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El mes de diciembre era hermoso en Nueva York. Desde Acción de Gracias hasta Año Nuevo, las calles, las tiendas y los hogares se iluminaban con miles de luces de colores.
Ese año, la nieve llegó pronto, poniendo su granito de arena en la estampa navideña. Central Park brillaba bajo una capa blanca que envolvía jardines, árboles y bancos como un manto silencioso.
Las jugueterías rebosaban de gente. Los niños, de vacaciones desde mediados de mes, arrastraban a sus padres por las aceras con sus cartas para Santa Claus en las manos.
La ciudad entera parecía respirar con otro ritmo.
El árbol del Rockefeller Center se alzaba monumental, sus luces encendidas desde finales de noviembre.
A sus pies, la pista de patinaje giraba sin cesar, llena de risas y caídas torpes, mientras la gente, abrigada hasta las cejas, parecía ignorar el frío con tal de atrapar un poco de la magia que desprendía.
En Bryant Park, otra pista competía en encanto, rodeada del mercadillo navideño donde el olor a castañas asadas y vino caliente se mezclaba con el aire cortante.
La Quinta Avenida desplegaba escaparates extravagantes: maniquíes de gala, árboles de cristal, escenas de cuento que detenían a los transeúntes en mitad de la acera.
Columbus Circle brillaba con su propio mercado, y en el Radio City Music Hall, las Rockettes ensayaban sus rutinas perfectas, los calcetines rojos moviéndose al unísono como una máquina de precisión y alegría.
Nueva York en Navidad no era solo una ciudad. Era un cuento mágico.
Semanas antes, cuando el aire aún olía a hojas secas y noviembre comenzaba a enfriarse, Isabella había llamado a sus padres, que seguían viviendo en Grosse Pointe, el tranquilo barrio a las afueras de Detroit donde ella había crecido.
Se había marchado muy joven para construir una vida en Manhattan, pero jamás perdió el vínculo con ellos.
Robert, su padre, un aparejador recién jubilado, le había inculcado el valor del trabajo, la honestidad y los principios.
Eliza, que había pasado toda la vida trabajando como dependienta, era el corazón de la familia.
Sus tres hermanos también seguían viviendo allí.
Aunque solo conseguían reunirse una vez al año, hablaban varias veces por semana. Las videollamadas eran una costumbre: Josephine les enseñaba los dibujos del colegio, ellos contaban las pequeñas anécdotas del día a día y, durante un rato, la distancia parecía desaparecer.
Al otro lado de la línea estaba Robert, tan afable como siempre.
—¡Hola, papá!
—Hola, cariño. ¿Qué tal estás? ¿Y mi ángel?
—Genial todos, papi. ¿Y vosotros?
—Estupendamente, preciosa.
—Llamaba para decirte que me pone muy triste no poder ir estas Navidades a casa —hizo una minúscula pausa—. El veinte de diciembre es la inauguración de la exposición de Mark, como ya sabes, y estamos a tope. Los días posteriores serán de mucho trabajo para la galería. Me da mucha pena no ir, papi.
Para ella, su padre siempre había sido un referente fundamental. El amor que sentían el uno por el otro quedaba patente en cada palabra, en cada gesto. Hubo unos segundos de silencio que Robert rompió con toda la comprensión del mundo.
—Ya lo sé, mi amor. A mí también me da mucha pena. Pero bueno, el trabajo es el trabajo. Y si este año no podéis venir por Navidades, no pasa nada. ¡Además! Si esa exposición es la mitad de buena de lo que me has contado, vais a ser el éxito de la temporada.
—Sí, papá, lo será. Y nosotros iremos en primavera, ¿te parece? Ya se lo he dicho a Matthew, que vaya mirando los billetes. Sé que Ethan y Derek irán a cenar con vosotros en la víspera de Navidad.
Eliza apareció de la nada y le arrebató el teléfono a su marido.
—¡Hola, cariño! —respondió entusiasmada por hablar con su hija—. He escuchado que no venís por Navidades. ¡Qué pena, Isabella!
—Lo sé, mamá, pero iremos en primavera, ¿vale? Así que vete desempolvando la barbacoa.
—Vale, mi amor. Ethan y Derek vienen con sus esposas, y Marcus, como sabes, se va de viaje a Tailandia con su nueva novia.
—Sí —rio Isabella—, con Monique. Ya me ha contado que está muy ilusionado. Y que estas Navidades irán a pasarlas a la playa.
—Me hace mucha ilusión que haya encontrado a esta chica. Ya es hora de que asiente la cabeza. A ver si de esta va la vencida.
—Esperemos que sí, mamá. Bueno, te dejo, ¿vale? Os llamo luego o mañana. A ver si seguimos trabajando un poco.
—Vale, cariño. Te queremos.
—Y yo a vosotros.
Ethan y Derek, sus dos hermanos mayores, habían seguido los pasos de Robert y trabajaban como aparejadores.
Los dos estaban casados pero ninguno tenía hijos.
Marcus, dos años menor que Isabella, era un bala perdida.
Pelirrojo, de piel clara y ojos azules como ella y su madre, trabajaba como comercial para GMC en un concesionario de Warren.
Era inquieto e impulsivo, enlazando una relación sentimental tras otra sin demasiada fortuna. Era también el hermano con el que Isabella hablaba más a menudo.
