El secreto de Isabella 4
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El viernes noche estaba reservado para las chicas. Mínimo dos viernes al mes estaba pactado entre ellas reunirse para cenar en algún sitio de moda, normalmente elegido por Claire, que era a la que no se le escapaba ninguno.

Isabella se preparaba en su zona de confort cuando Matthew subió a verla. Estaba realmente guapo con ese pijama de pantalón gris y camiseta blanca.

—Hola, cariño —susurró—. Cada día estás más guapa, no sé cómo lo haces.

—Anda calla, si me veo viejísima —contestó ella, con una sonrisa que delataba la ironía de sus palabras.

Matthew estaba cariñoso; era más que evidente que buscaba que su mujer le prestara un poco de atención.

—Hace mucho que no hacemos el amor. Te echo de menos —espetó sin más.

—Tienes razón. Estamos a tope con los trabajos y ya no sacamos tiempo para nosotros —mintió ella.

Sabía que Matthew era el hombre perfecto.

—Pues tendremos que ponerle remedio, ¿no crees? —insistió él.

—Claro que sí, cariño —y le acarició el rostro con ternura.

—Pásalo bien con las chicas —dijo aceptando la caricia—. Dale recuerdos a Claire y Sophie de mi parte.

—Lo haré.

Mientras lo veía alejarse, no pudo evitar recordar su historia de superación. Admiraba profundamente al hombre en el que se había convertido aquel niño de once años que perdió a sus padres en una carretera helada de Trinity, en la costa de Canadá.

A veces, Isabella cerraba los ojos e imaginaba el pueblo natal de su marido —un lugar de casas de colores suaves que olía a sal y madera mojada—, y se preguntaba cómo ese niño solo y roto había logrado convertirse en el gigante que tenía delante.

Matthew no tenía hermanos con los que compartir ese dolor, nadie que entendiera lo que era quedarse huérfano de un día para otro.

El niño que había crecido feliz en Trinity desapareció para siempre, y en su lugar quedó un Matthew más serio, más callado, más consciente de que la vida podía arrebatártelo todo sin previo aviso.

Recordaba con cariño la historia de la tía Chloe, la única hermana de su padre, que vivía en Nueva York.

Era su única familia. Ella viajó a Canadá, recogió a ese muchacho roto al que apenas conocía y se lo llevó a Estados Unidos con ella.

Lo crió como si fuera suyo, lo escolarizó, le inculcó el valor del trabajo duro y la idea de que uno construye su propio destino.

Chloe era dueña de un pequeño Bed & Breakfast boutique en West Village, y allí Matthew aprendió que la hospitalidad no era solo un negocio, sino una forma de crear hogares temporales para gente que buscaba refugio.

Estudió Dirección de Empresas en NYU con beca, se graduó con honores y empezó a trabajar en el sector inmobiliario. Ahorró cada centavo que ganó. Hizo contactos. Aprendió todos los entresijos del oficio.

A la edad de veinticuatro años, su tía enfermó de gravedad y falleció a los pocos meses. No se pudo hacer nada para salvarla. Otra pérdida devastadora. La única familia que le quedaba, la mujer que lo había salvado cuando todo se derrumbó, se fue también.

Pero Chloe le había dejado todo lo que poseía.

Matthew vendió el Bed & Breakfast —que con los años se había revalorizado enormemente— y también el piso que su tía tenía en Manhattan. A eso sumó la herencia de sus padres, que había guardado intacta durante años.

Con todo eso, más un préstamo bancario, hizo por fin lo que llevaba años soñando: compró su primer hotel.

Lo renombró The Sterling Hotel, en honor a la plata pura que su padre solía decir que brillaba en el mar de Trinity al atardecer. Y durante años, con esfuerzo, sudor y lágrimas, lo convirtió en una joya en el corazón de Manhattan.

Isabella terminó de vestirse sumergida en los recuerdos: vaqueros oscuros, cinturón de piel negra, un jersey fino de color crema y unas botas negras con tacón kitten. Se dejó la melena suelta, se aplicó rímel y brillo labial. Cogió su abrigo camel y su bolso favorito de Chanel.

Como Conrad no tenía que llevar a Matthew a ningún lado, la esperaba abajo para acercarla al restaurante.

Últimamente Isabella había empezado a hablar con él durante los trayectos, algo que antes nunca hacía. No sabía muy bien por qué lo hacía ahora.

—Vamos a Thai Villa esta noche —comentó mientras entraba en la parte trasera del vehículo—. ¿Lo conoces, Conrad?

Él se sentó en el asiento del piloto y la miró por el retrovisor, sorprendido.

—No, señora. Nunca he estado.

—Yo tampoco. ¡Bueno!, pues ya te contaré qué tal está, por si quieres llevar a tu novia algún día.

—No tengo novia, señora Crawford.

—¡Ah! Bueno, pues para cuando la tengas —dijo Isabella—. Para un hombre como tú no debe de ser complicado conocer mujeres interesantes.

Conrad sintió un vuelco en el pecho. Qué tontería, se dijo, pero el calor ya le había subido al rostro. Se sentía halagado, eso era innegable.

—Bueno… digamos que no me preocupa eso ahora —contestó, eligiendo las palabras con cuidado—. Estoy bien así, señora Crawford. Y supongo que eso hace que no me esfuerce demasiado por conocer a ninguna mujer.

—Será eso entonces —concluyó ella al llegar.

El coche se detuvo. Conrad bajó para abrirle la puerta, como hacía siempre.

