5 #2
Trabajó mucho tiempo en una firma financiera de Manhattan.
Años de hojas de cálculo, corbatas que apretaban y semanas que nunca terminaban.
Era bueno en su trabajo. Ganaba dinero. Pero cada noche, al volver a su pequeño apartamento en Bushwick, un rincón pintoresco de Brooklyn, donde el arte brotaba de las paredes agrietadas y los grafitis contaban historias que nadie se atrevía a decir en voz alta, dejaba el maletín junto a la puerta,
se quitaba la corbata…
y respiraba por primera vez en todo el día.
Entonces pintaba.
Una mujer dormida contra la ventana del metro, un hombre leyendo poesía, adolescentes riendo, ajenos al mundo… Pintaba lo que veía, lo que sentía, lo que su trabajo le negaba.
Con los años, el vacío fue creciendo. Sus relaciones amorosas fracasaban una tras otra.
A pesar de ser un hombre maravilloso, el universo no quería que ninguna de esas mujeres se quedara con él.
Y sin alguien con quien compartir la vida, ¿para qué tanto esfuerzo?
¿Para qué ganar tanto dinero si no había una familia con la que crecer y mejorar?
Pocos días después de cumplir los treinta y dos años, de vuelta a casa, vio a un hombre pintando un mural en su barrio.
Sintió una punzada de envidia sana. Pensó que ese hombre que no tenía más que unas monedas y sus pinturas, parecía inmensamente más feliz que él, con sus trajes caros y su vida como economista.
Él había tenido que celebrar su cumpleaños solo, rodeado de informes y con una copa de vino solitaria al llegar a casa.
Fue la gota que colmó el vaso. No es que no sea feliz. Es que no me siento libre.
Esa misma noche llamó a sus padres.
—Mamá, papá… —dijo cuando descolgaron el teléfono—. Voy a renunciar a mi trabajo. No soy feliz. Llevo años intentándolo, pero no soy feliz. Y no quiero seguir ni un día más sin hacer lo que amo.
Un breve silencio, cortado por la dulce voz de Emily.
—¿Estás seguro, cariño?
—Nunca he estado más seguro, mamá.
Humphrey se puso al teléfono. Su voz sonó más grave, más sensata pero con la misma suavidad:
—Es arriesgado, hijo. ¿Lo sabes, verdad?
—¡Sí! Lo sé, papá. Pero deseo intentarlo. La vida pasa muy deprisa y no me siento pleno.
Y entonces Emily, con una sonrisa que Mark no veía pero sí sentía, dijo:
—Entonces hazlo, mi amor. Tu felicidad es lo único que nos importa. Y tu talento siempre ha estado ahí, Mark. Es hora de que el mundo lo vea.
Esas palabras y saber que sus padres estaban orgullosos de él, ayudaron en la toma de decisión más importante de su vida.
Vivió tres años como nunca antes había vivido.
Sin alarmas, sin corbatas, sin reuniones eternas sobre cosas que no le importaban lo más mínimo.
Pintó todo lo que quiso. Vendió sus obras en mercadillos de Brooklyn, en esquinas soleadas donde la gente se detenía, miraba, compraba…
nadie sabía quién había sido ese hombre antes.
Nadie sabía que había tenido un buen puesto de trabajo en una importante institución financiera con mucho futuro pero que lo había dejado todo por cumplir un sueño.
Era feliz.
No ganaba mucho, pero tenía sus ahorros. Y suficiente para pagar su piso, viajar y comer. Y le alegraba ver que eso era todo lo que necesitaba.
Viajó a Roma, donde pintó a una madre amamantando a su bebé en el alféizar de una ventana con las calles doradas extendiéndose detrás.
A Florencia, donde pasó horas en los Uffizi estudiando a los maestros y luego salía a pintar en las plazas cualquier cosa que le inspirara.
Y a París, donde retrató músicos callejeros en Montmartre y grupos de amigas disfrutando de un café en una cafetería de la zona.
Tres galerías pequeñas le ofrecieron exponer. Mark rechazó las tres. No porque no quisiera. Sino porque aún no estaba listo. Necesitaba esa libertad.
A los treinta y cinco, algo cambió. Quería dar un paso más. Quizá a sus padres les hiciera ilusión ver las obras de su hijo expuestas en una galería, o a su hermana le gustara acompañarlo en su exposición. Tal vez que la gente viera sus cuadros no fuera tan mala idea, al fin y al cabo.
Había oído hablar de Eluphora Room. Una galería seria, elegante, que no convertía artistas en productos, sino que los elevaba. Tenía muy buenas referencias en el mundo del arte.
Así que cuando Claire Reese le dio su tarjeta aquel domingo en Dumbo, la sostuvo una semana entera antes de decidirse a llamar.
Hasta entonces, sus ansias de pintar en libertad le impedían sumarse de nuevo al carrusel de obligaciones, deberes y responsabilidades que acarreaban una vida profesional seria.
Pero el momento de otro cambio había llegado.
Estaba preparado para mostrar su talento natural al mundo entero.
Y qué mejor que de la mano de una de las galerías más prestigiosas de la ciudad.
Claire cogió el teléfono al segundo tono.
El lunes a las nueve y media de la mañana, estaba en Bushwick, frente a un edificio industrial de ladrillo visto que le pareció muy neoyorquino. Subió al cuarto piso sin dudar.
—Gracias por venir —dijo él al abrir la puerta.
