El secreto de Isabella 6 #2
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Cuando entró por la puerta de la galería, comprobó satisfecha que todo estaba en su sitio. No había tenido lugar ningún desastre apocalíptico durante la noche que hubiera destrozado la sala entera mientras ellos dormían. Todo seguía exactamente como lo habían dejado.

Podía quedarse tranquila, volver a casa, descansar un poco y comer con calma antes de prepararse para el gran evento.

Alrededor de las tres y cuarto de la tarde, el sedán negro se detuvo frente a Eluphora Room. Conrad bajó del vehículo como hacía siempre, para abrirles la puerta.

Isabella emergió del asiento trasero envuelta en el halo de belleza que formaba parte de su persona.

Bajo su abrigo de lana camel llevaba un traje sastre de dos piezas en mostaza suave: americana entallada, pantalón recto, blusa de seda cruda.

Unos zapatos de tacón con pedrería en color nude culminaban un look perfecto, hecho indiscutiblemente para ir a juego con la belleza del lugar.

Accesorios discretos, nada de excentricidades esa noche. Había que brillar pero no eclipsar.

Matthew, con su impecable traje gris oscuro, estaba formidable y visiblemente orgulloso de su mujer y su trabajo en la galería.

Estaba deseando ver las obras del hombre del que tanto había oído hablar en los últimos meses y echar un vistazo al cuadro que había encandilado a su esposa, el que él pensaba regalarle por Navidad.

Llegaron los primeros, e instantes después, tanto Claire como Mark —como si ambos hubieran quedado para hacer su aparición a la vez— descendieron de sus respectivos transportes privados.

Él llegó unos segundos antes y bajó primero, ataviado con un traje gris más o menos de la misma tonalidad que el de Matthew, detalle que, por supuesto, no estaba dejado al azar.

Ella vestía un largo vestido verde esmeralda que descubría sus tobillos desnudos, enfundados en unos Manolo Blahnik en un tono ligeramente más claro, una fantasía para cualquier mujer que amara la moda y la elegancia. Abandonó el coche con su abrigo de lana sobre los hombros.

Una vez dentro, se lo quitó.

Fue entonces cuando Mark la vio por primera vez con ese vestido. Él, alto y sereno, con esa piel oscura que heredaba de sus raíces afroamericanas, no pudo evitar sonreír y decirle, en voz baja pero clara, con una mirada que lo expresaba todo:

—Estás deslumbrante.

Claire Reese, la eterna imperturbable, sintió el rubor subirle por el cuello sin poder hacer nada para impedirlo y agradeció el cumplido con una sonrisa.

Isabella se dio cuenta, lo que hizo que se afianzara más su sospecha de que entre ellos dos estaba surgiendo algo más que una bonita amistad.

Le parecía raro que Claire, que siempre comentaba sus conquistas de la manera más natural del mundo, por insignificantes que fueran, no hubiera comentado nada de Mark y de lo que obviamente estaba creciendo entre ellos.

Isabella sabía por qué era. Estaba enamorándose de él. Y esa sensación que la dejaba expuesta, se le escapaba de las manos y la aterrorizaba.

La galería era una oda al refinamiento, un espacio trabajado con tal maestría que cualquier adjetivo se quedaba corto ante su despliegue de buen gusto y elegancia.

Las paredes acogían los cuadros como si fueran reliquias.

En el centro, una mesa larga de madera clara sostenía canapés del tamaño perfecto: salmón ahumado con eneldo, queso brie con higo, mini tostadas de trufa…

Al lado, una torre de copas altas esperaba el champán.

Dos botellas ya descansaban en cubiteras de plata.

Detrás, junto a las oficinas, dos camareros esperaban en silencio: uniformados en blanco y negro, sin florituras, atentos y listos para recibir a los primeros invitados.

—Matthew, este es Mark Stone, el artista de esta noche —dijo Isabella, con una sonrisa que no ocultaba su orgullo—. Mark, Matthew Crawford. Mi marido.

Se estrecharon la mano. Matthew, siempre observador, y acostumbrado a tratar con las personas, notó la firmeza tranquila de Mark, la ausencia de gestos innecesarios.

—Encantado —dijo Mark—. He oído hablar mucho de usted.

—El placer es mío —respondió Matthew—. Si le parece bien, podemos tutearnos.

Mark sonrió, asintiendo.

—Isabella me ha hablado mucho de tu obra. Está claro que has calado hondo en estas dos talentosas mujeres —continuó Matthew.

—El cariño y la admiración han sido mutuos —dijo Mark—.

Me he sentido muy a gusto trabajando en Eluphora Room.

Y esto que han creado es fascinante. Estoy muy orgulloso de todo el trabajo—.

Hizo una pausa mientras señalaba a su alrededor, en un gesto que intentaba abarcarlo todo—.

A mí también me han hablado mucho de ti, Matthew.

Y, por supuesto, también conozco tu obra. Tienes un hotel maravilloso.

—¡Bueno! —rio Matthew—. Mi obra depende de un gran equipo que la hace posible. No es todo mérito propio.

—Entiendo de arte, Matthew. Y el Sterling es arte. Conozco el hotel, y cada detalle está cuidado hasta el extremo. Respira con alma propia, y eso se ve. Hay mucho amor en ese lugar.

Matthew se emocionó y enorgulleció a partes iguales al oír ese comentario y se lo agradeció profundamente.

