El secreto de Isabella 5 #3
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Colgó los cuadros a una altura ligeramente más baja de lo habitual, como si invitaran a acercarse, a susurrar.

Encargó focos cálidos, de luz direccional, para que cada mirada en los retratos pareciera viva, cambiante según la hora del día.

Mientras, redactó la nota curatorial, que era el texto que Claire escribiría para introducir la obra de Mark al público de Eluphora Room.

Mark Stone: Almas

Mark Stone pinta lo que la vida esconde a plena vista. Una madre agotada que por un segundo olvida estarlo. Un anciano que mira a su mujer como si le quedara toda la vida por delante. Niños que todavía saborean la inocencia.

Seres que sufren, que aman, que esperan.

No son solo retratos. Son grietas. Instantes donde el alma se asoma antes de que volvamos a cerrar la puerta.

Stone no persigue la belleza. Persigue la verdad. Y la encuentra en lo cotidiano, en lo fugaz, en esos momentos que vivimos pero nunca nos detenemos a valorar.

Hay pintores que capturan rostros. Mark Stone captura almas.

Claire Reese, Curadora Senior

Eluphora Room

El contrato fue breve. Lo firmaron en su oficina de la galería, con café recién hecho y sin abogados.

—Sesenta-cuarenta en ventas, a favor de la galería —dijo Claire—. Podría pedirte setenta-treinta, que es lo habitual con artistas nuevos, pero no voy a hacerlo. Tú decides qué precio poner a cada obra. Yo solo sugiero.

Mark la miró sin decir nada. Había pasado tres años pintando en mercadillos. Sabía perfectamente cómo funcionaban las galerías y que acababa de ofrecerle un buen trato.

—¿Por qué no me pides más? —preguntó al fin.

Claire sostuvo su mirada.

—Porque creo en tu trabajo. Y porque estoy segura de que esta no será nuestra última exposición juntos.

Mark sonrió y asintió despacio. Luego firmó.

—Gracias —fue todo lo que dijo.

Ella asintió con la cabeza y se dieron un abrazo amistoso.

La galería hizo llegar las invitaciones discretas: coleccionistas habituales, críticos de confianza, un par de editores de revistas serias.

También a un puñado de voces influyentes en redes sociales, pero solo las que entendían de arte de verdad.

En Eluphora Room, la reputación se construía en voz baja, pero Claire sabía que una publicación bien trabajada podía llenar una sala en cuestión de horas.

Supervisó cada detalle con una precisión casi obsesiva.

El papel de algodón en el que se imprimieron las invitaciones.

La iluminación de cada obra, ajustada varias veces hasta que los cuadros respiraran como debían.

Las copas de cristal fino para la inauguración, la ropa de los camareros, negra y discreta.

Los canapés, elegantes pero no pretenciosos.

Incluso los atuendos: el suyo, el de Isabella, el de Mark. Todo debía estar a la altura.

A Isabella le encantaba el alma que su compañera de trabajo y amiga ponía en todo lo que hacía, le gustaba verla ir de un lado para otro dirigiendo y controlando hasta el último detalle.

Las veces que Mark estaba con ellas —que eran muchas—, le lanzaba a Isabella miradas cómplices que decían: Mírala, está eufórica.

Isabella asentía con la cabeza, siempre con su taza de café caliente entre las manos.

Mark y ella se habían caído bien desde el primer minuto. Los dos eran tranquilos, serios, más observadores que habladores. Encajaron sin esfuerzo.

Isabella se lo comentó a Claire en cuanto Mark se alejó, el mismo día que lo conoció.

—Me gusta. Has hecho una buena elección, estoy segura. Tanto él como su obra transmiten una energía tan buena como difícil de explicar.

Claire sonrió, pero no dijo nada. No hacía falta. Ella sentía lo mismo.

La primera vez que Isabella vio sus cuadros, se limitó a observarlos y dejar que las lágrimas acudieran a sus ojos.

—Hacía tiempo que no veía algo tan real, Claire, con tanta vida. No tengo palabras…

—Lo mismo pensé yo, amiga —dijo, cogiéndola por los hombros, henchida de orgullo, mientras observaban el cuadro de los ancianos enamorados—. Lo mismo pensé yo…

Todo estaba listo para la inauguración de la exposición. Habían hecho un buen trabajo y estaban orgullosos. La fecha señalada era el veinte de diciembre, una fecha estratégica que les daba margen para ultimar detalles sin pisar las fiestas grandes.

