El secreto de Isabella 4 #2
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Isabella sintió pena por su amiga. Pero alivio por ver que no era la única que había perdido las ganas de hacer el amor con su marido.

—Es normal, Sophie. Yo estoy pasando por una fase un poco parecida. Hace tiempo que no deseo a Matthew —dijo por primera vez en alto—. No le busco, le rehúyo de hecho. Y la verdad es que no lo entiendo. Es un hombre tan atractivo… que no sé por qué me está pasando esto. ¡Es una mierda! —protestó.

—¡Madre mía, Isa!, si yo tuviera a tu marido en casa me lo estaría comiendo con patatas a todas horas —le dijo Sophie poniendo su mano sobre la de su amiga—.

Pero te entiendo. Me imagino que todas las personas nos cansamos en algún momento de lo que tenemos.

Aunque sea un Dios griego —dijo suspirando de nuevo.

Claire puso la nota discordante.

—¡Bueno! Al menos tenéis a alguien que os cuida cuando os ponéis enfermas. Yo tengo que arrastrarme a por los pañuelos de papel como un gusano por la casa, porque no tengo a nadie que me los acerque.

Las tres rieron de nuevo.

—El otro día le repetí de nuevo a Aldis que se fuera al peluquero a arreglar ese desaguisado que lleva en la cabeza y ¡nada! Es que no hace nada por resultarme más atractivo. Sí que es verdad que me cuida y me idolatra, pero físicamente está cada vez peor.

—¡Dios mío, sí! Lo de la cortinilla. Eso tienes que arreglarlo —dijo Claire.

—Tú también te has dado cuenta, ¿no?

—Bueno, a ver, no es para tanto —Claire intentó arreglarlo aunque sabía que se había dado cuenta ella y todo Nueva York—.

Pero creo que estaría mejor si asumiera ese punto, sí.

¡Mira! Igual puede ir con mi cirujano a ponerse pelo—.

Y soltó esa risa suya, rápida y sin filtro, que siempre terminaba contagiando a las demás.

Las tres se quedaron sin aire, riendo como adolescentes.

—Vale, basta de hombres calvos —dijo Claire, llevándose los dedos a los ojos para limpiarse las pequeñas lágrimas de risa—. Contadme algo bonito. ¿Cómo están los niños?

—Buff, ni me hables —continuó Sophie—. Thomas es un desastre: no se quiere duchar, no estudia, la semana pasada la directora me llamó porque se peleó… Y encima me contesta fatal.

—Será la edad, mujer… —murmuró Isabella.

—A veces me siento la peor madre del mundo —susurró ella, con los ojos brillantes.

—No lo eres —dijo Claire—. Eres humana. Y lo estás haciendo lo mejor que puedes.

Sophie le devolvió una sonrisa, débil pero sincera y las cogió de las manos.

—Gracias, chicas. No sé qué haría sin vosotras.

Se miraron. No hicieron falta palabras; lo que sentían estaba implícito.

Hubo un silencio cómodo mientras el camarero retiraba los platos de los entrantes y traía los principales.

—Yo me siento fatal conmigo misma —prosiguió Isabella, sintiendo cómo las palabras salían sin freno—.

Me he descubierto babeando por el primero que se cruza en mi camino.

Eso no me había pasado nunca. Nunca me había fijado en otros hombres.

Pero ahora... Hasta el chófer me gusta, cuando no me había fijado en él en la vida.

Claire asintió lentamente.

—Es normal, Isa. Tu chófer está buenísimo.

—Sí que lo está, la verdad —rio Isabella—. Y no tiene novia. Me lo ha dicho hoy de camino.

—Mmm..., pues igual le tiro los tejos.

—Ni se te ocurra —dijo Isabella, entre risas, tapándose la cara con la servilleta como si ya imaginara el desastre.

—Bueno, bueno. Me mantengo alejada, vale —bromeó Claire.

—¿Es normal que un desconocido con el que tropecé en la fiesta del hotel, un tío al que no conozco de nada y que igual es un capullo, me haya hecho sentir más química que mi propio marido en los últimos meses?

Sophie se quedó boquiabierta.

—¿Qué desconocido? —preguntó.

Ella les contó el choque en la fiesta, lo guapísimo que era, la mancha en el vestido que al final no había sido nada, la mirada, las palabras, la química… Cómo se había quedado pensando en él después, cómo se había sentido viva por primera vez en mucho tiempo.

Sophie se quedó callada unos segundos. Miraba su plato, jugando con la comida.

Isabella sabía lo que estaba pensando: Dios da pan a quien no tiene hambre.

Sophie daría lo que fuera por estar en su lugar, por tener un marido como Matthew, por poder desearlo cada día.

Y en cambio, tenía que obligarse a hacer el amor con Aldis, un hombre que no le gustaba, solo para no separarse y poner su vida patas arriba.

—No os sintáis mal —añadió Claire—. Solo de pensar en estar con el mismo tío toda la vida me muero. Es normal que os canséis, que necesitéis... no sé, algo nuevo, algo diferente. Eso no os convierte en malas personas. Os convierte en personas normales —zanjó.

Siguieron comiendo, charlando y riendo.

Claire contó otra anécdota sobre Alex, Sophie se quejó un poco más de Aldis y su obvia calvicie, Isabella y Claire hablaron de la próxima exposición en la galería, con la que estaban muy emocionadas —sobre todo Claire, que había sido la artífice del descubrimiento del artista cuyo trabajo,

ambas lo sabían, elevaría aún más el prestigio de Eluphora Room.

Cuando terminaron de cenar, pidieron una porción de tarta casera para compartir. Se la comieron entre las tres, robándose cucharadas las unas a las otras, riendo como niñas. Decidieron alargar un poco más la velada tomando un par de copas en un local cercano.

Esa noche, las tres bailaron como locas, sudando a pesar del frío del exterior, conversando con hombres que se les acercaban a curiosear.

Claire solía sentirse viva muy a menudo. Pero esa noche, tanto Isabella como Sophie se sintieron tan a gusto, tan desinhibidas y tan felices que, por unas horas, volvieron a ser las mujeres que eran cuando se conocieron: libres, sin dudas que enfrentar, sin miedos.

Las tres se fueron a sus respectivas casas deseando que llegara pronto el siguiente viernes.

Cuando llegó a casa, Matthew ya estaba durmiendo. Ella lo agradeció en silencio.

Se desmaquilló, se puso el pijama y se metió en la cama a su lado.

Él ni siquiera se movió.

Se quedó mirando el techo, con el cuerpo aún caliente de risas y música.

Observó al hombre que descansaba a su lado, tranquilo, ajeno a lo que pasaba por su cabeza, y pensó que tenía todo lo que una mujer podía desear, y aun así, no conseguía sentirse plenamente feliz.

Se quedó un buen rato pensando en el desconocido de la fiesta del hotel, en si volvería a verlo, en si sus caminos volverían a cruzarse en algún momento.

Mil preguntas pasaron por su cabeza mientras se acomodaba en las mullidas almohadas y se enroscaba en las sábanas, pero una en concreto era la que la perturbaba: ¿Si lo tengo absolutamente todo? ¿Por qué no es suficiente?