, la forma en que cada mirada se había detenido, conmovida, ante las obras de Mark.

Ella lo había sabido desde el principio.

Lo había sentido en los huesos. Y ahora, al verlo hecho realidad, una satisfacción profunda, cálida, la invadió.

Lo habían conseguido. Y lo habían hecho juntos.

Cuando la galería quedó casi vacía, Claire se acercó a la cristalera de la entrada a observar cómo la nieve caía sobre la acera. Estaba cansada, pero feliz.

Fue entonces cuando Mark se acercó a ella por la espalda. Lo suficientemente cerca como para que ella sintiera su respiración en la nuca. Un escalofrío le recorrió el cuerpo entero.

Nunca olvidaría esa sensación. Hacía años que no la sentía.

Su piel se erizó, dejándola expuesta, vulnerable. Había olvidado que su cuerpo aún podía responder así.

—Gracias —dijo, susurrándole al oído—. Por todo esto, y por creer en mí. Ha sido perfecto.

Ella se volvió hacia él, sonriendo con calidez, llena de satisfacción.

—Ha sido un éxito Mark. Yo no he hecho nada. Esto es todo obra tuya. Yo solo he puesto el lugar y las luces. El talento que brilla en las paredes es tuyo —contestó apoyando la mano en su pecho, apenas a unos centímetros de su boca.

Mark guardó silencio un instante, sin dejar de mirarla. Luego, con una timidez que no le era habitual, añadió:

—Me encantaría que cenaras conmigo en la víspera de Navidad. Que la pasáramos juntos.

Claire lo miró. Vio la emoción en sus ojos, la vulnerabilidad bajo su calma. Y por un segundo, imaginó esa cena: velas, vino, conversaciones que no terminarían nunca.

Pero de repente, volvió a la realidad y recordó que había quedado con Alex ese día.

—Agradezco mucho la invitación, Mark —dijo, con suavidad—. Pero… ya tengo un compromiso. Le dije a Alex que pasaría con él esa noche.

Y según salían esas palabras de su boca, iba sintiendo lo vacías que estaban.

Él asintió. No hubo reproche, solo una leve sombra de decepción.

—Claro, lo entiendo —dijo sin separarse un centímetro de su cuerpo.

Un silencio breve.

Ninguno de los dos quería romperlo.

Finalmente, fue Claire quien bajó la mirada y murmuró una excusa: tenía que encontrar a Isabella para cerrar la galería.

Se alejó antes de que él pudiera responder. Antes de que su cuerpo traicionara sus palabras.

Cuando se disponían a cerrar la galería y los hombres ya las esperaban fuera, Claire se acercó a sus amigas y bajó la voz.

—Mark me ha invitado a cenar en la víspera de Navidad.

Isabella dejó escapar una carcajada de triunfo.

—Lo sabía. No hay más que ver cómo te mira. Está enamorándose de ti, Claire. Es maravilloso.

Estaba francamente emocionada ante esa situación. Sophie también sonreía de oreja a oreja.

—Ay, qué ilusión —apuntó Sophie—. ¿Y qué le has dicho?

Claire suspiró.

—Pues que ceno con Alex. He quedado con él esa noche —respondió Claire, encogiéndose de hombros.

Las dos la miraron como si acabara de decir la mayor tontería del mundo.

—Pero si Alex es un pasatiempo para ti, Claire —respondió Isabella—. ¿Tú sientes algo por Mark?

Después de unos segundos de silencio que parecieron horas, respondió:

—¡Sí! Creo que me estoy enamorando de él. Hacía años que no sentía algo así por un hombre. Se me eriza la piel cuando lo siento cerca. No lo puedo evitar.

—Pues entonces no pierdas la oportunidad de ser feliz con alguien, Claire. Alguien de verdad, no un entretenimiento —añadió Isabella.

Sophie asintió, emocionada.

—Isabella tiene razón, Claire.

Ella parpadeó rápido. Había algo húmedo en sus ojos que se negaba a dejar salir.

—¿Y si lo estropeo? ¿Y si no soy capaz de…?

—De qué —la interrumpió Sophie—. ¿De ser feliz? ¿De permitirte sentir algo real por primera vez en años?

Claire tragó saliva.

—Tengo miedo.

—Lo sé —dijo Isabella, apretándole el brazo con cariño—. Pero a veces el miedo es la señal de que vale la pena.

Sophie se acercó y abrazó a Claire por el otro lado.

—Cancela la cita con Alex. Y ve a cenar con Mark.

Claire cerró los ojos. Sintió el peso de las palabras de sus amigas. El peso de la verdad.

—Tenéis razón, chicas. Gracias.

Isabella y Sophie gritaron bajito, emocionadas, abrazándola las dos a la vez.

—Pero si sale mal, necesitaré vuestros hombros para llorar.

—Trato hecho —exclamó Isabella.

Se había pasado la vida evitando sentir algo fuerte por otro hombre, por miedo a volver a sufrir. Pero ya era hora de cerrar esa herida de una vez. Ya era hora de permitirse volver a amar… y ser amada.

Desde fuera, Matthew golpeó el cristal de la puerta con los nudillos y señaló su reloj, sonriendo. Aldis estaba a su lado, con las manos en los bolsillos de su abrigo, mirando hacia su preciosa esposa en el interior de la sala. Conrad y los otros coches esperaban para partir.

Mark, que ya se había despedido de todos, estaba a punto de montarse en su vehículo cuando Claire lo detuvo llamándolo desde la entrada.

—¡Mark espera!

Él se volvió.

La vio salir corriendo de la galería con la nariz enrojecida por el frío, sin abrigo, temblando ligeramente. Fue en su busca, quitándose el suyo para ponérselo a ella sobre los hombros. Luego, con suavidad, la atrajo hacia sí.

—Te vas a congelar, Claire —dijo, preocupado—. ¿Qué ocurre?

Ella levantó la mirada, los ojos brillantes, la voz apenas un susurro:

—Cenaré contigo, Mark.

El rostro de él se iluminó de alegría. Después de semanas de miradas calladas, de gestos contenidos, de preguntas no hechas… ella había elegido quedarse un poco más. No se equivocaba al pensar que entre ellos estaba surgiendo algo demasiado bonito como para dejarlo pasar.

Había sido un día perfecto. Y esa era la guinda del pastel. En ese instante, bajo la nieve y las farolas iluminadas de Chelsea, todo pareció encajar, dando comienzo a una preciosa historia de amor.