El secreto de Isabella 5
13%

5

Tres meses y medio antes de la gran exposición, un domingo de principios de septiembre, caluroso y soleado, alrededor de las diez y cuarto de la mañana, Claire caminaba hacia The Artists pescadores esperando a que algún pez picara; niños jugando a la pelota,

ajenos a todo…

Claire se detuvo y observó toda la obra expuesta con detenimiento. Había algo en esos cuadros que era muy difícil de explicar. El realismo y la belleza que transmitían eran tan potentes que Claire se detuvo frente a ellos y observó fijamente uno en particular.

La escena mostraba a dos ancianos cogidos de la mano, sentados en un banco de Central Park, en primavera o verano, dedujo ella por el sol y las flores.

Se miraban a los ojos con un amor y una ternura que no necesitaban palabras.

En sus miradas había algo más: la certeza silenciosa de que el final del viaje estaba cerca.

Y aun así, sus rostros irradiaban felicidad, paz, la quietud de quienes han compartido una vida entera y saben que caminarán juntos hasta el último paso.

A Claire se le encogió el pecho. Ella no creía en el amor para siempre; pensaba que era un invento hollywoodiense, una ilusión.

Pero al ver ese cuadro, sintió algo que no pasó desapercibido: una chispa de esperanza, tenue pero real, en lo más hondo de su corazón.

—Son verdaderamente magníficos —dijo—. Éste de los ancianos cogiéndose de la mano es sencillamente sublime. ¿Tienes más?

El hombre asintió.

—Muchos más. Y muchas gracias por sus palabras.

Ella sonrió. Estaba segura de haber encontrado al próximo expositor de la galería. Le tendió la mano.

—Me llamo Claire Reese. Soy la curadora senior de la galería Eluphora Room, en Chelsea. No sé si has oído hablar de ella.

—Claro que sí. Todo el mundo por aquí ha oído hablar de ella —dijo devolviéndole el saludo.

—Me gustaría mucho poder ver más de tu trabajo, si es posible —añadió con un guiño.

Había algo en su calma que llamó la atención de Claire. No parecía nervioso, ni emocionado, pero tampoco indiferente. Solo centrado. Como si ya hubiera aceptado que las cosas buenas llegarían cuando tuvieran que llegar.

—Mark Stone. Encantado de conocerla, Claire Reese —continuó él.

—Lo mismo digo. ¿Nos tuteamos?

Rebuscó en su bolso de piel vintage y sacó una tarjeta blanca con las letras de la galería en dorado.

—Detrás está la dirección y mi teléfono. Llámame cuando quieras —hizo una pausa, apenas perceptible—. Si ya conoces nuestra galería no tengo que contarte nada sobre ella. Nuestra reputación nos precede. Espero tu llamada, Mark.

—Déjame pensarlo, Claire. Reitero mi agradecimiento por haberte fijado en mi obra.

—Quién no lo haría… —admitió ella finalmente—. ¿Alguna galería se ha interesado antes por tu trabajo? —preguntó.

—Sí —respondió—. Tres galerías de la ciudad quisieron ver mi obra. Pero no era el momento —añadió cortésmente.

—Quizá ahora sí lo sea —concluyó ella.

Después de echarle un último vistazo a la obra expuesta, se marchó a su casa convencida de que Mark la llamaría esa misma semana. Por la tarde, ya tranquila en el sofá de su loft con una copa de vino tinto en la mano, escribió un mensaje a Isabella:

Hoy por la mañana he ido a Dumbo y tengo al próximo expositor de la galería. Un pintor guapísimo, de unos 35, con unas obras realistas que son pura magia. Estoy segura de que me llamará esta semana. Te va a encantar.

Isabella recibió el mensaje justo cuando los tres estaban viendo El Rey León de Disney, con un bol inmenso de palomitas y zumos caseros frescos en la mesa baja del salón.

—Claire ya tiene al próximo artista de la galería —dijo, sonriendo mientras miraba el teléfono.

—Esa mujer es grandiosa en su trabajo —respondió Matthew—. Seguro que será un bombazo, cariño.

—Mamá… —interrumpió Josephine, señalando la pantalla—. Simba es precioso. Quiero un cachorrito león, mami.

Acto seguido, hizo pucheros: el labio tembloroso, los ojos muy abiertos, toda la cara rogando sin palabras. Con esos pucheros, Jo tenía a su madre en el bolsillo.