Matthew tampoco había puesto muchas objeciones a no ir a casa de sus suegros por Navidad. Estaba a tope de trabajo entre el hotel de Nueva York y la futura apertura del hotel en Londres, si todo iba bien. Así que este año, quedarse en la ciudad y entregarse de pleno a sus hoteles le daba un respiro.
Josephine fue otro cantar.
La misma tarde de la llamada a sus padres, cuando Isabella llegó a casa, encontró a Matthew jugando con la niña en el salón.
Se sentó en el sofá y esperó a que Jo terminara de construir su torre de bloques.
—Cariño, ven un momento, que te queremos decir una cosa.
Josephine se acercó, curiosa. Matthew se sentó al lado de Isabella.
—¿Qué pasa, mami?
Ella respiró hondo. Sabía que la noticia la disgustaría mucho.
—Este año no vamos a poder ir a casa de los abuelos por Navidad, mi vida.
El labio inferior de Josephine empezó a temblar.
—¿No vamos a ver a los abuelos por Navidad? —sollozó la pequeña.
—No, mi amor. Este año nos quedamos aquí. Pero en primavera iremos a verlos y disfrutaremos mucho de ellos. ¿Vale? Te lo prometo —susurró mientras la abrazaba—. Podrás jugar en el jardín de la abuela, y el abuelo te llevará a ver los barcos.
Josephine se sorbía los mocos con la manga del jersey. Después de un rato llorando, asintió entre hipidos. Isabella pensaba que a los niños les encantaba ser dramáticos, es como si supieran que en ese modo, siempre consiguen algo.
No estaba equivocada.
—¿Puedo pedir algo especial para Navidad entonces?
Matthew soltó una carcajada.
—Eso depende de lo que pidas, pequeña.
Jo sonrió con picardía. Isabella intercambió una mirada con Matthew. Él se encogió de hombros, divertido.
—Le pediré a Santa un cachorrito —confirmó Jo sin titubear.
—¡Ay, Dios! —exclamó Matthew—. Un cachorrito. Era lo que nos faltaba en casa —siguió riendo—. Un cachorrito… No sé si Santa Claus puede traer animalitos, hija. Ya veremos.
Por la noche, cuando la niña descansaba plácidamente en su habitación, Isabella se sentó en el sofá y se recostó sobre su marido en actitud cariñosa.
Estaba cansada de sentir frialdad entre ellos, de ese distanciamiento que, aunque solo lo veía ella, estaba haciendo mella en la pareja.
No estaba dispuesta a tirarlo todo por la borda por sus pensamientos negativos.
—Tendremos que comprar un cachorrito, Matthew —dijo, completamente convencida pero con una voz suave y delicada.
—¿En serio? Pero ¿cómo vamos a cuidar de un cachorrito si no paramos, Isabella?
—¡Bueno! Yo me comprometo, Matthew. A enseñar a Jo a educarlo, a pasearlo y a cuidar de él.
Te lo prometo. Pero este año igual es el último que cree en la magia de Santa Claus.
Se hace mayor, y los niños cada vez crecen más rápido —hizo una pausa—.
Pensé que se le había olvidado lo del cachorro, pero se ve que no.
Ella hizo pucheros y se abrazó más a él.
—Está bien… compraré ese cachorro para vosotras. Mis pequeñas manipuladoras —suspiró.
Abrazó fuerte a su esposa y la besó con cariño en los labios. Isabella cerró los ojos durante el beso. Intentó sentir algo más que ternura. Intentó sentir el fuego que alguna vez hubo.
Pero solo sintió cariño.
Y cuando Matthew se apartó, sonriéndole con sus ojos verdes y esa boca perfecta que tantas veces la habían hecho temblar, Isabella sonrió también.
Pero en lo más hondo de su corazón volvió a sentir esa punzada de dolor: un atisbo de miedo al saber que algo estaba cambiando y que, por más que intentara taparlo, estaba inevitablemente saliendo a la superficie.
El veinte de diciembre, Claire se levantó con la sensación de no haber descansado lo suficiente. Los nervios le estaban jugando una mala pasada, y aunque siempre se ponía nerviosa antes de una exposición, en esta ocasión estaba más tensa de lo habitual.
Sabía que todo iba a salir genial, pero no era eso. Era como si esta inauguración le importara más que las demás. Como si la sintiera más suya. Algo en su interior se movía de manera distinta cuando se trataba de Mark Stone.
La nieve había empezado a caer, suave, escondiendo todo bajo su alfombra blanca.
Hacía un frío que pelaba, y Claire, aunque sabía que la gente comenzaría a llegar sobre las cuatro de la tarde, decidió ponerse ropa cómoda y abrigada y acercarse por la mañana temprano a la galería para observar una vez más que todo estaba perfecto.
Mandó un mensaje a Isabella:
Isa, me voy a Eluphora. Necesito comprobar una vez más que todo está en orden. Te quiero. Te veo esta tarde. Estoy emocionada.
Seguidamente decidió enviarle otro a Mark:
Voy a la galería a ver por millonésima vez que todo está como debe. Estoy nerviosa. Va a ser un exitazo.
Y añadió:
Ponte muy guapo.
Y lo borró al instante.
¿Demasiado cariñoso?, pensó.
¿Qué le estaba pasando? Tenía ganas de verlo, de que la besara en la mejilla como hacía normalmente cuando se veían: ese beso a modo de saludo que significa tan poco con la mayoría de las personas… y tanto con una en concreto.