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¿Qué esperabas de un crío de diecisiete años, Claire?
—La miró fijamente a los ojos—. Sois unos insensatos, los dos —zanjó de forma inapelable—.
Abortar es asesinar —prosiguió su padre con una voz fría como el hielo—.
Somos cristianos, Claire. Sabes lo que pensamos sobre esto.
Es quitarle la vida a un ser inocente. No vas a hacer eso.
Claire sintió que el suelo se abría bajo sus pies y se la tragaba de un bocado.
—Pero papá…
—No hay peros —dijo su madre, con los ojos llenos de lágrimas—. No me puedo creer que esté pasando esto, Claire.
En ese momento, esa pobre mujer no daba crédito a lo que estaba viviendo. Tampoco sabía cómo manejar una situación así.
—Si decides tenerlo te ayudaremos —dijo—. Aunque ser madre a tu edad es una locura. Tendrás que sacrificar muchas cosas, pero te ayudaremos. Pero si decides asesinar a tu bebé tendrás que vivir con ello el resto de tu vida. Y te aseguro que te acompañará eternamente esa decisión.
Claire los miró, incrédula, con los ojos abiertos como platos. La situación escapaba de sus manos, se escurría entre sus dedos.
—No pensáis con la cabeza —se lamentó su padre—. No me puedo creer lo que nos estás contando, Claire —añadió, frotándose las sienes—. ¿Qué hemos hecho mal contigo?
—Pero papá…
Las lágrimas y la desesperación de Claire por encontrar apoyo y amor en sus padres eran arrebatadoras. Pero ninguno de los dos pudo reaccionar de otra manera. Eso fue lo que supieron hacer.
A su edad, Claire ni siquiera era capaz de imaginar lo que significaría tener un bebé; era completamente incapaz de vislumbrarlo. Mucho menos de criarlo. No podía hacerlo. No iba a hacerlo. Así que tomó una decisión.
Su madre, rota no solo por lo que estaba pasando, sino por la decisión tomada por su hija, la ayudó como pudo. La acompañó a la clínica y estuvo con ella durante el aborto. Pero antes de entrar, le dejó algo muy claro:
—Lo hago porque soy tu madre, y porque quiero tener la conciencia tranquila sabiendo que te di todo lo que necesitabas. Pero algo se ha roto dentro de mí cuando has tomado esta decisión. Te estás equivocando hija, todavía podemos irnos a casa.
—No, mamá. Estoy decidida a hacerlo. No hipotecaré mi vida por un bebé al que no deseo —dijo con los ojos hinchados de llorar.
—Si haces esto, nunca volveremos a ser las mismas, hija.
Y así fue.
Ninguna de las dos volvió a ser la misma nunca.
Se sentaron en la sala de espera con otras mujeres, todas con esa misma expresión de terror y pena en sus rostros. Cuando la llamaron, entró en la sala y se tumbó en la camilla. El médico fue amable, eficiente. Le explicó el procedimiento, le dio anestesia local.
Claire cerró los ojos y dejó que sucediera.
Cuando terminó, el médico le dijo que descansara unos minutos antes de irse. Claire se quedó en esa camilla, mirando al techo blanco, sintiendo un vacío que no sabía que existía hasta ese momento. No era solo físico. Era emocional, espiritual. Algo dentro de ella se había destrozado por completo.
Se fueron de la clínica esa tarde y regresaron a casa. Allí estaba su padre, que no quiso saber nunca nada más del tema. Jamás se volvió a hablar del asunto en aquel hogar roto por el dolor.
Ese aborto la cambió para siempre. Claire se volvió más fría, más distante.
Levantó muros alrededor de su corazón que nadie, ni siquiera Isabella o Sophie, habían logrado derribar del todo.
Se prometió a sí misma que nunca volvería a depender de nadie, que nunca volvería a estar en una posición tan vulnerable.
Incluso se prometió que jamás volvería a amar.
Ahora, la idea de tener hijos le provocaba un pánico que no podía explicar. No podía ni pensar en ello sin que su pecho se llenara de angustia y de dolor.
Michael se fue a Harvard con su beca. Claire nunca volvió a buscarlo, nunca preguntó por él. Él tampoco lo hizo. Siguió con su vida como si nada hubiera pasado, como si Claire y ese bebé que nunca llegó a nacer no hubieran existido jamás.
Ella, en cambio, pensaba en él más a menudo de lo que le gustaría.
No porque aún lo quisiera —ese sentimiento había muerto hacía mucho tiempo— sino porque él representaba el momento en que todo cambió.