—Cariño, no podemos tener un cachorrito de león en casa. Los leones son animales salvajes que viven en libertad y cuando crecen son gigantes —razonó Isabella entre risas.

—Bueno, pues entonces un cachorrito perro. Ese sí puede estar en una casa —apuntó la pequeña.

—Bueno… ya veremos, ¿vale? Venga, sigamos con la peli. Es una de mis favoritas —añadió Isabella intentando eludir ese tema de conversación.

Un perro era una responsabilidad enorme, y no estaba segura de que estuvieran preparados para asumirla como se merecía.

Durante la semana siguiente, Claire estuvo esperando la llamada de Mark. Le contó a Isabella lo que vio en aquel stand del mercadillo de Dumbo, y en sus ojos, en el modo en que hablaba, había una emoción inocente, admiraba francamente el trabajo de ese hombre.

—Es que había algo en esos cuadros, Isa… algo que no puedo explicar con palabras. Tienes que verlos.

Isabella la miró con cariño.

—Pero si no llama, quizá es que no quiere exponer a gran escala. No todo el mundo sueña con ser un artista famoso. A lo mejor es un tipo bohemio, feliz con su vida, exponiendo sus cuadros en mercadillos.

Hizo una pausa al ver la cara de tristeza que ponía Claire.

—Quiero decir, cariño… si no llama, no te vengas abajo. Encontraremos a otro. ¿Vale?

Claire negó con la cabeza, impaciente.

—Llamará. Tiene que llamar. Esas obras no pueden quedarse escondidas. Son demasiado buenas.

El viernes por la tarde, justo cuando las tres amigas salían del gimnasio, Claire recibió la llamada que llevaba esperando toda la semana. Era Mark Stone.

Isabella no iba tan desencaminada en sus predicciones.

Lo que no sabía era que, tres años atrás, Mark Stone había dejado un trabajo seguro en Wall Street para pintar en los mercadillos de Brooklyn…

y que, desde entonces, había preferido mantenerse al margen de galerías y contratos, como si el arte solo pudiera respirar en la libertad del anonimato.

Mark había llegado a la familia Stone cuando apenas tenía cuatro meses.

Emily y Humphrey llevaban años intentando tener hijos: médicos, tratamientos, oraciones en silencio.

Hasta que aceptaron que su familia se construiría de otra manera.

Así llegó Mark: un bebé de piel oscura, pelo ensortijado del color del azabache y ojos enormes de color miel que llenó cada rincón de aquella casa con una luz propia.

Tres años después, cuando ya nadie lo esperaba, Emily descubrió que estaba embarazada.

Jodie nació en primavera, pequeña y rubia, tan distinta a Mark físicamente como idéntica en el amor que recibió.

Jamás Emily o Humphrey mostraron diferencia entre ellos.

Ambos eran suyos desde el primer abrazo.

Desde que Mark tuvo edad para sostener un lápiz, pintó.

En las paredes del sótano —que Emily convirtió en su galería personal—, en los márgenes de sus cuadernos, en servilletas durante las cenas.

Pintaba a Jodie jugando en el jardín, a su madre con el delantal manchado de harina, a su padre leyendo en la mecedora del porche.

Emily lo alentaba: acuarelas, clases extraescolares.

Humphrey, más práctico, decía: Está muy bien, hijo. Pero asegúrate de sacar buenas notas.

Y Mark las sacaba. En todo. Porque quería hacerlos felices, quería que se sintieran orgullosos de él. Pero en el fondo, solo quería pintar.

Al terminar el colegio, llegó la universidad.

Sabía lo que se esperaba de él. Estudió Finanzas en la University of Connecticut, el estado donde vivían.

Buenas notas, pasantías, currículum impecable.

Pero seguía pintando: en los libros, en los apuntes, en sus cuadernos…

Una chica mordisqueando un bolígrafo en la biblioteca, su compañero de habitación en el colegio mayor tumbado en la cama escuchando música, alguna muchacha que le gustaba desayunando en la cafetería…

Tras graduarse, y después de meditar mucho acerca del tema, tanto con su familia como consigo mismo, decidió irse a Nueva York, para encontrar un buen trabajo en el sector financiero. Wall Street era la cuna de las finanzas después de todo.

Y lo encontró.