Todos habían pasado mucho tiempo juntos desde el descubrimiento de Mark hasta la fecha señalada, trabajando codo con codo, conociéndose, disfrutando, riendo, frustrándose cuando algo no salía como querían.

Como aquella mañana en que llegaron dos focos defectuosos —los únicos del modelo elegido— y Claire sintió que el montaje entero se tambaleaba.

Por un instante, todo le pareció un desastre. Su enfado crecía por momentos. Fue entonces cuando Mark, que estaba allí revisando la altura de sus cuadros, dijo con calma:

—¿Y si probamos con los de temperatura cálida que usamos en el ensayo? Al final, lo que importa es cómo ve la gente los rostros, no el modelo del foco.

Ella lo miró. Respiró. Sonrió. Y supo que tenía razón.

No era un desastre. Era solo un ajuste más.

Y sintió cómo ese hombre la complementaba como persona, pero decidió no hurgar en esos sentimientos que afloraban.

No veía a Mark como veía a Alex: alguien pasajero, alguien con quien divertirse sin ataduras.

En él veía algo más. Y eso la aterraba. Ambos sabían y sentían que algo más fuerte que ellos, estaba creciendo en su interior.

El día que dieron por terminada la preparación —con la inauguración a la vuelta de la esquina—, observaron la sala en silencio y sintieron una paz que los envolvió como una manta.

Claire cogió tres copas de la mesa del fondo y abrió una botella de Veuve Clicquot.

El champán burbujeó al llenar las copas con generosidad.

—Por esta inauguración —dijo, levantando la suya con una sonrisa—. Auguro un éxito total y rotundo. Gracias, chicos, por haber hecho todo esto posible.

Mark levantó su copa y la miró directamente.

—Gracias a ti, Claire. Por confiar en mí y en mi trabajo. No me puedo imaginar un sitio mejor que este para exponer mi obra—. Hizo una pausa y suavizando la mirada se dirigió a las dos—. Gracias, chicas, por hacer realidad un sueño. Sois increíbles.

Isabella alzó su copa, sonriendo.

—Por el éxito de Mark y de la galería. Y por esta maravilla que hemos montado juntos.

Brindaron.

Isabella observó a Mark por encima del borde de su copa. Había algo diferente en la forma en que miraba a Claire. No era la gratitud profesional de los primeros días. Era algo más cálido. Más profundo.

Claire no parecía darse cuenta. O tal vez sí, y por eso se mostraba nerviosa en su presencia y desviaba la mirada cada vez que él la sostenía demasiado tiempo.

Isabella no dijo nada en ese momento. Solo sonrió con picardía. Ya le haría un interrogatorio en toda regla a su amiga cuando estuvieran solas. Estaba segura de que ahí había algo que Claire estaba callando.

Llegó al ático pasadas las nueve. Matthew ya estaba en casa, revisando documentos en el sofá.

Josephine dormía. Madeleine había dejado la cena preparada.

La casa olía a sopa recién hecha. El ama de llaves sabía que a Isabella le encantaba la sopa caliente en invierno y siempre le tenía un plato listo para que entrara en calor antes de irse a la cama.

Le dio un beso casto en los labios a su marido, y antes de dar buena cuenta de esa sopa, subió a ver a la pequeña. Le deseó las buenas noches en silencio.

Mientras volvía a bajar por las escaleras se quitó los zapatos y los dejó caer en los peldaños. Ya los recogería al subir a la cama.

Se sirvió una copa de vino.

—¿Cómo ha ido el día, mi amor? —preguntó Matthew.

—Bien, cariño. La expo está lista. Mark es exquisito, te va a encantar toda su obra. De hecho, creo que me he enamorado de uno de sus cuadros.

—¿Cuál?

—¡Ah! Tendrás que esperar al veinte como todos —rio ella dando un sorbo a su copa—. Ese día te la enseñaré.

—Está bien... —contestó resignado mientras se echaba hacia atrás en el sofá.

Está guapísimo, se dijo… Y sonrió al pensarlo.

Pero, de repente, su gesto se tornó amargo.

Recordó a Claire y a Mark, esa mirada, las sensaciones que provoca empezar a enamorarse…

Esas sensaciones que ella ya no tenía. Luego volvió a pensar en su marido y en lo lejos que lo sentía, en el desconocido de la gala, en Conrad…

Qué fácil y qué bonito es ver el amor crecer en otros… y qué difícil, verlo marchitarse en uno mismo.