—La recogeré cuando me avise.

—No te preocupes, Conrad. Será tarde. Volveré a casa en coche privado. Descansa.

—Como usted quiera, señora. Que disfrute mucho de su noche.

—Gracias. Muy amable.

Conrad la vio alejarse.

Arrancó el coche de vuelta al ático sintiendo cosas que un chófer no debería sentir por la esposa de su jefe.

Thai Villa era un restaurante pequeño en Flatiron, elegante y discreto, con un aroma constante a lima y jengibre. Las chicas ya estaban sentadas en una mesa del fondo. Claire reía con una copa de vino tinto en la mano, ajena al resto del mundo como de costumbre.

Llevaba un vestido de punto negro, entallado a la perfección, con un pronunciado escote en la espalda y unos tacones de vértigo del mismo tono que asomaban sutilmente bajo la mesa.

Sophie, a su lado, impecable como de costumbre, con su indumentaria a juego hasta el último detalle: falda lápiz granate, blusa de seda blanco roto y tacones nude. Los pendientes marcaban la nota de luz esta vez, cayendo en cascada llenos de brillos sobre sus hombros sin llegar a rozarlos.

—¡Hola, chicas! —saludó efusivamente cuando se acercó a sus amigas.

—¡Isa! —respondieron al unísono, entusiasmadas.

Las cenas de los viernes eran sagradas para ellas. Hablaban de cómo les había ido la semana, a quiénes habían conocido, qué tal el trabajo, sus parejas, sus hijos… Se reían, a veces lloraban y se escuchaban las unas a las otras, cada una con su estilo de vida, sus sueños y sus anhelos.

—Este sitio es precioso —dijo Isabella, mirando alrededor.

—¿Verdad? Lo descubrí hace un par de meses —añadió entusiasmada—. La comida está espectacular.

Un camarero se acercó y les trajo la carta. Pidieron una botella de vino blanco para acompañar la comida, frío y seco. Cuando llegó, Claire levantó su copa y propuso un brindis.

—Por nosotras. Por seguir así de guapas, de felices y por estas cenas de los viernes.

Isabella y Sophie levantaron sus copas de vino blanco y brindaron con ella.

—Por nosotras —repitieron juntas.

Claire se inclinó hacia adelante dispuesta a comenzar con la primera conversación de la noche.

—Bueno, chicas —dijo—. La persona de la que os hablé el otro día en la fiesta de Matthew es un cirujano. Lo conocí de la manera más tonta que se puede conocer a alguien.

Las chicas ya se disponían a escuchar y no perderse detalle.

—Estaba en el hospital para ver al ginecólogo y, como tardaba tantísimo, fui a sacar un Kit Kat de la máquina —tomó un sorbo de su copa y siguió—: Y la maldita máquina se tragó mi dinero.

¡Dos veces! —dijo, usando los dedos de la mano para dar más énfasis—.

Yo quería mi barrita de chocolate, así que empecé a darle unos meneos a la máquina.

Cuando, cuál sería mi sorpresa, aparece por detrás un hombre que me quiere prestar su ayuda.

Así de buenas a primeras no me pareció nada del otro mundo.

No es mi tipo, vaya. ¡Pero claro! En cuanto dijo que él tomaba chocolate antes de operar, ya me mostré más interesada —prosiguió encogiéndose de hombros.

Isabella y Sophie intercambiaron una mirada cómplice, sonriendo. Conocían esa faceta de Claire desde siempre. Le gustaba la gente con buena posición social y económica.

—Madre mía, Claire, a mí no me pasan estas cosas —dijo Sophie con cara de angustia—. Podrías escribir una novela.

—¡Déjate!, que igual me lo pienso. ¡Bueno! La cuestión es que ahora me parece muy mono, la verdad. En la cama no es muy allá pero se esfuerza por satisfacerme.

Hablaba como una cotorra mientras sus dos amigas la escuchaban atentamente, embelesadas con la manera de hablar de Claire y con sus anécdotas. Ellas, como ya la conocían, no juzgaban nada, solo se divertían con sus relatos y se reían a carcajadas.

—¿Y cómo se llama ese cirujano tan generoso? —preguntó Isabella.

—Se llama Alex. Y tiene cuarenta y nueve años. Un poco mayor para mí, ¿verdad?

—Bueno, depende por dónde lo mires. Los hombres mayores son muy interesantes —aportó Sophie.

—Nada, da igual por dónde lo mires. Es bajito para mí, mayor y le quedan pocos días de pelo, pero bueno, me lleva a sitios geniales y me lo paso muy bien con él.

Sophie dejó el tenedor en la mesa y suspiró.

—Yo no tengo historias tan emocionantes que contar. Mi vida es un rollazo.

Isabella y Claire la miraron.

—Tu vida no es un rollo, cariño. ¿Todo bien? —preguntó Claire poniendo su mano sobre la de ella.

—Sí, todo bien. Solo... cansada —dijo Sophie—.

Cansada de todo, la verdad —paró un segundo, miró a las chicas y continuó—.

De Aldis, de los niños, de mi vida en general —dijo como si hubiera estado conteniendo esas palabras durante semanas—.

Apenas salgo de casa salvo para ir al gimnasio, a estas cenas y a los colegios de los niños.

Y a él le quiero pero ya no me apetece ni que me toque, no quiero tener sexo con él, me da hasta grima.

¿Es normal eso, chicas? —preguntó agachando la cabeza, visiblemente compungida e incluso avergonzada.