El momento en que dejó de ser una chica ingenua que creía en el amor y se convirtió en la mujer que era ahora: independiente, fuerte, pero rota por haber tomado aquella decisión que la acompañaría de por vida.
Su relación con sus padres nunca se recuperó.
Las cosas nunca volvieron a ser iguales.
Había una distancia entre ellos que ninguno sabía cómo acortar.
Claire no les guardaba rencor. Muchas veces pensó que si el pánico no se hubiera apoderado de ella, ni ella misma habría podido ir a esa clínica y deshacerse de la criatura que llevaba dentro.
No pasaba un solo día en el que pensara en cómo habría sido su carita, sus manos, si habría sido niño o niña, cómo se habría llamado, cómo sería a día de hoy.
Todos los días esa losa pesaba sobre su cabeza y cada vez que veía a un niño, ya bien fueran los hijos de sus amigas o cualquier otro por la calle, esa punzada de dolor volvía a ella sin remedio.
—¿Claire? ¿Estás ahí?
La voz de Isabella la sacó bruscamente de sus pensamientos.
Claire parpadeó y apartó la mirada del cuadro que tenía delante: una madre dando el pecho a su hijo en el alféizar de una ventana con vistas a las hermosas calles de Roma.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí parada, mirándolo, perdida en recuerdos que siempre intentaba olvidar.
Pero esa imagen —esa madre, ese bebé, ese gesto tan íntimo— había evocado tiempos pasados.
De hecho ese cuadro era una de las obras más hermosas que había visto en su vida.
—Sí, perdona. Se me fue la cabeza por un momento. Es que este cuadro es una delicia.
Claire nunca les había contado a sus amigas lo ocurrido. Nunca había encontrado el momento. Y cuando se conocieron eso había quedado atrás, formaba parte de un pasado que no quiso remover.
—¿Necesitas ayuda por aquí?
—No, ya casi está. Solo falta ajustar un par de luces más y revisar las fichas técnicas. ¿Tú tienes la reunión con el coleccionista verdad?
—Sí. El señor Pembroke. Quiere ver la colección de fotografía contemporánea.
—Genial. Yo estaré aquí si me necesitas.
Isabella asintió y se dirigió hacia su oficina.
Claire la observó alejarse, tan elegante como siempre, parecía una muñeca de cristal.
Cómo me gustaría ser ella por momentos. Llevar conmigo esa paz que siempre la envuelve y un ancla que me fije a la tierra.
Me encantaría saber qué es tener una familia y un hogar al que volver.
Isabella parecía tener las cosas claras, un camino definido.
Una familia y un hogar que la esperaban cada noche.
Ella, en cambio, llevaba años improvisando, moviéndose de una fiesta a otra, de un ligue a otro, intentando llenar un vacío que sabía perfectamente de dónde venía.
Era feliz con su vida. Eso es cierto. Llevaba una vida envidiable a ojos de casi todo el mundo, pero anhelaba una familia. Ese anhelo la asustaba. Porque tener una familia significaba abrirse, bajar los muros que llevaba años construyendo, confiar en alguien lo suficiente como para dejarle entrar.
Claire volvió a concentrarse en el cuadro frente a ella, ajustando mentalmente los últimos detalles. El chico regresó de su descanso y juntos terminaron de montar las luces. Cuando todo estuvo listo, Claire dio un paso atrás y observó su trabajo.
Perfecto. Como siempre.
Conseguía que las exposiciones no solo llamaran la atención por las obras de arte que se exponían en ellas, sino por toda la ambientación que las rodeaba.
La mañana continuó con normalidad. Isabella atendió su reunión, Claire revisó catálogos de nuevos artistas, ambas respondieron correos y organizaron todos los detalles del próximo gran evento de la galería.
A la hora de comer, pidieron comida tailandesa para llevar y comieron juntas en la sala de reuniones, riendo y charlando como siempre.
Desde fuera, todo parecía perfecto. Observándolas, nadie habría adivinado nunca que Claire llevaba años cargando con una decisión que la atormentaba hasta el presente y que la había transformado a ella y a su familia;
o que Isabella no hacía otra cosa que pensar en un hombre desconocido con el que había tropezado en una fiesta, porque su matrimonio comenzaba a resquebrajarse como un frágil castillo de naipes.
Detrás de toda estampa de perfecta armonía, casi siempre se esconde una realidad muy distinta; una llena de fantasmas del pasado, dudas existenciales, decisiones difíciles y corazones rotos.