—El placer es mío —contestó—. Estoy deseando verlo todo.
El apartamento que se abría ante sus ojos era pequeño, pero lleno de luz. Un dormitorio humilde, muy acogedor, decorado con gusto, repleto de sus propias obras. En el salón, de techos altos y ventanas hasta el suelo, todas las paredes estaban cubiertas de obras de arte.
En el centro, un caballete con un retrato a medio terminar: una mujer adinerada, abrigo de piel verde oliva, café en mano, levantando el brazo para parar un taxi.
—Perdona el desorden —dijo él, avergonzado.
Claire ni lo escuchó.
Había más de veinte retratos apoyados contra las paredes. Cada uno mejor que el anterior.
Y entonces lo vio.
Un retrato que la paralizó. Una mujer joven, sentada en el alféizar de una ventana en Roma, amamantando a su hijo, al que miraba enamorada. El bebé tenía los ojos cerrados y una mano sobre el pecho de su madre.
Era el cuadro más hermoso que Claire había visto en años. Sintió un escozor en los ojos. Parpadeó rápido, intentando contenerlo, pero él lo había notado. No dijo nada. Era un hombre prudente. Aún no se conocían y no consideró que fuera apropiado comentar una sola palabra.
—Este cuadro… es maravilloso, Mark —logró decir, apenas conteniendo la emoción.
—Gracias —respondió él—. Es uno de mis favoritos. Habla por sí solo, ¿verdad?
—Sí que lo hace —respiró profundo—. ¿Hay alguna obra que no quieras vender? —preguntó cambiando de tema.
—Hay un par de cuadros de mi familia que quiero conservar. El resto está en venta.
Claire lo miró directamente a los ojos.
—Quiero hacer una exposición individual con toda tu obra. Es… —hizo una pausa, buscando palabras que no existían—. No tengo palabras. No solo es exquisita, es conmovedora. Dime que estás disponible. Quiero ser quien muestre esta maravilla al mundo.
—Me siento muy halagado, Claire, de verdad. Estoy disponible, claro. Creo que ha llegado el momento.
—Bien —dijo ella, tomándole las manos—. Esta exposición va a ser un éxito. Espero que estés listo.
—Lo estoy.
En las semanas que siguieron a aquella mañana en Bushwick, Claire no perdió un solo día. Había que preparar una exposición y sabía que ésta sería una de las grandes. De eso no le cabía la menor duda.
Primero, volvió al apartamento de Mark con una libreta, una cámara y una lista de preguntas con las que no pretendía hacerle ninguna entrevista de trabajo, sino conocer al hombre que se escondía tras esas obras de arte.
Las preguntas salían a borbotones de su boca, sin que pudiera pararlas. Estaba francamente emocionada. ¿Pintas siempre de memoria? ¿Usas fotos? ¿Qué te dice un rostro antes de que empieces a dibujarlo?
Él respondía con mucha calma, y eso poco a poco iba haciendo que Claire se relajara y se pusiera al ritmo de su voz.
Le hacía gracia la forma de ser de la mujer que tenía delante.
Le parecía divertida, elocuente y alocada.
Qué energía tiene esta mujer, se dijo a sí mismo, y una sonrisa se le dibujó en los labios mientras ella seguía formulando preguntas sin parar.
Mientras hablaban, Claire lo miraba todo. No solo los cuadros, sino cómo él los tocaba, dónde los guardaba, qué dejaba a la vista y qué escondía bajo la cama. Sabía que un artista se revela tanto en lo que muestra como en lo que protege. Y en este artista vio algo especial desde el primer momento.
A la tercera visita, no solo conocía más de la vida de ese hombre misterioso que había dejado todo por cumplir un sueño, sino que sentía por él una admiración profunda.
La historia que Mark le había contado —breve, sin adornos— le parecía de lo más poética e inspiradora. Y poco a poco, él se iba dejando descubrir de manera sencilla y natural: sin esconder nada, sin miedo a ser visto.
¿Estaba empezando a sentir algo más que admiración? En algunos momentos se sorprendía a sí misma teniendo esos pensamientos… y los apartaba de un plumazo. ¡No! Esto es trabajo, Claire, se reprendía de inmediato.
—El cuadro de los ancianos es el que me habló en Dumbo, ese lo quiero —hizo una pequeña pausa, deliberando con la mano en la barbilla—. El de los niños jugando a la pelota en la plaza lo quiero también, es exquisito —otra pausa—. El de la mujer amamantando a su niño, será el principal. Es perfecto.
Mark asentía. No discutió. Confió. Y sabía que el cuadro de la madre significaba algo para ella, aunque no supiera con exactitud qué. Intuía que aquella mujer aparentemente tan fuerte y segura de sí misma escondía algo que le había roto el corazón años atrás.
Claire observaba en la galería las fotografías que llevaba días realizando de las obras de Mark y la idea de que ese hombre sabía retratar las almas de las personas a las que dibujaba rondaba constantemente su cabeza.
Era capaz de verlas. Así se llamaría la exposición: Almas será el nombre de la expo.
Es perfecto. Con ese pensamiento siguió trabajando sin cesar.
Durante semanas, trabajó en la sala vacía.
Probó diferentes tonalidades en las paredes con la idea de dar con el color perfecto que no compitiera con las obras, sino que las abrazara, dejando finalmente el beige que solía bañarlas habitualmente.