Para él, su hotel no era solo dinero, estatus o poder.

Era ciertamente su obra, y siempre había luchado muy duro por ella, para que estuviera lo más hermosa y perfecta posible.

Le gustaba que su hotel transmitiera esas buenas sensaciones.

—Sí que hay mucho amor, Mark —asintió Matthew, con amabilidad en su voz—. Me alegra mucho que un artista como tú lo haya visto, y agradezco mucho tus bonitas palabras.

—Perdonad la intromisión —dijo Isabella, posando una mano suave en el brazo de Matthew—, pero antes de que lleguen los primeros invitados… hay algo que quiero que veas.

Sus ojos brillaban como los de una niña ante la cosa más hermosa que había visto en su vida.

Matthew reconoció esa mirada en su esposa y la acompañó gustosamente.

Ella lo condujo hasta el cuadro de los ancianos, colocado en una de las paredes más prominentes de la galería.

Estaba allí porque sabían que era una de las grandes obras.

—Es el cuadro del que me enamoré nada más verlo.

Matthew sonrió. Se quedó unos minutos en silencio, observando la obra. Después miró a su esposa y le regaló una sonrisa tierna y cómplice.

—Es un cuadro maravilloso, Isabella. Entiendo que te hayas enamorado de él nada más verlo. Es una obra exquisita. Me encanta.

Isabella afirmó con los ojos emocionados y sonrió a su marido en lo que, para ella, fue un momento precioso entre ambos.

Seguían conectados en cierto punto. Al percibir eso, se sintió bien…

y a la vez se le revolvió un poco el estómago al volver a ser invadida por ese miedo: que su conexión, a día de hoy, se quedara solo en eso.

Ella quería sentir como al principio. No solo ternura, cariño y complicidad, sino algo más: un fuego que la quemara por dentro. Esa química, ese poder universal contra el que no puedes luchar, que te amarra inexorablemente a otra persona.

La puerta se abrió y los sacó de sus respectivos pensamientos.

Sophie y Aldis entraron juntos, ella cogida del brazo de su marido, radiante en una falda evasé amarillo pastel, jersey de punto fino en crudo y cola alta de caballo que dejaba ver sus pendientes en cascada de oro rosa.

Tacones negros y abrigo oversize del mismo color, a juego con el impecable traje de Aldis, quien la ayudó a quitarse el abrigo con un gesto fluido, casi teatral.

La forma en que Aldis trataba a su mujer —con tanto amor en cada detalle— fluía de manera natural. Él vivía para ella. Y eso se veía claramente en cada gesto.

—¡Claire! —exclamó Sophie nada más verla, abrazándola—. ¡Estás deslumbrante! ¡Esto está precioso! —dijo, mirando alrededor.

—Tú sí que estás deslumbrante, cariño —respondió ella, devolviéndole el abrazo.

Claire hizo las presentaciones pertinentes. Isabella y Matthew se unieron al grupo, charlando animadamente mientras los primeros invitados comenzaban a llegar.

Coleccionistas con abrigos de cachemira deslizaban miradas evaluadoras sobre los cuadros.

Editores de Artforum y The New York Times tomaban notas en libretas de cuero.

Un empresario del arte conversaba en voz baja con un galerista europeo.

Tres influencers discretos fotografiaban sin flash, ángulos cuidados, luz perfecta.

Matthew se acercó a Claire cuando terminaba de explicarle a un coleccionista japonés el proceso de Mark con los óleos. Aprovechó el momento.

—Claire, ¿puedo hablar contigo un segundo?

—Claro —dijo ella, girándose hacia él.

Matthew asintió levemente hacia La eternidad.

—Quisiera reservar ese cuadro. Para Isabella.

Claire no dijo nada. Solo asintió, con una sonrisa de complicidad. Abrió su libreta dorada y anotó: Matthew Crawford – reserva privada – Regalo Navidad.

Se acercó al cuadro con discreción, como si ajustara un foco, y colocó el punto rojo en la esquina inferior derecha del marco. Nadie pareció notarlo. Pero los que sabían leer ese lenguaje ya habían registrado el cambio.

Minutos después, una mujer mayor con un collar de perlas se acercó a Claire.

—¿Inocencia está disponible? —preguntó refiriéndose al cuadro de los niños jugando a la pelota en la plaza de un pueblo pintoresco.

—Por ahora, sí —respondió Claire, profesional.

—Me gustaría saber un poco más acerca de la obra —comentó de manera sutil.

—Por supuesto, señora. Acompáñeme a la oficina.

Isabella observaba todo a su alrededor, asegurándose de que la sala brillara como debía hacerlo, cuando reparó en el círculo rojo sobre su cuadro predilecto.

Sintió una tristeza inmediata: estaba reservado; alguien se llevaría esa pieza que tanto la había conmovido.

Pero también sintió orgullo: las obras de Mark estaban gustando, y sabía que se venderían todas.

Matthew apareció a su lado con dos copas de champán.

—¿Todo bien, cariño?

—Sí —dijo ella, señalando el cuadro—. Alguien lo ha reservado.

Matthew bebió un sorbo, mirando la obra.

—A veces las cosas terminan donde deben, mi vida.

Isabella lo miró, sonrió… A veces Matthew la sorprendía con frases de un cariz filosófico que no esperaba… pero no sospechó nada.

A las siete y media, seis cuadros llevaban punto rojo.

La galería zumbaba con conversaciones discretas.